domingo, 20 de marzo de 2011

Federico Patán


Federico Patán (1937, Gijón, Asturias, España), reside en México desde 1939. Desde 1969 es profesor de Literatura Inglesa en la Universidad Nacional de México. Obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia (1986) por Último exilio y el Premio Universitario a la Creación y la Difusión de la Cultura (1994) y  el premio José Fuentes Mares (2006), por Encuentros. Ha colaborado con Ciencia, Arte, Cultura (Instituto Politécnico Nacional), Revista de la Universidad de México, Revista del Colegio de Bachilleres, Los Universitarios, Apuntes, Thesis, Vida Universitario (Nuevo León), Anuario de Historia, Anglia, Revista de Bellas Artes, El Faro, Casa del Tiempo, Diálogos, Plural, El Cuento, Revista Mexicana de Cultura, Sábado, El Gallo Ilustrado, El Día y El Impulso (suplemento cultural, Venezuela).
            Entre su obra publicada encontramos, poesía: Del oscuro canto (1965), Los caminos del alba (1968), Fuego lleno de semillas (1980), A orillas del silencio (1982), Del tiempo y la soledad (1983), Imágenes (1986), Dos veces el mismo río (1987), El mundo de Abel Caínez (1991), Umbrales (1992), Arboles hay y ríos (2000), Es el espejo un agua rigurosa (2008); cuento:  Nena, me llamo Walter (1986), En esta casa (1987), Encuentros (2006); novela: Último exilio (1986), Puertas antiguas (1989), El rumor de la sangre (1999), Esperanza (2001) y Casi desnudo (2008). Asimismo, ha publicado libros de ensayo y traducciones.



Intertextualidad

Huyó de If. Se hizo del tesoro. Lo invirtió en distintos negocios. Las ganancias le quitaron toda preocupación por el futuro. Se daba todos los caprichos. Se aburría. Viaja o lee, fue el consejo de un amigo prudente. Visitó La Mancha, estuvo con los del Liguria, acompañó a Nemo, habló con los cuatro hijos de Fiodor, té con Virginia en su habitación, una pinta de cerveza en un pub dublinés. Sin prisas fue llegando a viejo, ayudado por otras aventuras. Poco a poco se llenó de nostalgia. Supo entonces, por boca de un príncipe, de un país del cual jamás había regresado viajero ninguno. Sonriendo para sí, decidió visitarlo.


Atractivo

Lo he afirmado siempre: la belleza real es compleja, hecha como está de lo interno y de lo externo. Pero voy más allá: el cuerpo siempre cede ante lo espiritual. Cuando éste domina, lo meramente físico queda en puro sostén, gancho donde colgar lo que sinceramente importa. En consecuencia, guiado por mi creencia, espero. Así, me adentro en la plática de una chica para decirme enseguida: aún no. Sigo esperando ideas que me deslumbren en lo que expresan y en su modo de expresarse. A veces, tanta vigilia es un agobio. ¿No existirá la belleza real? Y de pronto un día cualquiera, quién sabe de dónde, aparece esta muchacha cuyo modo de andar…


El poeta se levanta

El poeta se levanta del lecho:
―¿Cómo dijiste que te llamabas?
―Beatriz.
―Ah sí, claro.


Laberinto

Mi padre guía por las intrincaciones del bosque. Lo sigo, obediente. Llegamos a la entrada del laberinto. Me instruye: “Te perderás muchas veces. No importa. Persevera. Más tarde o más temprano llegarás al centro. Allí está lo que debes recoger. Ya teniéndolo en tu poder, regresa. Aquí lo estaré aguardando” y me da una palmada en la espalda, como dándome ánimos. Me adentro unos pasos. Todo es limpieza. Avanzo. Los pasillos se complican, extraviándome una y otra vez. El tiempo deja de existir. Todo es silencio. Los pasillos se repiten. Todo es lo mismo. De pronto una curva y el centro. Lo sé porque allí está lo buscado. Lo miro con extrañeza, con curiosidad, con deleite, con arrobo. Decido quedarme en ese núcleo para siempre.


Espacio

―Entiéndalo, quería su espacio, el que de verdad le correspondía, sin importar en dónde fuera, cómo fuera, pero suyo. Lo dijo por primera vez hace muchos años. Luego, calló, sólo mencionándolo esporádicamente. Sin embargo, le vivía dentro. Es más, se lo iba comiendo por dentro. Y cuando nada quedaba ya por comer allí, sacó el ansia al mundo y la dejó hacer lo suyo. Pero en el mundo hay otros, muchos, y nos fue resultando insoportable escucharlo. Piénselo, día a día, noche a noche, sin cesar, oyéndole su insistencia. Era cuestión de él o yo, así que lo invité a seguirme. Lo convencí hablándole de su espacio. Caminó mansito detrás de mí, nada dijo cuando dejamos atrás el pueblo, nada dijo cuando llegamos al hoyo. Se quedó mirándolo. Poco a poco le vino una sonrisa de gusto al rostro. Se tendió en el agujero y dijo: llénalo de tierra. ¿Por qué ahora contra mí sí me limité a obedecerlo?


Cárcel

“¡Pero le insisto, no quiero ser libre! Eso que usted llama prisiones me da seguridad. Entiéndame, amanecer con la existencia programada es muy cómodo. Cada actividad a su hora resulta perfecto. Levantarse, el baño, el desayuno, el autobús al trabajo, el horario de oficina, el cafecito en el pasillo, el regreso al departamento. Perfección absoluta. Entonces, ¿para qué modificarla? Yo eso de la maduración no lo entiendo. ¿Qué no soy ya maduro a mi estilo?... No, pues me trajeron detenido porque no cumplo quién sabe qué medidas del gobierno… ¿Qué las leyes no son las leyes? Si ningún daño hago… ¿Cómo que el no cumplir las leyes es catastrófico para el gobierno? ¿Y si el cumplirlas es catastrófico para el individuo?... Ah, no puede arriesgarse la estabilidad del sistema. ¿Y entonces?... ¿A la cárcel?”.
            El funcionario asintió: “Sí, hasta que acepte ser libre… No, pero no esa libertad que no lo es, sino la nuestra”.


Hotel

Perdida en arrumacos, la pareja sale del ascensor, camina por el pasillo del hotel, llega casi al extremo, se detiene y mira la numeración. Burlándose de sí misma, retrocede hasta la puerta correcta. El hombre introduce la tarjeta en la cerradura y abre. Entonces la mujer se vuelve hacia el pasillo:
            ―Hasta aquí, señor narrador, que es nuestra luna de miel.
            ―Pero si ahora es cuando empieza lo…
            La puerta se cierra con un fuerte golpe.


Telón final

Asistencia moderada. El público murmura, la vista yendo al escenario de cuando en cuando. Las luces han creado una penumbra que va con la espera. Uno de los reporteros bosteza sin darse cuenta, para enseguida mirar en rededor con cierta vergüenza. Nadie le ha prestado atención y pone gesto de alivio. Así transcurre media hora. Un hombre algo dice a su compañera y a ésta se le oye susurrar “pero no sería cortés”, a lo cual el otro responde señalando el reloj con un gesto de impaciencia. En el escenario, también en penumbra, apenas se distingue una silla en medio del espacio vacío. De pronto, alguien señala una sombra y todo es silencio. La sombra adquiere cuerpo y el cuerpo es el de del productor. Se acerca a la orilla del proscenio y “acaba de morir” informa. Hay aplausos esporádicos. El público inicia la retirada.

1 comentario:

Patricia dijo...

Un placer y una tarea de aprendizaje esta lectura.
Gracias por compartirla