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viernes, 20 de octubre de 2017

Diego Sañudo


Diego Sañudo ( Burgos, Castilla y León, España, 1981) comenzó su andadura literaria con cinco años, cuando comenzó a pedir libros en lugar de juguetes a los Reyes Magos. Se ha formado leyendo, escribiendo y acudiendo a numerosos talleres literarios.
Ha publicado Juego de Niños que se ha convertido en el libro más vendido de la editorial La Tinta del Silencio, con quienes publicará próximamente un segundo libro: Relatos capitales. Además, participará en una antología de microficción. También está presente en El fulgor de la estrella negra. Homenaje a David Bowie, en la antología Colección Bardeblás y en Relatos de Cerveza-Ficción.
Ha sido finalista del I Premio de microrrelatos Usar y Tirar, en el concurso de microrrelatos de Eñe, revista para leer, y en el concurso de microrrelatos de la feria del libro de Burgos entre otros.



Sonrió a la mujer que se sentó junto a él en el parque. Fue sutil pero ella le recordó que tenía alzheimer y que ya estaban casados.

***

Me dejaste un lunes y escribí un martes la lista de la compra:
—Cinta.
—Bolsas negras.
—Hacha.
Y sólo por eso sospechan de mí.

***

Le miró a los ojos y sintió esa indescriptible sensación tan embriagante, tan abstracta y tan visceral que se resume en cuatro letras: asco.

***


Delicioso, pensó sorprendido mientras masticaba, y se rio al recordar que casi se entrega a la poli porque no sabía qué hacer con el cadáver

***

Me encanta hacerlo boca arriba, boca abajo, de pie, sobre la mesa, en el suelo, en la playa, solo o acompañado. Leer es un placer

***

Micifuz cerró el chat enojado. Odiaba negociar la venta de armas con los humanos. Nunca le tomaban en serio cuando pedía su pago en atún.

***

Sopló las velas emocionado y pidió un deseo.
—No seas infantil —le dijo la sombra que le acompañaba— no es tu cumpleaños, es tu velatorio.


Twitter: @ Narratorio
Instagram: @Narratorio
Facebook: @Micronarratorio

lunes, 27 de enero de 2014

Jaime Panqueva


Jaime Panqueva. Bogotano nacido en año aciago de 1973. Desde 1998 reside fuera de su país, trasegó por Alemania y España para finalmente residir en México, donde llegó al extremo de ostentar también la nacionalidad mexicana. Su primer trabajo narrativo de largo aliento, Tribulaciones de Chinos en Indias, fue galardonado con el premio nacional Juan Rulfo de primera novela 2009, y publicado en el 2011 por Grupo Planeta bajo el nombre de La rosa de la China. Su colección de cuentos El final de los tiempos apareció bajo el sello Nortestación en 2012.
Ha colaborado en las revistas literarias Letras Libres, Los Suicidas, revista en versión impresa y blog literario, UNI-Diversidad de Puebla y Parteaguas de Aguascalientes. Colaborador habitual del diario El Espectador de Colombia, en versión impresa y blog literario, y de Hebdomadario, en el Diario del Istmo, Coatzacoalcos. Reside en Irapuato, Guanajuato, donde publica una columna de opinión semanal y edita la sección La trinca del cuento, de reciente aparición. Es colaborador de Casa de la Cultura y coordina un taller de creación literaria, además del programa de Taller de Escritura Joven de Irapuato.



Alicia

Me gusta soñar que soy secretaria. Secretaria bilingüe. Trabajo para un abogado de ascendencia alemana, alto y rubio, que defiende a los pobres y tiene los modales de un príncipe europeo. Él llega todas las mañanas temprano al despacho; le gusta madrugar, e incluso cuando llego yo, ya ha preparado el café y tiene varias cartas que dictarme. Me siento con mi faldita corta frente a él y cruzo la pierna. Noto el estremecimiento íntimo que lo sacude y que logra controlar, porque eso sí: mi jefe es un caballero. Ahí comienza lo mejor de mi día; mientras trabajo, esforzándome mucho para que todo quede como debe ser, mi jefe me lanza miradas tiernas y habla muy bien de las cosas que hago. Se ha hecho tarde y debo volver a casa con mis papás, me despido. Él, con su mano cálida, envuelve la mía, dice que el despacho jamás funcionaría sin mí. Me ruborizo, luego abro los ojos.
Lisbeth llega al congal arriando madres y descorriendo las cortinas. Dice que hoy es domingo, los mineros llegarán temprano. Me tocan mínimo dieciséis. 


