lunes, 25 de mayo de 2015

Eduardo Cerdán


Eduardo Ramírez Cerdán (1995), cuentista y ensayista xalapeño, estudia la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Segundo lugar del Premio Nacional de Relato “Sergio Pitol” 2015, del concurso de cuento del VI Coloquio de Letras Hispánicas (FFyL UNAM) y mención honorífica en el concurso de minificción “Continuidad de Cortázar” en 2014. Es miembro del taller de narrativa impartido por Anamari Gomís en la FFyL UNAM y ha colaborado en las revistas Paradigmas y La Palabra y el Hombre.



Una nueva mascota

Las semanas pasaron normales hasta que una mañana ya no estaba el “nido”. Noté esto a punto de irme a la escuela y, como ya iba tarde, no presté mucha atención. Se me olvidó durante el día porque me distraje en la escuela. Llegué a casa, comí, hice mis deberes y me fui a la cama. Era ya de madrugada cuando me despertaron unos ruidos muy cerca del oído. Me levanté y encendí la lámpara. Ahí, en el buró, estaba una cosa tan tierna como rara, tan graciosa como inquietante. Intentaré describírtelo, o describírtela; no sé qué es o si tenga género. De aquí en adelante lo llamaré “él”, como neutro... Mira, imagínate a una cruza miniatura con cara de ardilla, orejas y cola de oso, porte de perrito de la pradera y obesidad de chinchilla. Es literalmente una bola de pelos, toda ella de un azul clarísimo, casi blanco: como una nube apenas convidada del color del cielo. Mide quince centímetros (más o menos), tiene unos ojos grandes, grandes como canicas, y camina siempre erguido. Cuando lo vi sobre mi buró, tenía en su cuerpo, por todas partes, hilillos negros del “nido”. Yo creo que, más que nido, era una especie de capullo, en donde se preparó para nacer... ¿Cómo llegó ahí? Quién sabe.


Indalecio

—Pues se trata de una cosa bien rara, Indalecio. Haga de cuenta un chango. Es chaparro; nunca le alcanzo a ver bien la cara porque obviamente estoy que me cago del miedo, pero sí he alcanzado a ver sus ojos rojos y brillantes. Tiene una cola largota y horrible. Todo él es negro, muy negro. Y gordo. Parece que está panzón de pura calamidad... Lo peor de todo es que lo veo siempre ¡adentro de mi cuarto! ¡Aquí, en la clínica! Imagínese usted que de pronto está durmiendo muy quitado de la pena en su recámara, se despierta y ve en el rincón, en medio de las sombras, a semejante cosa. Para morirse del miedo, ¿no? El gato de la clínica, que duerme en mi cuarto, siempre le maúlla horriblemente (de lejitos, claro). Ya ha oído usted los alaridos terribles de los gatos espantados, ¿no? Parecen los de un niño llorando... —yo le hice que sí con la cabeza—. No sé qué sea, Indalecio. ¿Será un demonio? ¿Usted qué cree?
Yo le di la vuelta al doctor porque no supe qué decir. Quedamos en que le diría a mi esposa Chepa para ver qué recomendaba... La verdad es que desde ayer eso me trae muy mal, ni siquiera el dedo mocho me trae tanta pena. ¡Pobre doctor! De verdad que sufre. Me gustaría no ser yo quien le ocasione tanto susto, pero lo tengo que hacer. Dice él que lo visita un chango... ¡Ora chango! ¡Qué va a ser! Me han dicho muchas cosas desde que me volví nagual, pero ¿chango? ¡Nunca! Lo he estado visitando las últimas tres madrugadas porque así es el ritual; ya nada más faltan dos visitas. A mí no me gusta mucho que digamos eso de echarme al doctor. Pero uno, para sobrevivir, debe hacerse de almas buenas, y a mí el doctor se me hace un alma muy, muy buena. Yo lo estimo mucho a él, por eso me va a costar harto trabajo darle cuello; pero ni modo... Es lo que me toca: matar gente es mi condena. ¿Ya qué le voy a hacer?


¡Clarito lo vi!

