lunes, 8 de febrero de 2016

Juan Carlos Gallegos Rivera






Juan Carlos Gallegos Rivera (Guadalajara, Jalisco, 1983). Egresado de la Maestría en Estudios de Literatura Mexicana de la Universidad de Guadalajara. Autor del libro La rubia despampanante y otras microhistorias (Effictio, 2014). Algunos de sus textos de ficción aparecen en Antología de cuento breve (Plenilunio, 2006) y Poquito porque es bendito. Antología de microcuentos y cuentos breves (Universidad Iberoamericana León, 2013). También ha publicado ensayos sobre la minificción en La estética de lo mínimo. Ensayos sobre microrrelatos mexicanos (U de G, 2013) y Plesiosauro. Primera revista de ficción breve peruana, además del ensayo “La música en el espacio exterior. Canciones más allá de la atmósfera, 1961–2015”, publicado en la revista virtual Replicante. Ha ganado una vez y ha obtenido cinco menciones en el concurso de minificción convocado cada mes por Alberto Chimal en www.lashistorias.com.mx Es también coautor de la obra de teatro infantil Un grito ecológico.







Soldía



Ha amanecido. En el horizonte se eleva una gran sandía luminosa que irradia su verde luz por el cielo, en el que miles de peces rojos nadan bajo gigantescas ovejas flotantes. Hay mucho más que podría mencionarse, pero Alicia no lo quiere ver. Con la ojeada que ha dado al cielo tras abrir la ventana es suficiente para que haga una mueca de auténtico fastidio y diga “otra vez el narrador anda de excéntrico”.





El drama de un lápiz



Después de comprarlo le dijo que juntos escribirían una historia, la primera de varias, y él esperó pacientemente el momento en que se habrían de poner a trabajar, mas éste no llegaba. Un día, el cajón donde estaba guardado quedó entreabierto. Se asomó, y se dio cuenta de que aquel joven escribía sin necesidad de lápices o borradores: usaba una computadora. En ella guardaba las historias, escritas en papel cibernético, las cuáles modificaba cuantas veces quisiera, sin dejar manchones, y escribía mucho más rápido que si lo hiciera a mano. El lápiz se hundió en el cajón, con su cabeza aún intacta por el sacapuntas, y comenzó a llorar. Su cilíndrico corazón estaba roto. Al día siguiente el joven, mientras buscaba algo, descubrió junto al lápiz manchas de grafito, como si fuera tinta que se había escurrido de una pluma.





[La rubia despampanante] 13



Se abre la puerta del elevador y sale una rubia despampanante. Decido ir tras ella luego de observarla unos segundos, descaradamente. La alcanzo y la tomo del brazo. Ella voltea y me mira. Voy a besar sus labios, sensuales como los de Angelina Jolie, cuando Heráclito, quien también sale del elevador, dice “ya no es la misma rubia”. Me doy cuenta de ello. La suelto y la dejo ir, frustrado.
 



[La rubia despampanante] 14



Se abre la puerta del elevador y sale una rubia despampanante. La observo descaradamente mientras camina durante unos segundos. Decido ir tras ella. Cuando llego al sitio donde estaba cuando decidí seguirla, la rubia ya está unos metros más adelante. Cuando llego ahí, ella está un poco más allá. Cuando llego a ese nuevo lugar, ella ya avanzó más. Seguimos así por minutos. Junto al elevador observa Zenón de Elea, quien me escucha exclamar desesperado “¡malditos filósofos griegos!”.





El soñador

A la memoria de S. E.



Sueño. Sueño que Sueño. Oníricamente me observo soñar que sueño y también puedo observarme observar que sueño. Me recuerdo soñando ya y también observándome que soñaba. Y me sueño recordando que me observo soñar y me recuerdo observándome recordar que soñaba y sueño observándome soñar que recuerdo haberme observado soñar que me observaba soñar que recordaba haberme observado soñar que soñaba y que soñaba que sueño que soñaba. También puedo observarme soñando que ya había soñado que me imaginaría soñando que había soñado que me imaginaba soñando que me observo soñar que sueño.



