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jueves, 20 de julio de 2017

Jesús Baldovinos Romero


Lázaro Cárdenas, Michoacán. Catedrático, promotor cultural, escritor.  Autor de Recuentos, De borregos, lobos y otros insomnios, Tendedero de adioses.  Antologador de Házmela de cuento y De barro y sal. Fundador de suplementos y programas radiofónicos culturales, encuentros literarios. Actualmente dirige los talleres de creación literaria “Babel” en Zihuatanejo, Guerrero, “Rayuela” en Lázaro Cárdenas, Michoacán, y en coordinación con el colectivo Espacio Libre en UAQro Unidad Amazcala, Querétaro.



Venta prenavideña

El sitio se fue quedando vacío poco a poco. Quedaban muy pocos objetos de valor, la mayoría había sido subastada. Los familiares y los propios pacientes del manicomio habían podido vender todo lo que ya no ocupaban: mesas, sillas, ropa, hijos, una prima lejana, cartas de amor, silencios atrapados en la tarde, cuijas bañadas de luz, noches preñadas de cuentos sin sentido… todo, todo lo habían vendido. Bueno, casi todo. Aún quedaba la escoba con la que la chica del 23 salía a besar a la luna cada 28 días, el caballo de palo con el que el Napoleón del 5 rompía los cristales de las ventanas para poder llegar al campo de batalla, algunos extrañamientos.  Arturo había sido el más afortunado, había logrado vender a los vendedores y a los consumidores, sólo le quedaba una duda y un pequeño dolor de cabeza. No sabía quién lo compraría ahora que había dejado de ser un librero y se había convertido en un arbolito de navidad; así que para no sentirse triste por su soledad que se le amontonaba en el pasillo del hospital, tomó un cable y se enchufó a la corriente para brillar hasta casi el amanecer.


Sólo en sueños

Desperté y estabas ahí, como desde hace mucho. Tenía tiempo que no te soñaba. Aun cuando tu calor y sudor y ronquidos son cosa de siempre, tus sueños y los míos se mezclan desde aquel accidente. Desperté y estabas ahí, como cerrando una puerta. Como diciéndome: Javier, mañana cumplimos 28 años de muertos.


Concurso de belleza

Alguna se tambaleaba, otra se mecía borrachamente hasta casi caer; alguna que otra se mostraba orgullosa; unas gordas, otras delgadas y finas, muy pocas bellas, pero todas fuertes, salían alegres, fogosas, orgullosas, de la mano de mi hijo.
Eran sus primeras letras.


Bitácora

Las sirenas eran el indicio de ir en la vía correcta. Necio Ulises que nos mandó taparnos los oídos, y él, amarrarse al mástil. Nosotros nunca las oímos y él nunca pudo desatarse. Nos perdimos.


Noche

Esta noche es de luna hiena. Ríe mientras nos devora sin piedad.



martes, 23 de junio de 2015

Gerardo Farías Rangel


Gerardo Farías Rangel nació en Morelia, Michoacán el 3 de octubre de 1985. Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UMSNH y maestro en Literatura Hispánica por la universidad de Guanajuato.
Ha dedicado gran parte de su labor profesional a las minucias del lenguaje como profesor de literatura, español e inglés. Comenzó a escribir poemas desde adolescente, pero encontró en el cuento su género favorito. Ha publicado poemas y cuentos en varias revistas nacionales impresas y electrónicas. Es autor de un libro de cuentos y minificciones Sobre el olvido y el juego (Canapé/2013) y coautor del libro de crítica literaria Revueltas (Conaculta/FONCA/Universidad de Guanajuato).



Síntoma

La comezón era insoportable. Aun así decidió no intentar moverse hasta que todos los zopilotes se marcharan.


Las puertas

La niña empujada por la curiosidad abrió la puerta. Miró las sombras amalgamadas de sus padres penetrándose. Cuando creció, abrir puertas se convirtió en su religión.


El crimen no paga

Limpió con gran esmero toda la sangre. Su pecho estaba hinchado de orgullo y sonreía seguro de su éxito. Se marchó caminando lentamente. A sus espaldas el fantasma de su víctima comenzaba a tomar forma.


Causa

Un día nos enamoramos. El miedo nos tapó la boca y, desde entonces, el aliento nos apesta a algo echado a perder.


