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martes, 20 de agosto de 2019

Guillermina Cuevas Peña



Guillermina Cuevas Peña nació en el estado de Colima. A lo largo de su carrera literaria ha publicado en muchas revistas como Cortapacios y La Media Luna. Es una de las escritoras más importantes de su estado. En 2002 recibió el premio colimense de Narrativa “Gregorio Torres Quintero” por su libro de cuentos Pilas o las espirales del tiempo. En 2007 el Congreso de Colima le rindió homenaje en el campo de las letras y le entregó la presea Griselda Álvarez Ponce de León. Libros publicados: Ya floreció la Vainilla (2016), Dulce y Prehistórico Animal (2012), Apocryphal Blues (2003), Pilas o las espirales del tiempo (2002), De ásperos bordes (1998), Del fuego y sus fervores (1996) y Piel de la Memoria (1995).



El tendón del alma

Iba con Avelino en un automóvil pequeño. Era un tráfico pesado y lento y todos los automóviles eran iguales pero en diferentes colores. En el piso de la parte posterior se escuchaban las voces de dos niños jugando a la fusión de moléculas con sus muñecos superpoderosos, uno era de fuego, decían, otro de piedra, y ganaban batallas y cruzaban el hiperespacio. Yo estaba muy ocupada buscando en un enorme directorio telefónico el número de una línea de autobuses porque en este sueño tenía que viajar y le decía a Avelino que el boleto costaba 43 pesos menos y él conducía con la misma brusquedad y precisión que los otros automovilistas y apenas me contestaba que sí, que los boletos costaban menos en esa línea de autobuses. Repentinamente otro escenario, escaleras que llevaban a un edificio público, columnas como de un teatro en Guanajuato o en San Luis Potosí. Yo subiendo, con mi enorme directorio telefónico y luego la abrupta irrupción de un toro miniatura, un torito negro y peludo que me obligaba a detenerme, a sentarme para evitar el peligro. Escuché que alguien dijo “mira el pitonón del toro”. Esperé hasta que dejó de perseguirme y bajó la escalera para adentrarse en el parque donde tres o  cuatro perros lo esperaban. En la entrada del edificio una muchacha me recibía llorando, maestra, me decía, en la oficina alguien está herido de muerte y yo le contestaba, pronto llegará la ayuda, no te angusties. Entramos al edificio y, sobre un escritorio, agonizante, pálido, estaba el herido de muerte. La muchacha llorosa que me recibió en la entrada me dijo en voz baja, nadie puede ayudarlo, tiene el pecho abierto y puede verse el tendón del alma. Cuando desperté eran ya las once de la mañana, me dolían los ojos, tenía sed y aunque ninguna herida había en mi pecho sentía muy lastimado el tendón de mi alma.


Cielo con pájaros

Anoche el Distrito Federal, el Paseo de la Reforma. Iba con Victorioso. El vestía un saco a cuadros en negro y café,  un morral de piel café y sombrero del mismo color. Yo llevaba, con preocupación, a Tinitongo de la mano y caminábamos de prisa porque una lluvia pertinaz nos amenazaba. En las primeras cuadras vimos a las prostitutas dramáticas, una de ellas con un vestido antiguo en satín azul, con los labios rojísimos, otra como Irma la dulce, con medias verdes y zapatos dorados de tacón muy alto, luego mucha gente, mujeres viejas de aspecto extranjero comprando artesanías. Victorioso me dijo que esas tiendas eran muy caras, que él conocía otras muy cerca, unos arcones dijo, que vendían productos baratos y allá nos dirigimos y a la vuelta de la esquina era ya otro escenario, una calle estrecha, un pequeño  parque y un café donde los clientes leían todos el mismo periódico. Tinitongo tenía hambre y en un puesto ambulante le compré un jugo de naranja. Súbitamente la lluvia cesó. El cielo comenzó a iluminarse y una nube enorme y violenta se movía  con velocidad inusitada, al principio era azul plúmbago y tenía destellos rojos, luego se tornó verde con manchas en color naranja. En la calle la gente observaba con fascinación. Pero no era ya una nube vaporosa, eran miles de pájaros verdes con alas rojas. Cuatro de ellos bajaron hasta el pequeño parque y comenzaron a comer el maíz que una anciana arrojaba a las palomas. Victorioso dijo, vamos a correr esos pájaros a patadas y Tinitongo dijo, yo también quiero patearles el trasero. Un cliente del café salió con su periódico doblado bajo el brazo y exclamó: estos cochinos pájaros nos han llenado la ciudad de caca.
Como las alas rojas de pájaros en mi sueño, la máquina rechaza las siguientes palabras. Tinitongo, prostitutas, plúmbago y caca.


