lunes, 4 de marzo de 2019

Cristina Rentería Garita



Cristina Rentería Garita (Puebla, 1980). Doctora en Ciencias Sociales (SNI-Candidato México, Sistema Nacional de Investigadores) y ex funcionaria internacional en el Sistema de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe. En 2015 (y 2016), en el marco del Festival Eñe (Madrid), fue seleccionada para participar en la actividad Cuatro Editores en Busca de Autor; fue incluida en la antología Anónimos, del Festival Internacional de Poesía “Cosmopoética” (Córdoba) y fue reconocida como una Incunable (Joven talento inédito) por la revista Skeimbol. Publicó en el número dos de la Revista TALES, dedicada exclusivamente al cuento. En 2016 fue una de las tres finalistas del prestigioso concurso de literatura de terror “Se Buscan Hijos de Mary Shelley” (Madrid). En 2018 obtuvo la Mención Honorífica en el Premio Nacional Dolores Castro (México), con su primera obra Oír con los Ojos y ganó el concurso “Día de Muertos”, de la plataforma literaria Zenda. En lo académico, ha publicado textos de análisis literario. Actualmente cursa el Doctorado en Educación especializándose en Literatura Comparada México-España y es profesora de inglés bajo el sistema Cambridge.
Otras obras inéditas: Oír con los ojos, Juan y los Murmullos, Antes de Ahora.

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IV
Llegó El Tapado

En la carrera sólo existe una certeza: desconfiar.
Los candidatos se miran a los ojos, se estrechan el antebrazo y toleran su repudio. Allá ven la línea de meta: una banda presidencial verde, blanca y roja.
El disparo marca el inicio. Los candidatos publican sus asesinatos, exponen a sus bastardos, reclaman justicias enmohecidas con discursos y promesas. No contravienen una ley sagrada, el honor de la silla: no hay presidentes maricas. Corren estirando la zancada en busca de una ventaja mínima, la definitiva. De pronto, a unos metros del final El Tapado, a paso tranquilo, cruza la banda. Del otro lado, el presidente saliente lo reciben en un abrazo.
Los candidatos recogen aire, y su orgullo, con las manos en las rodillas. Ahora, el podio. El Tapado les da una palmada en el hombro. Quizá para la próxima. Se muerden la lengua, toleran el ridículo; sonríen lo mejor que pueden e intentan salir junto al Tapado: el que se mueve, no salen en la foto.


XIII
Y entonces

Viene la niña y te ofrece la foto, sólo un trozo. Tú la tomas entre tu índice y tu pulgar, la miras y los ojos se te llenan de lágrimas. Gritas enfurecida, jalas a la niña de una oreja. ¿Por qué lo hiciste?, le gritas con las venas vivas en el cuello. ¿Por qué lo hiciste? repites y repites sin darte cuenta que tu palma se entume al choque con su mejilla blanda. Por ayudarte, te responde entre retazos de frases y mocos cayéndole en cascada. Tú aprietas la mandíbula, azotas la puerta.
Te encoges en una esquina, buscas consuelo: te balanceas como te has enseñado tú misma. Así calmas a la vida cuando insiste en perseguirte con sus miedos y sus recuerdos. La muy puta te ha elegido a ti, tú no la elegiste a ella. Te puso en el coño de una mujer que te arrojó a las luces amarillas de la miseria y te destetó a los tres meses: lo mínimo para encaminar a una cría.
La vida te ha ido comprometiendo al consuelo: chupándote el dedo para calmar el frío de la soledad, agazapándote al regazo de tu hermana que comenzó a jugar a las muñecas contigo en brazos. Tú hubieras querido vestidos de princesa, pechugas de pollo, panes de dulce y de sal; que pegaran por ti, ser el hermano y arrancarte con mostaza, con horas en bicicleta o con tés de orégano y baños de tina, esa semilla que llora al otro lado de la puerta, a la que no quieres odiar pero que te recuerda que la vida, al menos esta, no la eliges, te elige.
Te pones de pie, vas a la cocina y buscas un chuchillo. Abres la puerta del cuarto: ahí está la niña, comiéndose las uñas.
Y entonces, decides que la vida ya no va a elegir por ti.  