Mi padre

Recuerdo aquel verano de la manera en que él siempre quiso que lo hiciera. La piscina bajo el sol del trópico, mis hermanas en sus tumbonas, mi madre hojeando una novela. Él con su libreta de apuntes descansaba bajo la sombra de un parasol. Mi mirada se cruzaba con la suya, mientras observaba con orgullo al grupo familiar. Era consciente de su felicidad. Por esa razón no dudo en prestarle mi memoria cuando sé que el Alzheimer está terminando de devorar la suya. Hoy intento conservar ese recuerdo para regresárselo cuando olvide nuestros nombres y el suyo. Un solo pensamiento empaña mi proyecto de simbiosis mnemotécnica: la incuestionable probabilidad de la herencia genética.


Experiencia olfativa de primer tipo

En mi nariz se rebullía la fragancia de aquella diosa. Su cuerpo, tendido bajo el mío, pugnaba por rebasar el efluvio celestial de la oquedad que acababa de recorrer. Podía pensar en la perfección de sus formas sinuosas, en la divina cadencia de sus quejidos, o en el rostro transfigurado de quien ha coronado el Elíseo. Pero, ese olor a mierdita que ahora me colmaba, la volvía tan terrenal como mi deseo ávido de volverla a penetrar.


Inter-t

En su oficina, Leucipo se debatía de nuevo contra la incertidumbre. Revisaba sus apuntes de la escena del crimen sin sacar nada en claro. El cuerpo destrozado del italiano, que pugnaba por llenar el desesperante vacío de aquella biblioteca laberíntica donde fue encontrado, presentaba señas visibles de lucha y rasgaduras profundas atribuibles a las garras de una esfinge. Esto, sin mencionar fracturas múltiples en brazos y tórax, similares a las ocasionadas por las masas de las blemias o por la implacable extremidad del esciápodo.
Durante el análisis, Leucipo repasó las declaraciones de testigos que aseguraron haber visto a la víctima discutiendo minutos antes de su desaparición con una hipatia (seguramente sobre la custodia de una hija en común). Otros observadores, de limitada credibilidad, sostuvieron que a Baudolino Aulario de Galiaudo, como decía llamarse el occiso, lo rondaban, desde hacía semanas, unos faunos casi invisibles.    
Las cavilaciones del inspector se vieron interrumpidas por la entrada de su compañero. Catapultado por la emoción, irrumpió en su despacho gritando “¡Eureka!” y agitando los brazos como si fuera a emprender el vuelo del ave Roc. Demócrito, así se llamaba, venía del laboratorio de medicina forense con una bolsita de plástico en la que se hallaba la pista decisiva de aquel embrollo intertextual: se trataba de un manojo de incopelusas provenientes de una mancuspia, que, como todos saben, la mascota consentida e insaciable de un tal Julio.


Pequeñeces

Cuando estaba en la prepa, en la clase de Biología, tuve una compañera con la que debía compartir el microscopio. Ella dijo alguna vez que tenía un gran sentido del humor.
Mi esposa dice con regularidad que la hago reír con demasiada frecuencia. Ahora que lo pienso bien, ambas tenían una afición en común: Les gustaban las cosas pequeñas. 


Una moneda

La pieza de metal aterrizó sobre el plástico del recipiente. Tome chino, vaya ahorrando pa’ uno destos… El cofre platino del Porsche rugió, eran doscientos caballos encabritados; el niño no se movía, estaba absorto con la moneda, un círculo pulido y perfecto. Cuando ésta reflejó el destello verde, al cambiar la luz del semáforo, las llantas chillaron y el auto fue devorado por el asfalto nocturno de la Quince. El estruendo del motor disimuló la voz aguda del rallón. El niño contempló sus dedos arqueados alrededor de la moneda, salpicados de escarcha plateada: pintura made in Germany. Antes de limpiarse los mocos con su manga, cerró el puño para atesorarla y al final, sonrió.


Tolkien en México

Bilbo Bolsón caminaba con tranquilamente con su equipaje al hombro cuando unos metros más adelante se detiene un par de narcocamionetas de las cuales descienden hombres armados. El hobbit se esconde dentro de un changarro del camino mientras observa como los hombres se balacean con la policía, granadas de fragmentación de por medio. Terminado el encuentro, los tipos suben a sus vehículos y se alejan. Bilbo sale de su escondite y le pregunta a la dueña del local. Señora: ¿ya voy llegando a la Comarca? La vieja le responde: Sí, pero a la Lagunera...

sábado, 5 de mayo de 2012

Otto Raúl González (1921-2007)


Otto-Raúl González (1921- 2007), poeta y escritor guatemalteco radicado en México más de 60 años. Publicó 71 libros de poesía, además de relatos breves y novela histórica. Su obra forma parte de múltiples antologías y ha sido traducida al inglés, francés, portugués, alemán, checo y chino.
          Algunos de sus libros son Voz y voto del geranio, A fuego lento, Sombras era, Viento claro, Canciones de los bosques de Guatemala, Coctel de frutas, Oír con los ojos (poesía); El diario de Leona Vicario, El magnicida o licor de exilio, Kaibil y El divino rostro (novela); Cuentos de psiquiatras, De brujos y chamanes, El mercader de torturas (cuento); y Sea breve (microrrelato).



