martes, 22 de julio de 2014

Yolanda Sassoon


Esta es una secuencia cronológica de textos, con algunos intervalos, que surgieron a consecuencia de una traición amorosa que me llevó a los abismos. Escribía, escribía y escribía. Así me curé y fui mi propia Sherazade. Son las minificciones del desencanto que en su interior narran una lucha feroz por volver a encontrarle el gusto a la vida. Eché mano de mi mundo interno: simbólico y emotivo. Eso fui y eso soy. Escribí casi muerta y desgarrada y después, poco a poco, me llené de calma. Estos textos son mi historia.



El demonio de la ira


Hoy soy distinta que ayer. Hoy soy el más maligno de los seres, el más vengativo y cruel. Soy el demonio de la ira. Ardo, y salí del infierno. Soy el fantasma que no permitirá que la impunidad se quede entre los seres humanos. Soy la de las manos llenas de sangre. La más pasional de las mujeres. Algo dentro de mí despierta y mata con mil puñaladas: las más certeras, las más profundas.

Pueden desvanecerse ya las apariciones, las mentiras, el llanto, la muerte, los velos, la locura, el hedor, la oscuridad, las máscaras, el dolor, las simulaciones, los gritos , la desesperación, las fracturas y las heridas.

Después del asesinato, caigo en un letargo y la calma me invade. Envuelta en el aroma de las madreselvas que trepan en los muros del jardín, miro con placer a las luciérnagas  que alumbran la oscuridad con sus panzas de lamparitas.



Ritual


Llueve incesantemente. Mientras, una mujer teje su propia vida. Entierra una traición inmerecida en un cementerio sin cruces ni luces de velas, sin rezos y sin palabras. Ella recuerda bien cuando se quedó sin sangre, o más bien, el día en que se le congeló dentro del cuerpo. Enterrada junto a la traición, quedo también la confianza. Esa tumba está cubierta por una fina gasa blanca, para evitar que ahí crezca la hierba.

Cerca de ese lugar oscuro reconoce un camino incierto. Llegará allá, pues la esperan manos amigas que no van a lastimarla.



Las voces


"¡Si, si, ya lo sé: es suficiente compañía estar conmigo misma!", me digo. Estoy sola y entre los callados muros de mi habitación imagino unos brazos ajenos alrededor de mi cuerpo. De pronto, esa imagen se desbarata y surge una voz que asegura: "A las mujeres que dejaron atrás su juventud, ya nadie las quiere". Y entonces veo que la soledad toma la figura de un demonio burlón que baila ante mis ojos. Con fastidio, le ordeno: "¡Ya, soledad, vete y déjame en paz!". Al parecer me obedece y se pierde en la oscuridad.

Me doy cuenta que quiero llorar con todas mis ganas, pero no puedo, sólo me duele la cabeza. Los muros de mi recámara están callados, pero seguramente han atrapado palabras en algún momento... ¿Y si las repitieran ahora? Estaría menos sola, pero ciertamente tendría que ser una esquizofrénica para escucharlas...

En estos momentos me encantaría tener alucinaciones auditivas y sensoriales; aún a riesgo de que me llevaran al Fray Bernardino Álvarez. En definitiva, no siento ni escucho nada, sólo estoy invadida por una soledad lúcida y carente de llanto. ¿Será que me he secado como una planta a la que le faltó lluvia?

"¡Duérmete ya y deja de divagar, bien sabes que la soledad hace que uno imagine estupideces!", me dice otra voz diferente con tono de aburrimiento. No tengo que pensarlo mucho, la obedezco y decido descansar.

No cabe duda, ésta es una noche más, igual a tantas otras.



El dragón azul


El silencio me habló sin palabras y se recostó a mi lado como un pequeño dragón con matices azules. Replegó sus alas transparentes y se quedó dormido. Lo acompañé en su sueño. En el calor de mi cama pude arropar bajo mis cobijas también a mis fantasmas; que se quedaron a mi lado, pegados a mi cuerpo. No era el momento para desear cercanía humana, ni en lo real ni en lo fantástico. Tal vez ya no me gustan los seres humanos porque no son de fiar; en cambio, aún confío en los dragones y en los fantasmas.

A voluntad transformo mi mundo interior y aunque nunca vi una aurora boreal, la imagino en mi ensueño. Entonces la desvanezco, para hacer que surja un árbol con hojas de cristal. Ahora veo que cruzan por el cielo varios pájaros de negro plumaje. Mis imágenes son también mis premoniciones.

Por favor, que nadie se acerque, que nadie se atreva a contaminar la pureza de mi silencio.



