miércoles, 2 de noviembre de 2016

Victoria García Jolly


Victoria García Jolly es nativa de la Ciudad de México —¡como cinco generaciones de su familia!—. Entre sus muchas pasiones están el arte, la música, las libretas, las plumas fuente y su marido†. Desde muy chica se descubrió enamorada de los libros, creció entre ellos, aprendió a hacerlos y ha ganado alrededor de unos 10 premios por ello —ya no se acuerda bien—. Es una diseñadora editorial que diseña poco, dirige mucho y trabaja todavía más en Algarabía, que fundó en 2001 junto con María del Pilar Montes de Oca Sicilia. Además de fungir como directora de arte, escribe ensayo corto sobre sus pasiones, aprovechando los sesudos estudios que realizó de apreciación musical, museografía y museología e Historia del Arte Universal.
Ha publicado dos libros bobos: ¡Cuidado! Café cargado (2010) y ¡Mmm! Chocolate sin culpa (2015), y uno más, algo nada bobo: El libro de las letras. De la a a la z y no es diccionario (2011), para lo cual leyó montones de diccionarios y libros de filología. Finalmente, como no sabe estarse quieta, juntó todos sus textos serios sobre artes plásticas en Para amar al arte (2016), y lo publicó en coedición con la UAM Xochimilco.
Su dificultad para leer la superó cuando usó el primer par de anteojos y descubrió el cuento y la poesía: el humor de Jardiel Poncela, el amor a la vida de Whitman y el amor, amor en Neruda. Pronto se dedicó a la escritura de su propia ficción, pero mantuvo esta actividad guardada y sin pulir en montones de libretas dentro de un cajón dentro de un clóset. No se puede precisar qué la incitó ni cómo ni cuándo inició su «salida» y se animó a divulgar sus cuentos. Tal vez fue impulsada por sus maestros de cuento y literatura, Ricardo Chávez Castañeda y René Avilés Fabila, quien le escribió esto en un correo no hace mucho: «Ah, tu cuento es muy bueno, serás una feliz madre de un libro de minificciones. Bienvenida al mundo literario, ya triunfaste en el diseño y en el ensayo breve, ahora a lo que sigue en tu brillante carrera». Es con la Universidad Autónoma de Aguascalientes que espera publicar dicho libro.


Sobre sirenas
Las sirenas pueden ser bondadosas o perversas. No importa si tienen cuerpos de gallina o colas de pez, todas viven frustradas al no tener vagina. Viven permanentemente tristes e impenetradas a pesar de su rara belleza. Su canto es una suerte de lamento para despertar la ternura, la admiración o el deseo de los hombres. La dulzura que emana de sus voces demanda piedad y amor. Pero, tarde o temprano, todo concluye en tragedia: sea con la muerte de los marineros o con su eterna virginidad a cuestas. ¿Alguien las ha escuchado reír?

Variaciones sobre un tema trillado
Diario le digo que lo amo, y de nada sirve porque es sordo.
Diario le digo que lo amo, y él, lacónico, me da las gracias.
Diario le digo que lo amo y él, entusiasmado y agradecido, mueve la cola.
Diario le digo que lo amo, no importa que no responda. Luego salgo corriendo del cementerio para llegar temprano al trabajo.
Diario le digo que lo amo, excepto sábados y domingos. Sólo somos novios entre semana.
Diario le digo que lo amo, diario le digo que lo amo. Padezco ecolalia, padezco ecolalia.

Desde hoy creo en los fantasmas.
A partir de esta noche cambiaré mi forma de despedirme antes de ir a la cama, no más hasta mañana. Te diré solícita y seductora: ven a jalarme los pies, te estoy esperando, amor.

Muerto de calor
El calor infernal de aquel lugar provocó que el hombre, desesperado, se arrancara saco, camisa y, de inmediato, la piel.

