martes, 12 de noviembre de 2013

Andrea González


Nació en 1991 en la Ciudad de México. Escribe casi desde entonces. Se encuentra antologada en Alebrije de palabras: Escritores mexicanos en breve (BUAP, 2013).



Vértigo cotidiano

Las nubes flotaban encima de nuestra casa; rosaban el tejado. Blancas, suaves y copiosas, se dejaban arrastrar por el viento y desparramaban su sombra sobre nosotros, como un rebaño inalcanzable de globos. Dejaban un rastro apenas perceptible de humedad en la superficie del techo oxidado. El reloj, el sol, el viento, el maullido de la gata, todo marcaba las seis. Frente a la ventana abierta, Flay y yo nos tendimos sobre los camastros y vimos pasar las nubes. Poco a poco la luz se volvió más tenue y el aire más helado. Vimos aparecer uno tras otro los luceros silvestres. Los cantos y los rugidos de la tierra despertaron al perro. Mamá y papá cerraron las puertas con llave. El perro se puso a ladrar, presa del vértigo y del miedo. Las luces artificiales inundaron la casa. Papá ordenó que cerráramos la ventana. Cuando nos acercamos, percibimos el olor a hierba y flores muertas. Poco a poco la casa descendió hasta tocar la tierra.


La noche de Asterión

Lentamente se oscurece el cielo y la mirada del minotauro extiende un manto de estrellas sobre la tierra. Estrellas de agua solidificada y núcleo de perla. El suelo se estremece. Hace frío. La soledad y la noche son impenetrables. Sentado en su trono, el minotauro cierra los ojos. Recoge poco a poco las estrellas, y vuelve a emerger la luz que lo petrifica.


Selva

Él camina rápidamente entre los callejones. Cada pisada vuelve las calles más estrechas. De pronto pasa de sentirse perseguido a saberse acorralado. Siente cómo se cimbra el asfalto. Se arrodilla junto a un rebosante bote de basura. Bajo sus patas se estremece la textura caliente del pavimento. Con la cola se impulsa y trepa ágilmente por el muro de un edificio. Detrás de él, los leones, decepcionados, se alejan en sus Ferraris rojos y nuevos.


Son solo palabras

Las palabras están encima de la mesa. Tomo algunas y las ordeno por tamaño, color y circunstancia. Me las paso por los labios. Compruebo las texturas y los aromas. Las dejo reposar. Se mueven y se juntan unas con otras. De la mezcla emerges tú. Mi sombra se ilumina sobre la mesa y baila. Ella y tú se vuelven una llama morada. Hace mucho calor, pero son sólo palabras.


Sobre tumbas

·La historia de una tumba abierta en la que una vez cupimos tú y yo. Pero ya no, así que vete.

·Te lo confieso ahora: cuando nos enterraron juntos, tenía ganas de matarte.

·Cuando logró salir del cajón, entendió que el olor a tierra no venía de afuera, sino de sus propios pulmones.

· "Uno no debería ver morir a sus mascotas" pensó el perro cavando muy profundo, para que el niño no tuviera frío.

·No dejó de visitar a su esposo ni siquiera cuando lo encontró en la tumba con otra.

·Si te da miedo, no dudes en gritarme. Si no te escucho, no dudes en morir, porque ya estarás enterrado.


·Viejo, creo que somos un mal ejemplo para los niños: tú eres saqueador de tumbas, yo soy necrófila y, bueno... ellos están muertos.