sábado, 26 de abril de 2014

Gabriel Mejía Pérez


Nací en la Ciudad de México en 1975. Crecí en la zona oriente del Distrito Federal, estudié un poco de antropología en la ENAH, y poco más de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ganador del concurso de cuento de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza en 1995. Colaborador de la revista literaria Péndola de la FES Zaragoza. Articulista en el periódico digital Paréntesis la Realidad de los Hechos. He participado en la revista Metapolítica. Me apasiona la literatura desde todas sus manifestaciones, como lector y como creador.



Lluvia

Cuando llueve, mi ciudad se inunda de angustia, desesperación, de odio y de tardanza. De todo y, por supuesto, de un poco de agua.


Atlacatl

La mañana en que Jesús Atlacatl se exilió de este mundo nadie supo el porqué, sólo que  aquella visita al tianguis cambió su vida. Aquel día regresó apresurado y sudoroso, cargando  una caja de madera podrida. Años después, por casualidad, un vecino descubrió el contenido de la caja. En ella, Jesús guardaba su propia muerte. Una vez que se supo qué era lo que Atlacatl, solitario, cuidaba, la ciudad entera observa y apuesta, día a día, si tendrá el valor de abrir su mortal caja.


Un día más

Esperar es lo más difícil de mi trabajo pues a lo otro ya me acostumbré. Estoy en la barra con una cerveza en la mano y esperando que aquel pase caminando por la calle. He estado siguiéndolo un mes y no falla. Es su momento vulnerable. Algunos criticarán mi trabajo, pero todos tenemos que ganarnos la vida y, para mí, ésta es la mejor forma. El televisor transmite futbol, hace tanto que no veo el futbol y menos a mi equipo. Le faltan 45 minutos al encuentro, casi lo mismo para que pase aquel, una coincidencia que ni planeada. Me concentro en el partido, en los jugadores: “corre”, “tira”, “pásala”, “pareces niña”, “chingada madre”, “por poco”. Hace tanto que no me emocionaba un partido y éste me sabe a gloria. Empates “¡no!” Afortunadamente, hoy alguno tiene que salir victorioso. Tiempos extras “¡ya ni la chingan!”. Estoy al límite, tengo tres cervezas encima y un difunto que sigue vivo. Me resigno a saber del resultado del encuentro en el resumen del noticiero nocturno.
Empieza el tiempo extra, pongo la maleta en mi regazo, palpo sobre la loneta mi Beretta, está cargada y lista para conectar. Sigo lamentándome por el tiempo extra. Tanto tiempo sin ver un partido y en éste empatan, como si uno no tuviera ocupaciones. Llega el momento, lo miro pasar distraído, abstracto. ¡Caramba! Me levanto, camino hacia la puerta. Trabajo es trabajo. Un segundo antes de abrir la puerta suena un grito: ¡Goooool! Miro la pantalla, regreso a mi asiento, pido otro tarro y me emociono por mi equipo, por la cerveza, por el gusto de estar esperando y por la suerte que ha tenido aquel, que sin saberlo, el futbol le ha regalado un día más de vida.


El tiempo que no fue
                                                                                  Para mi pequeño Tonatiuh

Ver tus piernas moverse a un paso acelerado; mirar cómo el aire tembloroso acaricia tus brazos y cabeza; cómo miras el espacio con furia; saberte fuerte, vigoroso, grande, de talla mayor a la de tu padre. Me recuerda aquellas veces que de pequeño te caías y llorabas, soltabas lágrimas a la primera provocación. Cómo te asombraba la resbaladilla, los columpios, cómo te asustaban las gallinas y los gatos. Recuerdo, cómo temblando de miedo me enseñaste la herida, aquélla en tu muslo que te costó 10 puntadas y fieros reclamos. Y, más reciente, la primera vez que te emborrachaste tanto que ni siquiera pudiste decirme con palabras que estabas ebrio, sólo nos miraste y volviste a caer en llanto. Así te sé presente, como el sol que ciega mi día a día. Ahora juegas futbol, al baloncesto y te enamoraste de tu bicicleta, como de aquella chica de la cual se me ha olvidado el nombre, pero que se apareció a tu lado rodando en las calles citadinas, que cuando me lo narraste no tenias suficiente fe como para creer que eso te podía pasar a ti.
Así, vivo, me gusta tenerte, tocarte, escucharte; así de vital es el mundo que te espera y que sabrás  estar lo mejor posible en él.
Pero ahora, en este instante me doy cuenta de lo  absurdo que puede ser la mente humana, de lo débil que es, que a la primera provocación se desnuda y es que ¿cómo puedo sentir nostalgia de lo que no ha sido? Y que nunca será, ¿cómo puedo extrañar el tiempo que nunca ha corrido?, ¿por qué te sé vivo? Si la única verdad es que no lo estás, que el destino decidió otra vida  y que mi pequeño sol no alumbrará la oscura vida.