Contacto: Twitter @JnCrlsGllgs


lunes, 25 de enero de 2016

Cecilia Eudave




Cecilia Eudave (Guadalajara, Jalisco, 1968). Narradora, ensayista, poeta y antóloga. Doctora en Lenguas Romances. Profesora e investigadora en la Universidad de Guadalajara. Becaria del INBA/CME/Colegio de México (Beca Salvador Novo) en narrativa, 1990-91.Becaria del FOECA-Jalisco 1997 en el programa Jóvenes Creadores. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores. Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce en la Bienal de Literatura de Yucatán 2007, por Bestiaria vida.  Mención Honorífica en el Certamen Nacional de Poesía Alfonso Reyes y en el Concurso Nacional de Cuento Juan Rulfo. Finalista del I Premio libro KIRIKO organizado por los libreros y librerías infantiles de España, quedando el libro Papá oso entre los 10 mejores libros infantiles publicados en España en el 2010. Mención honorífica en el 12th Annual International Latino Book Awards por el libro Sobre lo fantástico mexicano, que se organiza en el marco de la BookExpo America, en Nueva York en 2011. Mención honorífica en el 13th Annual International Latino Book Awards por el libro Técnicamente humanos y otras historias extraviadas, que se organiza en el marco de la BookExpo America, en Nueva York en 2011. Mención Honorífica en la categoría Ensayo Literario “Elvira Bermúdez” convocado por Premios Nacionales de Periodismo y Literatura AMMPE 2011. Algunos de sus cuentos se han traducido al chino, coreano, italiano, japonés y portugués. Su obra ha sido incluída en múltiples antologías, entre ellas: Incontro con gli scrittorim messicani di oggi, Italia, 2002; El libro monero. Crónica del birote y su arrimón a las letras, Guadalajara, 2004; La Vuelta a Verne en 13 viajes ilustrados, Guadalajara, 2005; Hilanderas. Antología de poesía contemporánea, Madrid 2006; El Arca. Bestiario y ficciones de 31 escritores hispanoamericanos, Chile, 2007; Un vagón de aventuras, España, 2008; Los viajeros. 25 años de ciencia ficción mexicana. Bernardo Fernández, Bef (antologador), SM, 2010; El abismo. Asomos al terror hecho en México. Rodolfo JM (antologador), SM, 2011; Así se acaba el mundo. Cuentos apocalípticos mexicanos. Edilberto Aldán (antologador); SM, México, 2012 y No entres al 1408. Antología en español tributo a Stephen King. Jorge Luis Cáceres (antologador), La biblioteca de Babel, Ecuador, 2013.







Otur: el país de los inexistentes



Es inexistente para aquellos que quieren habitar donde se habita. Pero, para aquellos que saben que no están donde deberían es una realidad. Otur, país de los inexistentes, es una burbuja de cristal en el cerebro de los escapistas y de los suicidas.





Tabi: el país de lo inestable



Cuando te levantas por la mañana lo único seguro que tienes es el rostro. Ni tu nombre sabes, ni tu nuevo oficio, profesión u ocio. Sales de la casa donde dormiste, o desayunas con quienes en esos momentos son tus hijos, pero para el día siguiente, quizá no poseerás ni mujer ni niños, ni perro ni casa. El otro día se convierte siempre en un estrepitoso escalofrío, pues ya no tienes a los mismos amigos ni al mismo jefe. Ya no te llaman por el nombre de ayer ni eres indispensable para quienes el día anterior te amaban. Así es vivir en Tabi, un constante renacer en el mismo cuerpo que también cambia porque te haces viejo y, al final de la jornada, ni siquiera sabes qué idioma hablarás ni en qué región de este viajero país vas a habita. El único norte, aquí, es un río, que por un motivo desconocido, siempre divide en dos el territorio.

