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lunes, 18 de septiembre de 2017

Renato Tinajero


Renato Tinajero (Cd. Victoria, Tamaulipas, 1976), es autor de cuentos, ensayos y poemas. Estudió filosofía y es profesor universitario. Fue publicado en varias ocasiones en El cuento, revista de imaginación. Su libro Fábulas e historias de estrategas obtuvo el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes en 2017. Vive en Monterrey.



Fábula

Cría cuervos y échate a dormir. Crea fama y te sacarán los ojos.


Suma teológica

Tres. Son tres ángeles. Son tres los ángeles que han comenzado su danza sobre la punta de un alfiler. Tres ángeles livianos e invisibles. Tres ángeles etéreos.
Cuatro. Son cuatro, cuatro ángeles los que se suman a la coreografía divina. Siete, son siete ahora los ángeles danzantes. Siete ángeles que danzan en la punta sutil del alfiler.
Seis. Son seis los ángeles que mueren, que han muerto asesinados antes de que raye el alba. Y es un ángel, el séptimo, quien los contempla. Es solamente un ángel. Uno el que sostiene todavía entre los dedos el cuchillo ensangrentado. Y el ángel, en el esquivo instante que separa a un segundo del que lo sucede, alza el cuchillo y se suicida.
Oh creyentes, vosotros los que habéis depositado ciegamente vuestra fe en el mayor de los Misterios, decid: ¿cuál es la Voluntad de Dios?


Apocalíptico

Y las reses, en venganza, tomaron las armas.


A la manera de los hombres

“Ego sum lux”, dijo la luciérnaga, imitando en palabras y ademanes a los hombres.


Un epílogo

Y a la mañana del octavo día, luego de un descanso nada reparador, Dios se encontró en su cama convertido en un gigantesco insecto.


Taxi

Y la garra dejó caer desde la ventanilla del taxi la cabecita de un niño, cuyos cabellos, uno por uno, habían sido arrancados meticulosamente.


El viento, el viento

“Polvo somos”, dijo. Y el ventarrón lo deshizo de un soplido, como se barre el polvo triste que se junta sobre los muebles.


viernes, 20 de febrero de 2015

Amador González de la Cruz


González de la Cruz Amador o Amador González de la Cruz trabaja en el Instituto Tecnológico de Ciudad Victoria. Es un apasionado del campismo e instructor del Agrupamiento Deportivo Cóndor. Participa en el taller de José Luis Velarde desde el 2011.



La esquina

Los cuerpos semidesnudos llegan a compartir la banqueta, la penumbra deja ver siluetas; mujeres, hombres, mujeres en cuerpos de hombres, la nicotina y el humo de los escapes se confunden.
Placer, fantasías, mercado de carne viva, trajes, camionetas o a pie no importa el color de piel solo el oro la plata es el lenguaje.
Me abstrae de este espacio el reflejo de la luna y el cielo estrellado frente a mí, en un charco sobre el asfalto.
Gritos, discusiones, golpes. Un disparo acalla todo sonido, la esquina se vacía, un cuerpo se derrumba, el reflejo del cielo queda rojizo.
Es humano, es civilizado; mejor reviso la basura, ya me dio hambre.


La habitación

Frente a la cruz que posa  como guardián en la cabecera de la cama susurra una plegaria Mariela.
Busca en la cruz alguna respuesta, una melodía invade la habitación, un gorrión se posa en el marco de la ventana. Trata de tocarlo. El canto se transforma en graznido. Las plumas cambian al negro; es ahora un cuervo que emprende su vuelo. Obscurece en la habitación.
La mirada de Mariela regresa a la cruz, para descubrir su cuerpo en la cama pálido, frio; solo murmura: ya maté mi cuerpo, ¿ahora qué hago con mi alma?


Nostalgia

Recuerdo la niñez, los juegos de los amigos, el compartir por compartir. Casi huelo las tortillas hechas a mano de la abuela, los coscorrones del abuelo al nombrar a otro equipo que no fuera el suyo. Mi madre tratando de acomodarme el pelo para ir a la iglesia; mi padre. A él lo recuerdo más, aunque fue poco el tiempo que conviví con él. Recuerdo su partida esa mañana; me hacen falta sus consejos, de haberlos seguido no estaría sentado en esta caverna de concreto.