Muerte del romanticismo

—Quiero morir en tus brazos
          —¡Tonto! Vendrá la policía y luego, ¿yo que hago?

Cacatúa modesta

La señora Romelia de Omsk-5, esposa del vicepresidente de Marte, entregó al Departamento de Estado Mental un diamante valorado en quinientos millones de créditos que le había regalado el Presidente terrícola Manlio Fabio X-13, durante el reciente viaje de los Omsk-5 al planeta Tierra. En efecto, la ley prohíbe a las personalidades marcianas conservar obsequios por valor de más de cincuenta créditos que le sean obsequiados en sus desplazamientos oficiales por el espacio. Al matrimonio Omsk-5 les quedó como único consuelo una modesta cacatúa que habla papiamento y que les regaló a su paso por la Luna, Micho IX, monarca constitucional de dicho satélite.


Declaración firmada por Satanás

Hoy presencié por enésima vez la ignominiosa expulsión de otra pareja. Una vez más el mismo ángel enclenque, tembloroso y senil, blandió la espada secular y llena de orín, en el primoroso bosquecillo donde da principio la vida humana en cada planeta que a Él se le ocurre poblar. Al igual que la primera pareja, y las que le han seguido a través de los siglos, ésta de ahora cubría sus hermosos cuerpos con hojas de parra, y en sus ojos brilló, en el momento de la expulsión, un odio cerval y primitivo, además de las lágrimas, claro está. ¿Es que nunca va a terminar este juego? ¿Para qué pues crear el paraíso si sus moradores van a estar siendo continuamente expulsados, aduciendo el vano pretexto de que han comido la fruta del mal? Fruta que más bien es la del bien. Si no la comieran, el edén sería un sitio aburridísimo en donde vivirían solamente dos ancianos solitarios y cubiertos de gruesas telarañas de tedio. Si yo estuviera en su lugar (pueden creerme), no expulsaría a nadie. Y, entonces Él sería el malo y yo el bueno. (f). Satanás.


El cuentista

Anselmo Rivas quería ser cuentista. Se le ocurrían muchos temas, pero nunca los redactaba. Simplemente dejaba que le bailaran en la mente. La directora de una conocida editorial, amiga suya, le dijo que estaba dispuesta a publicarle un libro de cuentos. Ésta era la cuarta o quinta vez que lo llamaba por teléfono y cuando dejaron de hablar, ella pensó: "a ver con qué cuento me sale ahora”.


Los García

—¿Bueno? Quiero hablar con García.
          —¿Cuál de todos? ¿García Gómez? ¿García Flores? ¿García Prada? ¿García Granados? ¿García Rubio? ¿García Lorca? ¿García Máinez? ¿García Pérez? ¿García Méndez? ¿García Mendoza? ¿García Márquez? ¿García Vides? ¿García Rueda? ¿García Ponce? ¿García Cano? ¿García López? ¿García Mora? ¿García Hernández? ¿García Sánchez? ¿García Rojas? ¿García Naranjo…?
          —Bueno, pues con cualquiera de ellos.


Niño precoz

La señora Computadora había dado a sombra un hermoso computadorcito, que al nacer pesaba robustos diez kilos. El señor Computador apagaba y encendía, encendía y apagaba sus focos electrónicos de arriba para mostrar su mecanizado júbilo. Por extraño que parezca, no repartía cigarros, puros, entre sus amigos, sino preciosas cartulinas en blanco.
          Hijo de padres tan inteligentes, Computadorcito se comportaba como tal y, a los tres días de haber aparecido en el mundo, ya resolvía los más complicados problemas, cuya solución le fuese pedida.
          Un día, llegó a la casa de la familia una tía vieja, retrógrada y pasada de moda y, al ver en funciones a su sobrino prodigio, solamente alcanzó a exclamar: "¡Ay, hijito! ¿Cómo? ¿Tan pequeño y ya computas?".


Dinosaurio enamorado

Hace millones de años, en plena selva jurásica, un dinosaurio cachondo se acercó a su pareja y le susurró al oído que estaba muriéndose de amor y de deseo.
          —Ahora no se puede –dijo ella—, lo siento mucho, pero es que estoy en mi milenio.


¿Borges?

¡Ring!… ¡Ring!… ¡Ring!
          —Quiero hablar con Borges.
          —¿El argentino o el nica…?


Celoso extremado

Llegué a la esquina y bien pronto pasó el autobús que me acercaría a mi casa. Tuve suerte. Había un asiento vacío que ocupé de inmediato. Alcé la vista y vi a una pareja en el asiento de enfrente. Aunque ella era de buen ver, su esposo (o amante o compañero de viaje a saber qué) iba a su lado. La miré a ella, lo vi a él. De pronto, escuché unas palabras pronunciadas en voz baja, que me sobresaltaron: “Siéntate bien, Ana María, porque ese tipo de enfrente te está metiendo la mirada entre las piernas”.


