viernes, 4 de julio de 2014

Antonio David Chavira Cano


Antonio David Chavira Cano (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1988). Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Escribió el libreto de un programa televisivo llamado “La fiaka”, transmitido por Televisa Victoria y después por Canal 10. Durante su paso por la universidad escribió y dirigió, dos cortometrajes proyectados en el cineclub universitario. En el año 2013 fue becario del primer Festival Internacional de Cine de Tamaulipas, y dos meses después se proyectó su primer cortometraje formal en la Cineteca del Centro Cultural Tamaulipas. En agosto de ese mismo año se publicó su primer cuento “La época de Clara Cubergman” en el periódico Expreso de Ciudad Victoria, otros de sus cuentos permanecen inéditos. En el 2013 se integró al taller literario del ITCA coordinado por el maestro José Luis Velarde.



El hombre que quería ser dios

Un hombre, arrogante al grado de sentir que podía ser dios. No se daba cuenta de que todos pueden ser dioses, dioses de sí mismos. Él quería ser dios del mundo. Soltó las riendas de su bestia y anduvo sierra adentro, al anochecer llegó a la cumbre de una montaña donde al otro lado encontró, un  pueblo. Virgen y salvaje. Rápido supo que lo conquistaría.  Se valió del tiempo y de cientos de señas y signos para que lo entendieran,  les dijo: “Yo soy su dios, el nacido para dirigir el rumbo de la vida”. Del bolsillo de su pantalón sacó una linterna plateada. Los aborígenes quedaron sorprendidos al ver la luz que expulsaba el tubo metálico, en medio de la noche morada. 
Se miraron entre sí. Luego todos se arrodillaron a sus pies y lo llevaron a un sitio donde lo alabaron y le sirvieron la mejor carne que tenían. Le dieron de beber el mejor vino; él se retorcía de la risa sin que nadie lo notara. La comida lo dejó con la boca y las manos grasosas, con el ego pasivo y modorro como hiena sacia, durmió.  A la mañana siguiente su cuerpo estaba tan duro y seco como la corteza de un nogal. Un niño le preguntó a su padre cuando miraban el cadáver tieso. ¿Padre, los dioses mueren?


Sorpresa en el teatro guiñol

“Guerra entre hemisferios”, así se llama la obra del artista, el hombre que maneja los dos guantes guiñol y ha planeado que sea la última representación. Hay dos personajes, un zurdo y un diestro, como los hemisferios del cerebro. El zurdo reclama al diestro por su falta de responsabilidad con el tiempo. “¿Qué no sabes medir el tiempo? idiota, siempre te espero” le dice. El diestro no sabe de eso, no lo entiende. “El idiota eres tú, nunca te encuentro en el lugar que me dices, nunca sabes a dónde vas”, contesta. En la escena los dos personajes se lían a golpes, se maldicen.  La obra se interrumpe, el diestro tiene un arma, dejan de actuar. Ahora el diestro apunta a la cara del artista. Dispara. No hay más.


La casa de las arañas

Cuando entró a La casa de las arañas, lo hizo con un sueño donde una viuda negra caminó por su mentón. Le sucedió en la realidad pocas noches después, cuando sacudía su cama. Es la casa de las arañas, tiempo y sueños, no lugar. Una vez por semana. Soñar con arañas y encontrarlas en la realidad, de modo idéntico al soñado. La racha se detuvo con un sueño en el que entró a su cuarto, en su cama vio una caja chapada en piel de tiempo, polvo. La levantó para dejarla a un lado y acostarse, de la caja salía una mariposa blanca.
Días después supo que con ese sueño había salido al fin, de la casa de las arañas, puesto que  ya no había soñado con ellas, ni las había visto despierto. Una noche al entrar a su cuarto, vio sobre su cama un montón de ropa. Se acercó para quitarla y recordó el sueño de la mariposa. Una tarántula salió de las prendas y caminó sobre su mano.  El tiempo le salió de frente con ocho patas. Se dijo: mi futuro era que yo me topara con esta araña, entonces, debí haber soñado que me la toparía y no pasó. Uno puede salir de la casa de las arañas, no del tiempo.


El circo

Entraron al circo luego de que los mayas se fueron del mundo. Un hombre gordo, de piel grisácea y ropa extraña, instaló una carpa enorme. Dentro exhibía representaciones teatrales, magia, actos de ilusionismo sobre todo, porque la atracción principal del circo, era un telescopio del año 3600 D.C. En la entrada un letrero. “Vea, con el ojo que corta el espacio”. Una inercia aplanadora arrebataba el entendimiento de los asistentes,  los hacía imitar a los actores de las obras, inventarse personajes y crecer las ficciones hasta no entender su papel dentro de ellas. Otros copiaban los movimientos de los ilusionistas y se engañaban entre sí con sus propios números. Los  actos de magia consistían en multiplicarse a sí mismos y andar entre el yo real y el yo inventado.  En medio de la carpa bajo un agujero en el techo, el hombre gris manejaba el telescopio. La gente al mirar por el lente se hipnotizaba al ver los planetas suspendidos en la nada. Luego volvían a la fila inacabable. Del exterior, ninguno sabía nada. No podían dejar de actuar así, ni salir. Con sus coreografías repetitivas, formaron una dinamo que trastornó el tiempo dentro del circo. Fueron repelidos por la realidad, como se desprende una burbuja que sale de otra.
Dentro del circo la dinamo seguía en función, y la inercia incontenible y el comportamiento repetitivo.  Se reprodujeron y multiplicaron tantas personas, que la carpa reventó de humanidad. Quedaron petrificados en el perpetuo espesor de la nada, sin saber que afuera del circo, en la vida real, hace miles de años había llegado el fin del mundo.


La teoría del medio hombre

Condenado a pasar su vida arrastrándose por un mal genético que le impidió el desarrollo de las piernas. Preso de la vergüenza de su familia, en un cuarto pestilente. Una navidad alguien aventó al interior una caja de crayones y un libro de pastas duras, que alborotaron el silencio estancado, mientras las paredes (su diablo) fueron acariciadas por la resonancia de un eco milenario. Era un volumen gráfico de cuatrocientas páginas de estudios neurológicos. Broma-experimento de algún familiar idiota o visionario. Tenía leve noción de la realidad exterior, por escuetas charlas con sus hermanos a través de la puerta. Dos años después que el libro cayera en su cuarto, lo había repasado cientos de veces, conocía de memoria las formas intracerebrales, con los crayones pintó un mural en la pared, algo parecido a un campo repleto de árboles secos o neuronas muy grandes, no sé bien, unidas entre sí por un hilo parecido a la electricidad de un rayo. Cuando cumplió dieciocho años su padre entró al cuarto para concederle una salida.
—Quiero conocer los árboles —dijo él —Y lo llevaron a un bosque.
—Somos ideas, que habitamos dentro de un cerebro enorme. Los árboles —se dijo a sí mismo cuando miraba sus formas— son neuronas, y ese lago, no puede ser otra cosa que líquido cefalorraquídeo. 
Un fuerte trueno se produjo, de la silla de ruedas se lanzó al piso. Un rayo emergió del cielo y dio justo en el árbol que estaba enfrente de él,  encendió de una celeste fosforescencia cada una de sus ramificaciones y su resplandor iba al ritmo de una respiración cansada. El medio hombre se arrastró hacia la gran neurona para tocarla y conocer el mensaje que trajo el rayo.  Cuando la tocó, hubo otro big bang.