sábado, 29 de abril de 2017

Ulises Paniagua


Ulises Paniagua (Ciudad de México, 1976). Narrador, poeta, videasta y dramaturgo. Tiene un posgrado en la especialidad de imaginarios literarios.  Es autor de una novela: La ira del sapo (2016); así como de cuatro libros de cuentos:  Patibulario, cuentos al final del túnel (2011), Nadie duerme esta noche (2012), Historias de la ruina (2013), y Bitácora del eterno navegante (Abismos, 2015).  Su obra incluye cuatro poemarios: Del amor y otras miserias (2009), Guardián de las horas (2012), Nocturno imperio de los proscritos (2013), y Lo tan negro que respira el Universo (2015); así como los CDs sonoro-poéticos: Cuadriversiones (2013), Clandestinos y nocturnos (2014), y Mientras nos queden labios con qué cantar (2016). Ha sido divulgado en antologías, revistas y diarios nacionales e internacionales, incluyendo El búho, Círculo de poesía, y Jus. Columnista de la revista Horizontum, ha sido publicado en la Academia Uruguaya de Letras; así como en España, Italia, Perú, Cuba, Venezuela, Argentina y Costa Rica. Primer lugar en el Concurso Literario de Cuento “La caverna” (2016). Mención honorífica en el Concurso Nacional de Cuento Criaturas de la Noche (2007), y del Premio Endira de Cuento Corto (2016), fue antologado en: Poesía Latinoamericana Giulia Gonzaga (Italia, 2008), y en Poetas del siglo XXI (España, 2014). En el 2011, con su colaboración literaria con el grupo Kanga, obtuvo el primer lugar en el concurso nacional de España, Tú sí que vales. Locutor colaborador en el programa Jazz Arquitectónico, de Radio Anáhuac. Ha sido tallerista en CONACULTA, en la UAM, y en la Fundación René Avilés Fabila, así como becario de CONACYT (2014-2016). Su obra ha sido traducida al inglés y al italiano. 

Contacto:  sesilu7@yahoo.com.mx.



Estimado oficinista 

Para aclarar la situación, dejo este mensaje sobre la pantalla de su PC. No se presente más. Hace dos quincenas nos enteramos del accidente automovilístico, lo cual nos apesadumbró. Incluso colocamos una veladora en la copiadora general (lo que atenta contra las reglas de la empresa). Hemos hecho suficiente, así que, es una súplica, ya no asista. Comprendemos la situación delicada, la necesidad de un empleo, el que piense en el bienestar de su familia. Pero su extremada palidez, las cicatrices que le heredó el accidente y sobre todo la pestilencia que despide, han mermado la productividad de los compañeros quienes se quejan de su higiene. Recapacite. Sea fuerte. Acéptelo: usted está muerto. No nos obligue a negarle el acceso al corporativo.
Sin otro particular, se despide de usted su jefe inmediato.
Licenciado Ontiveros. 


Los expectantes 

Cuando subí a la azotea a tender la ropa, me venció el asombro. A lo lejos, sobre el cerro (un poco más allá de la autopista), una serie de formas semihumanas acechaba. Supuse que se trataba de rocas, aunque me pareció extraño no haberlas notado antes. Después imaginé un derrumbe dando paso a una nueva morfología del cerro. No eran piedras. Eran seres gigantes. Debían medir entre cuatro y cinco metros de altura. Lo que me inquietó fue su inmovilidad. Permanecían, algunos de pie, otros en cuclillas, apenas cubiertos con taparrabos, observando la breve ciudad en la que vivo. Su piel tenía el color del tezontle. Era imposible no sentirse intimidado por su mirada. Qué esperaban, no pude descubrirlo durante los minutos que dediqué a contemplarlos, a tratar de capturar una buena foto a través de mi celular antes de marcharme al trabajo. Ahora ha oscurecido. Habrá que esperar a que amanezca para saber si los expectantes siguen allí; o escuchar gritos aterrados durante la madrugada, para certificar sus intenciones.


La isla de los sueños salvajes 

Cada solsticio se practica una extraña costumbre en esta isla que asoma por Oriente (allí donde los habitantes acostumbran el ascetismo), pues en las fechas referidas los villa morganos liberan las pesadillas a manera de gimnasia espiritual. En una ceremonia nocturna el sacerdote se encarga de correr los pestillos y los cerrojos de las celdas. Como bestias furiosas las pesadillas embisten los pensamientos de los ascetas, semejando en el asedio el vapor de una cacerola una vez que ha alcanzado el punto de ebullición. Pero la paciencia impide cualquier incursión de los malos sueños, cual poderoso escudo de cruzado en Tierra Santa. Los ascetas, que permanecen con los ojos cerrados, en una postura vertical pero relajada, consiguen en armonía desplazar de su mente las imágenes en que el soñante cae desde una almena mora; o donde la amada escapa en las grupas de un caballo del demonio; o aquéllas donde se es atravesado por un tiro de ballesta o devorado por un jabalí; incluso los sueños recurrentes en que se está sediento en medio de un oasis intangible. Después del acoso que se prolonga hasta las luces del alba, reina la voluntad de los ascetas. A las pesadillas, derrotadas y en franca humillación, no les queda más que emprender una huida decorosa para volver a la soledad de la prisión, donde a pesar de las incomodidades se sienten a salvo del desdén de sus pretendidas víctimas. Los habitantes de Villa Morgana regresan a la vida común esperando con ansias el próximo solsticio, sólo para volver a comprobar la fuerza invencible de su interior (al menos esto refieren, en un lenguaje cincelado, una pila de menhires que se exponen en aquellas playas).


Duendes 

Mis libros andan por el mundo. Me topo con ellos en una feria literaria, en el librero de un amigo. Hay más de uno del que no guardaba memoria, del que no recordaba despiadados esfuerzos de gestación artística. A menudo me preguntan si los amo, se dejan acariciar la cuarta de forros, el prólogo, la contraportada, las páginas tersas. Respondo, contagiado de entusiasmo, que los quiero mucho, que a ratos los extraño de manera rabiosa. Nos regocijamos en el encuentro. Viene luego la despedida. No hay espacio para la nostalgia, no es terrible, pues sabemos de antemano que en el lugar menos adecuado, una repisa, una mesa de café, en el andén del metro, volveremos a reconocernos. Y seremos dichosos, no importa que nuestra alegría sea breve. Sé que estarán ahí, saludándome con sus portadas, agitando sus letras alegremente.


La noche muda 

Supongo que fueron disparos los que alumbraron la noche. Confinado en este cajón, tres metros bajo tierra, me es imposible recordar.

2 comentarios:

Gabriel Ramos dijo...

Excelente trabajo Ulises, mis felicitaciones.
Saludos cordiales
Gabriel Ramos

CUENTOS DE SEGROVIA dijo...

Un placer leer las minificciones en el orden propuesto, con ese inicio donde el apego a lo material nos impide trascender y ese final donde la noche es muda y olvidamos que estamos muertos.
Gracias José Manuel y Ulises por la lectura del sábado.