La primera carta
—¡¿Qué haces?! ¡¿Te has vuelto loca?!
—No sé por qué te sorprende que amenace con disparar ahora y no hasta mañana, si en esta carta, que muy amablemente me dejaste en el escritorio, ya anticipabas que lo haría. Cuando la encontré tempranito hacía frío y me senté, emocionada, a leerla mientras bebía el primer café del día. Recogí mis piernas sobre el sofá y me hice borujo para no sentir el dolor que los pies helados infringían a mi cuerpo completo. Todo era silencio y penumbra, ansiedad de leer la primera carta que de tu puño me hacías llegar. Ilusionada y sonriente, leí:
«Hay buenas noticias, amor, que significan mucho trabajo, las malditas me quitan de la mente las imágenes fantasiosas de ti y de mí caminando como un par de bobos por la calle tomados de la mano, me borran la imagen erótica, aquella que se fijó en tu mente y en la mía en nuestros primeros días de relación: mis labios sobre tu vagina como si fuera otra boca, labios más carnosos, sensuales, humedecidos por el placer del amor. Besarte, joderte, lamerte, fue algo celestial. Esta escena vuelve a mí una y otra vez y me estremece, me hace pensar en tu respuesta, es la misma fotografía, pero desde otro ángulo: “Mi orgasmo en tu boca, tu cabeza entre mis piernas, tu mirada por encima de mi pubis se posa en mis ojos como preguntando si estoy complacida. No sé si ellos te lo dijeron: absolutamente. Tu media cara se veía joven y luminosa. Te adoré.”
«Me pregunto entonces, ¿cómo haremos el amor mañana? ¿Qué me pondré para gustarte? Prefiero verme seductor. ¿Cómo carajo logro eso? ¿Qué parte de tu cuerpo deseo besar primero? ¿Cuál tocarás tú? ¿Me morderás los labios? ¿Meteré mi nariz en tu pelo? ¿Qué loción mía te enciende? ¿Qué mirada es la que te derrite? Nada puedo planear, nada me puedo imaginar, me encomiendo a la espontaneidad del amor que está en suspenso, del sexo que está en latencia, de mis ganas perennes de entrar a tu boca y acariciarla, de penetrar tu piel, de arrancarte un gemido largo y otro feliz, partirte en dos la mirada mientras me hablas de amor y tus aventuras tontas.
«Tal vez deba llevar mi libro de hechizos mágicos, y tú los polvos de bruja que guardas en la despensa. Llevaré un frasco de toloache para derramar en tu vientre de donde beberé amor. En una de ésas llevo también pastelitos de miel y galletas de melaza en lugar de palabritas rosas para seducir tus oídos, para encontrar unos “te amo” novedosos como nunca los has escuchado, como nunca los he dicho. Cerraré los ojos para sentir tus respuestas y trazar en el aire las maneras en que tus manos me acariciarán, callaré para atender el sonido que produzca tu piel sobre la mía, tus pensamientos en los míos, tu amor en el mío, mi sexo en el tuyo.
«Al final abrirás los ojos lentamente para buscar los míos, tal vez en silencio te cantes, como sueles hacerlo, una hermosa y apasionada aria, esa que dice: “Io son l’amore, io son l’amore”.
«Me pregunto entonces cómo hacer para llevar a Miriam, sí, a esa amiga mía que te parece admirable por el valor que tuvo de amar a un hombre más allá de la vida y más allá de la muerte. Cómo haré para que aceptes complacida que, en lugar de tus labios, sean los suyos los que bese, para que mis manos penetren su piel y no la tuya, para que, húmeda, nos contemples y participes sin pensar que Miriam no eres tú, sin sentir el arrebato de los celos cuando mi cuerpo quede sobre el suyo y apenas mi mano sobre tu pecho. ¿Cómo hacer para despertar uno solo de tus instintos, el vital? ¿Cómo apaciguar tu furia?
«Sé que te has declarado incapaz de compartirme, que me has amenazado al igual que me has amado. ¿Aceptarás a Miriam? En el fondo lo que me pregunto es si todavía tienes cargada el arma que guardas en el buró; mi mayor preocupación no es que dispares, ciega de celos, contra el hermoso y suave cuerpo de Miriam, sino que falles y sea el mío el que quede ahí, gozoso y sin vida.
Tuyo, Raúl.»



jueves, 6 de octubre de 2016

Mario Calderón


Mario Calderón (Guanajuato, 1951), profesor-investigador del posgrado en Literatura Hispanoamericana de la BUAP. Poeta, cuentista y crítico literario. Es doctor en Literatura Hispanoamericana. Líder del Cuerpo Académico consolidado de PRODEM “Literatura y cultura mexicana: tradición y ruptura”. Es integrante de RIA (Red de Investigación en Arte) y ha pertenecido al Sistema de creadores con trayectoria por Bellas Artes, el FONCA, Guanajuato y Puebla. Ha publicado artículos de crítica literaria y sobre lenguaje, folclor, adivinanza y refrán, en Revista de Literatura mexicana contemporánea, Semiosis y Escritos, etc. Así como “La Novela costumbrista mexicana” en República de las letras de Belem Clark editado por la UNAM. Algunos de sus libros son Suma poética, Valparaíso Ediciones, España, 2014; Donde el águila paró (cuento), BUAP, 2010; El gran libro de la adivinanza, Lectorum, 2006; Historia y cultura mexicana a través del lenguaje, University of Texas at El Paso, 2010; La luz del topacio, ensayos sobre cuento mexicano, BUAP, 2010 y La estructura de la realidad derivada de la literatura, RIA, Red de Investigación en arte, 2013 y Lenguajes en la poesía mexicana (entre el canon y el folclore) UNAM, 2015.