La espera

El sol roba las sombras y deja ver un nuevo día, el aroma del café se siente, me invade la nostalgia, recuerdos del hogar, la familia; trato de ponerme de pie, esta banca en la central de camiones es muy dura, prefiero quedarme abajo de los puentes. Son más tranquilos. No sé porqué hoy es diferente, quizá hoy Marta descienda del camión.


Fiel amante

Sus cuerpos se unían entre sabanas blancas de seda suave, leves quejidos ahogaban el silencio. De un golpe lo hacen despertar; el cuarto, la cama, la mujer, se esfuman entre neblina.
Al abrir los ojos contempla a un hombre de uniforme azul.
—Hey, hey mugroso. Aquí no se puede dormir.
El hombre de harapos y cara barbuda se levanta murmurando.
—Es temprano. Volveré más tarde a soñar contigo Marisol.



sábado, 20 de septiembre de 2014

Ailed Álvarez


Ailed Álvarez pertenece a la primera generación del taller juvenil de escritura de José Luis Velarde iniciado en Ciudad Victoria Tamaulipas, en 1993. Publicó en la revista A Quien Corresponda. Participó en la antología Se murió Minineitor, ya no duermo tranquilo mamá. Durante su época de estudiante participó como promotora cultural con el Festival Juvenil Jardines del Arte, del 2000 al 2003, con este proyecto obtuvo junto con un grupo de jóvenes la beca PACMYC por el ITCA Y CONACULTA en 2002. Es egresada de la carrera en Ciencias de la Comunicación, por la Universidad del Valle de México, Lomas Verdes, Estado de México. Estudió la maestría en Mercadotecnia en el Instituto de Estudios Universitarios en Puebla. En el ámbito profesional se ha desarrollado en las áreas de mercadotecnia en diferentes empresas; ha sido colaboradora y conductora de programas radiofónicos. Coordinadora de Contenidos Especiales en el portal de El Mercurio de Tamaulipas; maestra en la carrera de Ciencias de la Comunicación y Coordinadora de Educación Continua de la Universidad La Salle Victoria. Además se empeña en escribir.



A casa

Yatzil regresa al hogar sobre su dragón de plata. Las luces esmeralda resplandecen a lo lejos. Se estremece con la humedad de las nubes, cierra los ojos. Un autobús surge de la oscuridad con un chirrido. La impacta por el lado del conductor. El dragón exhala antes de morir y las llamas la impulsan el último trecho hacia el castillo. Ahí, entre abrazos, ella sonríe. En casa, reciben su cuerpo, no la reconocen.


La fuente del tiempo

En mi carrera por encontrar la fuente del tiempo, perdí la sensación de mis piernas, también el conteo de los días. El color de tu rostro y la ligereza de tu cuerpo desaparecieron, te volviste una carga. En tus venas aún quedaba tiempo, muy poco para ti pero suficiente para mí, decidí no continuar la búsqueda y te bebí hasta el último minuto.


Deseos cumplidos

—Tengo sueño —le dije a Fernando. Él me vio con desprecio sin dejar de masticar un trozo de carne con la boca abierta. Harta del espectáculo subí a la recamara. La imagen de la comida en su boca me atormentó, no pude dormir. Hacía calor. Pensé ir al patio para refrescarme. Las estrellas aparecieron ante mí. El viento me despeinó. Busqué un cepillo sin encontrarlo. Una estrella cayó con suavidad para adornar mi cabello alborotado. Sentí la brisa del mar ligera, casi fría. Supe cuál sería mi siguiente deseo: escuchar los alaridos de Fernando en el infierno; de inmediato sentí un breve temblor.
Los gritos no pararon.
            
                                                                                                         
Amor acabado

En la calle deshojas tu espíritu, pierdes la mirada en un camino ajeno; lo perturbas con tu boca desesperada, que descorazona. Tu tacto congela las almas que toca: las absorbe; tu aliento enardece.
Tu reflejo desfigura los finos rasgos, los rasga, te rompe en piel árida, roída; convierte tus ojos en vacío, cuencas inundadas de un frío adolorido, miradas de muerto al matar. Tu sonrisa es una serpiente que me alcanza.
Mi reflejo te persigue, te hurga, te ruega. Mis ojos te gritan, te insultan, mi voz encuentra huecos, distancias.
Amor acabado.