El acto

El día de la graduación en el colegio de señoritas El Sagrado Corazón, el caballero de Seingalt (Casanova) había sido invitado a decir algunas palabras alusivas al acto. Y sin mirar a las personas que formaban el presídium, habló durante media hora del acto sexual.


domingo, 19 de junio de 2011

Augusto Monterroso (2)


DECÁLOGO DEL ESCRITOR

Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es  bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: "En literatura no hay nada escrito".

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.


Fuente: Javier Perucho, El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano. Ficticia-Universidad Veracruzana, 2006.

domingo, 20 de marzo de 2011

Federico Patán


Federico Patán (1937, Gijón, Asturias, España), reside en México desde 1939. Desde 1969 es profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Nacional de México. Obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia (1986) por Último exilio y el Premio Universitario a la Creación y la Difusión de la Cultura (1994) y  el premio José Fuentes Mares (2006), por Encuentros. Ha colaborado con Ciencia, Arte, Cultura (Instituto Politécnico Nacional), Revista de la Universidad de México, Revista del Colegio de Bachilleres, Los Universitarios, Apuntes, Thesis, Vida Universitario (Nuevo León), Anuario de Historia, Anglia, Revista de Bellas Artes, El Faro, Casa del Tiempo, Diálogos, Plural, El Cuento, Revista Mexicana de Cultura, Sábado, El Gallo Ilustrado, El Día y El Impulso (suplemento cultural, Venezuela).
            Entre su obra publicada encontramos, poesía: Del oscuro canto (1965), Los caminos del alba (1968), Fuego lleno de semillas (1980), A orillas del silencio (1982), Del tiempo y la soledad (1983), Imágenes (1986), Dos veces el mismo río (1987), El mundo de Abel Caínez (1991), Umbrales (1992), Arboles hay y ríos (2000), Es el espejo un agua rigurosa (2008); cuento:  Nena, me llamo Walter (1986), En esta casa (1987), Encuentros (2006); novela: Último exilio (1986), Puertas antiguas (1989), El rumor de la sangre (1999), Esperanza (2001) y Casi desnudo (2008). Asimismo, ha publicado libros de ensayo y traducciones.



Intertextualidad

Huyó de If. Se hizo del tesoro. Lo invirtió en distintos negocios. Las ganancias le quitaron toda preocupación por el futuro. Se daba todos los caprichos. Se aburría. Viaja o lee, fue el consejo de un amigo prudente. Visitó La Mancha, estuvo con los del Liguria, acompañó a Nemo, habló con los cuatro hijos de Fiodor, té con Virginia en su habitación, una pinta de cerveza en un pub dublinés. Sin prisas fue llegando a viejo, ayudado por otras aventuras. Poco a poco se llenó de nostalgia. Supo entonces, por boca de un príncipe, de un país del cual jamás había regresado viajero ninguno. Sonriendo para sí, decidió visitarlo.


Atractivo

Lo he afirmado siempre: la belleza real es compleja, hecha como está de lo interno y de lo externo. Pero voy más allá: el cuerpo siempre cede ante lo espiritual. Cuando éste domina, lo meramente físico queda en puro sostén, gancho donde colgar lo que sinceramente importa. En consecuencia, guiado por mi creencia, espero. Así, me adentro en la plática de una chica para decirme enseguida: aún no. Sigo esperando ideas que me deslumbren en lo que expresan y en su modo de expresarse. A veces, tanta vigilia es un agobio. ¿No existirá la belleza real? Y de pronto un día cualquiera, quién sabe de dónde, aparece esta muchacha cuyo modo de andar…


El poeta se levanta

El poeta se levanta del lecho:
―¿Cómo dijiste que te llamabas?
―Beatriz.
―Ah sí, claro.


Laberinto

Mi padre guía por las intrincaciones del bosque. Lo sigo, obediente. Llegamos a la entrada del laberinto. Me instruye: “Te perderás muchas veces. No importa. Persevera. Más tarde o más temprano llegarás al centro. Allí está lo que debes recoger. Ya teniéndolo en tu poder, regresa. Aquí lo estaré aguardando” y me da una palmada en la espalda, como dándome ánimos. Me adentro unos pasos. Todo es limpieza. Avanzo. Los pasillos se complican, extraviándome una y otra vez. El tiempo deja de existir. Todo es silencio. Los pasillos se repiten. Todo es lo mismo. De pronto una curva y el centro. Lo sé porque allí está lo buscado. Lo miro con extrañeza, con curiosidad, con deleite, con arrobo. Decido quedarme en ese núcleo para siempre.


