domingo, 25 de septiembre de 2011

Joaquín Guillén Márquez


Joaquín Guillén Márquez (Ciudad de México, 1990) estudia literatura inglesa en la UNAM, ha colaborado en La Jornada Semanal, Tierra Adentro, Hermano Cerdo, Replicante, Punto en Línea, entre otros. Es editor en Cuadrivio.



Placer

Veo con claridad cada parte de tu cuerpo. De pronto todo es oscuridad. Ahora siento nuestro suave vaivén. Una mano que no es tuya se apodera de mis hombros. Escucho los quejidos de los que están a un lado de nosotros. Nos juntamos más, como si el calor no fuera suficiente. Alguien te separa de mí para ponerse en tu lugar. Logro identificar ese olor a sudor femenino. Después siento una respiración al oído. Regresa la luz y seguimos ahí: en el metro a las seis de la mañana.


Modus operandi

―A ver todos, por andar de pinches cabrones se las vamos a soltar dura.
En la estación Guerrero estaban diez personas acorraladas por cinco policías. Las personas que habían sido detenidas eran, evidentemente, comerciantes.
―No oficial, ¿cómo nos podemos arreglar?
―Nosotros no somos así, carnal, aquí a todos se los va a cargar la chingada.
Mientras los otros discutían, había dos que entre ellos se secreteaban.
―¿Tú a qué te dedicas? ―dice uno de los dos.
―Soy músico, estoy aprendiendo a tocar la guitarra pero no me alcanza para pagarme la escuela.
―¿Hoy cuánto sacaste?
―Nada, es la primera vez que lo intento en el metro.
―Y ya te agarró la pinche poli.
De pronto uno de los policías habló para todos.
―A ver, ustedes, cien pesos cada uno. Si no, aquí los vamos a tener por andar de cabrones.
Los vendedores de películas, música, dieron sus cien pesos. Menos uno.
―¿Y usted joven? ¿No se va a caer?
―Es que yo no traigo nada
―¿Qué es lo que vende? Chance si nos das algo de tu mercancía.
―No vendo nada, soy artista…
―¿Ya escuchaste, pareja? Que es artista…


Carnada

El asiento vacío es como carne en una jaula de leones hambrientos. No se puede estar seguro de quién lo ganará. La astucia de los pasajeros es increíble en esos casos. Pueden ir desde distracciones, pisotones, empujones, golpes, miradas, gritos como “¡Es mío, cabrón!” y hasta un piquete en los ojos. Una vez me tocó presenciar una alianza entre dos mujeres. La primera estorbó mi camino para que la otra avanzara, no sin antes empujarme. En una suerte de empatía femenina, las nuevas amigas disfrutaron de la comodidad y el entretenimiento que les causaba verme aplastado entre más personas.


El mal viaje (a Acapulco)

―Al metro, por favor.
―¿Cuál de los dos? Ya ve que estamos en medio.
―A Continentes.
―Está bien joven, ¿y esa maleta? ¿Va de viaje?
―Ah, sí. Aprovecho el puente…
―Pues usted ya se agarró el puentezaso, ¿o no?
―Sí, algo ―dije―. Sólo intento aprovecharlo.
―¿A dónde va? Claro, si se puede saber…
―No se preocupe, voy a Acapulco…
―¡Uh! Acapulco, yo fui, hace mucho… con un hermano, que en paz descanse.
―¿Y qué tal?
―¡A Acapulco no vuelvo a ir! Fue la primera vez que salíamos de vacaciones. Le digo que íbamos mi hermano, mi señora madre, que en paz descansen. No le voy a decir que mi hermano era muy influyente ni nada, pero era chofer del diputado de Ecatepec, y con sus ahorritos nos fuimos.
―¿Y por qué no vuelve a ir? ¿Tan mal le fue?
―Sí, es que tuvimos tres inconvenientes. Le digo que era la primera vez que salíamos todos juntos, entonces fuimos a la central. Le juro, joven, pero así, le juro que el camión nunca lo anunciaron, y tuvimos que pagar la mitad de cada boleto para que pudiéramos irnos de pie en la siguiente corrida, y pues ni modo. Llegando allá todo el pinche fin de semana llueve y llueve… a, no, miento, lo de la lluvia fue el tercer inconveniente.
―¿Y el segundo?
―Entré al baño de la central camionera y había un canijo que se me quedaba viendo. Me dije: “A ver si no me sale con que batea para el otro lado”. Le iba a llamar a mi hermano para que me cuidara, pero antes de eso se me acercó. Me voy orillando para que baje. Sigo, que según era un policía y que yo me parecía a un asaltabancos y que había matado a no sé quién. ¿Usted cree? Servido joven, son 15 pesos.


Primer amor

Cruzaron miradas. Él, en ese momento, lo supo. Ella era el amor de su vida. Su mirada era ésa, la de una amante en espera de nacer. Estiró sus manos, de verdad quería tocarla. Alcanzó a rozar su cuerpo y sus cabellos. Ella no se inmutó. Seguía dormida, en los brazos de aquella otra mujer que también veía en ella al amor. Después el sonido. La gente empujaba. Y él se alejaba de ella, también en brazos de su mamá.

2 comentarios:

carlos de la parra dijo...

Excelente narrativa de éstos retratos de México D.F. que lo cuentan tal como sucede.

Iliana Díaz Anguiano dijo...

Me gustó mucho lo que leí aquí. Trataré de seguirte la pista, será un deleite. ¡Felicidades!