Anfiteatro

El gris perdura en el exterior, quizá adentro también. Los ojos se ponen tristes; se funden en ellos las sombras, el dolor, la muerte. El cuerpo desnudo en el intenso frío.

viernes, 4 de julio de 2014

Antonio David Chavira Cano


Antonio David Chavira Cano (Ciudad Victoria, Tamaulipas, 1988). Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Escribió el libreto de un programa televisivo llamado “La fiaka”, transmitido por Televisa Victoria y después por Canal 10. Durante su paso por la universidad escribió y dirigió, dos cortometrajes proyectados en el cineclub universitario. En el año 2013 fue becario del primer Festival Internacional de Cine de Tamaulipas, y dos meses después se proyectó su primer cortometraje formal en la Cineteca del Centro Cultural Tamaulipas. En agosto de ese mismo año se publicó su primer cuento “La época de Clara Cubergman” en el periódico Expreso de Ciudad Victoria, otros de sus cuentos permanecen inéditos. En el 2013 se integró al taller literario del ITCA coordinado por el maestro José Luis Velarde.



El hombre que quería ser dios

Un hombre, arrogante al grado de sentir que podía ser dios. No se daba cuenta de que todos pueden ser dioses, dioses de sí mismos. Él quería ser dios del mundo. Soltó las riendas de su bestia y anduvo sierra adentro, al anochecer llegó a la cumbre de una montaña donde al otro lado encontró, un  pueblo. Virgen y salvaje. Rápido supo que lo conquistaría.  Se valió del tiempo y de cientos de señas y signos para que lo entendieran,  les dijo: “Yo soy su dios, el nacido para dirigir el rumbo de la vida”. Del bolsillo de su pantalón sacó una linterna plateada. Los aborígenes quedaron sorprendidos al ver la luz que expulsaba el tubo metálico, en medio de la noche morada. 
Se miraron entre sí. Luego todos se arrodillaron a sus pies y lo llevaron a un sitio donde lo alabaron y le sirvieron la mejor carne que tenían. Le dieron de beber el mejor vino; él se retorcía de la risa sin que nadie lo notara. La comida lo dejó con la boca y las manos grasosas, con el ego pasivo y modorro como hiena sacia, durmió.  A la mañana siguiente su cuerpo estaba tan duro y seco como la corteza de un nogal. Un niño le preguntó a su padre cuando miraban el cadáver tieso. ¿Padre, los dioses mueren?


Sorpresa en el teatro guiñol

“Guerra entre hemisferios”, así se llama la obra del artista, el hombre que maneja los dos guantes guiñol y ha planeado que sea la última representación. Hay dos personajes, un zurdo y un diestro, como los hemisferios del cerebro. El zurdo reclama al diestro por su falta de responsabilidad con el tiempo. “¿Qué no sabes medir el tiempo? idiota, siempre te espero” le dice. El diestro no sabe de eso, no lo entiende. “El idiota eres tú, nunca te encuentro en el lugar que me dices, nunca sabes a dónde vas”, contesta. En la escena los dos personajes se lían a golpes, se maldicen.  La obra se interrumpe, el diestro tiene un arma, dejan de actuar. Ahora el diestro apunta a la cara del artista. Dispara. No hay más.


La casa de las arañas

Cuando entró a La casa de las arañas, lo hizo con un sueño donde una viuda negra caminó por su mentón. Le sucedió en la realidad pocas noches después, cuando sacudía su cama. Es la casa de las arañas, tiempo y sueños, no lugar. Una vez por semana. Soñar con arañas y encontrarlas en la realidad, de modo idéntico al soñado. La racha se detuvo con un sueño en el que entró a su cuarto, en su cama vio una caja chapada en piel de tiempo, polvo. La levantó para dejarla a un lado y acostarse, de la caja salía una mariposa blanca.
Días después supo que con ese sueño había salido al fin, de la casa de las arañas, puesto que  ya no había soñado con ellas, ni las había visto despierto. Una noche al entrar a su cuarto, vio sobre su cama un montón de ropa. Se acercó para quitarla y recordó el sueño de la mariposa. Una tarántula salió de las prendas y caminó sobre su mano.  El tiempo le salió de frente con ocho patas. Se dijo: mi futuro era que yo me topara con esta araña, entonces, debí haber soñado que me la toparía y no pasó. Uno puede salir de la casa de las arañas, no del tiempo.


