viernes, 14 de diciembre de 2018

José Juan Aboytia



José Juan Aboytia (Ensenada, Baja California, 1974). Es autor de los libros de cuentos Todo comenzó cuando alguien me llamó por mi nombre (2002), Contiene escenas de ficción explícita (FETA, 2006), de los libro de minificciones Pretextos para una literatura inadjetiva (NortEstación, 2015), ABC de la XYZ (NortEstación, 2018), de la novela Ficción barata (ICBC, 2008), y de la saga cuentística De la vieja escuela (Artificias, 2016). Aparece antologado en Lados B, Narrativa de alto riesgo (Nitro-Press 2013), y Cortocircuito. Fusiones en la minificción (BUAP, 2018). Coordinó el Primer Mínimo Encuentro con la Brevedad: La Minificción en México, en el 2017. Además imparte talleres de creación literaria. Desde hace trece años radica en Ciudad Juárez, donde se desempeña como maestro en áreas de literatura. 



Trágica memoria

“Reconozco este cuerpo”, dijo Edipo.


El otro Quijote

Donde se cuenta de la búsqueda de Dulcinea, la hija del señor Del Toboso, quien contrata a los detectives Don Quijote y Sancho Panza. Ligándose a una historia de amor, por ver tanto su retrato hablado, y a quien encuentran atada en unos viejos molinos. Y que al final Sancho lo elogia con estas palabras: Ingenioso, mi querido Hidalgo, ingenioso.


¡Este es un asalto!

Gritó en el título. Y se llevó la historia, la trama, el contexto, a los personajes, al escritor, a los lectores.


Ahora

¿Y qué paso con…? Murió. ¿Y con…? También murió. ¿Y…? Todos murieron. ¿Y nosotros? Somos fantasmas. ¿Y los que nos leen? Creen que escuchan voces.  


Orígenes

Después de que Eva le sirviera un pay de manzana a Adán. Este comentó, “Te quedó tan malditamente rico que debería ser pecado”. Dios que todo lo ve y escucha, pensó, “Que así sea”.


Pigmentos

Caperucita Daltónica se puso su capa gris. El Lobo al verla en el bosque la devoró de inmediato, la confundió con un antiguo enemigo.


Primero cocino Sor Juana

No pierda el tiempo con los hombres necios. Prepare un exquisito Manchamanteles o un Clemole de Oaxaca, también Cigote de gallina y más recetas novísimas.


miércoles, 5 de diciembre de 2018

Crista Aun



Crista Aun (Culiacán, Sinaloa. 1971). Lic. en Educación con Especialización en Administración y Gestión Educativa, egresada de la Universidad de Guadalajara. Lleva a cabo una preparación constante en creación literaria en escuelas como: SOGEM, Guadalajara. La Scuola Holden de Italia. El International Writing Program de la Universidad de Iowa. Plural Escuela y Taller literario Sin margen.
Ha publicado cuento y minificción en las revistas literarias: Por Escrito, La sirena varada, Penumbria, Caleidoscopio, e i-letrados. Su obra también aparece en diversas antologías de cuento.
Primer lugar Microcuento GDLee 2015. Mención especial en el I Premio de Ciencia Ficción Fahrenheit 2015. Primer lugar Encuentro de Minificción Raúl Aceves 2017. Finalista del II Certamen Nacional de Cuento Nada que fingir 2017. Tercer lugar de III Certamen Literario Internacional Pretextos por Escrito 2017. Finalista del II Concurso Internacional de Cuento Breve Todos somos migrantes 2017. Fue seleccionada en el Programa de Publicaciones 2018 del Instituto Sinaloense de Cultura, para la serie Ex Libris, en la categoría de cuento, con la obra “Madre en llamas”, una selección cuentos y minificciones.




Elíxir

Daba sorbos pequeños, los pasaba despacio, sin prisa… de igual forma moriría hoy.


Sensibilidad al tacto

Las vestiduras de terciopelo le resultaron placenteras al tacto, lo incómodo fue descubrirse dentro de un ataúd.


Voces en la intimidad

Recostada sobre la cama, abrió la bata delicadamente y con la mirada le sugirió acercarse. Él no titubeó ni un segundo, exploró sus pechos acariciándolos centímetro a centímetro. Ella se dejó recorrer cerrando sus ojos por pudor. En la oscuridad de su recato lo escuchó decir: Lamento confirmarlo, el cáncer se ha propagado.


Departamento de carnes frías

Cada palabra que salía de la boca de su mujer, era una rebanada menos a su virilidad.