La última infancia

Todos le decían que se veía muy bien, pero él se sentía muerto desde hace mucho tiempo. Era aburridísimo ver cómo la vida de los demás pasaba llena de tantos vacíos. La familia estaba reunida y había una gran fiesta. Tres generaciones reunidas en aquella casa. El bisnieto que más le caía mal estaba celebrando su cumpleaños. Trató de recordar lo que era ser un niño. Tomó el vaso con agua que estaba frente a él y se lo echó sobre la cabeza.
—¡Ay papá! —Se quejó su hija menor—, disculpen, no sé qué le pasa, seguro la muchacha olvidó darle su medicina.


Lección de vida

Ese día se levantó temprano, tendió su cama, cepilló sus dientes y por primera vez usó el hilo dental y el enjuague bucal. Salió a correr alrededor del fraccionamiento donde acababa de comprar su casa, era su primera mañana ahí. Estaba lista para iniciar su nueva rutina, su vida nueva. Había decidido dejar los dos litros de coca-cola diarios, abstenerse de comer chocolate, pan y tortillas, y, por supuesto, dejar de fumar, para decididamente olvidarse de aquel hombre que la hacía sentir “tan bien” cuando la llamaba mi gordita. Jamás volvería a ser la misma. Cuando estaba por terminar la primera vuelta, miró el horizonte lleno de casas idénticas que servían de firmamento a un sol hermoso y demasiado cálido para las siete de la mañana. Sonrió satisfecha. Al dar vuelta en la esquina de su casa, resbaló con el borde de la banqueta y se golpeó la cabeza contra la gran maceta de barro que decoraba su entrada. El agua de la planta recién regada se tornó marrón. Jamás volvería a ser la misma.


El nacimiento de la amargura

Bañado en sudor pensaba en las palabras exactas que diría. Llevaba mucho tiempo imaginando este momento. Tenía la boca seca y las rodillas heladas. Todo mundo estaba en silencio esperando a que llegara el maestro. Se levantó de su butaca y atravesó el salón. Las miradas de todos sus compañeros se clavaron en su cuello y espalda haciendo su caminar mucho más dificultoso y lento. Se detuvo frente a ella. Extendió temblorosamente la mano en la que tenía la flor arrancada del patio de su abuela y la puso sobre su pupitre. Su cuerpo fue incapaz de cualquier otro movimiento. La cara regordeta se le llenó de manchas rosadas. La mirada perdida y en el pecho los latidos nerviosos se le atoraban. Todos comenzaron a murmurar y algunas risas resonaron como si vinieran desde el fondo de una cueva horrorosa. Ella no dijo nada, ni siquiera sonrió. Él esperaba algo, la mano se le había quedado ridículamente extendida en el aire. Ella miró la flor y dejó escapar un suspiro. Él dejó de respirar. Todos a su alrededor, acechando la inevitable respuesta, se convirtieron en el público más morboso para el suceso más íntimo. Él, por fin, pronunció las palabras, pero ella soltó una risa terrible que rasgó su voz y, entonces, surgió una carcajada grupal, monstruosa como una avalancha. Todo el salón se cayó a pedazos sobre él. El mundo se le vino encima. Su manita infantil dejó de temblar y se empuñó.


Monólogo de una muchacha de Milos

No puedo dormir. Desde que me sacaron, no he podido dormir. Hace tantos años ya. Y esta posición me cansa demasiado. Antes, sabía qué pesaba: en un lado, la necia manzana; en el otro, el efímero aire. Pero ya no son esas pequeñas formas, esas ideas. Me pesa todo y veo muy poco. Qué contrariedad. Mi mundo ahora es seco y gris. ¿Dónde quedó mi patria marina, dónde mi fuego forjador, dónde… mi vida? Contaría la historia, la mía y la de tantos otros, pero sería inútil. Nadie sabe escuchar aquí. Nada hay o casi nada que es peor. Tengo frío y es inmenso el eco. Y así me muestran, sin pudor, fragmentada. Es una tragedia. ¿Cómo se atreven a llamarme diosa del amor? ¿Cuál amor? No está. No hay tal. Se fue o lo perdí. No lo sé. No lo tengo. Y sólo pienso en él. Hago como que abro y cierro los ojos lentamente: me arrullo en su vaivén. Al menos, eso imagino: que puedo dormir. Quizá en un sueño lo abrazaría si pudiera.


