viernes, 7 de agosto de 2015

Hilario Martínez Arredondo


Hilario Martínez Arredondo (1972). Nací en Ciudad de México cuando el cielo aún era claro y no se tenían tantas preocupaciones. Estudié la carrera de medicina en el Instituto Politécnico Nacional; la especialidad en Ortopedia y subespecialidad en Cirugía Articular, en la UNAM. Para no entrar en la dicotomía de los hijos divorciados, soy profesor de Anatomía Ortopédica para ambas universidades. Fui educado entre libros viejos y música de trova, así que me volví un hombro viejo antes de que aparecieran las primeras canas. De mi mamá, aprendí el vicio por vivir, quien al morir me dejó su canto; la dureza y sabiduría de mi padre me volvió terco, loco y taciturno, lo cual a veces no es bueno para mis hijos que me ven como búfalo que rumia encerrado detrás de los libros, y que solo sale para regañar.  Escribo porque mi esposa (quizá en su afán de tenerme entretenido para que no me ponga iracundo) insistió en que toda esa maraña de cosas que le platico quede plasmada en una hoja de papel (al parecer no le basta con los libros que tenemos, por eso la quiero). Así que, en mis ratos de ocio, entre clases de cirugía y estudio me encierro en mí mismo, como tortuga, y escribo.



Torre Eiffel

Todo era cuestión de poner cables de tensión, un amarre por acá, otro por allá y listo, ahora a esperar que la integridad de esta sujeción soporte firme la fidelidad ante las curvas de la nueva secretaria.


La selva encendida

Veo desde acá arriba los pequeños puntos que dibujan la ciudad y pienso en toda esa gente disfrutando sus placidas vidas. Y tiro la bomba.


Salomé

Al sensual movimiento de su cadera y brazos, se suma el ondular de su vestido. Ante la natural resistencia de la gente, la muerte ha tenido que modernizar su modo de atraer a los clientes.


Amor otoñal

Sólo cenizas quedaron de aquel encuentro increíble, no sabían de los riesgos de encender de nuevo la llama de la pasión.


Desasosiego

El hueco oscuro al final de la escalera me mira con curiosidad, como queriendo indagar por qué no subo y traspaso el umbral de la realidad alterna que me ofrece, por qué me quedo en esta triste y vacía vida; pero sólo doy la vuelta y me alejo. De niño caí por ese agujero muchas veces, y en todas las realidades fui infeliz.

jueves, 23 de julio de 2015

Gabriel Ramos


Gabriel Ramos nació en la Ciudad de México, Distrito Federal, en 1952. Es Psicólogo Educativo por la Universidad Nacional Autónoma de México y Coach Profesional con Certificación Internacional en Coaching Ejecutivo y de Negocios, además de un enamorado de la lectura y la escritura. Su interés actualmente está centrado en la creación de microrrelatos. En la SOGEM participó en diferentes talleres: El oficio de escribir y El Guión Cinematográfico, además de otros relacionados con narrativa, cuento y novela. Ha publicado en diversas páginas de Internet sobre el tema entre las que destacan: Falsaria, Tus relatos y Cincuenta palabras. Próximamente publicará su libro 100 Microrrelatos para pensar.




Qué breve es el amor

Manejo un elevador en el Hotel de la Ciudad y hace unos días llevé a una pareja de la Planta Baja al piso 51, iban besándose y exhibiendo su amor al mundo. Pasadas dos horas baje a la misma pareja, cada quien por su lado, enojados y llenos de furia.



Trabajo y estrés

Me hubiera encantado escuchar las palabras del Director General de la Empresa: “Joaquín es el mejor vendedor de toda la historia, no es nada fácil vender 500,000  pares de zapatos en tan solo dos meses”.
Es una lástima que yo esté en un féretro y no alcance a oír nada.



Colección

¿Para qué quieres tanto cuchillo Jack?


El asesinato

El hombre vende armas de todo tipo. Diariamente las revisa y engrasa. Pero desde que leyó la noticia sobre el asesinato que cometió uno de sus clientes las engrasa con más ahínco. Le avergüenza que haya tenido que disparar todos los tiros, ya que la pistola se trabó tres veces.



Lectura de mano



La gitana leyó la palma de la mano y descubrió que aquel sujeto sería su asesino en dos o tres días más. Así que lo invitó a su casa, lo instaló en su sofá más cómodo y con toda calma fue a la cocina por el mejor cuchillo que tenía.