El circo

Entraron al circo luego de que los mayas se fueron del mundo. Un hombre gordo, de piel grisácea y ropa extraña, instaló una carpa enorme. Dentro exhibía representaciones teatrales, magia, actos de ilusionismo sobre todo, porque la atracción principal del circo, era un telescopio del año 3600 D.C. En la entrada un letrero. “Vea, con el ojo que corta el espacio”. Una inercia aplanadora arrebataba el entendimiento de los asistentes,  los hacía imitar a los actores de las obras, inventarse personajes y crecer las ficciones hasta no entender su papel dentro de ellas. Otros copiaban los movimientos de los ilusionistas y se engañaban entre sí con sus propios números. Los  actos de magia consistían en multiplicarse a sí mismos y andar entre el yo real y el yo inventado.  En medio de la carpa bajo un agujero en el techo, el hombre gris manejaba el telescopio. La gente al mirar por el lente se hipnotizaba al ver los planetas suspendidos en la nada. Luego volvían a la fila inacabable. Del exterior, ninguno sabía nada. No podían dejar de actuar así, ni salir. Con sus coreografías repetitivas, formaron una dinamo que trastornó el tiempo dentro del circo. Fueron repelidos por la realidad, como se desprende una burbuja que sale de otra.
Dentro del circo la dinamo seguía en función, y la inercia incontenible y el comportamiento repetitivo.  Se reprodujeron y multiplicaron tantas personas, que la carpa reventó de humanidad. Quedaron petrificados en el perpetuo espesor de la nada, sin saber que afuera del circo, en la vida real, hace miles de años había llegado el fin del mundo.


La teoría del medio hombre

Condenado a pasar su vida arrastrándose por un mal genético que le impidió el desarrollo de las piernas. Preso de la vergüenza de su familia, en un cuarto pestilente. Una navidad alguien aventó al interior una caja de crayones y un libro de pastas duras, que alborotaron el silencio estancado, mientras las paredes (su diablo) fueron acariciadas por la resonancia de un eco milenario. Era un volumen gráfico de cuatrocientas páginas de estudios neurológicos. Broma-experimento de algún familiar idiota o visionario. Tenía leve noción de la realidad exterior, por escuetas charlas con sus hermanos a través de la puerta. Dos años después que el libro cayera en su cuarto, lo había repasado cientos de veces, conocía de memoria las formas intracerebrales, con los crayones pintó un mural en la pared, algo parecido a un campo repleto de árboles secos o neuronas muy grandes, no sé bien, unidas entre sí por un hilo parecido a la electricidad de un rayo. Cuando cumplió dieciocho años su padre entró al cuarto para concederle una salida.
—Quiero conocer los árboles —dijo él —Y lo llevaron a un bosque.
—Somos ideas, que habitamos dentro de un cerebro enorme. Los árboles —se dijo a sí mismo cuando miraba sus formas— son neuronas, y ese lago, no puede ser otra cosa que líquido cefalorraquídeo. 
Un fuerte trueno se produjo, de la silla de ruedas se lanzó al piso. Un rayo emergió del cielo y dio justo en el árbol que estaba enfrente de él,  encendió de una celeste fosforescencia cada una de sus ramificaciones y su resplandor iba al ritmo de una respiración cansada. El medio hombre se arrastró hacia la gran neurona para tocarla y conocer el mensaje que trajo el rayo.  Cuando la tocó, hubo otro big bang.


