martes, 12 de agosto de 2014

Vanesa González


Vanesa González (Ciudad de México, 1994). Actualmente estudia en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha cursado talleres de cuento breve en la UNAM y en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el tercer lugar en el 12º concurso Universitario de cuento “Letras Muertas”. 



La enamorada

Eduardo lleva buen rato dormido. Es natural, fueron cinco horas en  carretera desde las cuatro de la mañana para llegar al rancho. Ya es hora de la comida, pero no quiero despertarlo, se ve tan tranquilo allí, en la hamaca, además ya sé qué pasa cuando está de malhumor. No, niños, váyanse a jugar a otro lado, calladitos. Ah, realmente está guapito mi Lalo. Ojalá que nuestro hijo se parezca más a él, güerito. Si tuviera un mejor carácter lo querría muchísimo más. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en la plaza, él jugaba con otros muchachos y su carcajada era muy ruidosa. Por eso lo quise, por su risa. Como es blanquito y no prietito le gustaba a todas, hasta a mi hermana, pero sólo yo fui la ganona. Ah, qué chulo marido me tocó. Ya es la hora de la comida, Lalo, Lalo, despiértate…
Si lo hubiera despertado a tiempo… pero ¿cómo iba a saber que Lalo se veía tan bien muerto? Lo comprobó todo en cuanto vio salir de entre su camisa semiabierta un alacrán güerito, tan hermoso y notable como Lalo.


Acertijo

—Mañana moriré en la horca.
Fueron las únicas palabras que pudieron salir de su boca, aunque podría decirse que habían salido por sus ojos grandes, bien abiertos a la expectativa.
—Así es —respondió con una sonrisa el hombre que se encontraba exactamente frente de él con los mismos ojos grandes, aunque ya no abiertos a la expectativa sino al asombro.
Había contestado después de haber pensado la respuesta a trueque del sueño. Él nunca había tenido una mente muy hábil y el acertijo que se le planteó era muy ingenioso: En una guerra, un soldado cayó en manos enemigas. El General del bando contario le dio a elegir entre morir fusilado o colgado en  la horca. Para ello, el soldado debía decir algo que si era cierto moriría fusilado, si era falso, moriría colgado. ¿Qué dijo el soldado para salir ileso? “Mañana moriré en la horca” era la respuesta correcta. Incluso entre enemigos hay lugar para los juegos.
Para evitar el deshonor del juguetón General quien había propuesto el acertijo, el soldado fue decapitado a primera hora.


Así como el deseo

Le hubiera gustado quitarle la blusa, es más, si tan sólo hubiera podido meter la mano. No importaba si había gente. Para quien es presa del calor no importa nada. Este calor hace algo parecido al que a eso de las tres de la tarde riega los campos cabelludos con manguera a presión y da besos franceses hasta que seca la boca, pero no es el mismo. Y sólo él sabe de cuántos charquitos tuvo que cuidar sus zapatos la hermosa aquel febril día.
Dentro de aquella sauna en desplazamiento, donde el vapor mana de la cercanía y el roce de los cuerpos de los usuarios que bajan y suben en diferentes estaciones; no fue sorpresa que la hermosa dejara flotar de a muertito su cabeza en el líquido cuajado de la ventana ni que el peso de los párpados le ganara. La inercia en el movimiento de sus tetas, estrujadas y arrimadas la una contra la otra por el corpiño mal medido, atrajo la mirada del hombre que, de un momento a otro, se encontró patinando sobre la superficie mojada del pecho.
Una gota, que seguramente comenzó su éxodo desde la frente, caía como perseguida hasta llegar gimiente y desmayada a la tibia bifurcación de los caminos convexos. Resbalaba suave. Se perdió en el único agujero negro que huele a algodón y mujer. Una, dos, tres tibias gotas más. La pupila intrusa y acalorada se abría como piscina dispuesta a llenarse. Sólo con ver se hartaba. Se llenó tanto que por los poros salía destilado lo que se derramaba. Por cada gota que caía a la piscina, quién sabe cuántas se iban evaporando hasta condensarse en la frente, espalda e ingle arrugadas del atento observador.
El ojo fijo sólo veía una parte de todo lo que la fantasía completaba. Imaginaba la prolongación de cada gota a través del cuerpo: podría con un poco de suerte seguir caminando, remojar un pezón, ignorar las prendas femeninas, lamer el abdomen, darle vuelta al ombligo, descender con la curvatura del monte y en un acto suicida, aquella lengua se despeñaría en caída libre en medio de las piernas. Deseó tanto que su lengua fuera esa lengua acuosa. Después de todo, a su edad y en sus condiciones, no queda más que el espejismo. Las muchachas son la única esperanza para contagiarse de juventud. Por eso jadeaba, por eso se iba convirtiendo en una fábrica de rocío. Quién sabe en qué momento dejó de ser rocío para llegar a ser cascada. Una silenciosa cascada salada que nadie escuchaba mientras su agua caía. El cabello le escurría por la cara, la cara por el pecho, el pecho por los muslos, los muslos por los pies y los pies por el suelo. En el suelo había un charco. El hombre había desaparecido.
        

Nostalgia

No dudaste en que regresaría como todos los veranos desde que fue llevada a la ciudad. Ella seguía yendo de visita a la casa de su tía cuando le daban algunos días de vacaciones en su trabajo. Cada año le costaba más irse, cada año odiaba más su destino, cada año se le veía más pálida, cabizbaja, tristona, cada año le pesaban más los zapatos al caminar por la vereda que llevaba a la parada del único autobús que te penetraba; oh, desierto, como una ballena intrusa. En la estación, los taxistas se resistían a llevarla por sus ropas que hacían nubes de polvo, pero logró llegar a su pequeño departamento y todavía decir con asombro al mirarse en el espejo de la entrada: “¡Vaya que estoy hecha tierra!”. 
Dejó el equipaje en el suelo y se dispuso a lavar tus besos bajo el agua de la regadera. Se talló la piel vigorosamente una, dos y tres veces, pero el agua seguía deslizándose turbia por su cuerpo. Desesperada, dejó el cepillo a un lado y se empezó a rascar con fuerza. Una masilla grisácea apenas se desprendía de su espalda y se le quedaba apelmazada en las uñas. Siguió rasguñando su vientre, sus senos, sus piernas y de todas partes se desprendía la masa gris inagotable, como tu tierra.
Seguía cayendo el agua caliente pero ya nadie se bañaba. Oh, desierto generoso, fue tu venganza, la última: una nostalgia penetrante. Sabías que era tuya, que tuyos eran su vientre, sus senos, sus piernas, su alma ¡Vaya, hasta los huesos! Los mismos huesos que quedaron amontonados bajo la regadera y que no pudieron irse, como el resto, por el drenaje.