miércoles, 9 de marzo de 2011

Gabriela d'Arbel


Gabriela d´Arbel Carlos nació en Guadalajara, Jalisco, México, el 27 de marzo de 1970. Radica en la Ciudad de San Luis Potosí desde 1973. Estudió la carrera de Derecho en la UASLP. Ha pertenecido a diversos centros de trabajo literario incluyendo el taller de creación literaria Miguel Donoso Pareja dentro de la casa de la cultura de San Luis Potosí.
Ha publicado sus cuentos en distintas revistas y periódicos  estatales y ha participado en programas de radio sobre temas literarios.
Publicó los libros de cuentos La cerca y el espejo, editorial Imaginaria, San Luis Potosí, 2002; Cordelia y otros fantasmas, editado por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, en 2009. Y La casa azul, editado por el Ayuntamiento de San Luis Potosí, capital el mes de mayo de 2010.
En la actualidad se desempeña profesionalmente en el Departamento de Publicaciones Institucionales, de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.



Cruce de miradas

Desde hace algunos días, Abigail vio sombras que salían de todos lados. Se escurrían sobre los muros de cantera. Algunas eran oscuras, otras translúcidas. Se enredaban entre los dedos de las buganvilias, se arrastraban por los jardines, se acurrucaban en los rincones de las  habitaciones, entre la ropa colgada en los closets. Iban y venían por los corredores, ajenas a Abigail.
En un principio la atemorizaron, después pudo acostumbrarse a vivir con ellas, aunque siempre manteniendo su distancia. Así pasaron unos años, hasta que un día mientras subía a un puente, con horror, vio una sombra atorada en un barandal, que intentaba liberarse. Inesperadamente aquella figura, en apariencia ajena al mundo humano, observó a la mujer. Abigail sintió  vértigo  al cruzar su mirada con aquellos ojos que sólo podían pertenecer al odio de quien ya no existe.


El cuerpo

El velorio se hizo en la sala de visitas. Rita sacó del trinchador las carpetas tejidas a gancho con las que  decoraba los muebles en ocasiones formales. Don Serapio Sánchez, su marido, acababa de morir. Le puso la camisa naranja y su pistola con cacha de marfil. Ese día, casualmente, a pesar de que durante toda la semana llovió, en el cielo hubo una tregua que duraría varios días. Sólo se presentaron en la casa algunos allegados, que durante muchos años lo siguieron con una fidelidad inusitada y fanática. Esa tarde los dolientes sólo se limitaban a recordar, con amargura, los favores del Don. Después de varios rosarios y silencios atrapados en las ventanas cerradas, procedieron a levantar el féretro de metal. En el primer intento pensaron que sería fácil sacar el cajón, como cuando entró por la amplia puerta de nogal, pero no cabía, el cajón ahora era más ancho que la entrada. Los cuatro hombres que lo levantaron ya no pudieron, necesitaron más personas para cargar la ahora pesadísima caja. Las dimensiones de don Serapio eran inmensas. Tuvieron que romper la pared para sacar al difunto. Afuera de la casa ya estaban unos hombres con sus machetes amenazantes. Tenían toda la intención de robarse el cuerpo perfumado de Don Serapio. Cada trozo de aquel cuerpo gigantesco fue repartido, la gente que no había probado jamás ese tipo de carne, la disfrutó por algunos meses. El pueblo estaba agradecido por la ocurrencia de Don Serapio de morirse.


La casa que se robó a la luna

Los ladrillos se desprenden de los cimientos. La casa avanza con lentitud, como un dinosaurio viejo. Cruza la calle, es un buque de dos pisos que se aleja. Por unos segundos pienso que se derrumbará, pero sigue moviéndose como si nada. Desbarata los patios, revienta los tendederos donde la ropa blanca intenta sostenerse. Su  torre cuadrada se lleva los cables de luz.  Parte en dos la calzada y captura a las palmeras.  Se aleja de mí. Sólo entré una vez y el recuerdo también  se va, viaja con ella, lo puedo ver en el balcón central,  es una mancha llena de imágenes que con los minutos se van desvaneciendo.
No puedo creer que ya no esté en su lugar, duró tantos años quieta, muy quieta, haciéndose vieja, tan familiar para los vecinos. Víctima de abandonos, de maltratos, de restauraciones. Quiero seguirla, pero avanza rápido y se pierde en las espaldas de los edificios. Desciende la noche, a pesar de la negrura, ahora es más fácil verla. En su andar la luna se atora en la torre, una mujer de lentes intenta liberarla. La casa no deja de avanzar. Puedo verla porque lleva su propio, inmenso foco encendido, todo lo demás es oscuridad. Es codiciosa porque en ella navegan los fantasmas que se fueron refugiando, con el tiempo, sobre las macetas del patio, dentro  del sótano, entre la ropa del closet, en el horno cálido de la cocina.
Ya no la veo, sólo a la luna que desistió de luchar por zafarse, se resigna a perder su rumbo y sigue el mapa que va dejando la casa por toda la ciudad. Ahora yo formo parte del caos que dejó a su paso, mi mente está vacía, mis pensamiento se fueron con ella.

3 comentarios:

Patricia dijo...

Original mirada la de Gabriela.
'La casa que se robó a la luna' mi favorito

Gabriel Bevilaqua dijo...

Que excelente (y guapa) autora. "La casa que se robó la luna", es un texto maravilloso; para escribir algo así hay que tener bastante andadura. Me gusta también, porque este micro viene a demostrar que el género admite los detalles, aún profusos, como en el caso, cuando estos ayudan a construir la atmósfera del relato.

Por otro lado me ha llamado la atención un desliz de la autora, perfectamente solucionable: en el primer texto, anteúltima oración hay una cacofonía evitable y fea: "Inesperadamente aquella figura, aparentemente (mejor: "en apariencia") ajena al mundo humano, observó a la mujer".

Saludos y felicitaciones.

Yun Rodríguez dijo...

Me gustó especialmente "La casa que se robó la luna". Se le escucha arrastrarse pesadamente desmoronando algunos ladrillos propios y ajenos. Muy guapa la d'Arbel.