lunes, 16 de septiembre de 2013

Martha Cerda


Martha Cerda, originaria de Guadalajara, escribe cuento, novela, poesía, ensayo y teatro.
Sus novelas La señora Rodríguez y otros mundos, Y apenas era miércoles y Toda una vida, han sido traducidas al Inglés, Francés, Italiano, Griego, Noruego y Alemán. Su obra se ha publicado también en Argentina y en España. Sus cuentos han sido incluidos en más de treinta antologías nacionales y extranjeras.
Ha recibido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales: fue becaria del National Endowment for the Arts; su novela Tutta una vita, (Editorial Il Saggiatore) recibió el Premio al  Mejor Libro de Ficción, otorgado por la Asociación de Libreros Italianos, en el año 1998. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia, por su novela Señuelo. Además, es Premio Jalisco, en Letras.
Es fundadora y directora de la Escuela de Escritores Sogem Guadalajara y presidenta del Centro Guadalajara del PEN Internacional.



Inventario

Mi vecino tenía un gato imaginario. Todas las mañanas lo sacaba a la calle, abría la puerta y le gritaba: "Anda, ve a hacer tus necesidades". El gato se paseaba imaginariamente por el jardín y al cabo de un rato regresaba a la casa, donde le esperaba un tazón de leche. Bebía imaginariamente el líquido, se lamía los bigotes, se relamía una mano y luego otra y se echaba a dormir en el tapete de la entrada. De vez en cuando perseguía un ratón o se subía a lo alto de un árbol.
Mi vecino se iba todo el día, pero cuando volvía a casa el gato ronroneaba y se le pegaba a las piernas imaginariamente. Mi vecino le acariciaba la cabeza y sonreía. El gato lo miraba con cierta ternura imaginaria y mi vecino se sentía acompañado. Me imagino que es negro (el gato), porque algunas personas se asustan cuando imaginan que lo ven pasar.
Una vez el gato se perdió y mi vecino estuvo una semana buscándolo; cuanto gato atropellado veía se imaginaba que era el suyo, hasta que imaginó que lo encontraba y todo volvió a ser como antes, por un tiempo, el suficiente para que mi vecino se imaginara que el gato lo había arañado. Lo castigó dejándolo sin leche. Yo me imaginaba al gato maullando de hambre. Entonces lo llamé: "minino, minino", y me imaginé que vino corriendo a mi casa. Desde ese día mi vecino no me habla, porque se imagina que yo me robé a su gato.


Propiedad privada *

Papá era dueño del mundo. Todas las noches, después de cenar, nos llevaba a la biblioteca, nos sentaba alrededor del globo terráqueo y lo hacía girar rápidamente para empezar el ritual: apuntaba el dedo índice hacia el globo, esperando con un íntimo placer a que se detuviera para oprimir con el dedo  lo que le quedara enfrente. Si era Cuba nos contaba de Martí; si Francia, nos hablaba de Napoleón; si Venezuela era la elegida, le tocaba el turno a Bolívar. Nosotros los veíamos flotar en el ambiente con sus espadas, sus galones de oro y sus sombreros de plumas, hasta que papá retiraba súbitamente la mano del mundo, encerrando de nuevo a los héroes, “para que no se tropezaran con el pueblo”. Es muy difícil ser emperador, libertador, dictador o cualquier otra cosa terminada en or y caminar entre la gente estúpida, decía. Luego apagaba el globo terráqueo (que era de cristal con un foco adentro) y nos mandaba a dormir palmeando las manos a la vez que ordenaba: “todo mundo a la cama”.  Así obscurecía al mismo tiempo en Sydney que en Sao Paulo, en Roma que en Buenos Aires y que en nuestra casa de México.  Papá sabía lo que decía, si alguno de nosotros chistaba, lo sacaba de su mundo.


Estertor*

La perra jadea, es un jadeo fuerte y riguroso, como si estuviera en un entrenamiento militar. El ruido me despierta, es de noche, pero no sé la noche de qué día... ¿Del de mi nacimiento? ¿Del de mi muerte?  La perra está coja, lo recuerdo con los ojos cerrados, entonces debe ser la noche de otro día. Un apenas ladrido sale de su garganta, me urge a acariciarla, pero mi mano ciega cae en el vacío, se hunde en el estertor de mi noche de bodas. Abro los ojos, la miro, me mira: la perra coja soy yo.


Asesinato *

Tomas de nuevo el cuchillo, ahora sí te atreverás, te dices, viendo el brillo de la hoja de acero inoxidable ir y venir frente a tus pupilas, provocándote. Acaricias el filo, levantas el cuchillo firmemente y... te detienes en el aire, no lo dejas caer. Quieres desprenderte de él pero no puedes, tus dedos están pegados al mango de madera. ¿Y si te olvidaras del asunto?  Aflojas los dedos un segundo para inmediatamente volverlos a apretar en torno a la madera. Con lo fácil que sería guardar el cuchillo, fumar un cigarro y arrepentirte de lo que estás a punto de hacer. Pero ya no te importa el qué dirán, estás decidida a pagar las consecuencias de tus actos, tomas el cuchillo con las dos manos, lo elevas y de un solo tajo cortas el pastel de chocolate.


Activista

Cambió de indumentaria, subió el cierre de la chamarra y tomó la calle como si lo estuviese esperando la manifestación. Caminó tres cuadras, a la cuarta recordó: habían pasado veinte años desde que iba a protestar contra… ¿contra qué?
Regresó a casa, guardó la chamarra, guardó la calle y el último grito que le quedaba para maldecir. Tal vez mañana recordara a quién debía lanzárselo.


(*) Textos inéditos y fotografía, cortesía de la autora.

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