Espacio

―Entiéndalo, quería su espacio, el que de verdad le correspondía, sin importar en dónde fuera, cómo fuera, pero suyo. Lo dijo por primera vez hace muchos años. Luego, calló, sólo mencionándolo esporádicamente. Sin embargo, le vivía dentro. Es más, se lo iba comiendo por dentro. Y cuando nada quedaba ya por comer allí, sacó el ansia al mundo y la dejó hacer lo suyo. Pero en el mundo hay otros, muchos, y nos fue resultando insoportable escucharlo. Piénselo, día a día, noche a noche, sin cesar, oyéndole su insistencia. Era cuestión de él o yo, así que lo invité a seguirme. Lo convencí hablándole de su espacio. Caminó mansito detrás de mí, nada dijo cuando dejamos atrás el pueblo, nada dijo cuando llegamos al hoyo. Se quedó mirándolo. Poco a poco le vino una sonrisa de gusto al rostro. Se tendió en el agujero y dijo: llénalo de tierra. ¿Por qué ahora contra mí sí me limité a obedecerlo?


Cárcel

“¡Pero le insisto, no quiero ser libre! Eso que usted llama prisiones me da seguridad. Entiéndame, amanecer con la existencia programada es muy cómodo. Cada actividad a su hora resulta perfecto. Levantarse, el baño, el desayuno, el autobús al trabajo, el horario de oficina, el cafecito en el pasillo, el regreso al departamento. Perfección absoluta. Entonces, ¿para qué modificarla? Yo eso de la maduración no lo entiendo. ¿Qué no soy ya maduro a mi estilo?... No, pues me trajeron detenido porque no cumplo quién sabe qué medidas del gobierno… ¿Qué las leyes no son las leyes? Si ningún daño hago… ¿Cómo que el no cumplir las leyes es catastrófico para el gobierno? ¿Y si el cumplirlas es catastrófico para el individuo?... Ah, no puede arriesgarse la estabilidad del sistema. ¿Y entonces?... ¿A la cárcel?”.
            El funcionario asintió: “Sí, hasta que acepte ser libre… No, pero no esa libertad que no lo es, sino la nuestra”.


Hotel

Perdida en arrumacos, la pareja sale del ascensor, camina por el pasillo del hotel, llega casi al extremo, se detiene y mira la numeración. Burlándose de sí misma, retrocede hasta la puerta correcta. El hombre introduce la tarjeta en la cerradura y abre. Entonces la mujer se vuelve hacia el pasillo:
            ―Hasta aquí, señor narrador, que es nuestra luna de miel.
            ―Pero si ahora es cuando empieza lo…
            La puerta se cierra con un fuerte golpe.


Telón final

Asistencia moderada. El público murmura, la vista yendo al escenario de cuando en cuando. Las luces han creado una penumbra que va con la espera. Uno de los reporteros bosteza sin darse cuenta, para enseguida mirar en rededor con cierta vergüenza. Nadie le ha prestado atención y pone gesto de alivio. Así transcurre media hora. Un hombre algo dice a su compañera y a ésta se le oye susurrar “pero no sería cortés”, a lo cual el otro responde señalando el reloj con un gesto de impaciencia. En el escenario, también en penumbra, apenas se distingue una silla en medio del espacio vacío. De pronto, alguien señala una sombra y todo es silencio. La sombra adquiere cuerpo y el cuerpo es el de del productor. Se acerca a la orilla del proscenio y “acaba de morir” informa. Hay aplausos esporádicos. El público inicia la retirada.

domingo, 27 de febrero de 2011

Alejandro Jodorowsky



Alejandro Jodorowsky (Chile 1929). Artista polifacético que ha destacado como escritor, dramaturgo, actor, poeta, director teatral, director de cine, guionista, mimo… A la edad de 24 años viajó a París y se integra a la compañía de Marcel Marceau. En 1960 se instala en México por cerca de veinte años; a partir de 1980 reside en París y adquiere la nacionalidad francesa. En febrero de 1962 funda, en colaboración con Fernando Arrabal y Roland Topor, un movimiento artístico: el Pánico, que se sustenta en tres elementos básicos: terror, humor y simultaneidad. En la década de los noventa, instalado ya definitivamente en París, Jodorowsky se consagra a la escritura de varias series de cómic de ciencia-ficción con elementos esotéricos. La aportación más controvertida de Jodorowsky es la psicomagia, técnica que conjuga ritos chamánicos, el teatro y el psicoanálisis, y cuyo objetivo es conseguir la curación de los pacientes por catarsis.
            La obra literaria de Alejandro Jodorowsky la conforman Las ansias carnívoras (1981),  El loro de siete lenguas (1984), Donde mejor canta un pájaro (1993), El niño del jueves negro (1999) y Albina y los hombres-perro (2000). En México ha publicado Psicomagia (2005), Antología Pánica (1996), Los Evangelios para sanar (1997 - 2002), La sabiduría de los chistes (1998), El paso del ganso (2001), La danza de la realidad (2002), Fábulas pánicas (2003) y La vía del Tarot (2004). Entre sus películas más conocidas se encuentra La montaña sagrada, El topo y Santa sangre.