El bufón

El bufón conversa con mi familia a pesar de mi desagrado. Yo siempre lo estoy vigilando. Él, como pidiendo aprobación, me mira a cada momento. Lo detesto porque en la calle dice de mí cosas falsas y la gente se las celebra. Siento vergüenza de que hable porque sé que está muerto. Ahora se presentó con muletas y sin dejar de hablar, sabe que sólo existe si se expresa. Se me acaba la paciencia, no puede fingir, y lo expulso de la casa con la fuerza de mi mente. Cierro la puer­ta. Comienza a llorar amargamente sobre el tejado. La familia exige que lo deje entrar y él entra acusándome de haberle cerrado la puerta. Me cuido de un muletazo.


Juntos otra vez

Te esperé en la nueva casa, hasta que la incredulidad de mi familia por mis relatos de tu antigua compañía, me hizo sentir que era un hombre morboso; pero esperé hasta que la espera me volvió miserable.
Pero anoche, por fin, después de dos meses y catorce días, te manifestaste. Fue sensacional, glorioso, fueron tres golpecitos de antología. Yo estaba en la cocina y tomaba un jugo, mientras mi hermana preparaba la cena. No te molestes por el miedo de mi hermana, ella aún no tiene madurez. Te lo aseguro, en tu toque había afecto y protección.
En las noches, de nuevo, nos comunicaremos a cada momen­to. Te buscaré por las habitaciones y en los sanitarios, donde a veces te gustaba estar. Sin que tú me lo digas te localizaré, sabré donde te encuentras sólo por el peso de tu presencia en mi sensibilidad. Te platicaré como antes, en voz alta, mis problemas, mis experiencias; tú me contestarás, como siempre, a través de mi imaginación. Y durante el día, ya sé que te disfrazarás de espíritu protector de toda la familia o que estarás metida en la jacaranda del jardín, y que ahí te perci­biré como a una cómplice.


El bicho

Una noche faltó la luz eléctrica en mi casa y mis ojos aprendieron a mirar en la oscuridad. Con malicia rogué al bicho fatuo que se manifestara, que produjera el acostumbrado barullo con el que me molesta en otras ocasiones. Él, confiado en que nunca lo puedo visualizar, salió corriendo y lanzando gritos de un extremo a otro: era un quiróptero raquítico. Di un manotazo y lo atrapé con el puño derecho. Lo estaba asfixiando por su vanidad, pero lo liberé porque me aguijoneó intenso y porque mi mujer, que es presuntuosa, me recordó que el asesinato no está permitido.


Posesión

Malaquías era un campesino alto y enjuto que en los días de invierno tomaba el sol con otros hombres sentado en una banca de la plaza del pueblo. Malhumorado y neurótico, pasaba sus mañanas criticando ácidamente a los transeúntes por cualquier motivo. Por su crueldad, algunas personas le apodaban Caín y los niños atrevidos le gritaban “malascrías”.
Su actitud era ya muy notable entre la gente, tanto, que las  lenguas comenzaron a rumorar que estaba poseído por malos espíritus porque además, su mujer, doña Secundina, contaba que Malaquías rechinaba los dientes y sacaba espuma por la boca todas las noches.
Comía demasiado y su cuerpo continuaba magro.
Ella preocupada le mezclaba agua bendita en sus alimentos, pero Malaquías cada vez se observaba con mayor intolerancia y enojo. Su semblante palideció al grado de parecer transparente.
Secundina lo acompañó entonces al centro de salud para que pidiera  vitaminas. El médico  mandó primero que le realizaran análisis de orina y excremento.
La segunda vez que acudió a cita médica, se le ordenó que tomara Flagyl, una medicina compuesta con hierbas amargas debido a que el resultado de los análisis diagnosticaba que Malaquías estaba invadido por parásitos, bichos en sus entrañas.