Contacto:gabrielramos4@yahoo.com.mx


jueves, 2 de julio de 2015

Sergio Golwarz (1906-1974)


Sergio Golwarz (1906-1974). Pseudónimo de Segismundo David Goldschwartz. Nació en Ginebra, Suiza. Vivió durante su infancia y juventud en Buenos Aires, Argentina. Estableció su residencia en México, donde ejerció el periodismo cultural, la creación literaria y la interpretación musical. Fue violista profesional y grabó varios títulos para casas disqueras como Musart, Orfeón y Columbia. Emprendió estudios de audio y acústica y divulgó descubrimientos importantes sobre el uso y la colocación de micrófonos para las transmisiones musicales. Publicó ensayos, cuentos, minificciones, novelas, teatro y numerosos aforismos. Ensayo sobre lo bello (1924),  El hombre del sombrero feliz (1959), La máscara de la risa (1963), Cuentos para idiotas (1967 y 1969) e Infundios ejemplares (1969) son algunas de sus obras. Murió en la Ciudad de México.


Los talmudistas

Por el año de 1421 llegó a Toledo un pequeño filósofo, cuya principal diversión consistía en decir cosas tan inofensivas como, por ejemplo, que Dios, para tener un hijo, se había visto obligado a recurrir a la ayuda del Espíritu Santo. También era muy dado a ciertos joviales razonamientos que tenían un vago sabor talmúdico. Una de sus especulaciones favoritas era ésta: “No es posible que Dios sea feliz existiendo el pecado. Si Dios no es feliz, no es perfecto; Si Dios no es perfecto, no es Dios; si Dios no es Dios, Dios no existe.”
Tanto insistió en mostrarse ingenioso, que el 20 de diciembre de 1491, como premio a su agudeza, fue condenado a la hoguera, por otros que tenían tanto ingenio como él, pero no lo prodigaban.
Antes de enviarlo a que sus huesos se calcinaran, para no darle tormento como aperitivo, lo instaron a desdecirse de su comprometedora conclusión. No tuvo ningún inconveniente; al contrario. Se prestó a ello de buen grado, y aseguró que creía a pie juntillas en el Hacedor. Pero no estuvo de acuerdo con la sentencia que se le había impuesto. “Si Dios es omnisciente —alegó—, conoce el porvenir; si conoce el porvenir, todo está previsto; si todo está previsto, el pecado no depende del hombre; si el pecado no depende del hombre, no hay pecadores; si no hay pecadores, todos somos justos; si todos somos justos, no merezco la hoguera”.
“Dices bien —le contestó un miembro del Santo Oficio, que modesta y previsoramente encapuchaba su ciencia—, pero la última parte de tu razonamiento no es la correcta. Debe ser así: si todos somos justos, todos iremos al cielo; y si todos iremos al cielo, ¿para qué preocuparse?
Escribe Esteban, el apócrifo, en su Syntesis theologicae fundamentalis (1492), que el razonador ardió como una rama seca. Añade el apócrifo que, poco después, el modesto encapuchado también ardió sin contratiempos: razonaba con demasiada perfección y mucho estilo talmúdico.


La venganza de Cide Hamete Benengeli

Cide Hamete Benengeli, posible autor del Quijote, para vengarse de que Cervantes —en una broma falaz e infamante— le reconociera la paternidad de sólo una parte de la obra, demostró que era capaz de crear otro Quijote —quizá muchos otros Quijotes—; pero omitió un detalle para que su venganza fuera perfecta y mayor su confusión: atribuírselo a Cervantes en vez de disfrazarse con el nombre de Avellaneda.
            Pero no faltó quien sospechara que Avellaneda, el autor del segundo Quijote de Cide Hamete Benengeli, era también Cervantes.



Controversia

La Infinita Sabiduría y la Infinita Ignorancia, que vivían desconociéndose desdeñosamente, fueron obligadas a enfrentarse por los mediocres —que esperaban gozarse con ellas—, para que dirimieran sus diferencias sobre lo trascendental.
Nunca se supo el resultado de tan curioso duelo, porque ambos usaron el silencio como único argumento.


Dos opiniones

—Yo conozco toda su vida.
—Yo conozco toda su muerte.
—Yo sé cómo vivió.
—Yo sé cómo murió.
—Sólo la vida es válida.
—Sólo la muerte es verdadera.



Gotas tóxicas*

Cuando escribo en serio me da risa, igual que a los lectores.
**
El que un escritor no mencione jamás a otro en sus obras, puede ser indicio de gran independencia, pero también de gran ignorancia.
**
¡Qué trabajo le costó a ese poeta lograr que su poema careciera de significado alguno!
**
Apenas un literato despierta nuestra admiración, comenzamos a robarle ideas.
**
El verdadero héroe de algunas obras literarias es el lector que las aguanta.
**
Todos escribimos buscando la aprobación de dos o tres admirables talentos, que no nos leen ni por casualidad.
**
Existen palabras que son frases hechas.
**
Hay algo tan inútil como escribir versos: no escribirlos.

*Sergio Golwarz, Gotas tóxicas. (Aforismos y minificciones), selección y prólogo de Hiram Barrios, México: Cuadrivio Ediciones, 2015 [e-book: www.cuadrivio.com

Textos reproducidos con la autorización del editor.