La Jaula

Quiso avanzar, tropezó con una pared invisible. Quiso retroceder, le pasó lo mismo. Palpó arriba, abajo, a los costados: estaba encerrado en una jaula de cristal. Dio golpes sin perder nunca las esperanzas, insistió una y otra vez en el mismo sitio, hasta que sintió un crujido y pudo atravesar la superficie fría con el puño. Se abrió paso y, por fin, salió al exterior. Avanzó feliz, sonriente, libre, pero se dio un frentazo contra una pared invisible. ¡Estaba dentro de una jaula mayor! Pensó, consolándose: “¡Por lo menos es más grande y está creciendo! ¡Crecerá tanto que un día desaparecerá!” Pero la jaula no crecía: el señor iba empequeñeciendo.


¡Arde, bruja, arde!

La monja estaba siendo quemada viva. Un mendigo, acosado por el frío, había llegado a la iglesia pidiendo albergue. Porque no tenía con qué hacer un fuego para calentarlo, la monja quemó una virgen de madera. Ahora el abad, viejo reseco a quien nadie había visto sonreír, la quemaba a ella, acusándola de comunista sacrílega. Ardió la pira, ardió su cuerpo, ardió su cuerpo, ardió su cuerpo, ardió su cuerpo, pasaron las horas, los días, tres semanas, y la carne siguió echando llamas sin consumirse. Las noches de la aldea ya no eran oscuras, los gallos no cesaban de cantar, los vecinos no podían dormir. Formaron filas, se pasaron baldes llenos con agua para empaparla, el incendio no cesó.  Así, lanzando lengua de fuego, la arrojaron a un pozo que colmaron con arena. De ese profundo sepulcro emergió un calor intenso que atrajo moscas, arañas y víboras. Decidieron desenterrarla. La encontraron aún en llamas y además viva. Le rogaron que dejara de arder. Sin decir una palabra caminó hacia la iglesia, bajó del púlpito al abad y lo estrechó contra su pecho. “¡Entra en Su corazón!” Cuando el viejo se consumió sin dejar cenizas, ella dejó de arder. Tomó una escoba y, como de costumbre, se puso a barrer el piso. Los aldeanos le llevaron pedazos de leña temiendo que algún otro mendigo llegara a pedirle albergue.


Ilusión equina

Un gran guerrero domó un caballo salvaje y montado en él conquistó ciudades, países, continentes. Al fallecer su amo, el animal anunció con gran orgullo: "¡Yo continuaré la conquista!", y se lanzó al ataque. ¡Lo mataron en pocos segundos y dieron su carne a los perros!


Maestro inútil

Caminó por esa ciudad en la que todos los habitantes se apresuraban a entrar temprano a sus casas para que no los sorprendiera el toque de queda. Tenía infinitas respuestas, pero no encontró a nadie que quisiera hacerle una pregunta.

Campo de concentración

El prisionero estira sus dedos y con trazos digitales forma un laberinto por donde su alma vaga buscando una salida.


Después de la guerra

El último ser humano vivo lanzó la última paletada de tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal, porque la muerte solo existe en la mirada del otro.


Epistemología
Con tristeza, el camaleón se dio cuenta de que, para conocer su verdadero color, tendría que posarse en el vacío.



Sitio web: Alejandro Jodorowsky

jueves, 24 de febrero de 2011

José de la Colina



José de la Colina (Santander, España, 1934), narrador, editor y crítico.  Al término de la guerra civil española su familia se traslada a Francia, Bélgica, Santo Domingo, Cuba y México, donde reside desde 1940. Publica a los 21 años su primer libro Cuentos para vencer a la muerte. Ha sido miembro de los consejos de redacción de Revista Mexicana de Literatura, Plural y Vuelta, subdirector del suplemento cultural sábado del diario unomásuno y director del Semanario Cultural del periódico Novedades. Ha colaborado con un sinfín de revistas como Revista de la Universidad de México, Letras Libres, México en la Cultura, Casa de las Américas (Cuba), Le Chanteau du verre (Bélgica), Contrechamp y Positif (Francia). En el año de 1994 ingresa al Sistema Nacional de Creadores Artísticos. Su narrativa breve se compone por La tumba india (1984), Tren de historias (1998), Álbum de Lilith (2000), Traer a cuento / Narrativa (1959-2003) (2004), Muertes ejemplares (2005), Portarrelatos (2007). En 2002 le fue otorgado el premio Mazatlán de Literatura.



La culta dama

Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado "El dinosaurio".
―Ah, es una delicia ―me respondió― ya estoy leyéndolo.


Las sirenas

Otra versión de la Odisea cuenta que la tripulación se perdió porque Ulises había ordenado a sus compañeros que se taparan los oídos para no oír el pérfido si bien dulce canto de las sirenas, pero olvidó indicarles que cerraran los ojos, y como además las sirenas, de formas generosas, sabían danzar...