Bueno, pues mire, le voy a decir la mera verdad: yo tengo miedo y mucho, señor. Ay, no, hubiera visto hoy en la mañana: salí en chinga de mi casa, casi dejo la chancla por ai tirada. Es que ¡de veras! Sabe Dios que ya estoy vieja y luego con estos sustos... ¡¿A dónde voy a ir a dar?!... Pero bueno, ¡ya! Le voy a contar. Mire, lo que pasa es que yo trabajo aquí hasta tarde..., bueno, no tan tarde pero ya está oscuro y luego lo que se hace el carro hasta donde yo vivo... ¡No, hombre! Pues ya llego noche y lo malo es que por allá es puro bosque y está bien sólido a todas horas, ahora imagínese de noche... El caso es  que yo ayer llegué como siempre, ¿no? Iba caminando pensando cosas —ya sabe— y en eso que escucho algo y... No le miento, señor, casi me hago del baño. Como todavía me faltaba un buen tanto, seguí caminando porque dije: “Pues ha de ser algún tlacuache”. Ya se me estaba pasando un poco el susto cuando de pronto siento una mirada y que volteo y... ¡No me va usté a creer! ¡Que veo a un león!... No, no se ría, ¡clarito lo vi! Estaba así, con sus ojotes viéndome... Mire nomás, ya hasta se me puso la piel de gallina... Es que sí, se lo juro. Estaré vieja y lo que usted quiera, ¡pero loca no! Yo sé lo que vi. Era un león: un gatote así, mire, así de grande, y bien peludo. Yo empecé a caminar despacito para que no se asustara y, ya cuando avancé un poquito, que me suelto a correr; pensé que no la libraba. Luego luego le hablé a mi hijo cuando llegué ahí a su casa de usted y le pedí que le dijiera a la policía. ¡Vaya usté a saber si me hizo caso! Yo siento que no porque lo oí como que no me creyó, pero le digo: ¡yo sé lo que vi! Por ésta, mire, por ésta. Por eso hoy en la mañana pasé como bala por ahí, no me lo fuera yo a encontrar.


La noche escarlata

Suena el Himno Nacional en la radio del autobús. Es medianoche y nos encaminamos a la TAPO. “Buenas noches, señores pasajeros. Autobuses de Oriente les agradece su preferencia...”, el discurso de siempre que decido ignorar porque ya me lo sé. Reclino mi asiento, me pongo los audífonos y me dispongo a estar sentado cinco horas que, para un insomne como yo, son una eternidad. Recorro la cortina un poco para que no moleste a la gente normal que sí duerme. Veo hacia afuera durante un largo rato. La una. Las dos. Las tres de la mañana. Ya estamos más cerca. Ruedan y ruedan las llantas del autobús. Miro a través de la ventana árboles, asfalto, luces a lo lejos... Un hombre. ¿Qué hace? ¿Por qué está parado a mitad de la carretera? ¿Es un cuchillo lo que tiene en la mano? No, un machete. ¡Rojo, rojo! ¡Es sangre! ¿Y ese bulto? ¡Una mujer! ¡Alguien sálvela! El hombre está sobre ella y la penetra con el fierro oxidado. Oye que viene el camión y voltea. Fija su mirada en mí, el único que lo ve. Tiene la frente colmada de sudor y los ojos abiertos de par en par como un búho demente. Me ve, arquea una ceja y dibuja una sonrisa tenebrosa antes de que se pierda entre las tinieblas de esa noche escarlata. El autobús lo deja atrás.


La silla mortecina

Hoy hablé con mi hija Ali por teléfono, ¡qué bonita voz tiene! Le pregunté por el peque y le dije que cuando pueda me mande una foto para ponerla en un portarretratos bien bonito que me compré. Me dijo que sí, que “a ver cuándo”. Ya no creo volver a verla... Dejé de escribir las últimas dos semanas porque pensé que por el mero hecho de invocar a la muerte, malas cosas ocurrirían. Definitivamente estaba equivocado: el desgaste continúa y nada hay que pueda hacer al respecto. De la silla sólo quedan pedazos: es un hecho que desaparece conmigo. Pienso que ya estoy preparado, ya preveo la antes temida llegada. Quizás esta noche sea la última de mi vida. Si es así, no me preocupa. Hoy la muerte se presenta ante mí como un destino... Como un umbral. Como un umbral redentor.