lunes, 16 de junio de 2014

Desiderio García Sepúlveda


Licenciado en Relaciones Públicas por la Universidad Autónoma de Tamaulipas, además de tener estudios en Mercadotecnia Política, Gestión Pública, Análisis Político, y Redacción de Órganos Informativos. Trabajó en diferentes medios de comunicación como reportero y conductor de radio y televisión, además de incursionar en la prensa escrita con columnas semanales. Colaboró como Coordinador de Comunicación Social e Imagen Pública en campañas políticas. Como corresponsal de televisión en la zona de la Huasteca Potosina fue testigo de la pobreza y violencia que sufren las etnias indígenas en México, experiencia que le sirvió de inspiración para el libro de cuentos “Montar La Bestia” (próxima publicación). Es un creyente de que la cultura en todas sus expresiones, tienen la capacidad de enderezar caminos y resolver entuertos. Se describe como un hijo de las bibliotecas públicas, porque gracias a ellas tuvo acceso a los libros que le cambiaron la vida. Su mejor amiga de la infancia (sin contar a la niña que le regaló su primer beso) fue la maestra bibliotecaria de su escuela; ella fue la responsable de instruirle y compartirle los libros correctos que alimentaron su imaginación. Participa desde hace tres años como integrante del Taller de Escritura del Profr. José Luis Velarde en donde se encuentra desarrollando un libro de cuentos y una novela. Ha publicado sus cuentos en periódicos de Tamaulipas y en portales de literatura como La casa de Asterión (Argentina) y Literatura Virtual (México). Hasta la fecha sigue tratando de hacer malabares para encontrar tiempo entre el trabajo y la escritura, para seguir con su único vicio que es la lectura, su primer amor.


Zarina

En la cúpula del cielo, ubicada en los márgenes de los días, la princesa Zarina inició su baile Zephir, la danza espiritual que derrumba estrellas y hace que los dioses volteen a mirarnos. Sus movimientos son bellos y precisos.
Se abre su flor de loto y Zarina termina su danza plegaria con una maniobra que hace perecer una estrella cercana. Su maestra Zephir captura el último movimiento de la joven bailarina mientras el polvo estelar baña sus cuerpos.
Lejos de allí, en el mar de la inmensidad la flota marina del Rey Abdul Bayar se pierde en la oscuridad de la noche al desaparecer su estrella guía.

Triste historia

Cuenta el profeta que al principio había un vacío. Ni espacio, ni tiempo, ni materia, ni luz, ni sonido. Cuando la luz surgió, la oscuridad se marchó despacio. Desde entonces la luz viaja por el cosmos para encontrar a su amante, pero esta dicha siempre se le niega. Aun así, ella lo intenta con la esperanza de llegar al límite del universo y dar un mejor final a la historia más antigua de amor frustrado.

Ofrenda

Entre las dunas ardientes que rodean a la ciudad de Ubar, una caravana de mercaderes cruza el desierto para comerciar con las tribus nómadas de la región. Los beduinos esperan obtener buena ganancia a pesar del riesgo de ser asaltados por bandidos.
Pero este peligro es insignificante, ante la amenaza que mora en la profundidad de la arena. Como un durmiente dios pagano; él, espera.
Las patas del camello resbalan por el remolino cayendo en la trampa con su carga y jinete. Unas mandíbulas se abren y la ofrenda sucumbe. Los viajantes rezan la plegaria del que mora en la oscuridad y el rey Myrmeleon se acomoda en su nido mientras envía a los inmolados al séptimo cielo.

Marloch

En el siglo XVIII en una ciudad Suiza, vivió en el barrio de los relojeros un artesano de nombre Marloch, al que los nobles y gentiles de Europa visitaban para comprar sus extraordinarias creaciones.
Los artilugios de Marloch eran famosos porque sus movimientos además de exactos, no necesitaban de cuerda. El secreto del relojero era guardar un latido de su corazón en cada maquinaria.
El día que Marloch murió, todos los relojes de la corte pararon.

La manada

Como flechas se lanzan sobre la presa, la jauría tiene hambre y la sed de caza encrespa su pelaje, un ciervo brinca tratando de evitar los hocicos babeantes que amenazan sus pezuñas, el líder de la manada le acorrala y en el último instante antes de que sus colmillos lo hieran, la víctima se convierte en niebla y polvo.
Los hombres regresan tristes a sus cuevas, esta noche de luna llena no cenarán.

jueves, 29 de mayo de 2014

José Luis Velarde


José Luis Velarde (Ciudad Victoria, Tamaulipas). Es narrador más que poeta y más poeta que ensayista. A pesar de ello deambula por todos los géneros literarios. Escribe con vehemencia. Quisiera dedicar más tiempo a la escritura. Sueña con la radio cultural de antaño y si le fuera posible aún jugaría futbol en los llanos de polvo y cerveza incontenible. Editorial Terracota le publicó la novela Contradanza en el 2014.