La bella durmiente

El príncipe despertador besó a la bella durmiente, que despertó mientras él se dormía, y ella entonces lo besó a él, que despertó mientras ella volvía a dormir, entonces él...


Una pasión en el desierto

El extenuado y sediento viajero perdido en el desierto vio que la hermosa mujer del oasis venía hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.
―¡Por Alá ―gritó―, dime que esto no es un espejismo!
―No ―respondió la mujer, sonriendo―. El espejismo eres tú.
Y en un parpadeo de la mujer el hombre desapareció.


El final del principio

Aprovechando que Dios, tras haber trabajado seis días de la semana en la creación del Mundo, se había tomado el domingo y retirado a descansar, el Diablo entró en la Tierra y fundó la Historia.


Eurídice

Habiendo perdido a Eurídice, Orfeo la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:
—Te devuelvo a tu esposa, pero sólo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella te sigue y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.
Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos...
Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los Dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.
Y entonces con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa volvió el rostro y miró a Eurídice.

domingo, 13 de febrero de 2011

Marco Tulio Aguilera


Marco Tulio Aguilera (Bogotá, 1949) escritor colombiano residente en México desde 1978. Es autor de las novelas El amor y la muerte (Alfaguara), Los placeres perdidos, Las noches de Ventura/ Buenabestia (Planeta, México, Plaza y Janés, Colombia), La hermosa vida (CONACULTA, México), La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla), y Mujeres amadas (Universidad Veracruzana); de los libros de relatos Cuentos para antes de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Educación y Cultura, México), Cuentos para después de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura, México y España), El pollo que no quiso ser gallo (Alfaguara infantil, México y Colombia). Por sus libros de relatos ha obtenido los premios Latinoamericano de Cuento de Plural, de Durango, Santiago de Cali, Veracruzana, Gabriel García Márquez; y por sus novelas, el José Eustasio Rivera, Aquileo J. Echeverría.
Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.
Marco Tulio Aguilera tiene también una larga y destacada trayectoria como escritor de fábulas, la mayoría escritas como colaboraciones para el suplemento cultural sábado del periódico unomásuno.



El sueño del gato

Una mujer soñó que tiraba a un gato negro a un pozo y que se olvidaba de él. Seis semanas después soñó (en el mismo sueño) que regresaba al pozo y veía en en fondo, al gato, todavía vivo. El gato abría y cerraba el hocico, del cual no salía sonido alguno. La mujer pensó que había sido en extremo inhumana y que era necesario  hacer algo. Pensó que tenía dos posibilidades. Tirarle una gran roca y aplastarlo, o meterse al pozo y sacar al gato para dedicarse a cuidarlo hasta que se recuperara. Estaba en esta encrucijada, cuando despertó. Por un instante pensó que había sido injusto dejar el gato allá en el fondo, pero luego recordó que todo había sido un sueño y que los gatos de sueños no sufren. Sin embargo durante todo el día la mujer siguió pensando en el gato, sabiendo que de alguna manera se sentía culpable, aunque no hubiera razón razonable alguna.
            Cuando se acostó a dormir la noche siguiente pensó en el gato y rogó para que retornara la pesadilla, en la que estaba dispuesta a tomar alguna determinación con respecto al animal. No obstante, esa noche no soñó con el gato. Ni la noche siguiente, ni la siguiente. Y el sentimiento de culpa de la mujer crecía.
            Al sexto día despertó con un dolor de cabeza terrible. Supo que se iba a volver loca si no hacía algo. Entró a la buhardilla donde su esposo yacía enfermo como siempre, abandonado ahora por la decisión de su esposa. El hombre apenas si tuvo fuerzas para abrir los ojos. Vio que su esposa se acercaba, que lo observaba con inexplicable expresión. Que se sentaba al borde de la cama, le acariciaba la frente y luego, tras darle un beso en la mejilla, colocaba sus manos sobre su cuello y presionaba hasta hacerle extraviar el último aliento. La mujer cerró dulcemente los ojos del cadáver de su esposo. Luego se acostó a su lado y pudo dormir como no lo había hecho en los años que duró la enfermedad del que ahora descansaba en santa paz.


Fábula del mar en los ojos

Un hombre que era extranjero hasta de sí mismo se enamoró de una mujer extraña. Y se lo dijo. Pero ella era una mujer muy solitaria, indiferente, con pájaros en la cabeza. Si me quieres, le dijo, yo no sé si pueda quererte. Y, ¿cómo podré convencerte de que me quieras?, preguntó el hombre. Yo no conozco el mar, dijo la mujer, no conozco el bosque ni la selva. Sueño con orquídeas desde que las oí mencionar. He vivido en mi casa desde que nací. No he ido más allá de los límites de mi jardín.
En los ojos de la mujer había algo semejante a una tristeza serena, a un aburrimiento domesticado, a una desesperanza ya vieja y sin solución. Y, sin embargo, como quien trata de pescar ballenas en el manantial del traspatio, se atrevió a pedir: Llévame a ver el mar.
De acuerdo, dijo el hombre. Empaca y nos vamos.
Pero quiero ir a pie, desnuda y con una venda sobre los ojos.
No verás el camino.
Tú me guiarás.
Entonces no podrás ver el bosque y las selvas, no conocerás las orquídeas. No gozarás al contemplar por primera vez el mar.
Quizás sí pueda verlos y conocerlos a través de tus ojos.
Y entonces, ¿me amarás?
Antes de quitarme la venda me describirás el mar. Luego, cuando yo lo vea con mis propios ojos, sabré si puedo amarte o no.