El columpio

Juguemos al gran juego de volar
en esta silla: el mundo es un relámpago.
Gonzalo Rojas

Hay un árbol casi ya sin hojas que extiende sus ramas hacia el cielo como implorando algo, detrás de él hay más árboles que lo miran como si fuera un oráculo. El niño está columpiándose a un lado del árbol. Todo sube y baja y cambia de lugar. El viento sopla pero hace calor y el sol inmenso allá en la lejanía, metiéndose lentamente entre los edificios. La cabeza del niño parece colgada de un gancho, como la de los cerdos en la carnicería. Sus ojos se deleitan con el paisaje cambiante bajo sus pies: la tierra, el parque, los edificios, el sol inmenso, las nubes… la punta de los árboles.
A lo lejos, se oyen dos voces enfurecidas que se gritan una a la otra. Los alaridos rebotan por todas partes y tratan de llegar a él, pero la velocidad con la que se balancea los corta de tajo e impide que lo golpeen. No escucha nada, pero siente algo, no sabe qué y sigue columpiándose. Las manos sudorosas se agarran con ansiedad a las cadenas despintadas y con las puntas de los pies descalzos va trazando dos surcos sobre la tierra, dos zanjas cada vez más profundas. Arriba… abajo… arriba… abajo… Está decidido: toma un profundo respiro y cierra los ojos.
Qué mejor salida que volar… volar como Ícaro antes de que el sol desaparezca. Salir disparado, lejos de aquí.
Expulsa su última palabra, delgada y todavía aprisionada, que apenas el viento puede escuchar. El árbol pierde sus últimas hojas, sus ramas liberan un sutil crujido, el sol se esconde ondulante y el columpio se queda vacío y nostálgico, aún balanceándose.


El accidente

La multitud es borrosa, parece distante. Está interesada en una escena peculiar. Una atracción callejera y gratuita interrumpió su vida de tianguis dominical. Qué vergüenza. Algo como un circo se instaló sin pedir permiso. Sí, los colores son definitivamente circenses: están el azul de la lona que cubre las jaulas de los pollos, el rojo de la sangre encharcada en el piso y el ámbar cálido de los focos recién encendidos. El espectáculo ha convocado a niños, jóvenes y adultos, pero nadie sabe quién es. Todos se preguntan cómo y por qué. Nadie recordaba haber escuchado una detonación. «Ni siquiera trae una pistola», un hombre indicó mirando al resto. «Su sangre ya se mezcló con la de los pollos», dijo una señora sin pudor. «Nada más apareció y ya», señalaron unos niños angustiados y sorprendidos. Nadie comprendía lo que había pasado y eso me preocupó. Porque yo tampoco sé lo que hago aquí tirado a mitad de la calle con un balazo en la cabeza.



Contacto: gfrmail@gmail.com


jueves, 1 de noviembre de 2012

José Rubén Romero (1890-1952)


José Rubén Romero
(Cotija de la Paz, 1890 - Ciudad de México, 1952)

Escritor y político mexicano que inscribió una parte de su obra en la línea costumbrista y la otra en la llamada Novela de la Revolución. Durante su juventud participó en el movimiento revolucionario. Más tarde fue comerciante, desempeñó cargos oficiales y trabajó en el servicio exterior mexicano. Fue cónsul general en Barcelona, ministro plenipotenciario en Brasil y embajador de México en Cuba.
          Su primer libro, Apuntes de un lugareño (1932), contiene recuerdos de infancia y juventud. Su debut en la novela fue Mi caballo, mi perro y mi rifle (1936), que muestra su desencanto por los resultados del conflicto armado. Su libro más famoso es La vida inútil de Pito Pérez (1938), obra inspirada en la picaresca española que mezcla humor y melodrama. En Rosenda (1946), su estilo sencillo y directo se llena de poesía para recrear el ambiente provinciano de su tierra natal.