Summer time

Andaba yo con Will Smith en el este de Los Ángeles. Vestido él con extrema sencillez, una camisa a cuadros en verde y café, un pantalón viejo de mezclilla y zapatos con suela de goma muy gastados. Atento y protector me llevaba del brazo a un cine inconcluso, una construcción muy rústica, como dicen los arquitectos, todavía en obra negra. Había muchos migrantes mexicanos pero el actor hablaba conmigo en inglés y yo le repetía: Don’t leave me alone, please y el me respondía, Don’t worry, I will take care of you. Me trajo luego una hamburguesa de medio kilo y un chocolate milky way y se fue para atender a un grupo de orientales que gesticulaban con vehemencia. En el cine inconcluso se presentaba una obra de teatro con tres personajes, una mujer gorda y pelirroja, una muchacha de piernas muy largas y un hombre maduro montado en una bicicleta amarilla, fosforescente. Había en el ambiente un intenso olor a incienso de canela. Will Smith desapareció y yo me quedé en un tianguis donde se vendían productos mexicanos y, muy desorientada, llegué  hasta una habitación llena de niños que saltaban sobre colchones de plástico. Alguien abrió la puerta y me dijo, maestra, le encargo a los niños, tenemos una junta urgente de comerciantes en pequeño. Creo que lloré, me veía con un rollo de papel sanitario secando mis lágrimas. La siguiente imagen fue en un autobús de Grayhound, un hotel pequeño y una habitación en el tercer piso con ventana hacia una calle oscura y desierta. Sobre la cama individual encontré un sobre blanco. Había en él un billete de veinte dólares y una tarjeta de presentación en la que leí: Will Smith, Asesor de migrantes en desventura. Al reverso, una nota que decía: “I will take care of you in the summer time, please don’t worry”.


Ganaron las Chivas

Sucedió tal vez en Guadalajara. En la sala de una casa se habían reunido unas 20 personas para ver un partido de futbol o una pelea de box. Yo estaba sentada en una silla blanca de plástico, alguien me ofrecía pepinos con chile, limón y sal. De pronto un grito  que se ahogaba con el ruido de una sirena de policía. Huyendo sin saber porqué me refugié en un taller mecánico. En la densa oscuridad, casi al borde del desmayo, dos perros mordían mis tobillos. No sentía dolor, sólo la sensación de algo viscoso. Inmóvil y aterrada permanecí hasta que la luz del amanecer me permitió ver a los dos perros que me impedían moverme. Un pastor alemán color capuchino era el más feroz, la sustancia viscosa que percibí toda la noche salía de su enorme hocico, era una espuma verde amarillenta. Luego se transformó en hombre, un hombre alto, con marcas de acné. Me dijo que ya no había peligro, que la policía se había retirado y que yo estaba a salvo. El otro perro era apenas un cachorro. Dejó de morderme, se metió debajo de un automóvil sin pintura y se durmió inmediatamente. Salí de ese lugar y en la calle no había rastros de algún suceso inusitado. Un muchacho en bicicleta iba gritando “Ganaron las Chivas, cabrones, hijos de su chingada madre”. Me dolía el estómago, sentía náuseas y pensé, me hizo daño el pepino con chile.