El horoscopista

Hubo tales embaucadores en Babilonia que los grandes poseedores de dinero no tuvieron que preocuparse por tomar decisiones en su vida, ya que estaban convencidos que éstas se hallaban fijadas en el rumbo de los planetas antes de nacer y en los horóscopos de los sabios. Cada mañana se levantaban con el surgir del sol, metían la mano bajo la almohada y con gran cuidado leían cada uno de sus pasos, cada gesto, cada minúscula acción para cumplirlas, porque si no lo hacían, según los hacedores de horóscopos, estarían rebelándose contra el orden del universo y podrían acarrear la destrucción del orbe. Al poco tiempo de estar los hacedores de horóscopos en el oficio, no sólo los nobles sino el llano pueblo comenzó a creer a pie juntillas en lo predicho. Los que no tenían recursos para mandarse hacer horóscopos individuales apelaban a los genéricos, que exhibían en los templos. Y los que no podían entrar a los templos por butras de ley, se las ingeniaban para mirar los horóscopos de los demás y adaptarlos a sus propias circunstancias. Abu Naim, el más famoso hacedor de horóscopos, predijo dos eventos: uno mayúsculo y otro íntimo: la caída de Babilonia ante la arremetida de las fuerzas de Alejandro y el futuro de su propia vida, que sería el del más grande esplendor de horoscopista alguno. Lo primero se cumplió. Lo segundo no. Alejandro halló un pueblo resignado a obedecer el destino que Abu Naim decía haber leído en los cuerpos celestes. La primera medida que Alejandro tomó fue contra el cuello de Abu Naim. Según los apócrifos esto se debió a que el conquistador se había puesto de acuerdo con el horoscopista para que predijera la caída de Babilonia. Y naturalmente el conquistador estaba interesado en sepultar el secreto con su inventor. Abu Naim murió rodeado de la admiración de sus conciudadanos, quienes nunca pudieron comprender cómo logró predecir un hecho tan trascendental y no obstante eludir la precognición de su propia y nimia muerte. La gloria de Alejandro sigue incólume gracias a que el secreto se conserva. Los apócrifos nunca fueron tomados en serio. Y nunca lo serán. Por eso es que no hay que creer ni a los horoscopistas ni al redactor de esta historia.


Sitio web: Descabezadero

*Gracias al maestro Marco Tulio Aguilera por el apoyo a este proyecto.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Max Aub (1903-1973)


Max Aub fue un escritor español nacido en París y nacionalizado mexicano. Participó en la guerra civil española del lado de los republicanos. Luego de pasar por un campo de refugiados en Francia y viajar por Argelia, llegó a México en 1942 y participó activamente en la vida cultural. Su obra consta de más de un centenar de publicaciones y abarca ensayo, traducción, novela, teatro, poesía, cuento, docencia… Los libros donde Max Aub incursionó en la mini o microficción son Crímenes ejemplares, La uña, Sala de espera y Signos de ortografía, principalmente. Todos son recopilaciones en las que se intercalan cuentos largos, poemas, dibujos y otras expresiones artísticas que dan cuenta de la versatilidad del hombre creador.



Crímenes ejemplares

―¡ANTES MUERTA! ―me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!

―O―

ERA TAN FEO  el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite.

―O―

AQUEL ACTOR era tan malo, tan malo que todos pensaban ―de eso estoy seguro―: «que lo maten». Pero en el preciso momento en que yo lo deseaba cayó algo desde el techo y lo desnucó. Desde entonces ando con el remordimiento a cuestas de ser el responsable de su muerte.

―O―

ERA LA SÉPTIMA VEZ que me mandaba copiar aquella carta. Yo tengo mi diploma, soy una mecanógrafa de primera. Y una vez por un punto y seguido, que él dijo que era aparte, otra vez porque cambió un «quizás» por un «tal vez», otra porque se fue un v por una b, otra porque se le ocurrió añadir un párrafo, otras no sé por qué, la cosa es que la tuve que escribir siete veces. Y cuando se la llevé, me miró con esos ojos hipócritas de jefe de administración y empezó, otra vez: «Mire usted, señorita…». No lo dejé acabar. Hay que tener más respeto con los trabajadores.