jueves, 23 de julio de 2015

Gabriel Ramos


Gabriel Ramos nació en la Ciudad de México, Distrito Federal, en 1952. Es Psicólogo Educativo por la Universidad Nacional Autónoma de México y Coach Profesional con Certificación Internacional en Coaching Ejecutivo y de Negocios, además de un enamorado de la lectura y la escritura. Su interés actualmente está centrado en la creación de microrrelatos. En la SOGEM participó en diferentes talleres: El oficio de escribir y El Guión Cinematográfico, además de otros relacionados con narrativa, cuento y novela. Ha publicado en diversas páginas de Internet sobre el tema entre las que destacan: Falsaria, Tus relatos y Cincuenta palabras. Próximamente publicará su libro 100 Microrrelatos para pensar.




Qué breve es el amor

Manejo un elevador en el Hotel de la Ciudad y hace unos días llevé a una pareja de la Planta Baja al piso 51, iban besándose y exhibiendo su amor al mundo. Pasadas dos horas baje a la misma pareja, cada quien por su lado, enojados y llenos de furia.



Trabajo y estrés

Me hubiera encantado escuchar las palabras del Director General de la Empresa: “Joaquín es el mejor vendedor de toda la historia, no es nada fácil vender 500,000  pares de zapatos en tan solo dos meses”.
Es una lástima que yo esté en un féretro y no alcance a oír nada.



Colección

¿Para qué quieres tanto cuchillo Jack?


El asesinato

El hombre vende armas de todo tipo. Diariamente las revisa y engrasa. Pero desde que leyó la noticia sobre el asesinato que cometió uno de sus clientes las engrasa con más ahínco. Le avergüenza que haya tenido que disparar todos los tiros, ya que la pistola se trabó tres veces.



Lectura de mano



La gitana leyó la palma de la mano y descubrió que aquel sujeto sería su asesino en dos o tres días más. Así que lo invitó a su casa, lo instaló en su sofá más cómodo y con toda calma fue a la cocina por el mejor cuchillo que tenía.

Contacto:gabrielramos4@yahoo.com.mx


jueves, 2 de julio de 2015

Sergio Golwarz (1906-1974)


Sergio Golwarz (1906-1974). Pseudónimo de Segismundo David Goldschwartz. Nació en Ginebra, Suiza. Vivió durante su infancia y juventud en Buenos Aires, Argentina. Estableció su residencia en México, donde ejerció el periodismo cultural, la creación literaria y la interpretación musical. Fue violista profesional y grabó varios títulos para casas disqueras como Musart, Orfeón y Columbia. Emprendió estudios de audio y acústica y divulgó descubrimientos importantes sobre el uso y la colocación de micrófonos para las transmisiones musicales. Publicó ensayos, cuentos, minificciones, novelas, teatro y numerosos aforismos. Ensayo sobre lo bello (1924),  El hombre del sombrero feliz (1959), La máscara de la risa (1963), Cuentos para idiotas (1967 y 1969) e Infundios ejemplares (1969) son algunas de sus obras. Murió en la Ciudad de México.