El rumor


El rumor surgió vándalo de tan perentorio. Amplio, poderoso e instantáneo como la comunicación de las redes sociales donde lo repitieron hasta modificarlo una y otra vez. A los pocos días era un rumor independiente de la catástrofe anunciada al inicio del ataque informativo, pero aún era un rumor amplio y tan adictivo como los efectos de una droga gratuita e indetectable.

El rumor creció maravillado por el talento de los millones de guionistas que alimentaban las historias donde iba de lo bueno a lo malo sin pausa. Se sintió único al reconocer la fuerza de la creación colectiva capaz de mantenerlo en movimiento, aunque por esas fechas ya era un rumor de interés reducido y movimientos torpes por la vejez en que se adentraba. Hubiera entristecido de saber que los rumores los engendran unas cuantas entidades.

Seres, gobiernos y empresas donde se predice y calcula cada uno de los efectos y posibles cambios que habrá de sufrir un rumor tras impactarse como vándalo perentorio en la opinión pública.



De Minos a más


Era cretense, porque había nacido en la isla más grande de las tantas que forman parte de Grecia, pero prefería decir que era un desgraciado y un cretino, porque de tanto ser marinero un día no regresó jamás. Cuenta a quienes lo escuchan que no volvió harto de los turistas y de los extranjeros que se arraigan allá en insípido coloniaje que nada bueno aporta. Lo considera un azote al que sólo sobreviven discotecas y festejos eternos. Así que ahora no permanece demasiado tiempo en un lugar para no molestar a quienes lo hospedan. Piensa que así habrá menos historias de exiliados. Vagabundea en un bote endeble y de brutal apariencia de tan maltrecho que luce. De tanto sol tiene el rostro vidriado por arrugas pertinaces.

En su interior desea que ocurra un milagro. Sueña volver a la Creta minoica. Una Creta aislada de Roma, Grecia y los incontables piratas que nunca terminan de repartirse el botín que representa.



La reinstalación del honor


A primera vista el honor puede revelar una buena apariencia, aunque el aspecto provenga más de las opiniones conseguidas desde el inicio de los tiempos que de situación reciente. Basta referirse al honor para conseguir respeto. Pareciera establecido en un artículo constitucional.

Visto desde otras perspectivas podría exhibir un perfil ganchudo y feos promontorios de iniquidad, porque no siempre el honor es quien dice ser. Hubo honores establecidos sobre acciones terribles. Honores que reverenciaron poderes malvados tras batir al verdadero honor tantas veces depuesto por émulos de abolengo rastrero. El honor puede surgir de una paciente instalación. Un fantasma servil de apariencia conmovedora y farsa irremediable. Un engaño exquisito donde se confundan los matices auténticos que un día inspiraron respeto a quienes fueron capaces de enarbolarlo sin engaños.

El verdadero honor advierte que muchos prefieren sustitutos de tintes luminosos y excéntrica movilidad.

El verdadero honor permanece en la sombra.



La desazón del consuelo


No sé si numeroso sea un adjetivo que pueda definir el grito que lancé ante ti. Surgió de todas mis personalidades y eso ya implica una multitud. Fue un impulso más veloz que una flecha mientras pudo mantenerse en el espacio donde la distancia comenzaba a separarnos. Oscilaste como un junco para evadir el ruido que no pudo revivirte piel adentro. Vi a la felicidad desplomarse en el eco de las palabras incapaces de reconstruir el rumbo. Comencé a ahondar las murallas construidas alrededor de tu cuerpo sin ir más allá de mi deseo. La muchedumbre convocada por mi grito no pudo unificarse ante ti como si fuera una ganzúa experta en revelar secretos. Derrotado tuve que reconocer la facilidad con que diseccionas egos y retrocedí a un espacio menos conflictivo.

Ahí grité hasta quedarme sordo.
Admiro que no hayas podido silenciarme y lamento no poder imaginar tu respuesta.


