domingo, 13 de marzo de 2011

Edmundo Valadés (1915-1994)

 

Escritor, periodista y editor mexicano. Nació en Guaymas, Sonora, el 22 de febrero de 1915. Enamorado del cuento como género, apoyó su difusión e impulsó la creación de talleres literarios y encuentros de escritores. En 1939 fundó, junto con su amigo Horacio Quiñones, la revista de imaginación El cuento, que en esa primera etapa editó sólo cinco ejemplares. En 1964 empieza una segunda etapa de esta famosa revista, que en noviembre de 1988 llegó al número 100, y que rebasó los 110 números a la muerte de Valadés.
Su obra cuentística está reunida en dos volúmenes: La muerte tiene permiso (1955) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). Sus crónicas y artículos están reunidos en Excerpta. Publicó, además, varias antologías de cuentos que se caracterizaron por dar a conocer autores inéditos en nuestro país.
En 1970 fue presidente de la Asociación de escritores de México; en 1978 obtuvo la medalla Nezahualcóyotl de la Sociedad General de Escritores de México, en 1981 el Premio Nacional de Periodismo y en 1983 el Premio Rosario Castellanos.


¿Por qué?

En el sueño, fascinado por la pesadilla, me vi alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen.
Un instante, el único instante que podría cambiar mi designio y con él mi destino y el de otro ser, mi libertad y su muerte, su vida o mi esclavitud, la pesadilla se frustró y estuve despierto.
Al verme alzando el puñal sobre el objeto de mi crimen, comprendí que no era un sueño volver a decidir entre su vida o mi libertad, entre su muerte y mi esclavitud.
Cerré los ojos y asesté el golpe.
¿Soy preso por mi crimen o víctima de un sueño?


Fin

De pronto, como predestinado por una fuerza invisible, el carro respondió a otra intención, enfilado hacia imprevisible destino, sin que mis inútiles esfuerzos lograran desviar la dirección para volver al rumbo que me había propuesto.
Caminamos así, en la noche y el misterio, en el horror y la fatalidad, sin que yo pudiera hacer nada para oponerme.
El otro ser paró el motor, allí en un sitio desolado. Alguien que no estaba antes, me apuntó desde el asiento posterior con el frío implacable de un arma.
Y su voz definitiva, me sentenció:
—¡Prepárate al fin de este cuento!


La marioneta

El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabilla sobre el desorden de un camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.
La marioneta –un payaso cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita- ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento.


Pobreza

Los senos de aquella mujer, que sobrepasaban pródigamente a los de una Jane Mansfield, le hacían pensar en la pobreza de tener únicamente dos manos.


La búsqueda

Esas sirenas enloquecidas que aúllan recorriendo la ciudad en busca de Ulises.


Perversidad

El momento crucial fue cuando ella quedó desnuda y a él se le trabó perversamente el zípper del pantalón.