martes, 16 de julio de 2013

Jorge Arturo Abascal Andrade


Jorge Arturo Abascal Andrade. Orizaba, Veracruz, 1964. Escritor y editor. Es autor de los siguientes libros: De Fátima y otros cuentos (BUAP) (tres de esos minicuentos fueron antologados por Lauro Zavala en el libro Minificción Mexicana editado por la UNAM); Insólitos y ufanos, antología del cuento en Puebla,  (BUAP/Secretaría de Cultura de Puebla); De párvulas bocas, cuentos de lolitas (BUAP); está antologado en Alebrije de palabras: escritores mexicanos en breve (BUAP, 2013); Ediciones de Educación y Cultura le editó el libro Cuentos de Conjuros, de amanuenses y demonios y el libro Cuentos mágicos, elegido por la SEP para incluirlo en su colección “Libros del Rincón” para todos los preescolares del país. Publicó también la Antología Volver a los 17, cuentos de lolitos.   Es Maestro en Letras Iberoamericanas por la Universidad Iberoamericana de Puebla. Actualmente tiene el cargo de Director de Literatura en el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Puebla.



Tres minificciones


I                                                                     

—Es que tengo un problema —me dijo Fátima, mientras arrojaba al fogón una pizca de jejo.
Preparábamos una extraña pócima medieval, habíamos encontrado la receta en una pequeña tienda de antigüedades. Estaba escrita en latín. Dos meses tardamos en traducirla y en conseguir todos los ingredientes.
—¿Te da miedo lo que hacemos? —le dije, agitando la pala por el contorno de la olla.
Trajo de un rincón una mandrágora y empezó a limpiarla... como acariciándola.
—No, no es eso, bueno sí un poco ¿te das cuenta que estamos haciendo un hechizo?.
La mandrágora tenía forma de hombre. Fátima, pensativa, parecía masturbarla hasta que, dándose cuenta de lo que hacía, la metió, nerviosa, al cazo. El brebaje  burbujeó tenebroso y colorido. Me quitó la pala de madera, la movió un momento y sin decir palabra sorbió el guiso.
Me miró con dolor. Su ceño se ensombreció. Quiso hablar y de su boca salió un colibrí y después otro y otro hasta que la habitación fue una nube de pájaros. Cuando por fin pudo Fátima exhalar un sonido sólo... cantó.


II

—Es que tengo un problema —me dijo Fátima, empezaba a llorar.
Estábamos sentados a la orilla de la playa, en esa parte húmeda de la arena que moja el mar cada vez que llega. A unos 50 metros, un pelícano dormitaba en la proa de una barca de pescadores, era como una estatua gris, de pronto se movía y la ilusión terminaba.
—No llores, ¿ya no estás contenta aquí? ¿Qué tienes? —le pregunté, triste por su tristeza.
—La vida es tan impredecible, siempre se nos escapa lo que queremos y no podemos sujetarlo o sujetarnos para no ir a donde no deseamos.
Fátima miró al cielo y le envió un suspiró. Continuó llorando. Se levantó y fue por una vara larga, delgada; volvió a sentarse junto a mí. Con la rama dibujó en la arena un árbol y después otro y otro y otro, hasta formar un bosque, rodeó al bosque de montañas, entonces el bosque quedó situado en medio de un valle. Era un mundo, de arena sí, pero tan fiel que parecía cierto, bullicioso. Borró con la palma de la mano unos árboles y trazó el contorno de una pequeña casa.
—Es cierto, pero ¿a qué te refieres? —le dije, mirando al pelícano que seguía en la barca. La marea subía.
—El problema es que te quiero pero me tengo que ir —me contestó.
Las últimas palabras de Fátima fueron un susurro, sonidos que huían desconsolados.
—Adiós —me dijo desde el valle... desde el bosque... desde la casa, que en ese momento naufragó en una ola.


III

—Es que tengo un problema —me dijo Fátima.
Estábamos en un asilo. Una enfermera de quizá blanquísimos cuarenta años y con bigotes nos guiaba entre higiénicos pasillos. Visitábamos por primera vez a mi olvidada tía Coll.
—¿Qué pasa? —le dije observando como una viejecita intentaba, sin suerte, subir un escalón. 
—Tengo miedo, no debí venir —me dijo y apretó mi mano.
—Estaremos sólo un momento, no te preocupes. ¿Te deprime todo esto?
La enfermera caminaba cada vez más rápido.
—¡Señorita! —grité  para que esperara.
Ella volteó y dio la vuelta en una esquina. Me pareció que había envejecido. Me detuve temeroso. Fátima soltó mi mano y retrocedió unos pasos. Vi venir a los lejos a mi tía Coll, sola. En ese momento percibí un hedor a viejo, a abandono. La tía empezó a caminar más rápido, con más energía. A cada paso que daba hacia nosotros rejuvenecía. Cuando llegó junto a mí me besó en la boca. María Coll, mi tía, era Fátima. Voltee a ver a quien antes me acompañaba intentar, sin suerte, subir un escalón.

4 comentarios:

Marina dijo...

Muchas felicidades por su Fátima señor Abascal, muy buenos sus minis.

Edith Vulijscher dijo...

Me han gustado mucho sus minicuentos, sobrio y preciso en las descripciones que permiten ser muy bien visualizadas y esos finales de realismo fantástico que los lectores aceptamos con un acuerdo tácito cuando están tan bien transmitidos. Lo felicito. Al personaje le sugiero que se busque otra compañera, Fátima es demasiado soñadora y nunca dejará de darle sorpresas, pero a usted sí puede seguir dándole satisfacciones,jaja.

jorge abascal dijo...

Muchas gracias por sus comentarios Marina y Edith. Efectivamente Fátima es etérea como un suspiro y misteriosa como un rumor nocturno.

Saludos cordiales.

Anónimo dijo...

maestro,

genial