domingo, 26 de mayo de 2013

Enrique González Rojo


Enrique González Rojo Arthur nace en 1928 en Ciudad de México. Ha recibido el Premio Xavier Villaurrutia en 1976, por el libro El quíntuple balar de mis sentidos y el Premio Nacional de Poesía Benemérito de América en 2002, en Oaxaca, por el poemario Viejos, entre otros. Integrante del movimiento Poeticista en los años 50, junto con Eduardo Lizalde, Marco Antonio Montes de Oca y Arturo González Cosío. Ha publicado innumerables libros, entre ellos, Para deletrear el infinito, extenso poema compuesto por múltiples libros; El Junco, Reflexiones sobre poesía y Poeta en la Ventana (Versodestierrro, 2008). En filosofía, Para leer a Althusser (1974), Teoría científica de la historia (1977), La Revolución proletario-intelectual (1981) y Epistemología y socialismo (1985), y recientemente En marcha hacia la concreción. Es una de las plumas más profundas e incisivas de las letras mexicanas.



Pozo

El abuelo se tiró al pozo y había que sacarlo. Los nietos, presurosos, le arrojamos una cuerda, y le gritamos que se agarrara fuertemente a ella para empezar a subirlo. Pero después de un gran esfuerzo sólo salió a la superficie el saco del abuelo. Tornamos a gritar y a arrojar otra vez la cuerda y sacamos los zapatos, los tirantes y la corbata del viejo. Su voz permanecía abajo, reticente. Después obtuvimos la camisa, los calcetines, la ropa interior y una fotografía de la abuela. Todavía se escuchaba su voz, pero como alejándose de nosotros en dirección al silencio. Arrojamos por última vez la cuerda y lo único que logramos sacar fue la sonrisa del abuelo.


Mensaje trunco

Este texto no está dirigido a ustedes, lectores. No se hizo pensando en unos destinatarios concretos o abstractos. Ya sé. No necesitan decírmelo: todo esto resulta un embrollo ya que, aunque no fue creado para el público en general, no puede prescindir de vosotros. Creo que no soy claro. Pero no importa. Déjenme continuar. Como fue escrito para un solo lector (o mejor lectora) en esta narración voy a aludir a temas que nadie va a entender por la sencilla razón de que no sabe a qué aluden. Voy a hablar, por ejemplo, de un acuario, de un pez globo y de una anguila siempre acompañada de su hermana menor. ¿Verdad que no se entiende? Y así por el estilo. La destinataria se perdió o se volvió invisible hace muchos años, pero sé que si doy a conocer esta narración hay cierta posibilidad de que llegue a sus manos y entonces la intención con que redacté este texto, como una pregunta que encuentra los brazos abiertos de la respuesta, se verá por fin recompensada. Por eso este minicuento o lo que sea quiero que se dé a conocer con bombo y platillos, que muchos lo lean aunque no sepan de qué diablos está hablando y que caiga finalmente en los ojos de mi lectora.

P.D. Mas, ay, ayer me enteré por un amigo que mi lectora potencial falleció hace mucho tiempo. El texto es, entonces, la encarnación del sinsentido; sólo representa una pérdida de tiempo para todos, y no hay por qué hablar de él. Es una voz clamando en el desierto, el puñado de frases de una tinta sin alas.


En torno a un asesinato

Al mismo tiempo que Poirot decía: nunca hay que dejarse llevar por lo obvio, el mayordomo limpió con un trapo el revólver y el botón de la puerta, corrió a su casa a sembrar en una maceta los laureles de su crimen perfecto.


Consejo

¿Dices que vas a intentar la narración erótica? murmura la amante entre las volutas de humo del cigarrillo post festum. Y añade: dada tu tendencia a la  eyaculación precoz, creo que triunfarás en tu empeño si te esfuerzas no en hacer novelas o cuentos, sino sólo minicuentos, cariño.


Deslinde gramatical

Aunque algunos los confunden, pez y pescado no son lo mismo. Todo pescado es un pez, pero no todo pez es pescado. Peces son lo que en los mares, los riachuelos o los lagos son dueños de sus giros, sus aleteos de ángeles mojados, la madeja indescriptible de sus rumbos. Pescados, los que con las redes o cañas de pescar son arrancados de su medio y pasados por las armas del oxígeno. Los peces condenados a recorrer sin descanso el círculo infernal de una pecera, también son pescados, víctimas del salvaje esteticismo de los ojos. Lo que hace, en fin, al pez diferente al pescado es la libertad, el ser una criatura que no sufre prohibiciones ni espacios acotados, el que, embarcado en su propia independencia, no padece los grilletes o el cadalso de las manos del hombre.