XIV
Cerca

Con los ojos cerrados, oigo a mi mamá y a mis tías. No me pierden de vista, me buscan más defectos expuesta aquí, en la cama del hospital. No ocultan su desprecio, pero yo confío en lo que he imaginado para mi vida. A veces, sólo se necesita el vientre plano.
Susurran.
—…es que la sobrina está bien gordita. No se ha hecho el bypass porque no tiene para pagarlo.
—Sí, caray… Ya tiene 32 y así, ¿cómo?
—¿Qué tal cooperamos y entre todas le pagamos la operación?
Abro los ojos. Silencio.
Cerca, al oído, mi mamá me dice:
—No te preocupes, hija. Tú si te vas a casar.


XVIII
Octubre

Hojas secas en el suelo. El lechero no dejó la leche ni el tren paró en la estación, pero no temimos. Entre las sábanas, dentro de nuestros sueños, su mirada diáfana, sus dientes blancos moderaban palabras de cómo el mundo se iba levantando para asomarse a nuestra gloria. Mi marido agita mis hombros y me trae a la realidad frente a la taza de café. En la televisión su mirada diáfana nos custodia sin estar. Aprieto la mano de mi marido.
Hoy mi hijo tampoco ha llegado a casa.  


XIX
Vivos se los llevaron

Un sábado de noviembre, de la mano de mi abuela, les dije adiós. Sabía que mis padres se iban a Jalisco por el puro gusto de recorrerlo. Durante una semana su vocho fue visto por kioskos, canales de riego, templos al Altísimo. En cada lugar, se hacían una foto con la Polaroid y la echaban al correo. En Casimiro Castillo se terminó su rastro.
Hace tres meses murió mi abuela y, aunque siempre pensé haberme resignado a la pérdida de mis padres, he vuelto y revuelto las Polaroid, empeñado en hacer la ruta de mis padres por Jalisco. A unos kilómetros de Casimiro Castillo veo todo con claridad. Mis padres como en las fotos, ella de pantalón acampanado y él de camisa de terlenka, corren en dirección contraria a una mujer ensangrentada. Mi madre golpea con los nudillos en la ventanilla del vocho, mi padre me dice, olvídanos, será el único lugar seguro.

lunes, 4 de febrero de 2019

Camelia Rosío Moreno Granados



Camelia Rosío Moreno Granados (Jerécuaro, Gto.). Ama de casa y promotora cultural. Coordina el Círculo de Lectura y Creación Literaria de Acámbaro, Gto., lugar donde reside desde hace 20 años.
Ha participado en las antologías Tintas del Lerma (Palibrio 2013), ¡Basta! Cien mujeres contra la violencia de género (UAM-X, 2015), Vamos al circo. Ficción Hispanoamericana (BUAP 2016) Cortocircuito. Ficciones a contrapunto (BUAP 2016), El tótem de la rana. Catapulta de microrrelatos (BUAP 2017) y La vida va (Ediciones La Rana 2018), libro que reúne el trabajo del Seminario del Fondo para las Letras Guanajuatenses 2015 y 2016. Ha prologado el libro La noche de los orfelunios  de Victor Hugo Pérez Nieto. Es antóloga de los libros Ecos del nido (Puente de Piedra 2015) y Antología poética (Prisma Editorial 2018).


Molicie

Con él nada le falta: casa, carro, computadora, dinero, ausencia, deslealtad, golpes, traición.


Contorsionista

Al fin había encontrado una mujer que podía ajustarse a la medida de su bolsillo.


Indigente

A diario se le ve por las calles, seguido por un séquito de perros flacos como él, negándose a aceptar la limosna que le ofrecen. Hurga aquí y allá, no sabe que los recuerdos no se encuentran en la basura.


Lección
“La escuela no educa, solo enseña; si eres maleducado, el ejemplo lo tienes en casa”, dice el maestro mientras arroja el borrador a la cabeza del niño.


Madeja humana

Una vez que Eloísa inserta el hilo en el ojal de la aguja de la  máquina, desdobla poco a poco el telar. Con cada hebra remienda la injusticia, el abuso, el miedo. "¡Como quisiera dejar todo esto!", piensa, mientras llegan a su mente las caritas hambrientas que la esperan en casa. Y calla, como todas las mujeres que trabajan en aquel taller, al ver venir al patrón por el pasillo. Pide al cielo que hoy no le toque a ella.

lunes, 7 de enero de 2019

Sara Paola Mateos



Sara Paola Mateos (Puebla, 1995) estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana Puebla. En 2016 fue ganadora de la beca de creación literaria del PECDA, dentro de la categoría “Jóvenes creadores: Cuento”.
Ha participado en eventos como el “IV Coloquio por el Día Mundial de la Filosofía” (Ibero Puebla, 2015), en el “Congreso de Filosofía Moderna: en el tricentenario del fallecimiento de Leibniz” (UPAEP, 2016), y en el “Primer Congreso Interuniversitario: un horizonte compartido” (BUAP, 2018).
Ha publicado textos literarios en las revistas Contratiempo, Crítica, Cuaderno de hojarasca, Rúbricas y Argonauta, en el boletín semanal Torpedo y el suplemento digital de cultura Consultario. Ha impartido talleres de cuento para niños. Actualmente da clases en la Academia Militarizada Ignacio Zaragoza.



