sábado, 25 de julio de 2020

Natalia Madrueño



Natalia Madrueño estudió una licenciatura en Letras Hispánicas y un máster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana expedida por la Universitat de Barcelona. Escribe ensayo, cuento y minificción. Ha publicado algunos de sus textos en distintas antologías, periódicos y plaquettes digitales. Ha dirigido talleres, mesas de lectura, promoción de escritura creativa y charlas con escritores juveniles como Kevin Brooks, Antonio Malpica, Loreto Sesma, entre otros.  Pertenece al jurado 2019-2020 del Programa de Fomento a la Lectura y Expresión Escrita (PFLEE) de la Universidad de Guadalajara y del concurso Minificciones desde el encierro 2020 de la editorial universitaria. En diciembre del 2018 recibió a la poeta uruguaya Ida Vitale, premio Cervantes 2018 y premio FIL2018, con un ensayo dedicado a su obra narrativa. A Natalia le gusta además el café, las manos, música, comida y el viento.



De pequeñas mordidas

Pues mire usted, comencé por mordisquear sus labios. Las personas normales suelen besar, pero yo mordisqueo. Mordí sus pies, en especial me detuve en su dedo pulgar derecho. Tan gordito él, tan suave. Perdón, pero si tan sólo supiera las miles de sensaciones que brotaban de mí cada que la mordía.
También mordí sus muslos, ahí usé un poquito más de fuerza. En ese momento supe que no le disgustaba lo que hacía, al contrario, ya gemía como si estuviera a punto de explotar; sin embargo, sé que aún no lo hacía porque en realidad sintió un orgasmo cuando llegue a su sexo. Ahí me detuve por mucho tiempo y repartí un montón de múltiples mordiditas, aunque debo confesar que algunas no tan pequeñas. Creo que cuando subí a su vientre, sin afán de alardear, ella ya había ido y vuelto unas tres veces al mundo del cosquilleo profundo y de los cuerpos entumidos. Ya ve que dicen que las mujeres son multiorgásmicas y ella de seguro lo era.
Después me suplicó que no la dejara, pero tuve que hacerlo porque soy casado. Así que no fui yo, y aunque en su cuerpo la única señal de supuesto maltrato son mis dientes, yo no la maté. Créame, debió morir de amor.


De un mito

Una tarde de septiembre, entre sonrisas y café en mano conocí a un hombre que con su canción calmaba bestias y dotaba de sensibilidad algunas piedras. No debía mirarme y no debía mirarlo, pero su voz era tan hermosa que no pude evitar admirarlo. Entonces mi suspiro.
Cuando llegó el silencio y se viró para encontrarme, ya nos habíamos perdido para siempre, y aunque sus ojos negros y profundos se encontraron con los míos que ya lo amaban, tristes los dos, aceptamos que no podíamos pertenecernos. Él tenía a su Eurídice y yo a mi Orfeo.


Desaparecida

Te extraño con cierto desencanto, en partecitas, como lo acordamos aquella vez, ¿te acuerdas, o tal vez fui yo quien lo acordó? Extraño tu aroma, tu risa, tu inmediatez cuando sabías lo que quería desayunar. Extraño tus líneas y tus curvas. Quizá sea porque sigo amando tu sexo y la idea que tengo de ti ahora que no estás. Pero a ti, lo que es a ti agrupada, completita, no te extraño. Te quiero ahí, justo donde frente a ti me desnudé tantas veces sin pudor, donde me hacías el amor tantas veces nos diera la gana ¿o era yo quien te fornicaba sin razón y sin mesura? Te extraño allá donde me dijiste adiós cuando nos avisaron que debíamos permanecer guardados por la cuarentena. Extraño de ti incluso esa última vez en que dijiste NO.


Amenaza

“… hasta que la muerte los separe”. Y Juan Carlos, sin saber lo que le esperaba, aceptó.


Injusticia

Es mentira todo lo que creía sobre el amor, y si hay que culpar a alguien de mi desgracia es a mi madre, que en paz descanse, o mejor no, que no descanse. ¡Ella y sus estúpidas palabras!: “Hija, para el amor no hay edad”. Y por hacerle caso ahora sufro como nunca lo había hecho.
Sucedió cuando me armé de valor y decidí confesarlo todo, pues acababa de enterarme gracias a Martita, mi vecina, que Luis, el amor de mi vida, estaba muy enfermo. Desde entonces mi dolor se incrementó sin contar que, además, puedo sentir cómo todos me odian, empezando por su familia. No, nadie entiende ni podrá entender lo mucho que lo amo; es más, ni yo lo entiendo. Mire que enamorarme a estas alturas y además de él, de Luisito, que es tan joven y lleno de muerte a sus 16, mientras yo a mis 70 estoy tan vieja y llena de vida.


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