            Sólo existe una ventaja para los tabianos: no viven de recuerdos…
 


Estiepen: el país de las serpientes



Parecen humanos y acaso lo son, a no ser porque mudan de piel y pueden ser jóvenes siempre. Son descendientes de las serpientes que al principio de la historia se arrastraban por los suelos y se enredaban en los árboles. Con el tiempo comenzaron a erguirse, a inventarse sus extremidades, a copiar las maneras de los hombres que las mataban y les gritaban traicioneras. No todo lo que repta  se humilla y por ello se levantaron de la tierra. Con esto demostraron que su veneno no es tan ponzoñoso, ni tan verdadero, como el que se destila fuera de su patria, ahí, donde habitan los que no pueden mudar sus maneras y sus costumbres…





Brochetas



para Karim Eudave



Mi madre nunca fue buena cocinera. Todo se le quemaba, todo. Literalmente vivimos de las buenas intenciones e su desarmado amor, porque nunca pudo erguirlo, por lo menos en dirección nuestra. Y en esa necesidad idiota de demostrarle al mundo que nos quería, como una cosa natural, nos sentó a la mesa a mí, a mis hermanos, y nos sirvió para desayunar — ya les dije que no tenía ninguna noción en la cocina— su corazón en brochetas, que nos tragamos a la fuerza y a todos nos hizo repetir su mal.





La víbora no



No es una pitón ni una cascabel, ni siquiera coralillo, mucho menos una cobra, es sólo una boca venenosa, su poder seductor consiste en llevar la contra siempre. Ha hecho del no, y de su intolerancia a todo un aforismo que se enrosca en sí como su cola, pero que en realidad no llega a morder…



*Los textos fueron tomados del libro Para viajeros improbables, Arlequín, 2011, por cortesía de la autora.

Página web: Cecilia Eudave 


lunes, 7 de diciembre de 2015

Paola Mireya Tena




Paola Mireya Tena (1980, México). Pediatra de profesión, escritora por afición. Ha participado como ponente en sesiones dedicadas a la lectura (Pialte, Tenerife, 2014; Jornadas del Día del Libro del Ayuntamiento de El Rosario, Tenerife, 2014). Ha publicado algunos de sus microcuentos en diversas antologías del género (Señales mínimas, Ediciones Idea, 2012; Érase una vez… un microcuento, Diversidad Literaria 2013; Saborea la locura, Chiado Editorial, 2013). Actualmente, participa activamente en  las redes sociales con el pseudónimo de @cromatide. Sus microcuentos pueden ser leídos en www.microficciones.tumblr.com y www.facebook.com/microficciones.



David para Miguel Ángel

Miguel Ángel coge un pedrusco de mármol y lo encaja justo entre los dedos del pie; luego trozos grandes que cubren el hueco de las piernas y atrapan los muslos. Otros más, largos y delgados, sobre las líneas del abdomen y otros triangulares que concuerdan con la base del cuello. Acomoda pequeñas piedrecitas entre los deliciosos rizos de su cabello y por último su rostro, que desaparece dentro del recién formado bloque de mármol. Miguel Ángel le dice entonces “¡habla!”, y al no obtener respuesta comprueba satisfecho que su decadente belleza será, desde ese momento, solo para él.


