jueves, 2 de julio de 2015

Sergio Golwarz (1906-1974)


Sergio Golwarz (1906-1974). Pseudónimo de Segismundo David Goldschwartz. Nació en Ginebra, Suiza. Vivió durante su infancia y juventud en Buenos Aires, Argentina. Estableció su residencia en México, donde ejerció el periodismo cultural, la creación literaria y la interpretación musical. Fue violista profesional y grabó varios títulos para casas disqueras como Musart, Orfeón y Columbia. Emprendió estudios de audio y acústica y divulgó descubrimientos importantes sobre el uso y la colocación de micrófonos para las transmisiones musicales. Publicó ensayos, cuentos, minificciones, novelas, teatro y numerosos aforismos. Ensayo sobre lo bello (1924),  El hombre del sombrero feliz (1959), La máscara de la risa (1963), Cuentos para idiotas (1967 y 1969) e Infundios ejemplares (1969) son algunas de sus obras. Murió en la Ciudad de México.


Los talmudistas

Por el año de 1421 llegó a Toledo un pequeño filósofo, cuya principal diversión consistía en decir cosas tan inofensivas como, por ejemplo, que Dios, para tener un hijo, se había visto obligado a recurrir a la ayuda del Espíritu Santo. También era muy dado a ciertos joviales razonamientos que tenían un vago sabor talmúdico. Una de sus especulaciones favoritas era ésta: “No es posible que Dios sea feliz existiendo el pecado. Si Dios no es feliz, no es perfecto; Si Dios no es perfecto, no es Dios; si Dios no es Dios, Dios no existe.”
Tanto insistió en mostrarse ingenioso, que el 20 de diciembre de 1491, como premio a su agudeza, fue condenado a la hoguera, por otros que tenían tanto ingenio como él, pero no lo prodigaban.
Antes de enviarlo a que sus huesos se calcinaran, para no darle tormento como aperitivo, lo instaron a desdecirse de su comprometedora conclusión. No tuvo ningún inconveniente; al contrario. Se prestó a ello de buen grado, y aseguró que creía a pie juntillas en el Hacedor. Pero no estuvo de acuerdo con la sentencia que se le había impuesto. “Si Dios es omnisciente —alegó—, conoce el porvenir; si conoce el porvenir, todo está previsto; si todo está previsto, el pecado no depende del hombre; si el pecado no depende del hombre, no hay pecadores; si no hay pecadores, todos somos justos; si todos somos justos, no merezco la hoguera”.
“Dices bien —le contestó un miembro del Santo Oficio, que modesta y previsoramente encapuchaba su ciencia—, pero la última parte de tu razonamiento no es la correcta. Debe ser así: si todos somos justos, todos iremos al cielo; y si todos iremos al cielo, ¿para qué preocuparse?
Escribe Esteban, el apócrifo, en su Syntesis theologicae fundamentalis (1492), que el razonador ardió como una rama seca. Añade el apócrifo que, poco después, el modesto encapuchado también ardió sin contratiempos: razonaba con demasiada perfección y mucho estilo talmúdico.


La venganza de Cide Hamete Benengeli

Cide Hamete Benengeli, posible autor del Quijote, para vengarse de que Cervantes —en una broma falaz e infamante— le reconociera la paternidad de sólo una parte de la obra, demostró que era capaz de crear otro Quijote —quizá muchos otros Quijotes—; pero omitió un detalle para que su venganza fuera perfecta y mayor su confusión: atribuírselo a Cervantes en vez de disfrazarse con el nombre de Avellaneda.
            Pero no faltó quien sospechara que Avellaneda, el autor del segundo Quijote de Cide Hamete Benengeli, era también Cervantes.



Controversia

La Infinita Sabiduría y la Infinita Ignorancia, que vivían desconociéndose desdeñosamente, fueron obligadas a enfrentarse por los mediocres —que esperaban gozarse con ellas—, para que dirimieran sus diferencias sobre lo trascendental.
Nunca se supo el resultado de tan curioso duelo, porque ambos usaron el silencio como único argumento.


Dos opiniones

—Yo conozco toda su vida.
—Yo conozco toda su muerte.
—Yo sé cómo vivió.
—Yo sé cómo murió.
—Sólo la vida es válida.
—Sólo la muerte es verdadera.



Gotas tóxicas*

Cuando escribo en serio me da risa, igual que a los lectores.
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El que un escritor no mencione jamás a otro en sus obras, puede ser indicio de gran independencia, pero también de gran ignorancia.
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¡Qué trabajo le costó a ese poeta lograr que su poema careciera de significado alguno!
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Apenas un literato despierta nuestra admiración, comenzamos a robarle ideas.
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El verdadero héroe de algunas obras literarias es el lector que las aguanta.
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Todos escribimos buscando la aprobación de dos o tres admirables talentos, que no nos leen ni por casualidad.
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Existen palabras que son frases hechas.
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Hay algo tan inútil como escribir versos: no escribirlos.

*Sergio Golwarz, Gotas tóxicas. (Aforismos y minificciones), selección y prólogo de Hiram Barrios, México: Cuadrivio Ediciones, 2015 [e-book: www.cuadrivio.com

Textos reproducidos con la autorización del editor.