Pasión que consume

Al principio fue sutil, le acarició el cabello entreverando los dedos en los rizos, le besó la frente, la cara, el cuello; se detuvo en el lóbulo de la oreja, lo saboreó con la punta de la lengua, después, un mordisco sutil. Poco a poco la delicadeza se transformó en éxtasis e impaciencia, la hizo suya hasta saciarse. Mas tarde, una vez recobrada la calma, guardó los restos en el congelador.

Twitter: @crista_aun

martes, 27 de noviembre de 2018

Juan Marcelino Ruiz




Juan Marcelino Ruiz (Ciudad Juárez, 1963). Radica desde hace varios años en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, donde se desempeña como profesor en una escuela de educación primaria.
Algunos de sus textos aparecen en revistas y diarios del norte y centro del país. Ha publicado 8 libros en los géneros de novela, cuento, microficción y poesía.



Génesis

Cansado de adorar piedras y planetas, el hombre decidió crear un dios a su imagen y semejanza. Con saliva fue amasando sueños y temores. Una vez que la figura tuvo la forma deseada sopló sobre su rostro para darle vida. Y el hombre vio que era bueno… 
Tiempo después el hombre descubrió que el dios estaba triste, por lo que intentó arrancarle una costilla para formar con ella a una compañera, pero el dios no lo permitió, pues todos sabemos que los dioses no soportan el dolor. 
Así, el dios quedó para siempre solitario y, ajeno al más sagrado de todos los placeres, tomó la mala costumbre de juzgar y criticar a los demás.


Cuento chino

Antes de partir a la guerra, Mun-Wah juró que volvería cuando comenzaran a florecer las ramas del naranjo.
Bajo el amparo de aquella promesa, con la vista clavada en el poniente y las mejillas pintadas de carmín, Jiang Li espera el regreso de su prometido sobre una de las torres de la Gran Muralla.
A la distancia, la joven advierte la presencia de un jinete, apenas un punto rasgando la tranquilidad del horizonte; es él, lo reconoce por el estandarte de batalla atado a sus espaldas. Cuando se acerca, se da cuenta que el caballo no toca el suelo con sus patas, en su galope silencioso no se detiene ni tuerce el rumbo hacia la puerta que comienza a abrirse.
Casi a punto de estrellarse contra el muro, hombre y corcel se elevan por los aires, se vuelven humo, mientras una fina lluvia de pétalos de azahar se funde con el llanto de Jiang Li.


Prometeo

En lo alto de un acantilado, lejos de cualquier ayuda humana o divina, Prometeo permanecía sujeto por gruesos eslabones: era el castigo por despertar la furia de Zeus.
Cada mañana, un águila llegaba puntual a devorarle el hígado que se regeneraba por la noche en medio de los más grandes dolores.
La condena pudo ser eterna, pero los dioses se apiadaron de aquella pobre ave al ver que a diario debía soportar el monótono sabor de la inmortalidad.


Cinturón de castidad

Los ojos de John se humedecieron cuando Sir Orlando le anunció que mientras él estuviera luchando a muerte contra los moros en el sagrado intento por recuperar Tierra Santa, dejaría a su cargo la llave del cinturón de castidad de su esposa Lady Marie.
Era la mayor muestra de confianza hacia un vasallo por parte de su señor. Si el guerrero regresaba vivo, le recompensaría ampliamente por haber cuidado de su honor; si moría en batalla, sería su obligación destruir la llave evitando que cayera en manos de hombre alguno.
Los ojos de John, se humedecieron más aún, cuando fue llevado a rastras con el castrador de cerdos como una última medida precautoria.


Objeto violador no identificado

Cuando Ofelia anunció su embarazo, sus padres la calificaron de ingrata; las vecinas, de liviana; las solteronas, de mosca muerta; su novio, de traidora y, todos, absolutamente todos, de mentirosa, por decir que el fruto que llevaba en sus entrañas era producto de una violación después de haber sido raptada por un ovni.
Nadie le creyó, al menos hasta el momento del parto. El médico lanzó al recién nacido sobre el plato de la báscula, no por lo del pesaje de rutina, sino como un acto reflejo para deshacerse de aquella criatura de piel grisácea y enormes ojos carentes de pupilas.
El “bebé” se incorporó adoptando la postura de un piloto, se aferró con sus pequeñas manos al borde de la bandeja a la que había sido arrojado y, poco a poco, comenzó a ganar altura. Atravesó como un rayo el ventanal a bordo del vehículo improvisado, para convertirse en un punto de blanquecina luz más allá del horizonte con dirección a Próxima Centauri.