Folie à deux

Bueno, pues está todo decidido. Cierra los ojos, respira profundo y se lanza al vacío desde la ventana de su habitación de hotel. Un viento contrario frena la velocidad de su caída y de ahí en adelante no recuerda nada más. Hasta que abre los ojos en la blancura deslumbrante de aquel hospital de la Seguridad Social. Y se desconcierta. La muerte se asemeja bastante a estar vivo, piensa. La enfermera que le lleva la medicación y un vaso con agua parece casi vital. El recepcionista que lo despide al dejar el nosocomio parlotea animado. Y el aire de la calle, el trajín de los coches, la gente comprando verduras y los ciclistas por las aceras, todo es muy igual. Se siente algo decepcionado, la verdad. Esperaba que la muerte fuera otra cosa, algo más trabajado, no esta suerte de mundo-muerte, mala copia del mundo-vivo.
La diferencia es que en este mundo-muerte no se sueña. O al menos eso cree él, porque al despertar en la cama, imitación de la suya en el mundo de los vivos, no recuerda nada ni lo angustia tampoco ese dejo de añoranza por el sueño perdido, como le pasaba antes de morir. Y así se lo cuenta a la mujer sentada a su lado en el tranvía. No trabaja más; le parece tremendamente banal su necesidad previa de ganar dinero. Ya no lo amarga la prensa, su fondo de jubilación, la contaminación del agua, el miedo al cáncer o a los secuestradores. Reflexiona, viaja en tranvía y comparte sus conclusiones con cualquiera que tenga la desgracia de sentarse junto a él. Disculpe que le abra los ojos: este no es el mundo-vivo. Habita usted dentro de una copia barata, el mundo-muerte. Lo siento. Casi la totalidad de los viajeros lo ignoran pero en ella sus ideas calan; le siembran el germen de la duda.
Y a ella le da por seguirlo sin saber muy bien por qué. La brutalidad de descubrir que vivía engañada, o más bien, moría engañada, sacude su mundo hasta los cimientos, y de los escombros de sus murallas surge la poderosa figura del líder que anhelaba. Pero él no parece darse cuenta de la responsabilidad que ha adquirido. Ella debe ayudarlo. Lo tiene claro.
Una noche, cuando él dobla una esquina oscura, se encuentra de pronto con la hoja muy afilada de un cuchillo que penetra su pecho de modo limpio y preciso, casi quirúrgico, sin provocarle ningún dolor, sólo sorpresa, mientras observa las femeninas pupilas dilatadas de anhelo. Y después de la sensación de un algo viscoso que le corre por el abdomen y baja luego por sus piernas, no recuerda nada más. Hasta que abre los ojos en la blancura deslumbrante de aquel hospital de la Seguridad Social...


Obsolescencia programada

Está obsoleto, me dijeron. A mí me parecía que aún podría funcionar unos años más, pero quién soy yo para cuestionar. Todo caduca; por ejemplo la primavera, que no entró este año porque se volvió obsoleta, y cuando nos quejamos dijeron que hay otras estaciones novedosas, que ya nos enviarían el catálogo 2016. Hace un mes nos caducó el gato; jugaba con una bolita de estambre cuando se quedó quieto, como congelado. Me enviaron otro por correo a contra reembolso, uno azul con nuevas funciones. Así que cuando me han dicho que nuestro amor está obsoleto, ¿quién soy yo para contradecir a los que saben? Tendremos que olvidarnos el uno del otro y buscar nuevos modelos, creo yo. Dicen ellos.


Remordimiento

Ayer abandoné a un hombre nadando desesperado contracorriente en el río Mississippi. Siento remordimiento. Hoy tengo que abrir el libro y saber qué fue de él.


El secreto de Santa Hildegarda

La abadesa Hildegarda había sido santa desde el mismísimo día de su concepción. Santa era cuando se escapó de casa para ordenarse monja en contra de los deseos de su padre y también al iniciar las visiones místicas. Lo era al curar mediante milagros y también el día que aquel hombre herido se ocultó en su monasterio de reclusión. Mientras lo escuchaba confesar que era un noble perseguido y excomulgado, santa aún al mirarse en sus ojos y consumirse abrasada en un calor delicioso y desconocido que la recorrió entera de pies a cabeza. También cuando él murió y ayudada por las hermanas de la orden lo sepultó en la tierra bendita del panteón de la abadía, sabiendo que estaba prohibido, como tuvo a bien recordárselo el obispo al acudir a reclamar el cuerpo, y cuando ella le replicó que en su lecho de muerte el hombre se había arrepentido de sus pecados y suplicó perdón. Santa cuando los servidores del obispo excavaron en el cementerio y nada encontraron, pues cada huella borrada fue y cada rastro oculto, marchándose sólo con manos vacías pues la abadesa no confesó donde había ocultado el cuerpo del noble. Hildegarda siguió siendo santa hasta el día de su propia muerte, aun cuando su último pensamiento al terminar cada día fuera para el hombre que estaba enterrado bajo su propio lecho, en su celda de la abadía de clausura.