martes, 22 de febrero de 2011

Felipe Garrido



Nació en Guadalajara, Jalisco, el 10 de septiembre de 1942. Con la tradición de magníficos escritores jaliscienses, desde hace más de treinta años es maestro de Literatura en el Centro de Enseñanza para Extranjeros de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha dictado conferencias y cursos en numerosas ciudades de México y de otros países. Ha sido gerente de Producción en el Fondo de Cultura Económica, director de Literatura en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en la UNAM, director del programa Rincones de Lectura en la SEP, y de Publicaciones en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Bajo su coordinación se realizó el libro Historia de México, vigente en primaria. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.
Felipe Garrido tiene en su pluma palabras que atrapan desde el inicio, como un coloquio íntimo, una plática entre cuates. Prosa excesivamente cuidada para dar sensación de sencillez. Entre su obra de textos breves está Garabatos en el agua, selección de los que publicaba en el suplemento cultural Sábado. Son prosas llenas de imágenes poéticas donde hay un puente tendido entre lo real y algo que está un poco más allá de la realidad. Textos que se gozan al leerlos y después dejan un sabor de otredad, de humor inteligente que va corroyendo las conciencias.

Obra selecta:


La Musa y el Garabato
La primera enseñanza
Como leer (mejor) en voz alta
El buen lector se hace, no nace
Tajín y los siete truenos
Racataplán
Lección de piano
• Voces de la Tierra: la lección de Juan Rulfo
• Para leerte mejor
• El Quijote para jóvenes
• Don Quijote de la Mancha para niños
• La necesidad de entender: ensayos sobre literatura y la formación de lectores
• Compartir el poder: la lucha por la democracia en México
• Una breve historia contada a los jóvenes



Marita

Marita se pone de pie frente a la ventana, con el cabello revuelto. Cruza los brazos por el frente, toma de abajo la blusa tejida y con un solo movimiento ascendente se la saca por la cabeza.
¡Ay, gloria de la tarde, toda sol y viento y buganvilias y los pechos de Marita puestos de golpe a la luz! Apresúrate a gozarlos. Nadie sabe cuántos serán sus días.


Fracaso

Subir al tercer piso le toma cincuenta y ocho segundos. Decide terminar. Abre
la puerta. Naufraga en sus ojos, color de miel.


Trofeo

Y lo difícil era no equivocarse nunca. Saltar en una pierna toda una cuadra, toda una calle, de ida y vuelta al parque; toda la tarde, todos los días, todas las vacaciones. De la casa al pan, a la tintorería, con el zapatero, sin jamás bajar la otra pierna, así uno se cansara, cambiara de banqueta, tuviera que cruzar charcos, baches, lodazales; o hubiera perros, bicicletas, otras personas. Más lejos que nadie. Más tiempo que nadie. Dejar a los otros con la lengua de fuera, sentados junto a los refrescos en la entrada de la miscelánea; recargados en las camionetas del reparto, con los dos pies apoyados en el piso y la sudorosa cabeza gacha. No creer, saber que la vida era ir de cojito por el corazón de la tarde promisoria de lluvia y de tus risas. De tus rodillas raspadas, pintadas de verde por la hierba. De tus muslos fuertes y delgados donde cerraba los ojos, contenía el aliento, dejaba caer la cabeza, como la de un peregrino, en las primeras sombras del día, detrás de los sacos de azúcar, antes de que nos llamaran a merendar.


Dama de luz

Luego me dijo que se iba un rato a la playa. Me guiñó un ojo. Se calzó las sandalias. Se ajustó los tirantes. Abrió las cortinas y se volvió toda de oro y sombra, como si fuera de luz. Cerró los ojos deslumbrada. Tropezó con la mesa y tiró la botella de agua y lanzó un gritito ahogado y se rió cubriéndose la boca con las manos enjoyadas y trajo una toalla para secar aquello y me vio un momento como si fuera a decir algo, pero el canto de las cigarras la intimidó. Se miró en el espejo por delante y por detrás y después de lado mientras aspiraba hondo, parada de puntas, y se le dibujaron las costillas. Se puso una falda de manta y los lentes oscuros. Llegando a la puerta me tiró un beso. Nunca la volví a ver.


Relámpago

Gruñe la hamaca, más allá del medio muro de tablas. Brillan las luciérnagas. Frota las lajas el río. Noche cerrada. Doble la risa ahogada. Caña y sudor.
Alguien baja por el llano con una linterna. A lo lejos se ve sólo la luz, rodando por el carrizal. Apenas que se acerque, por el maculí, se le mira la figura.
Aprietan el silencio un ladrido distante, el cuerpo inasible del río. Mudos resplandecen los cocuyos.
Alza al entrar la lámpara por encima de la cabeza descubierta. Mira mecidos los muslos de media sombra. Silba el tajo del machete, un relámpago sin luz.


Conjuro

De una inscripción trazada en la arena y abandonada al viento: “...te convoco y te condeno a que no puedas cerrar los ojos sin verme, ni abrir los labios sin llamarme, ni saciar la sed sin sentir en tu boca la mía, ni tocar tu cuerpo sin creer que me acaricies, ni doblar una esquina sin la esperanza de hallarme, ni alzar el teléfono sin oír en mi voz tu nombre, ni abrir un libro sin leer estas palabras, porque el único amor que me hace falta es el tuyo, y lo necesito de esta manera desmesurada en que yo te..."

1 comentario:

Patricia dijo...

Particularmente extraordinario. Agradezco esta selección, un placer.