La pradera

Fue otra de esas chambas gratuitas pero muy gratificantes. Me encargaron la atención del escritor invitado y, con gran esmero, cumplí esta misión. Estuve con él desde el desayuno hasta la ceremonia en la que recibió la condecoración. El problema surgió cuando otro escritor, invitado por otra institución, manifestó su deseo de acompañar al primero para celebrar el éxito de ambos. Yo cargaba las almohadas blancas que me regalaron en el Congreso del Estado. Media docena de almohadas con el logotipo de la quincuagésima legislatura y mi nombre bordado en hilo dorado eran una carga molesta, casi vergonzante. Un taxista se ofreció a llevarlas hasta mi casa y yo le di una propina por su amable servicio. Los congresistas sesionaron en ropa interior, cómodamente recostados en colchones individuales y el escritor premiado pensó que lo hacían por el intenso calor y no quiso hacer más comentarios al respecto. Fuimos al bar La pradera pensando que en ese lugar encontraríamos un poco de esparcimiento pero había un evento especial y, otra vez, les vimos la cara a los mismos personajes que habían asistido a la ceremonia. Esto es inaceptable, dijeron en coro los dos escritores invitados, de no ser por las edecanes que están tan buenas, me quejaría ante la autoridades federales. Marco y René decidieron quedarse y todo el séquito les aplaudió y hasta declamaron el brindis del bohemio y se emborracharon. A las tres de la mañana los llevaron a su hotel en una camioneta oficial y los organizadores de la fiesta dijeron que muy simpáticos los escritores, que nada presumidos y muy bailadores, que así debían de ser todos, que la próxima vez que vinieran también les regalarían almohadas blancas con su nombre bordado en hilo de oro.


lunes, 6 de agosto de 2012

David Chávez


David Chávez (Colima, México, 1981). Es doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Concepción, Chile. Ha publicado Zapping (cuento, 2011) y es coautor de Historias de Las Historias. Antología de minificción (Ediciones del Ermitaño, 2011), Silencio Habit(u)ado, Figuración de instantes, Son de marzo y Objeto directo (editados por la Universidad de Guanajuato/ANUIES), así como de Cola de cuija (SOGEM, 2003).

            Ha publicado en las revistas El Subterráneo (Morelia), El Universo del Búho (DF), Barca de Palabras (Zacatecas), Fix100 (Perú) y Litterae Internacional (Chile), en los suplementos AltaMar, Cartapacios, Andante, Ágora, Zafra (Colima), Acento (Morelia), Rodeo de Palabras (Sonora) y La Jornada Semanal (DF).

            También ha sido becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FECA) Colima 2010 en Creación literaria: Cuento. Le gusta escuchar música mientras escribe, asolearse mientras camina por las calles y cocinar mientras platica. 



Precaución

Disculpe la modestia: hombre trabajando...


Raíz

Raíz: Órgano matemático de las plantas que se ha de multiplicar por sí misma una o más veces para obtener un número determinado. // Cada uno de los valores que puede tener la incógnita de una ecuación ejecutada en una rama. // Parte de las plantas y los árboles que crece como un conjunto de fonemas mínimo e irreductible que comparten las palabras de una misma familia: follar, follase, follaje.


La primera vez que conocí el mar…

Ese día caminaba presuroso de la mano de mi madre, sorteando charcos nauseabundos y cabezas de pescado, como si me moviera entre una gigantesca sopa podrida. “Los tiraron mar rieles tren comadre llore no más sabemos”, escuché que la vieja le decía a mi madre. Ajeno a todo, solté su mano y corrí hasta llegar al muelle. Imaginé entonces a mi padre trabajando en el fondo del mar, junto con otros hombres, construyendo un camino para que el ferrocarril submarino hiciera más fácil mover los sacos de mariscos que los pescadores amontonaban abajo, en el embarcadero. La brisa marina comenzaba a mojarme la cara y el viento latigueaba. Estaba seguro que había sido mi padre quien enviaba esa comida. Pero ya no quería comer más mariscos.


2014 árboles había en ese bosque

Dicen que antes, cuando alguien quería guardar un secreto, buscaba un árbol en una montaña. Cuando lo encontraba tallaba un hueco y confesaba en él lo que no quería que se supiera. Luego sellaba el hueco con barro. Así nadie nunca sabía lo que había ocultado en él. Sin embargo, después de hacer lo anterior, aquel que había guardado su secreto regresaba a casa sin mirar atrás. Nunca nadie veía cómo los pájaros Tdzum, que anidan en los árboles haciendo un hueco y sellándolo con barro, confundían el escondite del secreto con sus nidos. Nadie sabía, tampoco, que entre las plumas de los pájaros Tdzum, con las que se elaboraban los almohadones de plumas, habitan diminutos seres que llegan a crecer como bichos gigantes y horrorosos que se alimentan de sangre mientras susurran al oído de su víctima secretos de antaño, crímenes, robos, asesinatos, bajas pasiones y amores ocultos que ocasionan a quien los escucha indescriptibles angustias mientras va consumiéndose poco a poco, hasta que muere.


