jueves, 17 de febrero de 2011

Agustín Cadena


Agustín Cadena nació en Ixmiquilpan, México, en 1963. Es novelista, cuentista, ensayista, poeta y traductor, además de profesor universitario de literatura. Ha publicado más de veinte libros de casi todos los géneros literarios y ha colaborado en más de cincuenta publicaciones de diversos países. Premio Nacional Universidad Veracruzana 1992, Premio de los Juegos Florales de Lagos de Moreno 1998, Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 1998, Premio Netzahualcóyotl del Gobierno de Hidalgo 2000, Premio Timón de Oro 2003, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2004, Premio Nacional de Cuento José Agustín 2005. Parte de su obra ha sido antologada y traducida al inglés, al italiano, al húngaro y al esloveno.



Viejo truco

El empresario de aquella feria había recorrido el mundo de Dublín a Praga, de San Petersburgo a Saigón, del Klondike a la Tierra del Fuego buscando atracciones.
Llegó con su espectáculo a un pueblo perdido en las montañas de México. Como número especial llevaba al niño que se convirtió en cucaracha por odiar a su padre. Estaba seguro de que sería un éxito. Sin embargo, la gente del pueblo se limitó a comentar con escepticismo: “Es el mismo viejo truco de la mujer araña y la mujer lagarto”.
En la penumbra de su carpa, solo y deprimido, Gregorio Samsa se lamentaba de no tener ni siquiera una mirada de lástima por parte de los humanos.


Francesca y Paolo

L’Enfer Noir era un burdel de lujo cuyas habitaciones se hallaban decoradas como cavernas infernales: con estalactitas negras que rezumaban un líquido fosforescente, cadenas de hierro, lámparas que simulaban el resplandor del fuego telúrico y espejos negros que multiplicaban al infinito el placer de la condenación. En este lugar de gemidos, las chicas se presentaban en traje de diablesas, con cuernos y cola y lencería de seda roja.
Una de ellas era una muchacha pálida con cuerpo de adolescente: senos pequeños con pezones del color de los dedos de los gatitos y un pubis tan terso que parecía no haber tenido nunca vello alguno. Llevaba años prestando sus servicios en L’Enfer Noir y, dicha sea la verdad, tanta tenebra le estaba afectando el carácter. Desde cuándo se hubiera largado de no ser porque su cuñado también trabajaba ahí, como bartender, en el pequeño y penumbroso bar del prostíbulo.
Cuando la tristeza se le hacía intolerable, y si no estaba ocupada con algún cliente, la muchacha pálida se ponía sus audífonos y escuchaba la radio, sintonizada siempre en una estación de música vieja. Le gustaban esas canciones porque la hacían volver atrás en el tiempo, a los días en que ella y su cuñado leían juntos las leyendas del rey Arturo. El locutor del programa solía repetir una frase que ella había hecho suya: “Recordar es volver a vivir”. Pero llegó el momento en que ya no se sintió capaz de llevar adelante esa vida y habló con el dueño. Le dijo lo que sentía. Y el dueño, un viejo de barba larga con aspecto de sabio, aceptó ayudarla. “Porque has amado demasiado”, le explicó. La dejó ir de ese local, pero no de sus empresas. Ciertamente, la muchacha pálida fue transferida, junto con su cuñado, al lupanar gemelo de L’Enfer Noir: Le Ciel Bleu.


Nostalgia

Treinta años después de su matrimonio con Jane, Tarzán era un cincuentón calvo y con sobrepeso.
Habían tenido dos hijos y ya no vivían con ellos.
Tarzán trabajaba en un periódico, poniendo en orden alfabético los anuncios clasificados. Era un trabajo que nadie quería hacer, pero a él le parecía entretenido.
En las tardes llegaba cansado a su apartamento y, después de comer con su amada Jane, se ponía sus pantuflas de zarpas de tigre, se sentaba en su sillón reclinable y buscaba el control remoto de la televisión para mirar los documentales de Animal Planet. Apenas si podía creer que alguna vez él hubiera estado cerca de todo aquello.
Los viernes iba a un bar a jugar dominó con sus amigos, y los sábados los pasaba con su mujer en el centro comercial. Llegaban por la mañana y se ponían a mirar las tiendas, compraban alguna cosita que estuviera de oferta. Luego se sentaban a comer una pizza y en la tarde se metían a una sala de cine.
A veces hacían el amor al llegar casa, pero Tarzán ya no tenía los bríos de la juventud; ya no era el salvaje hipersexual de quien Jane se enamorara un lejano día, en una igualmente lejana selva africana. Ya ni siquiera le salía su grito. En realidad siempre le había costado trabajo excitarse con el cuerpo lampiño y relativamente inodoro de su mujer. Extrañaba a sus antiguas amantes, las hirsutas gorilas de la selva. Ésas —se decía lleno de nostalgia— sí que eran hembras.


La muerte del dragón

Durante muchos años se tejieron leyendas acerca de los caballeros que habían muerto intentando salvar a la princesa. Cada nuevo joven que en los reinos vecinos recibía las armas caía en la tentación de probar suerte. Sin nada más que lanza, espada y escudo subía a su caballo y dejaba llorando a sus parientes, seguros de que jamás volverían a verlo. Y así sucedía.
Lo cierto era que el caballero en turno llegaba en busca del dragón, pero no lo encontraba. Buscábalo en los alrededores del castillo de la princesa: en cuevas y fosos, en bosques y estanques, y el monstruo no aparecía. Mientras tanto, el caballero se enamoraba más y más de la dama, de esos bellos ojos constelados de tristeza que languideciendo lo miraban desde lo alto de una torre. Como todos los otros, enfermaba fatalmente de amor y a partir de ese momento comenzaba a consumirse, ardiendo en el fuego de su pasión. Sólo en el último momento de su vida comprendía la verdad: el dragón habitaba en el corazón de la princesa.
Sucedió que un día un nuevo pretendiente salió a tentar a la fortuna. No había sido armado caballero, como los anteriores, y ni siquiera era joven. Era un tabernero gordo y palurdo. Mas he aquí que pasados dos meses, y cuando ya se le daba por desaparecido, volvió para liquidar sus negocios y se mudó al castillo del cual ahora era señor. Nunca reveló su secreto.
Dicen, quienes saben de esas cosas, que los dragones que viven en el corazón de las princesas se alimentan de belleza. Cuando la belleza de la dama se acaba, el dragón perece. Los años, no los caballeros, son los verdaderos vencedores.


Femme fatale*

La irresistible, la seductora Aracné pasó largos meses tejiendo su trampa. Cuando por fin cayó una presa, chasqueó la lengua y quiso saltar enseguida a devorarla. De pronto sintió que tropezaba y cayó y se rompió la boca. Entonces comprendió: mientras tejía se había ido enredando las patas en su propia creación.


Ajuste de cuentas*

“Ahora sí —pensó el león en el circo—, va la mía”. Y cerró las fauces.



*Agradecemos al maestro Agustín Cadena haber proporcionado para esta antología sus textos inéditos Famme fatale y Ajuste de cuentas.