Los talmudistas

Por el año de 1421 llegó a Toledo un pequeño filósofo, cuya principal diversión consistía en decir cosas tan inofensivas como, por ejemplo, que Dios, para tener un hijo, se había visto obligado a recurrir a la ayuda del Espíritu Santo. También era muy dado a ciertos joviales razonamientos que tenían un vago sabor talmúdico. Una de sus especulaciones favoritas era ésta: “No es posible que Dios sea feliz existiendo el pecado. Si Dios no es feliz, no es perfecto; Si Dios no es perfecto, no es Dios; si Dios no es Dios, Dios no existe.”
Tanto insistió en mostrarse ingenioso, que el 20 de diciembre de 1491, como premio a su agudeza, fue condenado a la hoguera, por otros que tenían tanto ingenio como él, pero no lo prodigaban.
Antes de enviarlo a que sus huesos se calcinaran, para no darle tormento como aperitivo, lo instaron a desdecirse de su comprometedora conclusión. No tuvo ningún inconveniente; al contrario. Se prestó a ello de buen grado, y aseguró que creía a pie juntillas en el Hacedor. Pero no estuvo de acuerdo con la sentencia que se le había impuesto. “Si Dios es omnisciente —alegó—, conoce el porvenir; si conoce el porvenir, todo está previsto; si todo está previsto, el pecado no depende del hombre; si el pecado no depende del hombre, no hay pecadores; si no hay pecadores, todos somos justos; si todos somos justos, no merezco la hoguera”.
“Dices bien —le contestó un miembro del Santo Oficio, que modesta y previsoramente encapuchaba su ciencia—, pero la última parte de tu razonamiento no es la correcta. Debe ser así: si todos somos justos, todos iremos al cielo; y si todos iremos al cielo, ¿para qué preocuparse?
Escribe Esteban, el apócrifo, en su Syntesis theologicae fundamentalis (1492), que el razonador ardió como una rama seca. Añade el apócrifo que, poco después, el modesto encapuchado también ardió sin contratiempos: razonaba con demasiada perfección y mucho estilo talmúdico.


La venganza de Cide Hamete Benengeli

Cide Hamete Benengeli, posible autor del Quijote, para vengarse de que Cervantes —en una broma falaz e infamante— le reconociera la paternidad de sólo una parte de la obra, demostró que era capaz de crear otro Quijote —quizá muchos otros Quijotes—; pero omitió un detalle para que su venganza fuera perfecta y mayor su confusión: atribuírselo a Cervantes en vez de disfrazarse con el nombre de Avellaneda.
            Pero no faltó quien sospechara que Avellaneda, el autor del segundo Quijote de Cide Hamete Benengeli, era también Cervantes.



Controversia

La Infinita Sabiduría y la Infinita Ignorancia, que vivían desconociéndose desdeñosamente, fueron obligadas a enfrentarse por los mediocres —que esperaban gozarse con ellas—, para que dirimieran sus diferencias sobre lo trascendental.
Nunca se supo el resultado de tan curioso duelo, porque ambos usaron el silencio como único argumento.


Dos opiniones

—Yo conozco toda su vida.
—Yo conozco toda su muerte.
—Yo sé cómo vivió.
—Yo sé cómo murió.
—Sólo la vida es válida.
—Sólo la muerte es verdadera.



Gotas tóxicas*

Cuando escribo en serio me da risa, igual que a los lectores.
**
El que un escritor no mencione jamás a otro en sus obras, puede ser indicio de gran independencia, pero también de gran ignorancia.
**
¡Qué trabajo le costó a ese poeta lograr que su poema careciera de significado alguno!
**
Apenas un literato despierta nuestra admiración, comenzamos a robarle ideas.
**
El verdadero héroe de algunas obras literarias es el lector que las aguanta.
**
Todos escribimos buscando la aprobación de dos o tres admirables talentos, que no nos leen ni por casualidad.
**
Existen palabras que son frases hechas.
**
Hay algo tan inútil como escribir versos: no escribirlos.

*Sergio Golwarz, Gotas tóxicas. (Aforismos y minificciones), selección y prólogo de Hiram Barrios, México: Cuadrivio Ediciones, 2015 [e-book: www.cuadrivio.com

Textos reproducidos con la autorización del editor. 

martes, 23 de junio de 2015

Gerardo Farías Rangel


Gerardo Farías Rangel nació en Morelia, Michoacán el 3 de octubre de 1985. Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UMSNH y maestro en Literatura Hispánica por la universidad de Guanajuato.
Ha dedicado gran parte de su labor profesional a las minucias del lenguaje como profesor de literatura, español e inglés. Comenzó a escribir poemas desde adolescente, pero encontró en el cuento su género favorito. Ha publicado poemas y cuentos en varias revistas nacionales impresas y electrónicas. Es autor de un libro de cuentos y minificciones Sobre el olvido y el juego (Canapé/2013) y coautor del libro de crítica literaria Revueltas (Conaculta/FONCA/Universidad de Guanajuato).



