miércoles, 9 de marzo de 2011

Norberto de la Torre González


Norberto de la Torre nace en México, D. F. en febrero de 1947. Radica en San Luis Potosí desde 1971. Realiza estudios de psicología y filosofía. Ha participado en distintos cursos y talleres de literatura con escritores como David Ojeda, Miguel Donoso Pareja, Christopher Domínguez, Marco Antonio Campos, Antonio Carreira, Carlos Montemayor y Eduardo Milán. Obtuvo los premios estatales Manuel José Othón en literatura y el Francisco Martínez de la Vega en periodismo de fondo. Algunos de sus poemas han sido traducidos y publicados en revistas de Bélgica y Estados Unidos. Ejerce la docencia en la UASLP y recientemente fue nombrado Jefe del Departamento Editorial en la misma universidad.  
Entre su obra publicada están los libros: Ciudad por entregas (1995), Los disfraces del dragón (1996), La casa y otros lugares (1997), Juan del Jarro (1999), Tiempo es una metáfora que duele (2002), Cicatrices y cenizas (2007), El universo en un sombrero (2008) y  Sin mirar a los espejos (2009). Aparece en la antología Literatura Potosina, cuatrocientos años de David Ojeda (Ed. San Luis 400, 1992), el Diccionario de escritores mexicanos siglo XX, coordinado por Aurora M. Ocampo y editado por el Instituto de investigaciones literarias de la UNAM; la antología Minificción mexicana, de Lauro Zavala (UNAM, 2003); Versos de arena, disco multimedia producido por la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí (2004); y en la antología Camino del Haikú: antología del haikú hispanoamericano de Agustín Jiménez, Colección Fata Morgana de la editorial Torre de Lulio (2004).
     Colaborador en diversos diarios y revistas de San Luis Potosí, además en periódicos de Aguascalientes, Zacatecas, Veracruz, Michoacán; en la revista Tragaluz de Guadalajara, Jal.   En el Periódico de Poesía Nueva Época, UNAM-INBA. En la revista Voices of  Mexico, editada por la UNAM. En la revista Dosfilos, de Zacatecas y en Blancomóvil del Distrito Federal.



Un gato en el espejo

El gato como tema es un asunto muy manido. Sin embargo no puedo, en esta ocasión, pasar por alto la historia de un felino doméstico que apareció de pronto en mi casa. Se presentó como una mancha gris. Recorrió sigiloso cada rincón. Observó el paso de la sombra por los pasillos y los muros. Pasó largas horas debajo de los muebles y las camas. No sé por qué, pero aborrecía los espejos, arqueaba el lomo y huía despavorido cuando veía su imagen reflejada. Un día le dio por subirse al entrepaño más alto del ropero y ya no salió. Se quedó a vivir en la íntima oscuridad del guardarropa. Dice mi mujer que sí salía, por la noche, y hacía una vida normal de cazador que acecha. Nunca lo volví a ver fuera del clóset, aunque sí lo presentí, o lo soñé, durante un salvaje ritual de amor en la azotea. Pasados unos meses desapareció, no volvimos a oír su ronroneo, ni su llanto lastimero a la luz de la luna. De él sólo quedó su olor y algunos pelos enredados en la ropa. Se disolvió en el aire como una pompa de jabón que se revienta. Escribo esto para dejar constancia de que un gato vivió en mi casa y se fue, pero dejó su imagen grabada en los espejos. Ahora, cada vez que me peino, o me rasuro, veo la imagen de un gato que me observa como si yo fuera un tímido ratón a punto de convertirme en presa.


Fragmento

“El atardecer de otoño es propicio para buscar la fauna extraña que se oculta en los dobleces del aire. Podrás encontrar libélulas de hielo que producen tempestades con el batir de sus alas; arañas silenciosas que clavan estalactitas en el cuerpo blando de sus presas; tigres diminutos al acecho; serpientes, como hilos, escondidas en los rayos del sol que ya declina; murciélagos de sombra que buscan el color de las fresas, y los labios, para saciar su sed. Todo en esta ciudad ocurre en el umbral del sueño, todo es una ilusión que desvanece cuando descubres la inamovible máscara de arena y la eterna soledad de las dunas. Habitamos una ciudad que ya está muerta y no lo sabe, así que no nos queda más remedio que aguardar a las que ya se gestan en el vientre de fuego del desierto.” Leí este fragmento y no pude menos que investigar su historia. Se trata de una viñeta escrita por un autor anónimo del siglo veinte que sólo escribió un texto, éste, que reprodujo cientos de veces con apenas una variación mínima, una palabra cambiada, una coma de menos o de más. A la larga el texto se transformó en rumor y los niños lo repiten de memoria, pero, sobre todo, los estimula para buscar mariposas y alimañas en los pliegues del aire.


Todo es arena

En un grano de arena está el desierto, lo demás es una ilusión provocada por el dolor de la sed.


Sitio Web: 2007.

1 comentario:

Patricia dijo...

Extraordinario!!!
Si yo escribiese Fragmentos, haría lo mismo que hizo el personaje. Cada línea inspira una nueva historia.
Un placer haber conocido a Torres González