lunes, 26 de septiembre de 2016

Esther Vázquez-Ramos



Esther Vázquez-Ramos. Defeña de nacimiento, con raíces oaxaqueñas por el lado materno y mexiquenses por el paterno. Periodista y escritora. Publica reportajes, entrevistas y cuentos en diversos medios y revistas. Ha participado en 29 antologías de la Asociación de Escritores Tirant lo Blanc de México. Cuenta con la traducción de “Ethié”, al Catalá en Ideas Certeras, editado en Barcelona, España en 2012, cuento con el que obtuvo 2º lugar en el concurso: “Los valores ambientales a través del cuento” convocado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en 2007, y “Al final del día” y otros cuentos de CF Mexicana, publicado en e-Books Alfa Eridiani No. 20, en Madrid, España. Cuento que se llevó la portada
Ha participado en los talleres literarios de Felipe San José, Vicente Torres, Guillermo Samperio, Leticia Herrera Álvarez; Laura Elenes, Gilda Salinas, Anel Ávila, Ana Morales y la poeta Perla Shwarts en el Orfeo Catalá de México y en el taller permanente de Oscar Wong.
Asistente de Elena Poniatowska de 1992-1997. Desde 2012 propicia la lectura y la escritura entre niños y jóvenes en bibliotecas públicas y escuelas secundarias tanto en el Distrito Federal como en Cuautitlán, Estado de México, donde también imparte talleres como: “Soy, luego existo” y “Descubriendo mi identidad”. Medalla de plata en el 7º encuentro de una Memoria Docente, entre otros premios de cuentos.



Eva

Tu cuerpo reposa plácidamente sobre la sábana blanca, donde el sueño atrapó tus pensamientos de mujer.
            Precisamente, sobre esa sábana blanca dejaste tu inocencia un día, Eva niña, para convertirte en mujer cuando tu cuerpo fue tomado por sorpresa. Supiste del paraíso y de la manzana prohibida, hasta estar consciente de que sobre esa sábana blanca se moldeaba tu cuerpo en hermosas redondeces de mujer sensual; entonces tus senos pequeños derramaron la miel con la que amamantaste los frutos de tu vientre, Eva.
           Cierto, viviste para ti, pero también para ellos que te dieron satisfacciones, aunque también angustias y sinsabores, pero tu esperanza siempre estuvo alerta al alba de la aurora.
        Esta noche sobre la sábana blanca, te sabes acompañada únicamente de tus pensamientos y de tus ilusiones; estás consciente que tienes que poner la esperanza una vez más como bandera, para recuperar la fuerza vital de la que te has valido siempre, pues no quieres que esos pensamientos e ilusiones se escapen nuevamente de tu mente, de tu vida, porque aquí y ahora sabes, sientes presientes el dolor de tus fuerzas disminuidas, Eva niña, Eva mujer en el amanecer, en el ocaso, en el… Aurora.


Tras la ventana

A distancia se observa un territorio desolado. Un hombre tras la ventana mira distraído el cielo que se electriza por la lluvia torrencial que cae, lo que hace que una cabra se asuste. En su loca carrera, el animal aplasta en un instante a un caracol.
 Al percatarse del calendario, el hombre sabe que esos son efímeros números que simulan monedas sin tiempo, zapatos que flotan en el aire. De pronto siente que la ventisca empuja la caída de los días y de los números que oculta una colmena pletórica de arcángeles con las piernas jorobadas.
           Quizás eran pensamientos de locura, envueltos por una deidad proyectada en azul. Un hilo de trompo se atora en el cable que lleva la electricidad del tranvía y al pasar un bicicletero se electrocuta y se mece con la ventisca en el horizonte de las vías, simulando otro arcángel más sacrificado.


El hombre de negro

Un hombre permanece parado en el puente peatonal, mirando embelesado las luces de los autos cuando se cruzan de ida y vuelta por el circuito interior de la Ciudad de México. Éstas sólo dejan destellos, líneas luminosas indefinidas sobre el asfalto mojado, la noche está tranquila cosa que lo regocija.
           La lluvia y el viento pararon de repente, por lo mismo el puente permanece oscuro, solitario, sin embargo, el hombre se siente acalorado y se quita la gabardina que coloca sobre el barandal mientras se recarga sobre él. Viste traje negro adornado con cadenas y botones de plata en forma de balas pequeñas de tipo calibre 22.
           A su espalda, una sombra oscura se desliza con pisadas sigilosas. Su sexto sentido lo obliga a dar un grito ahogado en su garganta, al   hombre se le eriza la pie instintivamente jala la cadena de sus pantalones y en una lazada perfecta  la deja caer sobre la cabeza de la fiera que al verse acorralada muestra sus colmillos blancos, listos para hundirlos en el pecho del hombre de negro, pero la agilidad de éste lo lazó  sorprendió a la fiera en pleno siglo XX.        


Tuya para siempre

Con cariño para Guillon

Cuando leí: “mi Estrella” me quedé meditabunda, reflexionando: “¡mi Estrella!”
         Pues sí, “soy tu Estrella”, aleteo entre tus letras de aquí para allá y de allá para acá, nutriéndome del elíxir de tus palabras en flor. Mis aletas de sirena han alcanzado las aguas profundas de tus ríos y mares alimentados de esos pensamientos que me dejaron atrapada, cual pequeña mosca, en la tela de araña de las páginas infinitas de tus textos; entonces, sí: soy tuya para siempre.

Textos y semblanza cortesía de la misma autora.