Agua


Soy un cuenco de piedra con agua fresca y limpia. Soy un espejo que se agita levemente. Estoy en un templo budista tibetano. Los monjes se acercan y en ocasiones, sobre mi superficie, aparecen los reflejos naranjas de sus túnicas. Uno de ellos me trajo un floreciente loto blanco para que sus raíces se nutrieran de mí. Soy:

Vasija de piedra / agua transparente / loto en flor


El santuario tiene un techo alto con un ventanal, por ahí la luna y las estrellas me comparten sus destellos plateados.



Blog personal de Yolanda Sassoon: http://hierbadecristal.blogspot.mx/

viernes, 11 de julio de 2014

Víctor Alvarado


Víctor Alvarado (Ciudad de México, 8 de diciembre de 1977). Escritor. Actualmente estudia lengua y literatura hispánicas en la UNAM. Tiene estudios de comunicación colectiva y periodismo. Cursó el taller de creación literaria en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha participado en talleres de literatura. Algunos de sus trabajos han sido incluidos en antologías de cuentos y en diversos medios impresos y electrónicos. Pronto publicará su segundo libro de cuentos. Tiene en proceso de revisión su primera novela. En 2010 ganó el XVI Premio de Cuento de Humor Negro del Gobierno de Michoacán.

Twitter: @ALVARADO_VICTOR
Página web: Sombra del aire



Adiós

De quién serán los ojos inertes que miran desde el fondo. Se preguntó, sereno, mientras cerraba para siempre el costal.


La inocencia

Luego de semanas de tortura, lograron sacar la confesión al insurrecto: ¡No fui yo, no fui yo! ¡Fueron mis ideas!


Profecía

Y logró gritar el nombre de Dios desde la montaña más alta. De recompensa, lo dejaron vivir una eternidad entre nosotros.


Recuerdo

Tenía memoria fotográfica pero al extinguirse el día se velaban sus recuerdos.


Pesar

Y por fin descubrió el secreto para gozar de la soledad, lo malo fue que no tuvo nunca con quién compartirlo.


Una simple pregunta

El niño muy preocupado fue a preguntar al anciano:
¿Qué pasaría si de repente, al pez le salieran alas?
El anciano, tronando un maní con el último diente respondió:
Seguro se iría volando. Hasta el fondo del mar. Seguro.


viernes, 4 de julio de 2014

Antonio David Chavira Cano


Antonio David Chavira Cano (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1988). Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Escribió el libreto de un programa televisivo llamado “La fiaka”, transmitido por Televisa Victoria y después por Canal 10. Durante su paso por la universidad escribió y dirigió, dos cortometrajes proyectados en el cineclub universitario. En el año 2013 fue becario del primer Festival Internacional de Cine de Tamaulipas, y dos meses después se proyectó su primer cortometraje formal en la Cineteca del Centro Cultural Tamaulipas. En agosto de ese mismo año se publicó su primer cuento “La época de Clara Cubergman” en el periódico Expreso de Ciudad Victoria, otros de sus cuentos permanecen inéditos. En el 2013 se integró al taller literario del ITCA coordinado por el maestro José Luis Velarde.



El hombre que quería ser dios

Un hombre, arrogante al grado de sentir que podía ser dios. No se daba cuenta de que todos pueden ser dioses, dioses de sí mismos. Él quería ser dios del mundo. Soltó las riendas de su bestia y anduvo sierra adentro, al anochecer llegó a la cumbre de una montaña donde al otro lado encontró, un  pueblo. Virgen y salvaje. Rápido supo que lo conquistaría.  Se valió del tiempo y de cientos de señas y signos para que lo entendieran,  les dijo: “Yo soy su dios, el nacido para dirigir el rumbo de la vida”. Del bolsillo de su pantalón sacó una linterna plateada. Los aborígenes quedaron sorprendidos al ver la luz que expulsaba el tubo metálico, en medio de la noche morada. 
Se miraron entre sí. Luego todos se arrodillaron a sus pies y lo llevaron a un sitio donde lo alabaron y le sirvieron la mejor carne que tenían. Le dieron de beber el mejor vino; él se retorcía de la risa sin que nadie lo notara. La comida lo dejó con la boca y las manos grasosas, con el ego pasivo y modorro como hiena sacia, durmió.  A la mañana siguiente su cuerpo estaba tan duro y seco como la corteza de un nogal. Un niño le preguntó a su padre cuando miraban el cadáver tieso. ¿Padre, los dioses mueren?


Sorpresa en el teatro guiñol

“Guerra entre hemisferios”, así se llama la obra del artista, el hombre que maneja los dos guantes guiñol y ha planeado que sea la última representación. Hay dos personajes, un zurdo y un diestro, como los hemisferios del cerebro. El zurdo reclama al diestro por su falta de responsabilidad con el tiempo. “¿Qué no sabes medir el tiempo? idiota, siempre te espero” le dice. El diestro no sabe de eso, no lo entiende. “El idiota eres tú, nunca te encuentro en el lugar que me dices, nunca sabes a dónde vas”, contesta. En la escena los dos personajes se lían a golpes, se maldicen.  La obra se interrumpe, el diestro tiene un arma, dejan de actuar. Ahora el diestro apunta a la cara del artista. Dispara. No hay más.