Escenas I

Como si hubieran salido de un poema de Girondo se contemplan, se desgarran, se muerden, se miran, se gustan, se desean, se besan, se respiran, se olfatean, se apetecen, se chupan, se babean, se enlazan, se entregan, se penetran, se acoplan, se menean, se acometen, se entrechocan, se apresan, se retuercen, se estremecen, se estiran. Luego él se fue, moviendo la cola, como diciéndole adiós.


Página web: texticulario
Contacto: davechavez@gmail.com

domingo, 5 de junio de 2011

Rogelio Guedea


Rogelio Guedea (Colima, 1974) es poeta, ensayista, narrador y traductor. Abogado criminalista por la Universidad de Colima y doctor en Letras por la Universidad de Córdoba (España), es autor de los libros de poesía Los dolores de la carne (1997), Testimonios de la ausencia (1998), Senos sones y otros huapanguitos (2001), Mientras olvido (Premio Internacional de Poesía Rosalía de Castro 2001), Ni siquiera el tiempo (2002), Colmenar (2004), Razón de mundo (Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2004), Fragmento (Premio Nacional de Poesía Sonora 2005), Borrador (2007), Corrección (2007), Kora (Premio Adonáis de Poesía 2008) y Exilio. Poemas 2001-2010 (2010); de las antologías Los decimonónicos. Antología poética colimense del siglo XIX (2001), Árbol de variada luz. Antología de poesía mexicana actual (2003) y A contraluz. Poéticas y reflexiones de la poesía mexicana reciente (2005); de los libros de microrrelato Al vuelo (2003), Del aire al aire (2004), Caída libre (2005), Para/caídas (2007), Cruce de vías (2010) y Pasajero en tránsito (2010); de los libros de ensayo Poetas del Medio Siglo: mapa de una generación (2007) y Oficio: leer (2008), y de las novelas Conducir un trailer (Premio Memorial Silverio Cañada 2009) y 41 (2010), ambas publicadas en Random House Mondadori. Actualmente es columnista de los periódicos mexicanos Ecos de la Costa y La Jornada Semanal y profesor de literatura latinoamericana del Departamento de Lenguas y Culturas de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda).



Supermercados

Ayer en la noche fui al supermercado. Suelo ir por la mañana, muy temprano, porque la fruta y la verdura preservan mejor el olor de su frescura. Pero esta vez fui por la noche. Cogí el carrito y empecé, como siempre, por la sección de frutas y verduras. Al lado mío estaba una mujer de cabello largo, rubio, que usaba pans y tenis blancos. La miré de reojo mientras escogía jitomates. Cuando iba por las mandarinas, vi que la mujer de cabello largo ponía en mi carrito una bolsa de zanahorias. Pensé que se había equivocado, pero luego vi que fue a su carrito y lo empujó hacia la sección de ensaladas. Minutos después, mientras echaba cebollas en una bolsa, vi que la mujer ponía en mi carrito media arpilla de naranjas, para luego avanzar hacia los betabeles y los puerros. Entonces no pude evitarlo. Llené media bolsa de papas y, aprovechando que la mujer estaba desatando un manojo de betabeles, puse en su carrito una piña y un racimo de plátanos. Luego, me di la media vuelta y fui hacia la sección de aderezos. Cuando volví con un par de ellos, me di cuenta de que había en mi carrito una bolsa de betabeles y dos pimientos rojos. Entonces avancé lentamente hacia el carrito de la mujer, mientras ella hurgaba entre las lechugas variopintas, y al paso cogí media sandía, que puse en su carrito en una posición estratégica para que no le costara trabajo descubrirla. Lo mismo sucedió en la sección de cereales, en la de carnes, en la de vinos. Ella ponía en mi carrito pechugas de pollo y yo en el suyo carne molida. Ella una botella de vino tinto y yo una de espumoso. Avena ella. Café yo. Así hasta que salimos del supermercado, ya bastante noche esta vez, subimos al mismo automóvil y durante el trayecto a casa nos fuimos convirtiendo, otra vez, en el marido ejemplar que era yo y en la esposa intachable que nunca ha dejado de ser ella.


