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viernes, 14 de octubre de 2011

Jaime Muñoz Vargas


Jaime Muñoz Vargas (Gómez Palacio, Durango, México, 1964), maestro, periodista, editor y narrador. Ha publicado las novelas El principio del terror (1999), Juegos de amor y malquerencia (2003) y Parábola del moribundo (2009); los libros de cuentos El augurio de la lumbre (1990), Las manos del tahúr (2006), Polvo somos (2006), Ojos en la sombra (2007), Monterrosaurio (microrrelato, 2008) y Leyenda Morgan (2009); los poemarios Pálpito de la sierra tarahumara (1997), Filius (1997), Salutación de la luz (2001) y Quienes esperan (2002); entre otros libros. Algunos de sus microrrelatos aparecen en la antología La otra mirada (Palencia, España, 2005). Ha ganado los premios nacionales de Narrativa Joven (1989), de novela Jorge Ibargüengoitia (2001), de cuento de San Luis Potosí (2005), de cuento Gerardo Cornejo (2005) y de novela Rafael Ramírez Heredia (2009). Textos suyos han aparecido en publicaciones de México, Argentina y España.



Autobiografía

Fracasé. Soy, como todo el mundo lo sabe, un perfecto desconocido.


Independencia

Tuvo todo para vivir holgadamente el resto de su vida, pero renunció a ese destino tan insípido, tan poca cosa. Hoy, dueño de todos sus movimientos, de toda su hambre, de toda su soledad y de toda su piojosa comezón, era feliz. Tenía ya el inmenso lujo de vivir sin ningún lujo.


Contra tirios y troyanos

Para cerrar con broche de oro, todos pusieron su granito de arena con el fin de erradicar —costara lo que costara, de una vez por todas, contra viento y marea, sin dar ni pedir cuartel— los lugares comunes.


Silencio

Con Sangre en el río, novela de 800 páginas, continuó la saga de los Bermúdez Luquín que comenzó hace veinte años. Aparecieron en ese lapso Familia en el abismo, Bosque de maldad, La espera taciturna, Cartas al vacío, Víspera de la ambición, Territorio enemigo, La puerta inexistente, Límites del encono, Marejada, Rojo en la niebla y Humo violento, novelas que ya configuraban, todas juntas, un mundo narrativo de dimensiones balzaquianas, diez mil páginas de violencia, amor, celos, heroísmos y traiciones en torno a los miembros de la familia Bermúdez Luquín. Para escribir eso necesitó silencio, soledad, aislamiento pleno. Siempre fue un hombre de pocas palabras.


Curso de ética
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Durante las primeras diez sesiones el profesor se dedicó a explicar que la delación era una de las manifestaciones más abyectas de la conducta humana. Los alumnos aprobaron el primer examen y el aprovechamiento fue total: las calificaciones no bajaron del 9 (nueve). Luego el maestro abordó otros temas: la mentira, la venganza, la irresponsabilidad. Lamentablemente, esos tópicos apenas fueron sobrevolados y la mayoría de los alumnos acusó notables tropiezos, y resultó entonces previsible que en los siguientes exámenes parciales se dieran caídas casi irreparables. Pero la nota final tuvo una posibilidad de mejoría. El profesor de ética reunió a los alumnos reprobados y, con voz suave, con ademán cómplice, persuasivo, les indicó que para salvar la materia podían llevarle, cada uno, mil pesos en efectivo. No hubo titubeos. Los alumnos desfilaron por el departamento del profesor y nadie osó denunciar a su maestro. Los alumnos aprendieron muy bien la primera parte de su clase: la delación es una de las manifestaciones más abyectas de la conducta humana. Gracias a eso rescataron una nota final satisfactoria y el curso les dejó, como era de esperar, una lección indeleble.



viernes, 28 de enero de 2011

Nellie Campobello (1900-1986)