Síntoma

La comezón era insoportable. Aun así decidió no intentar moverse hasta que todos los zopilotes se marcharan.


Las puertas

La niña empujada por la curiosidad abrió la puerta. Miró las sombras amalgamadas de sus padres penetrándose. Cuando creció, abrir puertas se convirtió en su religión.


El crimen no paga

Limpió con gran esmero toda la sangre. Su pecho estaba hinchado de orgullo y sonreía seguro de su éxito. Se marchó caminando lentamente. A sus espaldas el fantasma de su víctima comenzaba a tomar forma.


Causa

Un día nos enamoramos. El miedo nos tapó la boca y, desde entonces, el aliento nos apesta a algo echado a perder.


La última infancia

Todos le decían que se veía muy bien, pero él se sentía muerto desde hace mucho tiempo. Era aburridísimo ver cómo la vida de los demás pasaba llena de tantos vacíos. La familia estaba reunida y había una gran fiesta. Tres generaciones reunidas en aquella casa. El bisnieto que más le caía mal estaba celebrando su cumpleaños. Trató de recordar lo que era ser un niño. Tomó el vaso con agua que estaba frente a él y se lo echó sobre la cabeza.
—¡Ay papá! —Se quejó su hija menor—, disculpen, no sé qué le pasa, seguro la muchacha olvidó darle su medicina.


Lección de vida

Ese día se levantó temprano, tendió su cama, cepilló sus dientes y por primera vez usó el hilo dental y el enjuague bucal. Salió a correr alrededor del fraccionamiento donde acababa de comprar su casa, era su primera mañana ahí. Estaba lista para iniciar su nueva rutina, su vida nueva. Había decidido dejar los dos litros de coca-cola diarios, abstenerse de comer chocolate, pan y tortillas, y, por supuesto, dejar de fumar, para decididamente olvidarse de aquel hombre que la hacía sentir “tan bien” cuando la llamaba mi gordita. Jamás volvería a ser la misma. Cuando estaba por terminar la primera vuelta, miró el horizonte lleno de casas idénticas que servían de firmamento a un sol hermoso y demasiado cálido para las siete de la mañana. Sonrió satisfecha. Al dar vuelta en la esquina de su casa, resbaló con el borde de la banqueta y se golpeó la cabeza contra la gran maceta de barro que decoraba su entrada. El agua de la planta recién regada se tornó marrón. Jamás volvería a ser la misma.


El nacimiento de la amargura

Bañado en sudor pensaba en las palabras exactas que diría. Llevaba mucho tiempo imaginando este momento. Tenía la boca seca y las rodillas heladas. Todo mundo estaba en silencio esperando a que llegara el maestro. Se levantó de su butaca y atravesó el salón. Las miradas de todos sus compañeros se clavaron en su cuello y espalda haciendo su caminar mucho más dificultoso y lento. Se detuvo frente a ella. Extendió temblorosamente la mano en la que tenía la flor arrancada del patio de su abuela y la puso sobre su pupitre. Su cuerpo fue incapaz de cualquier otro movimiento. La cara regordeta se le llenó de manchas rosadas. La mirada perdida y en el pecho los latidos nerviosos se le atoraban. Todos comenzaron a murmurar y algunas risas resonaron como si vinieran desde el fondo de una cueva horrorosa. Ella no dijo nada, ni siquiera sonrió. Él esperaba algo, la mano se le había quedado ridículamente extendida en el aire. Ella miró la flor y dejó escapar un suspiro. Él dejó de respirar. Todos a su alrededor, acechando la inevitable respuesta, se convirtieron en el público más morboso para el suceso más íntimo. Él, por fin, pronunció las palabras, pero ella soltó una risa terrible que rasgó su voz y, entonces, surgió una carcajada grupal, monstruosa como una avalancha. Todo el salón se cayó a pedazos sobre él. El mundo se le vino encima. Su manita infantil dejó de temblar y se empuñó.