¡Ai vienen!... gritóme don Jesús, el carnicero, cerrando estrepitosamente su puerta.
          ¡Ai vienen!... díjome Isidro, La burra, que pasó corriendo cerca de mí, con la tabla de las tortas en la cabeza.
        ¡Ai vienen!...ululaba Cipriano el cojo, corriendo con las muletas en el aire, completamente ajeno a su renguera.
         ¡Ai vienen!...exclamaba desatentado Farfán, el arriero, encajando en las nalgas a sus burros, media aguja de arria para hacerlos andar más de prisa; él de por sí, tan cuidadoso de su hatajo.
        Miré a lo alto de La Mesa y una flojedad angustiosa invadió mis miembros. ¡Doscientos, trescientos, qué sé yo cuántos jinetes coronaban el cerro, despeñándose por todas las veredas y por todos los pasos, lo mismo que un alud de reses bravas!
         Un toque de clarín clavóse, como una espuela, en los ijares del viento, y un horrible alarido de muerte bajó rebotando de tejado en tejado.
         Mi voluntad me dijo entonces: ten valor, ten entereza; pero mis pies se hicieron los desentendidos y, cual si tuviese alas de Mercurio, echaron a correr vergonzosamente…
(Desbandada, 1934)

—“Los médicos recetan cosas raras —decía—, sobre todo si no tienen un tanto por ciento en nuestras boticas, pero con la farmacopea nos ayuda a defendernos de sus artimañas, acaso en beneficio de la humanidad puesto que, simplificando las medicinas, matamos menor número de personas. Aquí donde me ves, yo he ahorrado muchas vidas y algún dinerillo para mi regalo, haciendo pócimas de simple jarabe y píldoras de inofensivo almidón. Aprende, Jesús, sigue honradamente mi ejemplo y gozarás de una conciencia tranquila y de una bolsa satisfecha”.
(La vida inútil de Pito Pérez, 1938)

—¡Mamá, muchachos, mi papá se ha caído! —gritó con angustia una de mis hijas.
        Acudieron todos; pero yo ya estaba muerto. Sin embargo, oía, veía, pensaba… Oía las voces como si me llegaran a través de un micrófono; veía las imágenes como si estuvieran sumergidas y temblaran dentro del agua; pensaba pero mis pensamientos parecían, por precisos, frases hechas dentro de mi cerebro.
        Creí descender por un túnel estrecho, asomarme a una playa solitaria, hundirme en el azul opaco de un mar sin fondo, con la angustia del náufrago que no sabe nadar.
        Temeroso, vacilante, mi espíritu retrocedió hasta acomodarse de nuevo en mi cuerpo, como un humilde can que regresa a la casa del amo, después de corretear indecorosamente por las calles.
        Mi cuerpo se hacía de plomo en los brazos de mis hijos, cuyas voces distinguía con perfecta claridad:
        —Un médico, ¡pronto!
        —Busquen el agua de Colonia.
        —Es una congestión.
        Las criadas subían y bajaban la escalera en un ir y venir inútil: María sosteniendo el cacharro lleno de agua caliente, para la irrigación de todos los días; Aurelia, con los ojos muy abiertos y apretando una cuchara en la diestra, con la misma majestad con que una reina empuña su cetro.
         —Hay que tenderlo en su cama.
         —Conviene darle un baño de pies, o hacerle la respiración artificial.
         Yo lo escuchaba todo, aceptando lo razonable y rechazando aquello que me parecía absurdo.
         Sin embargo, estaba ya bien muerto.
(Anticipación a la muerte, 1939)





jueves, 24 de marzo de 2011

Luis Miguel García-Velázquez


Luis Miguel García-Velázquez [@GrumetePirata] es matemático, narrador, poeta e intenso, según dicen. Originario de Zamora, Michoacán, actualmente estudia el doctorado en Ciencias Matemáticas en el IMATE de la UNAM. Nueve de sus cuentos cortos y poemarios han sido ganadores de convocatorias nacionales y publicados en las respectivas antologías, además de que algunos de ellos ―y otros más― han saltado a las páginas de impresos tan diversos como el libro Concha Urquiza: Entre lo místico y lo mítico, los periódicos Cambio de Michoacán y Expreso de Sonora, y las revistas Fedra de Guadalajara y Río Grande Review de Texas.
Fervoroso creyente de las redes sociales, Grumete Pirata trabaja en la edición final de Los Libros Inexistentes (poemario germinado en Facebook), atiende su recién abierta Casa de Olvido y libera su personalidad obscura en la tierra prometida del Tweeter.