Predestinación

Poco antes de llegar al cruce de dos caminos, una camioneta roja se le adelantó a un automóvil gris y le cerró el paso. Bajó un prototípico cowboy vestido con vaqueros, botas y camisa a cuadros. Iracundo, fue a sacar al personaje asustado que viajaba en el otro vehículo. Tomándolo del cuello, lo recargó sobre la portezuela, sacó una pistola y le apuntó a la sien.
―¡Por favor!―suplicó―, tú sabes la verdad, no los maté, ¡no pude haber sido yo!
―Lo sé pero, para que la historia siga, es necesario… ―dijo y disparó.


Mismidad

Un lunes por la mañana se dispuso a encontrarse a sí mismo. Hurgó entre los orificios de sus orejas, en la ciénaga de su estómago, en las arrugas de sus codos, pero no se veía a sí mismo por ninguna parte. Entonces se puso a buscarlo en el mundo: en el interior de un buzón de cartas, en los pliegues del sillón, las ranuras de las llantas,  las estrías de las alcantarillas y el polvo de los ventanales. Para cuando al fin se encontró, ya era otro.


Horizonte de sucesos

Ávido por alcanzar la divinidad, el escritor pensó que cada texto sería el peldaño de una escalera interminable que lo llevaría a dominar el infinito. Sin embargo, cuando estaba próximo a terminar su labor, descubrió aterrado que la tinta de su pluma fuente se había diseminado en los papeles, formando una mancha creciente que pronto se convirtió en un agujero negro. La voracidad de aquel hoyo engullía todo lo nombrado y lo atraía irremediablemente a sus fauces. El escritor se encontró en el interior del horizonte de sucesos, donde podía mirar hacia fuera, pero en cambio a él y su universo coleccionado nadie los veía, ningún dios admiraba su vasta obra. Desesperado, quiso volver al principio, pero la curvatura espacio-tiempo se lo impidió. De su empresa frustrada apenas quedarían unas briznas de polvo cósmico, con las que otro dios trazaría figuras para divertirse y que luego les infundiría vida para volver a reírse de sus ansias de inmortalidad y sus desastres con la tinta.


Silencio socrático

Se dice que Sócrates, por sabia prudencia, no escribió una sola palabra. Pero yo, su amada Jantipa, lo adivino atormentándose silenciosamente en una prisión de laberintos, víctima de su innato ánimo de ajedrecista.  En su mente fraguaba todas las posibilidades a donde lo podría llevar la simple mención de una palabra: los caminos que abriría, los que cerraría, las encrucijadas inevitables y las secuelas que no podría detener. Como nunca tuvo tiempo de concluir ese mapeo, nunca se decidió a escribir nada. De su desesperación muda tampoco quedó huella.


Unísono

El hombre se encerró en la habitación con su instrumento y clausuró la puerta. Nada más había, salvo ellos dos. Lo recargó en la pared y luego se sentó enfrente, le aterrorizaba la silueta que proyectaba en el piso y la posibilidad de escuchar su eco. El desafío sólo acabaría cuando uno cediera, y el hombre no estaba dispuesto a hacerlo. Ya le había ofrecido a aquel bulto sonoro innumerables años y secretos.
Pasaron los días, quizá los años. Musgo silencioso vino a asentarse en la piel del hombre. La superficie del instrumento apenas había sido cubierta por una capa de polvo. Hubiera bastado pasar un trapo para ser el de antes, eterno a sí mismo. Él, en cambio, había envejecido. Podía haberse cambiado de ropa y rasurado la barba, pero los grumos asentados en su memoria no iban a disolverse.  La partida estaba perdida, lo sabía. Lo supo desde el día en que su padre le colgó un pesado estuche, diciéndole que alguna vez eso sería él, y se fundirían al unísono.
…Cuando la puerta volvió a abrirse por unos dedos temblorosos, sólo hallaron un contrabajo lustroso recostado sobre el piso. Sobre él reposaba cuidadosamente un arco, que parecía suspendido para tocar, eternamente,  la misma nota.

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