Para muchos estudiosos, Cartucho de Nellie Campobello, es un antecedente directo de Juan Rulfo en Pedro Páramo. Sus frases, elípticas, de trato constante con el silencio, a veces casi imposiblemente breves, con metáforas súbitas donde la naturaleza humana deja de oponerse a la naturaleza. También la fragmentación de la historia es una de sus características. A cambio de describir las batallas o episodios extensos de los guerreros, Nellie, delinea los momentos más intensos, el anonimato popular y la transparencia literaria a manera de “tarjetas”. Parecería que a principios del siglo pasado Campobello era consciente de lo que ahora llamamos minificción y fractalidad, y no sólo de su esencia.
María Francisca Moya Luna (su verdadero nombre) nació con el siglo en Villa Ocampo, Durango; tras vivir en Parral y Chihuahua se muda a la Ciudad de México en 1923. Estudia Danza. Publica su primer libro de poemas y conoce a Martín Luis Guzmán con quien posteriormente tendría una intensa relación sentimental. En 1930 en la Habana conoce a Federico García Lorca; desde esa época es maestra de ballet en la escuela Nacional de Danza y aparece la primera edición de Cartucho. En l983 se presenta por última vez en público. Sus últimos años de vida acontecen entre nubarrones dignos de una serie policial al ser aparentemente secuestrada por las personas que la asistían, y que la mantienen oculta en Progreso de Obregón, Hidalgo, hasta su muerte, ocurrida también sin datos precisos.



Cuatro soldados sin 30-30

Y pasaba todos los días, flaco, mal vestido, era un soldado. Se hizo mi amigo porque un día nuestras sonrisas fueron iguales. Le enseñé mis muñecas, él sonreía, había hambre en su risa, yo pensé que si le regalaba unas gorditas de harina haría muy bien. Al otro día, cuando él pasaba al cerro, le ofrecí las gordas; su cuerpo flaco sonrió y sus labios pálidos se elasticaron con un “yo me llamo Rafael, soy trompeta del cerro de La Iguana”. Apretó la servilleta contra su estómago helado y se fue; parecía por detrás un espantapájaros; me dio risa y pensé que llevaba los pantalones de un muerto.
Hubo un combate de tres días en Parral; se combatía mucho.
“Traen un muerto ―dijeron―, el único que hubo en el cerro de La Iguana”. En una camilla de ramas de álamo pasó frente a mi casa; lo llevaban cuatro soldados. Me quedé sin voz, con los ojos abiertos, sufrí tanto, se lo llevaban, tenía unos balazos, vi su pantalón, hoy sí era el de un muerto.


Las sandías

Mamá dijo que aquel día empezó el sol a quemar desde temprana hora. Ella iba para Juárez. Los soles del Norte son fuertes, los dicen las caras curtidas y quebradas de sus hombres. Una columna de jinetes avanzaba por aquellos llanos. Entre Chihuahua y Juárez no había agua; ellos tenían sed, se fueron acercando a la vía. El tren que viene de México a Juárez carga sandías en Santa Rosalía; el general Villa lo supo y se lo dijo a sus hombres; iban a detenerlo; tenía sed, necesitaban las sandías. Así fue como llegaron hasta la vía y, al grito de ¡Viva Villa!, detuvieron los convoyes. Villa les gritó a sus muchachos: “Bajen hasta la última sandilla, y que se vaya el tren”. Todo el pasaje se quedó sorprendido al saber que aquellos hombres no querían otra cosa.
La marcha siguió, yo creo que la cola del tren, con sus pequeños balanceos, se hizo un punto en el desierto. Los villistas se quedarían muy contentos, cada uno abrazaba su sandía.


El cigarro de Samuel

Samuel Tamayo le tenía vergüenza a la gente. No lo hacían comer delante de nadie. Cuando hablaba, se ponía encendido, bajaba los ojos y se miraba los pies y las manos. No hablaba. Cuenta Betita que siempre se iba a comer a la cocina. El general Villa no lograba hacer que se le quitara la timidez. “Entre hombres no es así ―le decía el general a Betita―; si lo vieras, hijita, pelea como un verdadero soldado. Yo quiero tanto a Samuel; cuando andábamos en la sierra, cuando cruzamos Mapimí, muertos de hambre y de sed, este muchacho, hijita, tan vergonzoso como tú lo miras, venía y me daba pedacitos de tortilla dura que me guardaba en los tientos de su silla. Me cuidaba como si fuera yo su padre. Mucho quiero a Samuel. Por eso te lo encargo.”
Un día Samuel, aquel muchacho tímido, se quedó dormido dentro de un automóvil; Villa y Trillo también se quedaron allí, dormidos para siempre. Cosidos a balazos. Samuel iba en el asiento de atrás, ni siquiera cambió de postura. El rifle entre las piernas, el cigarro en la mano, sólo ladeó la cabeza.
Yo creo que a él le dio mucho gusto morir, ya no volvería a tener vergüenza. No sufriría más frente a la gente. Abrazó las balas y las retuvo. Así lo hubiera hecho con una novia. El cigarro siguió encendido entre sus dedos vacíos de vida.