Una mañana cualquiera

Abre los ojos sin saber quién es. Amodorrado gira el cuello en torno de la habitación inundada por el sol. Se levanta incierto y atisba entre los dedos temblorosos hasta descubrir una cortina gruesa junto a la ventana. La cierra con alivio.
Avanza hasta el baño sobre piernas inestables. Usa las manos como cuenco y bebe. Orina y entre los desechos el alcohol refrenda la resaca contumaz.

Aún es irreconocible. En el subconsciente desfilan sus rostros.

Despierta al encontrar la imagen con la que más se identifica.

En seguida, el espejo muestra la que más le conviene.
Cierra los ojos sin saber quién es.



Textos cortesía del autor.

domingo, 1 de abril de 2012

Marcos Rodríguez Leija


Marcos Rodríguez Leija (Nuevo Laredo, Tamaulipas, 1973). Investigador y coordinador del Taller Literario El Aleph. Premio Nacional de Periodismo e Información 2000-2001, Premio Estatal de Literatura Juan B. Tijerina 2000, Premio Estatal de Literatura Juan José Amador 1998, Becario en Letras en 1998 por el Fondo para la Cultura y las Artes de Tamaulipas, Mención destacada en Yara-Granma (Cuba) por un conjunto de cuentos incluidos en la antología Argentina El Naufragio del Sol, Premio al Programa Editorial 2002, convocado por el Instituto Mexiquense de Cultura (IMC). Colaborador de revistas como Tierra Adentro, Universo de El Búho, Tropo a la Uña, Sol de Tierra, Ficticia, Baquiana (Miami, EU), Ciber Humanitatis (Chile), Letralia (Venezuela), entre otras. Autor de Exhumación de sueños lúgubres, Zona etérea, Pandemónium, Minificciones y Souvenires; está incluido en la antología En las fronteras del cuento, entre otras. Su trabajo literario ha sido traducido al inglés, francés, italiano, portugués y alemán. Ha ejercido el periodismo en medios impresos y electrónicos en México, Estados Unidos y Argentina.



Adicto

Aquella noche salí rumbo a la Iglesia, dispuesto a dejar mi adicción. Quería cambiar, que mi vida tuviera sentido. Pero me di cuenta que no tenía otra manera de ser más que esa. Y sin pensarlo dos veces, hendí el cuchillo en el cuello de una dama noctámbula y bebí su sangre hasta el hartazgo.

Teletransportación

En el sueño, siempre rememoraba cuando era un niño que dormía la siesta bajo un nogal frondoso, donde soñaba que de grande sería el inventor de un aparato capaz de transportar a las personas a través del tiempo.
          Por eso, al despertar volvía a cerrar los ojos para ver si aquella máquina en la que se encontraba, al igual que el niño que veía a lo lejos, dormido bajo un nogal frondoso, sólo eran parte de su sueño.

Cuestión de lenguaje

No es fácil pronunciar su nombre. La gente arguye que es inglés pero a Lía no le importa la procedencia ni aprender otro idioma. Cada palabra le parece un poema, un arrullo, aunque no entienda lo que el extranjero le susurra al oído cada vez que la toma de la mano y la conduce a la alcoba. Ni origen, idioma ni color, nada de eso es primordial ahí. Ella supo que eran el uno para el otro al coincidir en aquella esquina, donde sus sombras se besaron antes de que ellos cruzaran la mirada por primera vez.

Antorcha humana

Lanza fuego por la boca en las esquinas de las calles. Cuando se enciende la luz roja en los semáforos, asombra a los automovilistas que esperan el verde para continuar su marcha.
          Así se gana la vida. Le da un trago a una botella con gasolina y escupe el combustible contra una antorcha para formar increíbles llamaradas.
          Pero el mejor acto no son los diablos ni piratas, ni duendes ni cancerberos que vomita el niño-lanzallamas. La escena más espectacular es cuando se traga el fuego y se consume. Después, sonriente, majestuoso y triunfal, renace de entre las cenizas.

