miércoles, 30 de julio de 2014

Luis Ignacio Helguera (1962-2003)


Luis Ignacio Helguera (1962-2003). Ensayista, editor y crítico musical. En 1991 obtuvo la beca para “Jovénes Creadores” del FONCA en el área de ensayo. En 1996, el Programa de Proyectos y Coinversiones Culturales del FONCA le otorgó un apoyo para recoger sus escritos sobre música y realizar un estudio sobre el ensayo inglés en México. Obra publicada: poesía: Traspatios (FCE, 1989), Minotauro (UAM, 1993) y Murciélago al mediodía (Vuelta, 1997); ensayo: Antología del poema en prosa en México (FCE, 1993) y Atril del melómano (Conaculta, 1998); divertimentos, crónica y ensayos rápidos: ¿Por qué tose la gente en los conciertos? (Aldus, 2000). El cara de niño y otros cuentos (Ediciones Sin Nombre, 1997)



Fábula I

El sapo y la rana se mostraban una noche lluviosa sus versos. Entre celebraciones, descubrieron de pronto, con asombro extraordinario, que habían escrito un poema -"Loa al charco"- idéntico, literal.
Pero en lugar de disputarse los derechos de autor del caso apoyándose en recuentos de circunstancias y argumentos diversos, y como eran animales irracionales, quedaron de acuerdo, con un unísono eructo, en que lo esencial era divulgarlo, y lo proclamaron anónimo.


Fábula II

Un gato se trepó al tejado y se puso a escribirle un poema a su amada. Jugando con los hilos de estambre de la luna, enarbolaba versos hábilmente: "Fatal lejanía.../ cuántas azoteas de por medio..." De pronto, sonó a sus espaldas un maullido sensual. Volteando atrás, el poeta vio a su novia, a su musa, y, recobrándose del sobresalto, le dijo, ya muy tranquilo, aunque molesto: “Vete, luego nos vemos. Me has interrumpido.”


El cara de niño


En carrera enloquecida, huyendo, entre las piedras, de los zapatos.
¡Déjame ver su cara de niño, papá!
No tiene cara de niño, se llama así nada más.
Voltearon con una rama la masa aplastada, con patas estentóreas todavía.        Y un golpe de la luz radiante en plena cara del insecto reveló al verdugo una instantánea desconocida, en que aparecía él mismo cuando niño haciendo un gesto lastimoso y plañidero porque quería seguir jugando en el jardín y le habían dado alcance inapelable.


Siamesas

La complicidad de Renata y Roberta alcanza la carne. Su contigüidad no concede la gestación del secreto. No se siente Roberta la tía de Roberto sino su madre, segunda madre, madre dual: asistió momento por momento a la posesión inolvidable, al embarazo, al parto, a la maternidad; amamantó al bebé cuando se agotaba la leche de su hermana y la envidia del eterno testigo que quiso ser actriz la fue apagando el amor al niño, que Renata quiso inculcar o agradecer al no llamarlo Renato sino Roberto.
Harta quizás la Naturaleza de las quejas del hombre por su soledad insondable, engendró este género de plantas humanas, rama de dos flores, humanos de un cuerpo, cuerpo de dos almas, metempsicosis excéntrica. ¿Se acompañarán bien estos reos de una sola celda y condena?
Naturalmente, cultivaron Renata y Roberta un odio entrañable, ajedrez íntimo desbordado a veces en mordiscos, arañazos, golpes que conocieron como límite único frontera de la paz el dolor en la pelvis que las une.
El tiempo ha ido cosechando el equilibrio de dos fuerzas, la disolvencia de los contrastes, finalmente la concordia. Roberta jalaba a la derecha y Renata a la izquierda; Renata era dormilona y Roberta, insomne; Renata era brillante casi y casi opaca, Roberta; epicúrea era Renata y Roberta, estoica; a Roberta le gustaba comer y a Renata, beber. Con una adecuada mezcla de epicureísmo y estoicismo compartieron problemas gástricos, sentadas en un mueble sanitario siamés que mandaron fabricar.
El insólito dúo de violín y viola que formaron templó y armonizó sus cuerdas, tanto como su hijo Roberto, verdadero diapasón. Dan finos recitales de música de cámara a los que asiste mucha gente, lamentablemente pocas veces interesada en escuchar.
La vejez las ha vuelto tolerantes y, por fin, una sola persona.
A la luz del sol se lamen ahora como gatas siamesas

  
El rey

Había una vez un rey… que a pesar de haber extendido su reino por todo el mundo, o precisamente por eso mismo, llegó a sentirse lleno de tedio y de vejez desolada. El mundo le pareció cuadrado y su vida, de cuadritos, en blanco y negro.
            Pero un buen día le comunicó su consejero que dos peones suyos, embarazados de ocho casillas, habían parido dos hermosas y felices damas, como si de lentos sapos encantados hubieran florecido ágiles princesas encantadoras.
            Hasta entonces, y de golpe, el rey comprendió que su vida sólo había sido una larga, complicada y tediosa partida de ajedrez y que aunque había conseguido la victoria, de cualquier manera la partida había terminado y otras manos celebrarían por él.


