miércoles, 2 de septiembre de 2015

Andrés Galindo


Andrés Galindo. Ciudad de México, 1974. Hispanista por la Universidad Autónoma Metropolitana. Veinte poemas de la furia y una nota de esperanza (Editorial Endora, 2010), La oficina del olvido (Ediciones y Punto, 2015) y Silencio (ArteSanoDigital, 2015) son algunos de sus libros publicados en impreso y/o digitales. Interesado en la relación del arte y las nuevas tecnologías, ha colaborado en publicaciones como RegistroMX, Radiador magazine, Infame y Penumbria. En 2013 es director general de la publicación digital Beat, arte y cultura digital. Actualmente trabaja en el proyecto editorial sin fines de lucro ArteSanoDigital, que se ha ocupado principalmente por divulgar el género minificción.



Rebelde sin causa

El lector puede pensar lo que quiera, pero éste es un tuit que no se dejó escribir en ciento cuarenta caracteres. Rebelde y loco, creció hasta llegar a las cincuenta palabras. Hubiera seguido creciendo de manera desproporcionada y absurda de no haber yo apagado la maldita computadora... quizá para siempre.


Detrás del monitor

Sus tuits eran parte de sus húmedas fantasías, hasta que fue a conocer al robot dactilográfico, quien lo mató por saber demasiado.


Tiempo cumplido

“¡No dejes que me muera, papá, no dejes que me muera!”, gritaba mi hijo, apretando mi mano con sus deditos; a mí, que había dado muerte a tantos.


Los libros y la noche

Ninguno de sus detractores, y ninguno de los muchos que lo compadecen, ignora que “él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio”.
Pero lo que las generaciones pasadas (quizá también las futuras) desconocen es que el infamado o piadosamente vanagloriado hidalgo se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer fue perdiendo la vista, de manera que vino a confundir molinos con gigantes, bacías con yelmos, amores con fantasmas.
Muchos, sabemos, fueron los que trataron de reconvenir al caballero en sus falsas percepciones. Él, que podía carecer de buena vista pero no de buen oído, escuchaba las palabras de los hombres necios y, en mientes, se decía: prefiero vivir los libros y perder la vista a seguir mirando los ruidos ensordecedores de eso que otros llaman realidad.


Barquito de papel

Cuando muera, que me pongan en un barquito de papel y que me echen a un mar de letras; quiero regresar al libro del que nací.

Blog: Imposturas 
Twitter: @andresrsgalindo