Los otros somos nosotros

Fui a comer a las fondas del mercado de abajo. Pedí una pepena en salsa verde y un agua de arroz. Mientras me daban un vaso con hielo, se sentó al lado mío un hombre acompañado de su mujer y su pequeño hijo. El hombre pidió un guisado de puerco y la mujer una carne con papas. Para el niño, que estaba en medio de ambos mirando el mundo con ojos impávidos, ordenaron un plato vacío. Cuando trajeron su orden, la mujer, presta, puso en el plato del niño un trozo de carne y un pedazo de papa, y el hombre haría con las costillas de puerco lo mismo. La figura de la pequeña familia me empezó a entristecer irremediablemente. Al terminar, cuando el hombre pidió la cuenta y le dijeron que eran sesenta pesos, el hombre no supo qué hacer con su solo billete de cincuenta. Entonces hice un guiño imperceptible a la despachante, que supo entenderlo muy bien. La mujer cogió el billete del hombre diciendo “así está bien, no se preocupe” mientras el hombre limpiaba con una servilleta la boquita del niño que, lo delataban sus ojos, se había quedado con hambre. Luego, antes de encaminarse con su mujer y su hijo, el hombre se acercó a mi oído y murmuró: “que Dios se lo pague, amigo”. Obviamente, yo no supe qué decirle ni ahora ni nunca, ni tampoco supe qué hacer con esa mano suya que, al despedirse, tantas cosas sabias a la mía le dijo.


La vida sobre ruedas

Bajando la colina de Brockville hay un camino de terracería que desemboca en un río. A veces, cuando hay sol y no se arremolinan los vientos antárticos, mi hijo y yo hacemos el trayecto en bicicleta. Me gustan los paseos en bicicleta porque nunca será lo mismo ver el mundo sobre cuatro ruedas que sobre dos. Yo mismo llego a diferentes conclusiones cuando voy en autobús que cuando lo hago en motocicleta. La vida, en bicicleta, me parece más suave y menos contrariada, es más fácil vivirla sintiendo el aire fresco de la mañana o escuchando los pajarillos que cantan en la rama de los árboles. Además, en bicicleta uno necesita siempre conservar el equilibrio, para no caer. Uno no puede distraerse en cualquier cosa o descuidar un instante el rumbo porque corre el riesgo de quedar varado a la orilla del camino, tal como cuando somos injustos, corruptos o represores. Pies, manos y cabeza tienen que salvar sus diferencias si no quieren irse de bruces en la primera piedra o bache. Por eso los paseos en bicicleta se parecen mucho a la vida y a vivir, porque si bien un día padecemos una cuesta insufrible, otro ―como éste― bajamos con los brazos abiertos y los ojos cerrados una empinada que, en cada nueva avanzada, se vuelve a renovar.


La mariposa y la muerte

El chorro de agua llega hasta la buganvilia en flor. Me gusta oír su borboteo, me relaja que se derrame y lo inunde todo, refrescando el aire. Pienso que voy a mo­rir un día de tantos realizando este hecho tan simple, como puede ser regar la buganvilia. Nació sola y pensé podría ser una muerte apacible, sólo mirando, sin de­cir nada, sin tener tiempo de llamar a mi mujer o a la vecina, que siempre está al tanto de lo que me sucede. Cerrar los ojos nada más. Y adiós.
Me llega la esperanza de que así sea, por eso lo quiero dejar escrito aquí, en un día de tantos. Una mariposa llega y coquetea con el chorro de agua, se detiene en una rama de la buganvilia. Una mariposa puede ser poco o mucho desde el punto de vista que se le vea. Para el que piensa en la vida, una mariposa se vería muy bien en una exposición, atravesada por un alfiler. Para el que piensa en la muerte, en cambio, una mariposa es más que un vuelo. Nadie piensa en esta mariposa ahora que lo pienso. Pasa desapercibida por todo, el mundo es demasiado ancho y ajeno para ella, aunque su ser lo abarque y lo inunde todo, como el chorro de agua o mi vida.


El amor que yo quería contar

Ésta quería ser una larga historia de amor, una his­toria de un hombre y una mujer que se conocieron un día en el centro comercial, mientras ella miraba con detenimiento unas zapatillas rojas y él, del otro lado del cristal, amorosamente, la miraba mirar. Ésta que­ría ser la historia de un hombre y una mujer que toda su vida ensayaron sus pasos para poderse encontrar. Quería la historia que el hombre abordara a la mujer, la invitara a un café, a un salón de baile, la invitara a amar. Quería esta larga historia que nadie estuviera detrás: ni Dios, no el diablo, ni el azar. Sólo la mu­jer y el hombre saliendo del brazo, amorosamente, del centro comercial. Después vendrían los hijos, las pro­mesas, las noches de frío, el té de las diez, los besos con sabor a lluvia. Después vendrían sus paseos por el jardín, el cine, las reuniones con sus amigos, las breves pero sustanciosas alegrías. Hubiera sido bellísimo que el hombre la invitara a amar, pero la mujer, inespera­damente, y sin advertir la larga historia de amor que yo quería contar, se dio la media vuelta y se perdió en los pasillos del nunca jamás.