Génesis

Antes lo tuve todo, justo cuando nada sabía.
            He comido del árbol del bien y el mal. Ahora estoy mucho más lejos. En el Génesis, los cuerpos desnudos son la metáfora de las mentes desprovistas de certezas; antes de la manzana había curiosidad, pero no morbo. Antes de morder todo era bueno y el deseo no era otra cosa que una verdad absoluta y, por lo mismo, una rotunda mentira.
            Si yo fuera un Dios, también querría preservar mi creación del dolor y de la angustia de haber perdido su inocencia. Pero si yo fuera un Dios no podría soportar el ver correr a mis criaturas revolcándose un día y otro en el candor del que sospecha pero no entiende nada.
            Si yo fuera Él también habría plantado ese árbol y habría creado a la serpiente para sabotearme a mí mismo; también habría inventado el libre para echarle la culpa a mis criaturas y dormir eternamente en la paz de los justos. Pero Yo no puedo hacerlo, porque ya he mordido la manzana y ahora sé.
            Y eso sí, ni siquiera Dios puede engañarse a sí mismo.


Al vuelo, las campanas

Con la guitarra por el cuello y la boca hecha un jarro de vino tinto, la mujer de blanco se enredaba entre sus ropajes de novia y sus largos collares de perlas, que parecían las cuerdas reventadas de un títere. El padrino botó la chaqueta y la corbata, la madre se llevó ambas manos al pecho mientras comenzó a emitir ese rugido gutural tan parecido al de un motor que no termina de encender. Es un hecho que esta boda iba rumbo al desastre, porque en el salón ninguno de los invitados se atrevía a bailar. Amalita, mi hermana se cortó el pie derecho con una copa rota y del susto empezó a correr de un lado para otro, mientras que el rastro de su sangre apelmazaba un camino de pétalos pisoteados sobre la alfombra. Yo, para animarme un poco, me puse de pie para alzar mi copa y propuse en voz alta un brindis a la salud del novio, para que pronto se recuperara de esa gripa que le impidió acompañarnos el día de hoy.
Fue hasta entonces que ella comenzó a llorar.


Hansel

Cuando acabé con la hogaza comencé a desmoronar mi sexo, todo para no interrumpir el rastro. Luego tuve que sacrificar mi pie izquierdo, mi nuca, mi hombro derecho y así seguí andando hasta que, poco a poco, quedaron las migajas de mi cuerpo repartidas a lo largo del camino. Al atardecer, mis ojos te vieron pasar por el bosque, cantando alegre, rumbo a su casita de jengibre.



Sitio web: Casa de olvido

viernes, 25 de febrero de 2011

Mariano Silva y Aceves (1886-1937)



Nació en la Piedad de Cabadas, Michoacán. Estudió en el Seminario de Morelia y en el Colegio de San Nicolás, concluyendo sus estudios preparatorios en la Escuela Nacional Preparatoria y los de Abogado en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Fue miembro del Ateneo de la Juventud y secretario del Departamento Universitario y de la Universidad Nacional. En la Facultad de Filosofía y Letras, impulsó la investigación lingüística y creo las carreras de lingüística románica y lingüística de idiomas indígenas de México. En esa misma Facultad se doctoró en 1933.
Mariano sabía que un narrador precisa encontrar la frase inicial para introducirse en el tema sin mayores preámbulos, buscaba la sintaxis bien construida y esmerada, el adjetivo justo; introdujo el final abierto y se destacó como espléndido creador de atmósferas. Campanitas de plata (1925) le permitió cristalizar su talento. En concordancia con la fecha de la primera edición reunió veinticinco prosas cinceladas como joyas que le permitieron patentizar su amor hacia lo pequeño, hacia los sucesos mínimos. Demostraron su delicadeza, su capacidad de síntesis, las tendencias de su carácter más dado a la ternura que a la malicia y en esto último fue lo contrario de Julio Torri, quizá el autor con quien tuvo mayores afinidades.


