viernes, 18 de febrero de 2011

Genaro Estrada (1887-1937)


Nació en Mazatlán, Sinaloa. Político al que sus amigos llamaban "el gordo", especialista en derecho internacional, en 1930 formuló la denominada en su honor Doctrina Estrada. Colaboró para los periódicos El Monitor Sinaloense y el Diario del Pacífico redactando temas literarios e históricos. Fue corresponsal de guerra en el estado de Morelos. Se mudó a la Ciudad de México en 1912, donde impartió clases como profesor en la Escuela Nacional Preparatoria. Fundó la efímera revista Argos y continuó su labor periodística en la Revista de Revistas. Fue maestro de la Universidad Nacional Autónoma de México y miembro de la Academia mexicana de la Lengua.
Inscrito en la corriente colonialista, rescató la vida en la capital del virreinato, sus costumbres, sus tipos humanos y algunos vicios y virtudes que perduran inamovibles.
Su obra literaria: Nuevos poetas mexicanos (1916), Lírica mexicana (1919), Bibliografía de Amado Nervo (1925) y Genio y figura de Picasso (1935). De su poesía, influida por Góngora y por García Lorca, destacan sus libros Escalera (1929) y Paso a nivel (1933). Su novela más importante es Pedro Galin (1926).



La Virreina

Doña Ana de Mendoza, la virreina, había cerrado con precaución la puerta del aposento y corrido la gruesa cortina de felpa, en donde la débil luz de la tarde apenas arrancaba imperceptibles luces al oro desvanecido de una arandela.
            Allí, recatada en un rincón y debajo de un retrato del grave marqués de Montesclaros, cuyo rostro recordaba sus andanzas con el cruel duque por tierras de Flandes, una preciosa cajonería mostraba la paciente labor de incrustaciones de marfil que enmarcaban escenas de la Pasión alternadas con pequeños espejos cuadrados y tiraderas de plata.
Bajo el corpiño que erguía la cabeza de la dama en el eminente engarce de una rígida gola, la virreina delataba su azoramiento con el trémulo palpitar de sus senos, que se diría iban a escaparse en una fuga de palomas medrosas.
De pronto tiró de un cajoncillo secreto, disimulado entre un episodio de la Crucifixión, y en rápido movimiento de hurto, doña Ana extrajo un pliego que leyó rápidamente e hizo desaparecer entre una manga cuyo extremo se desbordaba en orlas de tules.
La virreina, ya con más calma, encaminose hacia la puerta. Arriba de la cajonería el retrato del marqués de Montesclaros era más grave y sus ojos parecían fulgurar de rabia.


El insurgente

Llegose con precipitación a la puerta de la Real Audiencia y con evidente nerviosidad preguntó por el fiscal.
— ¡Pliegos urgentes de la Intendencia de Guanajuato! —gritó al ujier, quien se hizo a un lado para dar paso al que en tal forma requería la entrada.
Pero no bien hubo entregado los papeles cuando ya salía para montar el caballo que lanzó rápidamente por el Puente de San Francisco, ante la multitud que se apartaba para dejar pasar aquel extraño personaje de rostro moreno y traje de cuero, que era un centauro sobre la silla galoneada en donde fulgía un largo machete corvo.
—¡Un manifiesto sedicioso! ¡Una roja impía! —gritó el fiscal, saliendo a los corredores del palacio.
Y daba grandes voces de cólera, y agitaba en sus manos una hoja toscamente impresa, y requería a los criados de perseguir sin dilación al mensajero.
Pero ya el insurgente había dejado atrás Tacubaya y como una saeta iba por el camino de Toluca, en derechura del Monte de las Cruces.

El mendigo

Un oidor y un clérigo pasaban aquella noche por la acera del Real Palacio, empeñados en debatir los sucesos de Guanajuato. Graves noticias llegaban de la Intendencia acerca de motines, actos violentos contra los españoles.
—Y sépase vuestra merced que esas gentes no pueden nada contra el orden establecido —dijo el oidor doblando la esquina de la Moneda.
—Dios protege nuestra santa causa y nos conservará unidos a la Corona por los siglos de los siglos —agregó el clérigo mientras hacía una reverencia al palacio del arzobispo, por cuyo frente atravesaban en aquel instante.
Un mendigo les cerró el paso. Era un indio miserable, casi desnudo, de mirada vivaz, que tendía la mano implorando una limosna.
—Yo os aseguro —reanudó el clérigo— que Nuestra Señora de los Remedios…
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe, una limosna! —gimió el indio, mientras que los otros le lanzaban una profunda mirada de desprecio.
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe! —volvió a suplicar frente al oidor, quien se estremeció sin causa y le arrojó una moneda.
Atrás, en el reloj de la catedral, daban las once.

3 comentarios:

Patricia dijo...

El mendigo, un cuento para memorizar como si de uan poesía se tratase

sendero dijo...

Que bellos textos, el primero es fino, agudo y el último es imperdible... rub

Anónimo dijo...

buenisimo esto me saque un diez gracias los amo por ai busco novio