viernes, 25 de febrero de 2011

Mariano Silva y Aceves (1886-1937)



Nació en la Piedad de Cabadas, Michoacán. Estudió en el Seminario de Morelia y en el Colegio de San Nicolás, concluyendo sus estudios preparatorios en la Escuela Nacional Preparatoria y los de Abogado en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Fue miembro del Ateneo de la Juventud y secretario del Departamento Universitario y de la Universidad Nacional. En la Facultad de Filosofía y Letras, impulsó la investigación lingüística y creo las carreras de lingüística románica y lingüística de idiomas indígenas de México. En esa misma Facultad se doctoró en 1933.
Mariano sabía que un narrador precisa encontrar la frase inicial para introducirse en el tema sin mayores preámbulos, buscaba la sintaxis bien construida y esmerada, el adjetivo justo; introdujo el final abierto y se destacó como espléndido creador de atmósferas. Campanitas de plata (1925) le permitió cristalizar su talento. En concordancia con la fecha de la primera edición reunió veinticinco prosas cinceladas como joyas que le permitieron patentizar su amor hacia lo pequeño, hacia los sucesos mínimos. Demostraron su delicadeza, su capacidad de síntesis, las tendencias de su carácter más dado a la ternura que a la malicia y en esto último fue lo contrario de Julio Torri, quizá el autor con quien tuvo mayores afinidades.


El componedor de cuentos

Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvorosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.


Mi tío el armero

Mientras sus pequeños nietos gritan asomados a una gran pila redonda, en el patio humilde que decora un añoso limonero; mientras dos palomas blancas se persiguen con amor entre las macetas que lucen al sol las anchas hojas y las flores vivas de sus malvas; en tanto que la cabeza noble de “La Estrella”, su yegua favorita, aparece por encima de la carcomida puerta del corral, mi tío el armero, enamorado eterno de las pistolas finas, bajo el ancho portalón, levanta a contra luz, con elegancia, el cañón de un rifle que está limpiando devotamente, y mete por allí el ojo sagaz.


El bastón cobarde

Cuando el bastón salía de las manos temblorosas del abuelo era para quedarse firme en un rincón, siempre lejos del ruido y de las gentes. En la calle se animaba un poco más, pero nunca azotaba a un perro ni hacía rodar por el suelo una hoja de árbol.
Era un bastón sin mucha gracia, con el puño encorvado y lo demás rígido y recto. Siempre que lo buscaban para amenazar a alguien, andaba perdido, como si tuviera miedo.


Yo vi a un dragón

Era en el atardecer, hacia el Poniente. El sol lanzaba unos destellos vivos al ocultarse en un macizo de nubes ya casi tocando el horizonte. El dragón estaba echado sobre la montaña lejana con la cabeza hundida en las dos gruesas manos y sólo dejaba perfilar sus dos orejas puntiagudas.
De pronto arqueó el lomo como un gato que se despereza y una trompa prominente colgó de su nariz, en tanto que la extremidad de su cauda larguísima, caldeada por un fuego de fragua, se contraía dolorosamente. En un instante desapareció también, como si hubiera saltado fuera del mundo.

3 comentarios:

Patricia dijo...

Un gusto leerlo.

Jéssica Montaño de Juárez dijo...

Me encantó el del componedor.

agustín moncada hernández dijo...

Uno de los injustamente olvidados de las letras Mexicanas, con estos ejemplos vemos la sencillez y la luminosidad de su obra, a manera de calificarlo, si yo tuviera ese privilegio, le pondría las palabras "literatura deliciosa".
Por ahí andan "Leno el plañidero" y "El rey con su globo", se los recomiendo.