El componedor de cuentos

Los que echaban a perder un cuento bueno o escribían uno malo lo enviaban al componedor de cuentos. Éste era un viejecito calvo, de ojos vivos, que usaba unos anteojos pasados de moda, montados casi en la punta de la nariz, y estaba detrás de un mostrador bajito, lleno de polvorosos libros de cuentos de todas las edades y de todos los países.
Su tienda tenía una sola puerta hacia la calle y él estaba siempre muy ocupado. De sus grandes libros sacaba inagotablemente palabras bellas y aun frases enteras, o bien cabos de aventuras o hechos prodigiosos que anotaba en un papel blanco y luego, con paciencia y cuidado, iba engarzando esos materiales en el cuento roto. Cuando terminaba la compostura se leía el cuento tan bien que parecía otro.
De esto vivía el viejecito y tenía para mantener a su mujer, a diez hijos ociosos, a un perro irlandés y a dos gatos negros.


Mi tío el armero

Mientras sus pequeños nietos gritan asomados a una gran pila redonda, en el patio humilde que decora un añoso limonero; mientras dos palomas blancas se persiguen con amor entre las macetas que lucen al sol las anchas hojas y las flores vivas de sus malvas; en tanto que la cabeza noble de “La Estrella”, su yegua favorita, aparece por encima de la carcomida puerta del corral, mi tío el armero, enamorado eterno de las pistolas finas, bajo el ancho portalón, levanta a contra luz, con elegancia, el cañón de un rifle que está limpiando devotamente, y mete por allí el ojo sagaz.


El bastón cobarde

Cuando el bastón salía de las manos temblorosas del abuelo era para quedarse firme en un rincón, siempre lejos del ruido y de las gentes. En la calle se animaba un poco más, pero nunca azotaba a un perro ni hacía rodar por el suelo una hoja de árbol.
Era un bastón sin mucha gracia, con el puño encorvado y lo demás rígido y recto. Siempre que lo buscaban para amenazar a alguien, andaba perdido, como si tuviera miedo.


Yo vi a un dragón

Era en el atardecer, hacia el Poniente. El sol lanzaba unos destellos vivos al ocultarse en un macizo de nubes ya casi tocando el horizonte. El dragón estaba echado sobre la montaña lejana con la cabeza hundida en las dos gruesas manos y sólo dejaba perfilar sus dos orejas puntiagudas.
De pronto arqueó el lomo como un gato que se despereza y una trompa prominente colgó de su nariz, en tanto que la extremidad de su cauda larguísima, caldeada por un fuego de fragua, se contraía dolorosamente. En un instante desapareció también, como si hubiera saltado fuera del mundo.

lunes, 14 de febrero de 2011

Édgar Omar Avilés



Édgar Omar Avilés (Morelia, México, 1980).  Premio Nacional de Libro de Cuento San Luís Potosí 2008, Premio Michoacán de Libro de Cuento "Xavier Vargas Pardo" 2010, Premio en el Certamen Nacional de Cuento Magdalena Mondragón 2006, Premio Binacional de Cuento México–Québec 2003 y el premio de Cuento Breve de la Revista Punto de Partida 2002. Mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento de Fantasía y Ciencia Ficción 2005, Mención Honorífica en el Premio Nacional de Libro de Cuento Agustín Yáñez 2004, entre otros. Ha publicado cuentos en suplementos culturales, revistas y en antologías colectivas, entre ellas Los Mejores Cuentos Mexicanos, ediciones 2004 y 2005 (Ed. Joaquín Mortiz).  Autor de los libros de cuento Luna Cinema (Ed. Tierra Adentro, 2010), Embrujadero (Ed. Secretaría Michoacana de Cultura, 2010) y de La Noche es Luz de un Sol Negro (Ed. Ficticia, 2007) y de la novela Guiichi (Ed. Progreso, 2008).  Le gustaría morir tragado por un agujero negro.



Luz

La noche es luz de un sol negro. Con esa luz vemos lo que realmente hay en el mundo: nada. En la clara oscuridad del día, los focos prendidos y el fuego de las velas, no vemos: imaginamos ciudades y rostros que no existen.


Acto final

Tras secarse el sudor con su pañuelo, la concurrencia presenció cómo se ahogaba, impedido para respirar. Fue así como se supo que no era un charlatán: el mago por descuido se había borrado la cara.