Twitter: @eduardorcerdan

martes, 12 de mayo de 2015

Luis Pineda Villaseñor


Luis Pineda Villaseñor (mayo 26, 1952, México D.F.). Médico cirujano por la UNAM 1974. Maestro en  apreciación y creación literarias Casa de Cultura Lamm (SEP) 2009. Publicaciones literarias: Sendero de instantes (poemario haikû), 2010, Editorial Felou; Verbalgia  (cuento), (Premio A. Chejov 2009), El puro cuento Nº 7 Ed. Praxis; Marea Negra (novela), 2013, Editorial Terracota,  Colección La escritura invisible Nº 54; Libélulas (poema visual), 2013, Editorial DeLirio; La palabra transfigurada: 100 años de la poesía visual mexicana. Antología; El barco (minificción), 2015, Editorial Cofradía de Coyotes, Cuentos pequeños GRANDES LECTORES. Antología (Agustín Cadena, Amélie Olaiz).



Mutación

La manzana podrida fue expulsada de la casa, arrojada a la calle. Rodó y rodó cuesta abajo hasta el valle. Fue olvidada.
Tiempo después, en el mismo valle, de un árbol torcido se cosechan las manzanas más sabrosas de esa región.

                                                          
Sonrisa

—¿Has visto sonreír a un animal, a un ángel o a un hada? —pregunta un hombre.
—Yo todavía no —responde un dios.
—Yo ya —interrumpe un poeta.


El barco

El niño sueña que viaja en su barco de juguete. El barco se hunde en un temporal. El niño sobrevive y nada hasta una isla. En ella espera, por un largo tiempo, a que llegue otro barco a rescatarlo; recorre toda la isla, pone señales para que de lejos lo vean, pasa los días en la parte más alta de la isla buscando en el horizonte al otro barco: su salvador, pero no llega ninguno. El niño sabe que en su sueño no vendrá ningún barco a rescatarlo. Despierta, mira el barco de juguete a un lado de su cama. Decide volverse a dormir para soñar que viaja en otro barco de juguete, el cual se hundirá frente a la isla de la que nunca salió.


Minucias

El cuento fue tan corto que por eso: justo antes de empezar ya había concluido.


Minirrelato IX

Soñé que deseaba desearte; mi sueño viajó hasta encontrarse con el tuyo (tu sueño), trató de seducirlo, pero tus sueños desearon ignorarme porque –según dijeron- “desear deseos durante los sueños, impide realizarlos cuando estás despierto”.
No te creí y te sigo deseando, aunque seas un sueño.


viernes, 24 de abril de 2015

César Navarrete Vázquez


César Navarrete Vázquez. Sus orígenes se remontan al estado de Guerrero, al pueblo de Tlalchapa. Su tío abuelo fue el guerrillero Genaro Vázquez Rojas. Estudió Ciencias de la Comunicación y es profesor universitario. Su fascinación por otras culturas hizo que, desde muy joven, se interesara por las lenguas; lo que a la postre lo convirtió en traductor empírico de poesía —ha traducido directamente doce idiomas, y conformado un par de antologías virtuales de poesía alemana y árabe—. Dicho interés le ha llevado a más de veinte países y a devenir en fotógrafo, cronista de viaje, etnomusicólogo y documentalista. De todo lo anterior, jamás recibió compensación económica alguna. Está vinculado con la televisión cultural desde hace más de diez años. Sin embargo, nunca ha permitido que su trabajo —lo que hace para sobrevivir— se interponga con sus vocaciones tardías: la lectura, la traducción y la escritura. Es enemigo de las becas y los premios. Escritor de vena satírica, ha publicado dos libros: Poenimios (Tierra Húmeda Editorial de Poesía, 2014) y Fábulas-o-heces (Edición de autor, 2014). Administra los blogs: Palabras deviento (literatura y traducción) y Cuadernos de sal (viaje, fotografía y crónica).




De Fábulas-o-heces*


El hijo de la... cabra

Una cabra parió un cabrito. Éste creció, y se convirtió en lo que tenía que ser.