La casa de las arañas

Cuando entró a La casa de las arañas, lo hizo con un sueño donde una viuda negra caminó por su mentón. Le sucedió en la realidad pocas noches después, cuando sacudía su cama. Es la casa de las arañas, tiempo y sueños, no lugar. Una vez por semana. Soñar con arañas y encontrarlas en la realidad, de modo idéntico al soñado. La racha se detuvo con un sueño en el que entró a su cuarto, en su cama vio una caja chapada en piel de tiempo, polvo. La levantó para dejarla a un lado y acostarse, de la caja salía una mariposa blanca.
Días después supo que con ese sueño había salido al fin, de la casa de las arañas, puesto que  ya no había soñado con ellas, ni las había visto despierto. Una noche al entrar a su cuarto, vio sobre su cama un montón de ropa. Se acercó para quitarla y recordó el sueño de la mariposa. Una tarántula salió de las prendas y caminó sobre su mano.  El tiempo le salió de frente con ocho patas. Se dijo: mi futuro era que yo me topara con esta araña, entonces, debí haber soñado que me la toparía y no pasó. Uno puede salir de la casa de las arañas, no del tiempo.


El circo

Entraron al circo luego de que los mayas se fueron del mundo. Un hombre gordo, de piel grisácea y ropa extraña, instaló una carpa enorme. Dentro exhibía representaciones teatrales, magia, actos de ilusionismo sobre todo, porque la atracción principal del circo, era un telescopio del año 3600 D.C. En la entrada un letrero. “Vea, con el ojo que corta el espacio”. Una inercia aplanadora arrebataba el entendimiento de los asistentes,  los hacía imitar a los actores de las obras, inventarse personajes y crecer las ficciones hasta no entender su papel dentro de ellas. Otros copiaban los movimientos de los ilusionistas y se engañaban entre sí con sus propios números. Los  actos de magia consistían en multiplicarse a sí mismos y andar entre el yo real y el yo inventado.  En medio de la carpa bajo un agujero en el techo, el hombre gris manejaba el telescopio. La gente al mirar por el lente se hipnotizaba al ver los planetas suspendidos en la nada. Luego volvían a la fila inacabable. Del exterior, ninguno sabía nada. No podían dejar de actuar así, ni salir. Con sus coreografías repetitivas, formaron una dinamo que trastornó el tiempo dentro del circo. Fueron repelidos por la realidad, como se desprende una burbuja que sale de otra.
Dentro del circo la dinamo seguía en función, y la inercia incontenible y el comportamiento repetitivo.  Se reprodujeron y multiplicaron tantas personas, que la carpa reventó de humanidad. Quedaron petrificados en el perpetuo espesor de la nada, sin saber que afuera del circo, en la vida real, hace miles de años había llegado el fin del mundo.


La teoría del medio hombre

Condenado a pasar su vida arrastrándose por un mal genético que le impidió el desarrollo de las piernas. Preso de la vergüenza de su familia, en un cuarto pestilente. Una navidad alguien aventó al interior una caja de crayones y un libro de pastas duras, que alborotaron el silencio estancado, mientras las paredes (su diablo) fueron acariciadas por la resonancia de un eco milenario. Era un volumen gráfico de cuatrocientas páginas de estudios neurológicos. Broma-experimento de algún familiar idiota o visionario. Tenía leve noción de la realidad exterior, por escuetas charlas con sus hermanos a través de la puerta. Dos años después que el libro cayera en su cuarto, lo había repasado cientos de veces, conocía de memoria las formas intracerebrales, con los crayones pintó un mural en la pared, algo parecido a un campo repleto de árboles secos o neuronas muy grandes, no sé bien, unidas entre sí por un hilo parecido a la electricidad de un rayo. Cuando cumplió dieciocho años su padre entró al cuarto para concederle una salida.
—Quiero conocer los árboles —dijo él —Y lo llevaron a un bosque.
—Somos ideas, que habitamos dentro de un cerebro enorme. Los árboles —se dijo a sí mismo cuando miraba sus formas— son neuronas, y ese lago, no puede ser otra cosa que líquido cefalorraquídeo. 
Un fuerte trueno se produjo, de la silla de ruedas se lanzó al piso. Un rayo emergió del cielo y dio justo en el árbol que estaba enfrente de él,  encendió de una celeste fosforescencia cada una de sus ramificaciones y su resplandor iba al ritmo de una respiración cansada. El medio hombre se arrastró hacia la gran neurona para tocarla y conocer el mensaje que trajo el rayo.  Cuando la tocó, hubo otro big bang.