sábado, 17 de diciembre de 2011

Pedro Omar Rivera


Pedro Omar Rivera Montero (21 Agosto 1979, México, D.F.) Escritor, bibliotecario en la Biblioteca Central Estatal de Guanajuato y profesor. Estudió la licenciatura en Filosofía en el Centro de Estudios Filosóficos Tomás de Aquino. Autor del poemario El Ser del sur (Editorial Página, 2003). Ha colaborado en las antologías de cuento Las voces del Péndulo (Gobierno del Distrito Federal, 2007) y Nos perdimos un lunes (Gobierno del Distrito Federal, 2011) y en diferentes revistas como Reves y la revista de filosofía Sendas, entre otras. Ha impartido cursos y coordinado talleres de creación literaria. También escribió la letra de canciones para el disco Simetría de Johnny Karvan y para el disco homónimo de la banda Nación Radio. Mantiene el sitio www.murcielagoylobo.blgspot.com.



La tormenta

Esa noche al acostarse llegó a la conclusión de que tenía una nueva razón para enloquecer. Sabía que intentarían detenerlo, pero no le importó. Se levantó de la cama y se vistió. Después de encender el último Benson de la cajetilla levantó la cortina y se asomó por la ventana. Vio cómo las nubes se montaban entre sí formando un gigantesco muégano de agua y saltó por la ventana del vigésimo piso donde vivía. Mientras iba cayendo sintió en su rostro las primeras gotas de lluvia: pensó en la tormenta que apenas comenzaba.


Slow hands

 “We spies, we slow hands,
put the weights all around yourself”
Interpol

Ella se puso de rodillas en la cama y depositó los ojos sobre la almohada. Dio a su mano el poder de la lanza y la ira de la coa. Pronto comenzó a diluirse entre recuerdos de un cuerpo lejano; entre sueños erectos de su ano desbordado. Gemía, se llenaba la boca de ganas. Y lamiéndose los dedos daba cuenta de que ya no hacía falta nada; ni tú, ni yo, ni nadie más.
Así, al terminar, no hubo lágrimas ni culpas. Era ella amándose a sí misma, con las piernas apretadas y el temblor en las manos.
—Basta ya —dirá la noche al volver— esto es entre nosotras: ella y yo solas.


Velorio

—Papá, papá…
—Shhh, cállate.
—Papá, ¿de qué están hechos los muertos?
—Pues de qué va a ser, de carne y hueso.
—¿Igual que nosotros?
— Sí, como nosotros.
— Ahh. ¿Y por qué no hablan?
—Ashh, pues porque están muertos; y los muertos siempre están callados.
—Ahh, oye papá y…
—Shhh, ya cállate, hombre.


Despertar (en la Ciudad de la Furia)

Despertaste casi dos horas después del amanecer. Con mi camisa sobrepuesta cruzaste media habitación descalza hasta la ventana. Te recogiste el pelo como si fuera una madeja de estambre, o de viento. «¿Qué buscas en el cielo cuando despiertas cada mañana?» Te pusiste mi camisa. El encaje rojo de tus bragas se adivinaba bajo la tela blanca. «¿Cómo hace el amanecer para hundirse en tus caderas?» Dejaste en mis labios el sabor de tus piernas. Mi cuerpo huele a tu sueño. «¿De qué color es el sol en tus pezones?» Besaste el arco de mis piernas y lamí el canto de tus pies. Despertamos deseando que la mañana no continuara. «¿Qué haces con tanto placer escondido en el cuerpo?» Se hizo tarde. Nos marchamos con el cuerpo colmado de sudor y de ganas. Nos besamos igual que los enamorados. «¿Algún día la luna volverá a llevarnos de la mano para entregarnos de nuevo?» Te diste la vuelta musitando: “me dejarás dormir al amanecer, entre tus piernas, entre tus piernas...”.


El cinturón de Orión
 “En el cielo estaba Orión
iluminando el momento […]
En la tierra estabas tú
iluminándome a mí.”
La Barranca

Acostumbrábamos a tirarnos con el ombligo apuntando a las estrellas. Sólo mirábamos sin hablar, esperando que algo sucediera de pronto. Así, durante horas, el cosmos era nuestro. Nos asombrábamos de pensar que la inmensidad del universo podía meterse en la pequeñez de nuestras pupilas. Luego, con los ojos repletos de cielo y asombro, volteábamos para encontrarnos con los destellos de nuestras propias miradas. Entonces ella sonreía, y yo la besaba. Y en ese beso nos entregábamos con descaro a una total indiferencia; porque entonces el mundo ya no importaba, porque el asombro del universo aprisionado en nuestros ojos nos impedía ver más allá de nosotros mismos. Nos besábamos sin cerrar los ojos, y en el vaivén de nuestras lenguas desesperadas, las miradas se perseguían frenéticas, poseídas por el deseo que aumentaba cada vez que nos sabíamos cerca; tan cerca que olvidábamos quiénes éramos y nos creíamos uno; tan cerca que ya no pensábamos en lo que podría suceder; porque al ser observados por cientos de miles de astros, crecía más nuestro deseo de poseernos, de entregarnos con la esperanza de que, quizás, si nos besábamos lo suficiente, el mundo dejaría de ser lo que es, para convertirse en otra cosa inimaginablemente mejor.

Textos e información proporcionada por el autor.

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