Monólogo de una muchacha de Milos

No puedo dormir. Desde que me sacaron, no he podido dormir. Hace tantos años ya. Y esta posición me cansa demasiado. Antes, sabía qué pesaba: en un lado, la necia manzana; en el otro, el efímero aire. Pero ya no son esas pequeñas formas, esas ideas. Me pesa todo y veo muy poco. Qué contrariedad. Mi mundo ahora es seco y gris. ¿Dónde quedó mi patria marina, dónde mi fuego forjador, dónde… mi vida? Contaría la historia, la mía y la de tantos otros, pero sería inútil. Nadie sabe escuchar aquí. Nada hay o casi nada que es peor. Tengo frío y es inmenso el eco. Y así me muestran, sin pudor, fragmentada. Es una tragedia. ¿Cómo se atreven a llamarme diosa del amor? ¿Cuál amor? No está. No hay tal. Se fue o lo perdí. No lo sé. No lo tengo. Y sólo pienso en él. Hago como que abro y cierro los ojos lentamente: me arrullo en su vaivén. Al menos, eso imagino: que puedo dormir. Quizá en un sueño lo abrazaría si pudiera.


El columpio

Juguemos al gran juego de volar
en esta silla: el mundo es un relámpago.
Gonzalo Rojas

Hay un árbol casi ya sin hojas que extiende sus ramas hacia el cielo como implorando algo, detrás de él hay más árboles que lo miran como si fuera un oráculo. El niño está columpiándose a un lado del árbol. Todo sube y baja y cambia de lugar. El viento sopla pero hace calor y el sol inmenso allá en la lejanía, metiéndose lentamente entre los edificios. La cabeza del niño parece colgada de un gancho, como la de los cerdos en la carnicería. Sus ojos se deleitan con el paisaje cambiante bajo sus pies: la tierra, el parque, los edificios, el sol inmenso, las nubes… la punta de los árboles.
A lo lejos, se oyen dos voces enfurecidas que se gritan una a la otra. Los alaridos rebotan por todas partes y tratan de llegar a él, pero la velocidad con la que se balancea los corta de tajo e impide que lo golpeen. No escucha nada, pero siente algo, no sabe qué y sigue columpiándose. Las manos sudorosas se agarran con ansiedad a las cadenas despintadas y con las puntas de los pies descalzos va trazando dos surcos sobre la tierra, dos zanjas cada vez más profundas. Arriba… abajo… arriba… abajo… Está decidido: toma un profundo respiro y cierra los ojos.
Qué mejor salida que volar… volar como Ícaro antes de que el sol desaparezca. Salir disparado, lejos de aquí.
Expulsa su última palabra, delgada y todavía aprisionada, que apenas el viento puede escuchar. El árbol pierde sus últimas hojas, sus ramas liberan un sutil crujido, el sol se esconde ondulante y el columpio se queda vacío y nostálgico, aún balanceándose.


El accidente

La multitud es borrosa, parece distante. Está interesada en una escena peculiar. Una atracción callejera y gratuita interrumpió su vida de tianguis dominical. Qué vergüenza. Algo como un circo se instaló sin pedir permiso. Sí, los colores son definitivamente circenses: están el azul de la lona que cubre las jaulas de los pollos, el rojo de la sangre encharcada en el piso y el ámbar cálido de los focos recién encendidos. El espectáculo ha convocado a niños, jóvenes y adultos, pero nadie sabe quién es. Todos se preguntan cómo y por qué. Nadie recordaba haber escuchado una detonación. «Ni siquiera trae una pistola», un hombre indicó mirando al resto. «Su sangre ya se mezcló con la de los pollos», dijo una señora sin pudor. «Nada más apareció y ya», señalaron unos niños angustiados y sorprendidos. Nadie comprendía lo que había pasado y eso me preocupó. Porque yo tampoco sé lo que hago aquí tirado a mitad de la calle con un balazo en la cabeza.



Contacto: gfrmail@gmail.com