El brujo decapitado

Cuando la espada del maestro verdugo cercenó la cabeza, en la plaza todo el pueblo aplaudió aliviado, libre, al fin, de la malevolencia del brujo, de su risa oxidada, de sus promesas de muerte. Pero al caer la cabeza, del cuello surgió otra diferente. Ésta nuevamente fue cortada, mas otra brotó como capullo. Las cabezas decapitadas se apilaban, nacidas una tras otra del insólito cuello del brujo. Aunque los brazos del verdugo estaban cada vez más cansados y los aplausos menguaban, repetía la operación concentrando el mismo coraje en cada tajada, hasta que un par de horas después todo empezó a girar y escuchó la risa oxidada. En ese instante el verdugo vio que en la plaza todo el pueblo yacía decapitado, mientras su cabeza rodaba junto con las demás.


El cuadro

De la galería todo quedó reducido a ceniza: aun las puertas, las vigas del techo, las estatuas y el decrépito velador. Pero se salvó un pequeño cuadro, donde estaba pintado un incendio.


El café

Diste el primer sorbo, entonces descubriste que el café no era café: eras tú. Con cada sorbo delicioso te bebías; primero tus pies, luego tu vientre, tu pecho, tu rostro y tus sueños. El vaso vacío quedó sobre la maesa, o sobre la banca, o en el suelo, como tantos otros.

Sitio web: Rasabadú
Contacto rasabadu@hotmail.com

lunes, 7 de febrero de 2011

Marcos I. Pico



Marcos I. Pico  nace en Apatzingán, Michoacán el 25 de Junio de 1981. A la edad de 6 años su familia se traslada a un poblado circunvecino, Coalcomán de Vázquez Pallares. Después de cursar sus estudios básicos, se muda a la ciudad de Reno en el estado de Nevada, EE.UU. En dicha ciudad ingresa a la Universidad de Reno donde obtiene su licenciatura y maestría en Literatura y Lenguas Extranjeras.
Algunos de sus guiones de cortometraje han sido producidos al igual que han recibido premios en festivales de cine como Zero Film Festival en la ciudad de Los Ángeles y el Three-Minute Film Competition en la ciudad de Reno. El camino de la cama (2009, microcuento) publicado en la revista de literatura de la Universidad de Nevada Brushfire. Abram (2008), cortometraje presentado en festivales de cine.



Ascensor

Mientras leía un comic en el ascensor, sentí un húmedo aliento de un tipo que estaba parado a mis espaldas. De reojo, vi que el alto y estrafalario hombre me observaba con atención. Di un paso adelante para alejarme. Él se acercó a mí y con su horrible boca se apegó a mi oído al punto que supe lo que él había almorzado. Con una voz a sabor a nachos me dijo:
–Mira mijito, ya casi llegamos al piso dónde trabaja tu papi.


El camino

Marcelita Cote ya había sentido los ojos llorosos antes. Esta vez, era por otro hombre, Cosme Manzanares. Los dos se vieron por primera vez en un metro de la Ciudad de México.
Los dos se dirigían en direcciones opuestas, pero sus ojos nunca olvidarían como se observaron por eternos instantes. Ellos no creían en el amor, al contrario, creían que el amor era algo inventado por la literatura para que el mundo siguiera consumiéndola.
Años más tarde, ambos en casa, se preguntarían qué hubiera sido si uno u otro hubiese intercambiado tan sólo una palabra. Sin embargo, seguirían buscando esos ojos en el mismo metro sin encontrar ese amor que seguiría consumiéndolos.


Venta

Varias horas habían pasado desde que la alta mujer de vestimenta negra miraba de lado a lado en la oscura y empedrada calle. A su lado tenía una carreta de manzanas rojas que eran capaces de seducir al que las mirara.
Esperó y esperó y nunca vino quien ella tanto deseaba. Al anochecer, una señorita de gruesos anteojos finalmente se le acercó y le dijo:
―Disculpe usted. ¿Regala o vende estas manzanas?
―Pues depende, ¿por pura casualidad en tu nombre aparece la palabra blanca o nieves?
―No, me llamo Perla Nera.
Entonces las vendo ―un poco molesta replicó.
Muy bien ―escribiendo en un bloc de notas—. Tenga aquí.
―¿Y esto?
―Es su multa por vender fruta en la calle sin el permiso de la ciudad.


Sitio web: Pico y Aparte...
Contacto: