martes, 19 de abril de 2011

Amaranta Caballero Prado


Amaranta Caballero Prado (Guanajuato, 1973) estudió la licenciatura en Diseño Gráfico y una maestría en Estudios Socioculturales. Ha publicado los siguientes libros: Okupas (Plaquette en Letras de Pasto Verde, 2009), Todas estas puertas (Tierra Adentro, 2008), Entre las líneas de las manos (en el libro Tres tristes tigras, Conaculta, 2005) y Bravísimas Bravérrimas. Aforismos (Editorial De la Esquina, 2005). Ha sido incluida en la selección Yo no canto Ulises, cuento. La sirena en el microrrelato mexicano (2008), realizada por Javier Perucho y en la selección de Microrrelato Panorama de la brevedad (2006) realizada por Marcial Fernández. Desde 2001 vive en Tijuana.



Piezas clave

Traigo puesta una chamarra de terciopelo bastante gastada. Aunque para mi es nueva. Es una chamarra de color negro con el forro ―roto― en verde limón y las costuras en hilo del mismo tono. Se cierra con broches de presión y el corte me hace ver un tanto delgada. Me encanta esta chamarra por varias cosas: Porque creo que la persona que la compró y usó por primera vez era zurda (el puño izquierdo está totalmente desgastado, sin terciopelo, se ve nada más el plástico vil de la base, en color negro eso sí) y porque desde que empecé a usar “ropa usada” me he dedicado a percibir las vibras que las diosas me han heredado vía los textiles que me cubren. Sí, estoy haciendo un trabajo de investigación y fotografía memoriosa documental. Creo que la persona que usó esta prenda por vez primera bailaba muy bien y fue admirada honestamente. Nada de grupies bobas o falsos despliegues de amor. Nada de intereses por encima de la persona misma. Creo que disfrutó de esta chamarra intensamente y casi estoy segura que ahora la uso yo porque la dueña o dueño anterior fue víctima de un robo. Sé que nunca iba a deshacerse de esta fabulosa prenda. Esta es una de esas piezas clave en mi garrajuar. Cada vez que me la pongo me sucede algo entrañable: desde una sesión riquísima de besos, hasta una carrera desbocada a las dos de la mañana por la calle Revolución bajo un aguacero demencial. Me sucede que bailo toda la noche y aunque beba litros de cerveza no me pongo mal. Lo mejor: La mañana siguiente es plena y dinámica. Yo hago el recuento de la noche plácidamente desde mi colchón, mientras veo reposar a la chamarra en algún lugar de mi cuarto. Seguramente la persona que la compró por primera vez la extraña horrores, piensa en ella, trata de imaginar quién la usa ahora, cómo es, qué piensa, cómo la trata. Estoy segura que desearía recuperarla pero también sé que debe reír a solas, mientras camina por las calles, al pensar en los acontecimientos que debe vivir la persona que actualmente la lleva puesta. Es totalmente improbable que esta chamarra haya sido despreciada. Sólo un amigo me ha dicho que la cambie. Que se ve demasiado vieja. Que se ve mal y que me hace ver como “loquita descuidada”. Sólo sé una cosa: He descubierto a mi amigo. Estoy segura que estará al pendiente de ver dónde la dejo para ir por ella en el momento en que crea que yo voy a abandonarla.


Sobre el Big Bang & el Little Pum

Ahora que vivo mis fronteras, me alegra saber que cierto personaje aún no ha sido reclamado por los extraterrestres. La abducción aún no se concreta. Por medio del lenguaje de los delfines puedo volver a comunicarme con él. En alusión―alucinógena―alienígena a su mafufa teoría del Universo Fusilhawkingniana (según la cual dice que el Universo en que vivimos se está desarrollando dentro de un hoyo negro muerto) proclamo y confieso que en completo estado de conciencia pilotearé la nave nodriza con toda una comunidad, para desentrañar un poco de la carne podrida de nuestra Madre Galaxia, donde ―embriones apenas― nadamos felices en la expansión de La Nada.
Ojalá no seamos parte del Legrado Universal, ni tampoco muramos ahogados en el algodón cósmico de un kótex galáctico.


El tiempo empaquetado

Mientras caminaba por las calles de un país vecino, me topé con varias cajas sobre la banqueta. Cajas medianas, rectangulares, de cartón café, acumuladas unas sobre otras. Una de las cajas develaba el misterioso contenido. Decía en letras negras, grandes, mayúsculas y minúsculas trazadas por mano humana, la palabra: Kronos.
Supe entonces en que si me llevaba una de tales cajas tendría tiempo asegurado para después de la muerte. Supe también que ni Oscar Wilde hubiera imaginado esto para su Dorian Grey. Supe que el tiempo venía empaquetado en pequeños sobrecitos y que podría ser soluble, con sabores y listo para disolverse en agua. Se me antojó prepararme bebidas de tiempo incomprensible, tiempo improbable, tiempo invaluable, tiempo inamovible, tiempo imparable. Haciendo algunas mezclas podría obtener incluso bebidas con efecto déjà vu. En esas andaba cuando al tiempo me lo robé en un segundo y lo guardé convertido en la imagen detenida del tiempo: Su fotografía.

Pd: Siempre pensé que los primeros en vendernos el tiempo empaquetado serían los japoneses, no los gabachos. Me equivoqué.


Revelación

Al borde del suicidio estaba cuando lo pensó mejor: ella, como la postmodernidad, tan sólo era un proyecto inacabado. Oronda, salió chiflando a dar un paseo para inspirarse.


Fulminante

El ataque comenzó de la nada. Tomó unos segundos para que se llevaran las manos al estómago. Iniciaron las convulsiones. A los dos minutos ella y él, entre lágrimas y gesticulaciones, hipaban. No pudieron más. La risa acabó con ellos.


Contacto: amaranta.caballero@gmail.com