El Campo numero 8

El futbol nunca ha sido cosa importante en mi vida. Desde pequeño, me pareció algo irrelevante. Mientras los niños de mi barrio se volvían locos por los equipos y partidos que se transmitían en la televisión, a mí me daba lo mismo quién jugara o quién ganara, pero en la escuela y en la calle no se hablaba de otra cosa que no fuera tirar patadas. Así que me dije: ¡Joaquín o te enganchas o te jodes! Y me apunté al glorioso Unión Guerrero, en el cual  jugué todos los sábados y domingos, en las ligas infantiles y juveniles. Fue así que la tierra, los orines, la cerveza y los gritos fueron parte de mi infancia. Yo bueno, lo que se dice bueno jugando, nunca lo fui. Era poco hábil, pero siempre he sido un aferrado y me dejaban jugar casi todos los partidos. Como defensa, masacré a muchísimos; como delantero, fui una decepción. Pero jugar en el campo “Tronchis” fue algo gratificante. Aunque en realidad en ese tiempo no se llamaba así, era sólo el Campo Número 8, pieza de un inmenso solar que se disfrazaba de conjunto deportivo inexistente, el cual contaba con llanos de futbol, algunos árboles estoicos y uno que otro inmenso charco en épocas de lluvias o grandes hoyos en secas. “Tronchis” se le nombró después de aquella final en donde el Unión Guerrero, equipo emblema de la Unidad Vicente Guerrero, dejó los juegos miserables de las ligas inferiores y subió a la Tercera División. Yo jugaba en juveniles cuando el equipo grande estaba en la final de un cuadrangular con el fin de elegir quién subiría a la Tercera División nacional. Algunos le podrán llamar suerte, otros cagada, pero el Unión Guerrero estaba en la final del torneo. Como todos se podrán imaginar la mitad de la colonia estaba ese domingo en el encuentro, el duelo fue  en contra de los Racing Sport de Cuauhtepec. Sí que eran duros los norteños y un par de veces nos mentaron la madre a la porra y a la banca. No le sacaban a los chingadazos. Los equipos menores del Unión Guerrero habíamos perdido todos los encuentros del fin de semana, para muchos era un mal agüero, pero el equipo mayor no se desanimó. La onceava la integraban  varios conocidos,  el chango, el monstro, la cuca y el tronchis. Este último, mi hermano mayor, a él sí que le gustaba el futbol, jugaba 4 días de la semana, tenía toque, fuerza y velocidad; un delantero nato; así era él, un crack, y aquel día demostró que valía oro. El marcador final fue de 3 a 2, a favor del Guerrero. El Tronchis metió dos, uno normalito, antes de medio tiempo, en un tiro de esquina el monstro con toque  preciso logró que mi hermano aventajara a su defensa y, de palomita, cabeceara para conectar en la esquina izquierda del marco. El guardameta sólo se pasmó ante el balón, que como pequeño roedor se incrustó en su portería. ¡Vamos cabrón! ¡Tú puedes! ¡Hasta que haces algo bueno puto! Así animábamos a los nuestros. El otro, el tercero, fue memorable. Ya al final del segundo tiempo y con el marcador empatado en una acarreo sublime, tanto como el de Maradona en el 86 –digo guardando sus dimensiones- el tronchis arrasó con sus quiebres hasta encontrarse de frente al marco con la solitaria oposición del portero, dribló de izquierda a derecha y viceversa. El arquero se lanzó en su contra pero el tronchis ya casi tocando el pasto, en un impacto que le costaría una costilla rota, sacó un tiro raquítico, pero con suficiente fuerza para levantar vuelo. Como un ave herida, el balón se elevó a duras penas, como queriendo sofocarnos, rozó la esquina superior izquierda y como un fantasma temeroso se refugió en la mitad de la red. Ese gol del tronchis le valió la gloria al Unión Guerrero y, para él, una fama transgeneracional. A pesar de que el futbol no ha representado nada importante para mí, sigo viniendo los fines de semana a los llanos de la colonia para ver jugar a los nuevos talentos que componen los equipos del Unión Guerrero; platico con los viejos de aquel glorioso gol del Tronchis, quien años después murió solo en la calle. Se dice que por hipotermia, yo creo que por pinche borracho, y es que, si algo aprendió bien el Tronchis en estos campos, aparte de jugar un excelente futbol, fue el de tomar mucho y sin medida. En estos días, me he dado cuenta que ya somos pocos los que seguimos llamando “Tronchis” al Campo Número 8. Me parece que irremediablemente recuperará su nombre numérico. Pero, como les dije, el futbol no ha sido nada importante en mi vida, pero seguiré viniendo los sábados y domingos en honor a mi hermano y su amor por el balompié. Sólo por eso, porque para mí el futbol no representa cosa importante en mi vida.


Contacto: gabomej@gmail.com