Historia de encuentros II

Subió al metro con el periódico bajo el brazo. La noche fría, el airecillo que le volaba el pelo, la gente que subía y bajaba, un niño con el perro al fondo de la estación, fueron quizá indicios, certezas de algo. Como miraba a través de la ventanilla, no reparó de la mujer que se había sentado a su lado. Sintió un calor extra­ño en su mirada. Los autos pasaban y se perdían en una calle o al final de la avenida. Había sido un día como cualquier otro, de llamadas y encargos a los pro­veedores la noche iba invadiendo los escaparates y los restaurantes. De pronto, sintió el brazo de la mujer en su hombro, rodeándole el cuello. No dijo nada. Quizá en algún tiempo, en alguna otra vida, había compar­tido con ella algunas preocupaciones, algunos deseos. Le cogió la mano y empezó a acariciársela, como el que no se sabe protegido. Dos estaciones más adelan­te bajaron, tomados de la mano. Sin decirse nada sin mirarse siquiera, caminaron hacia su departamento. Subieron la escalera. Cerraron la puerta tras de sí. Ella fue al baño, que reconoció como si en algún tiempo, en alguna otra vida, lo hubiese compartido con él. Mien­tras orinaba, silbó un villancico. En la mesa había un florero con flores marchitas, en la cocina trastos sucios, en el sofá un gato. Entraron en la cama, desnudos. Pasaron la noche sin decirse una sola palabra. A la mañana siguiente, la mujer se levantó, comió un poco de cereal, miró el cajón para cerciorarse que todavía permanecieron ahí las tijeras para cortar cartón, y se marchó, complacida. Horas más tarde, él bajó las esca­leras con la esperanza de encontrar un taxi. Parado en bocacalle, rogó a Dios entrar de nuevo en la estación equivocada.


París de cuerpo entero

Él no conocía París, pero tenía en la universidad una magia francesa que se ofreció a enseñárselo. Lo lle­varía hasta el último recodo, de orilla a orilla. La condi­ción que se dejara seducir. Que no opusiera resistencia. Él asintió con la cabeza y sonrió un instante.
Apenas cerraron la puerta de la habitación del hotel, ella corrió las cortinas, apagó la luz y lo hizo entrar en la cama. Cinco días con sus noches estuvieron sus almas luchando cuerpo a cuerpo. Sólo hicieron tregua para beber un poco de la luz que se colaba por las rendijas.
Cuando regresó a su país, y le preguntaron por plazas y museos, por calles y jardines, él, que no había pisado ni la acera contigua al edificio, se quedó mara­villado cuando empezó a responder con la minuciosi­dad de un relojero.


Bajo la rueda

Escribo en un cuarto de hotel donde me faltas. Es­toy escribiendo lo que viví durante el día, como cada noche. En un momento de mi escritura dije que me gustaba salir a caminar para pensarte. En un momen­to de mi escritura dije me gustaba salir a caminar para pensarte. Por la calle voy entonces, sin abrigo de nadie, sin rumbo, y en mi avanzar voy descubriendo esqui­nas en las que tal vez estuve antes, ferreterías, cafés, andadores, plazas. Me he sentado a platicar con el lus­trabotas del jardín, y sin querer le he preguntado por sus hijos, por las tarde llena de palomas. Esta ciudad es como tu cuerpo. Esta ciudad es como tu cuerpo. Estoy escribiendo porque no quisiera que se perdieran en el infinito los ojos de una mujer que vi, ni el estanco de periódicos donde compré un cuento de Kalimán, ni la banca del jardín donde ahora estoy sentado. Unos re­nombrados congresistas me han invitado a leer lo que viví durante el día, pero yo he renunciado a ello, me he disculpado, amable y afectuosamente, y he seguido avanzando por la calle desierta.


Sitio web: Rogelio Guedea