jueves, 3 de febrero de 2011

Andrés Henestrosa Morales (1906-2008)

El pensamiento lúcido y poético del indígena mezclado con un lenguaje impecable (aunque aprendido hasta los 15 años de edad) y certero de Andrés Herestrosa, tiene como resultado una serie de textos breves antológicos. Su conocimiento del folclor, tradiciones y leyendas fueron aprovechados magistralmente en Los hombres que dispersó la danza donde este poeta, narrador, ensayista, orador e historiador, crea un estilo propio para legarnos su espíritu.
Nació en Ixhuatán, Oaxaca, el 30 de noviembre de 1906. Los estudios primarios los hizo en Juchitán, Oaxaca. Habló exclusivamente lenguas indígenas hasta la edad de 15 años, en que se trasladó a la ciudad de México. Estudió durante un año en la Escuela Normal de Maestros. En 1924 se inscribió en la Escuela Nacional Preparatoria, donde se graduó Bachiller en Ciencias y Artes. Inscrito en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, siguió la carrera de Licenciado en Derecho, sin graduarse. Asimismo fue alumno de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1927, siendo alumno de Sociología, su maestro Antonio Caso le sugirió que escribiera los mitos, leyendas y fábulas que refería oralmente. Esta fue la base de Los hombres que dispersó la danza, publicado en 1929 y que junto con Retrato de mi madre son sus obras cumbres.



La sirena del mar

La noche del 24 de diciembre es noche providencial, milagrosa. Cuando niño —porque hay niñez allí donde reinan los cuentos—, salía a caballo a recorrer la playa para ver salir a la media noche a la sirena del mar, para escuchar su canto, revuelto con los tumbos y retumbos de las olas. Tal vez por la canción del mar; acaso porque nos faltara virtud; o porque algunos de los ritos no se cumplían debidamente, nunca la vimos ni oímos su cantar. Sólo la canción del mar, sólo el cabeceo de las olas, su propio cabrilleo. Yo la vi y oí una vez, pero se me ha olvidado…


El pájaro carpintero

Una vez por año, varias veces si el fuego sojuzgaba la selva derribando los árboles, el pájaro carpintero agujereaba un tronco seco para hacer casa nueva. Trabajaba entonces por necesidad, provechosamente. Así sería hasta hoy si los judíos, en mala hora, no lo hubieran convencido aliándolo con ellos.
Ya no dormía Jesús en la hoja del olivo; tampoco en la hoja más reciente del plátano — eso lo sabía muy bien—, sino en el tronco hueco, pero sin salida, de un árbol.
Una bandada espesa de pájaros carpinteros, seguida de una turba espesa de judíos, guiados todos por la urraca, se regó por los montes. Y agujereando el tronco seco, y el tronco verde, lo encontraron al fin en el tallo del carrizo.
Murió Jesús, pero por la ingratitud al Hijo de Dios, el pájaro carpintero agujerea, no para anidar, sino por eterno castigo, el tronco verde y el tronco seco; no una vez, ni dos, ni tres, sino todos los días del año.


Los árboles y la sequía

Hubo aquella vez una gran sequía, más grande que nunca la hubo. Ardía el campo, se quemaba la luz, ardía el aire, el silencio, la distancia. Los árboles caminaban rumbo a los ríos, a los arroyos, a los lagos, también secos. Eran los pozos un bostezo de aire caliente.
Fue entonces cuando el pino se puso en las puntas de los pies para alcanzar las nubes, y se quedó gimiendo por no lograrlo. Cuando al palo colorado —bixólo, en zapoteco— se le cayó la piel, se llenó de manchas, de quemaduras; cuando el roble clavó muy hondo sus raíces en la tierra en busca de algún venero, sin alcanzarlo; cuando el huanacastle creó estos frutos que parecen orejas, para oír por dónde corría el agua, y se quedó como en éxtasis, como en suspenso, silencioso, en espera de algún eco…Pasó el tiempo de secas. Otra vez la lluvia como una bendición del cielo cayó sobre los campos. El pino quedó altivo, pero sollozante; el bixólo con las ropas rotas y quemadas; el roble bien sembrado en la tierra; y el huanacastle con esos sus frutos que parecen orejas…