El sueño

Misraím despertó exaltado sobre la cama del hospital en el que fue internado a consecuencia de un accidente automovilístico. Había tenido una pesadilla: La ciudad era una plancha enorme de asfalto y edificios derruidos, sin árboles ni extensiones de agua. Todos habían muerto durante una guerra devastadora, a excepción de él, quien se vio en el sueño correr con desesperación entre llamaradas, sobre cadáveres deshechos y cocidos por el fuego.
          Misraím colocó una de sus manos en el pecho aún dolorido. Quiso bajar de la camilla pero le fue imposible, se lo impidieron varias mangueras metálicas conectadas a su espalda. La pesadilla real era peor. Resucitó cien años después de permanecer en coma. Su cuerpo ya no era como el de un humano. La mitad de sus extremidades estaban hechas de un metal extraño y desconocido para él, quien no tenía más alternativa que aliarse a un batallón de androides para retomar la guerra, una guerra que años atrás un pueblo ajeno al suyo había perdido a miles de años luz del planeta Tierra.

martes, 25 de enero de 2011

Luis Gonzali


Luis Gonzali. Tampico, México, 1982. Actualmente vive en la Ciudad de México. Estudió una licenciatura en matemáticas y trabaja como Gerente de Inversiones. Escritor por imitación, pues uno de sus grandes placeres es la lectura, lo cual lo llevó a la convicción de que todo lo que vale la pena escribir ya ha sido escrito. Aun así no se amilana y escribe. Algunos de sus microcuentos han sido reconocidos en Argentina y México y forman parte de diversas antologías en internet. Publica periódicamente en su bitácora Reflexiones desde la buhardilla, la cual ha estado muy descuidada últimamente.



Ad inversus

Despertó de golpe. Sudaba. Un sabor metálico le llenaba la boca. Se levantó, se miró al espejo y vio un hilo de sangre corriéndole por la comisura del labio. ¡El sueño había sido tan real, tan vívido!
Se lavó la cara y se dirigió al trabajo. Ese día, a pesar de que fue particularmente atareado, no pudo concentrarse. Las imágenes en su cabeza se asemejaban más a un retrato fiel de la realidad que al recuerdo difuso con que se evoca un sueño: la persecución, el aroma de la sangre mezclada con el lodo, los gritos de dolor. Sólo acordarse le estremecía la piel.
El día fue largo y cansado, y cuando llegó a su casa, lo único que quería era que todo acabara. Quería dormir y, con un poco de suerte, no soñar. Por ello, tan pronto hubo cenado, se dio un baño y se metió a la cama. No tardó mucho en conciliar el sueño, y cuando logró dormirse, el dinosaurio todavía estaba allí.


Imposición

Yo sé que alguien me ha puesto aquí y me ha dado todos estos minutos para que piense. Me detengo y reflexiono. «El tiempo es circular, el destino es circular y todo lo que importa en este mundo es circular. Revivirlo todo, una y otra vez, eso es lo que vale». Reanudo la marcha. Me detengo, vuelvo a pensar. «Pero quizás la línea recta no sea tan mala: la posibilidad de no tener que visitar este punto otra vez, de ser todo y nunca repetirme». Avanzo. Me detengo. Pienso: «Quizás un balance entre ambas cosas es la visión correcta; mutar según la situación». Vuelvo a avanzar, me detengo una vez más y por octava ocasión el ciclo de ideas se repite. «Pero, que todo sea circular no es mala idea».
El tráfico y el calor están terribles. Intuyo el principio de un horrible mareo y, si sigo dando vueltas en esta glorieta sin que nadie me deje salir, voy a tener que tomar una decisión que afectará mi vida para siempre. Sólo espero que cuando tenga el valor de tomarla, esté en esa parte del camino en donde me convenzo que la línea recta es lo mejor.


La mujer que amé me ha convertido en un fantasma

A mi madre y sus fantasmas

Cansado de ser yo el que siempre se tenía que aparecer a mitad de la noche, la desperté: «¿Por qué no te apareces tú también?», le dije. Ella, todavía recostada en la cama, pálida como un reflejo distante, me veía como quien ve a un niño que no comprende nada. Se levantó y acercándose a mí, murmuró: «Despiértate mi amor, los fantasmas no sueñan», y fue entonces que desperté de golpe.
Ella, recostada a mi lado, todavía dormía en la cama, y yo... yo empezaba a desvanecerme.