Los armiños
[En una época en que los reencuentros están de moda]

Hace tiempo separaron a una familia de armiños. Más adelante, los miembros se reencontraron... en un abrigo.

Y después dicen que los reencuentros familiares no ponen la piel de gallina.


La tristeza de la paloma

Hay palomas, hembras —y no miento, pregúntenle a un ornitólogo—, que no pueden poner huevos cuando se sienten solas.

Mujeres, aunque se sienten sobre mucho güevos, de todos modos se sentirán solas.


El linaje de la araña cangrejo australiana

Tras romper el cascarón, las crías devoran a su madre —comienzan por las patas, succionándole los jugos hasta desangrarla.

Yo conozco a muchos hijos de la chingada que son así.


La hiena y el ser humano


Depravada y golosa, ama el fuerte sabor de las carnes pasadas

Juan José Arreola, Bestiario, Bestiario, La hiena.



—¿De qué te ríes con semejante carcajada histérica, hiena?
—Me río tanto, humano idiota, de que supongas que me río.

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N. del A. Lo que los seres humanos denominan la «risa» de la hiena es un sonido que este carnívoro emite ya cuando encontró alguna carroña —o alimento—, ya cuando está en celo.



El escarabajo es-terco-lero, lero...

siempre trabajo calladito, sin tratar de lucirme más
que por mis esfuerzos en llevar a cabo mi ruda tarea de estercolero

Godofredo Daireaux, Fábulas argentinas, El escarabajo y el picaflor.


Un escarabajo rueda la gran bola de estiércol con que agasajará y conquistará a su hembra: la es-cara-baja.

Escribo esto para quien me entiende: las mujeres casadas y las que no lo son.


El ser humano y la cucaracha

Un humano amenazaba a un ortóptero mientras gritaba para hacerse notar: —¡Te aplastaré como a una cucaracha! —Si te fijas bien, en realidad soy una cucaracha; por tanto, si me aplastas, tendrás que hacerlo como a una.


El sapo literario

Un anuro voraz, que tragaba luciérnagas luminosas, realizaba «actividades literarias» (e. d. borracheras), durante las cuales sus contertulios alababan animosamente el resplandor de su barriga.

Si les apetece, bufónidos insaciables del submundo escritural, pueden engullir esta fabulita para que sus prominentísimos abdómenes brillen lo que no sus cabezas —preferente-mente— calvas.


La tortuga «Rheodytes Leukops»

¿Te sorprendes de que la tortuga de la cuenca de Fitzroy respire por el recto, siendo que abundan hombres —como tú, verbigracia— que piensan con el pito?
(Tal actitud sorprendería aún más al mismísimo reptil.)

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N. del A. Este quelonio, descubierto apenas en 1980, se localiza únicamente en Australia. Es famoso por su método de respiración: aspira el agua por medio del ano, extrayendo el oxígeno de ésta y después la expele nuevamente.

La cucaracha descerebrada

«Está comprobado científica/mente» —argumento indispensable para que muchas cabezas huecas de esta época consientan o reprueban algo—, que la cucaracha vive hasta nueve días sin cabeza, muriendo sólo porque no pueden comer.

¡El mundo está lleno de gente que (sobre)vive sin cabeza no nueve días, sino toda una vida! Dicho sea de paso, también «está comprobado».

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N. del A. Las cucarachas tienen el cerebro en el cuerpo, no en la cabeza.



De Agreguerías

El cabestrillo le hace honores a la bandera.

Mascar chicle para el mal aliento me sabe a cliché.

Los puentes levadizos son los limpiaparabrisas del horizonte.

La cuchara es la catapulta con que el niño hace papilla a sus enemigos.

La gelatina comienza a temblar cuando ve acercarse al niño hambriento.

La sopa de letras da la sensación de que uno se come sus propias palabras.

El chaleco fue alguna vez un suéter al que torturaron en el potro de castigo.

El fumador se convierte en su propio enterrador cuando llena su pipa con tabaco.

Al casado infiel le indigna profundamente que le hayan adulterado la bebida en el bar.


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*De Fábulas-o-heces (Edición de autor, 2014)