Hortelana

Mi única cosecha cotidiana, verdura, fruta de esa temporada. Como coles suaves, frescas, tus senos al aire, tus pies descalzos, tus blancas piernas desnudas corrían entre espigas húmedas con el sabor todavía de la madrugada. Tus risas frágiles quebrándose inconscientes en la tarde, tu falda juguetona recolectando tomates, calabazas, berenjenas. Tu cabello desatado danzando al lento son de las nieblas del alba. Y nuestro páramo de sueños sencillos como las bugambilias, el trigo, los rábanos. Tú, en algún sitio, no finjas, también has de recordarlo.
            Aquí está su ensalada, señor.


El armario

De cada gancho un día colgado. “Cada día me decía el viejo se viste con un traje y un color diferentes: verde, azul, rosa hay días, en efecto gobernados por la cursilería, gris, negro…” Abundaban los ganchos en su armario y había seis o siete trajes adquiridos con esfuerzo, una bata a cuadros, tres pares de zapatos y una cajita de rapé donde guardaba etiquetas de puros finos y estampas pornográficas antiguas. Mostraba orgullosamente el mueble y lo acariciaba con cariño de abuelo preguntando: “¿No es hermoso?” Sí, lo era, con esa belleza esporádica que tienen de pronto todas las cosas comunes y corrientes.
            Una mañana, el abuelo ya no volvió a la oficina. Al hacer la limpieza del cuarto, la sirvienta barrió y recogió los días tirados en el piso y encontró después al viejo metido en el traje negro, colgado del último gancho. Como el armario era estrecho y resultaba un problema sacar el cadáver, sirvió también de ataúd.


Patio vecino

Rubicunda, coqueta, cuelga, se agita en el tendedero, la piñata. Como quien en la horca se mofa de la muerte. Repentino palo certero; explosión. Diluvio de cañas de azúcar, cacahuates, colación, naranjas; diluvio de niños. Un trozo de barro empapelado descalabra a uno: se rompe una esferita de Navidad. Recogen al niño, no el relleno de su piñata, el torrente de sueños blancos de posada como, por ejemplo, el rostro de una niña bonita dibujado por luces de Bengala.
            Patio súbitamente desolado. La piñata cercenada, se zarandea todavía hasta el último instante, en espasmos jocosos. Junto a ella, suben y pasan, vaporosos, con el confeti del aire, los sueños blancos desperdiciados.


Mujer iluminada

La mujer encinta de nueve peses pasados es trasladada en camilla presurosa al quirófano. Todo el equipo de enfermeras, anestesistas, instrumentistas y doctores salta atropelladamente sobre ella como si su bulto fuera un gran balón de futbol americano o una piñata partida. No puede dar a luz; cesárea necesaria. Sobre las batas y las cabezas con gorro de los especialistas, entre las piernas de la embarazada, pasan, en rápida exhibición, bisturíes, tijeras, jeringas, fórceps. Finalmente la herida, la portezuela de emergencia, el zíper en la carne azorada. Y en seguida, con tremendo impulso alimentado de la retención insoportable, el nacimiento abrupto, luminoso. Todo el equipo, repelido: manos en los ojos, deslumbramiento de ceguera. Para los que esperan afuera: ni niño ni niña. La caverna sólo ha parido luz.


La oveja negra
Para Tito Monterroso

Había una vez una familia de ovejas. Siempre al final o aparte, estaba una oveja negra. Las demás no eran completamente blancas, tenían aquí y allá sus mechones grises. Pero en pocos años pudieron presumir una total blancura, de una pureza tan hermosa como la de la nieve, el algodón o la espuma del mar.  Fue gracias a la oveja negra. Con tan sólo existir, o tratar de existir, siempre al final o aparte, las encaneció prematuramente.


Una anciana yucateca

En pleno centro de Mérida, una anciana de más de cien años, encogida al metro de altura, un párpado caído, el otro ojo vigilante, la nariz y los labios protuberantes y amenazadores, me dice:
            Dame cinco pesos.
            ¿Por qué cinco? pregunto.
            Porque me miraste y soy pieza de museo que cobra porque la miren. Dame cinco pesos o te va salir más caro, por seguir mirándome.
            Le di los cinco pesos y me fui. Volteé a verla y me seguía mirando, a lo lejos, con su ojo vigilante, la nariz y los labios protuberantes y amenazadores.


Intersección

Por el parque España un joven corría eufórico, los brazos en alto:
            ¡La hice! ¡La hice!
            Daba la impresión de haberse sacado la lotería. Después de dar la vuelta a unas jacarandas, sin dejar de celebrar, se cruzó de frente con un viejo cabizbajo, que se enjugaba las lágrimas con un pañuelo guinda. Se miraron a los ojos. El viejo lo miró desde el fondo de su ser con envidia, rencor, odio. El joven bajó los brazos, caminó despacio, miró al viejo con vergüenza, desconcierto, lástima. El viejo siguió su camino, cabizbajo. El joven siguió su camino, miró al viejo a lo lejos, levantó los brazos nuevamente y continuó su carrera feliz:
            ¡La hice! ¡La hice!