lunes, 7 de enero de 2019

Sara Paola Mateos



Sara Paola Mateos (Puebla, 1995) estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana Puebla. En 2016 fue ganadora de la beca de creación literaria del PECDA, dentro de la categoría “Jóvenes creadores: Cuento”.
Ha participado en eventos como el “IV Coloquio por el Día Mundial de la Filosofía” (Ibero Puebla, 2015), en el “Congreso de Filosofía Moderna: en el tricentenario del fallecimiento de Leibniz” (UPAEP, 2016), y en el “Primer Congreso Interuniversitario: un horizonte compartido” (BUAP, 2018).
Ha publicado textos literarios en las revistas Contratiempo, Crítica, Cuaderno de hojarasca, Rúbricas y Argonauta, en el boletín semanal Torpedo y el suplemento digital de cultura Consultario. Ha impartido talleres de cuento para niños. Actualmente da clases en la Academia Militarizada Ignacio Zaragoza.



Predestinación

Poco antes de llegar al cruce de dos caminos, una camioneta roja se le adelantó a un automóvil gris y le cerró el paso. Bajó un prototípico cowboy vestido con vaqueros, botas y camisa a cuadros. Iracundo, fue a sacar al personaje asustado que viajaba en el otro vehículo. Tomándolo del cuello, lo recargó sobre la portezuela, sacó una pistola y le apuntó a la sien.
―¡Por favor!―suplicó―, tú sabes la verdad, no los maté, ¡no pude haber sido yo!
―Lo sé pero, para que la historia siga, es necesario… ―dijo y disparó.


Mismidad

Un lunes por la mañana se dispuso a encontrarse a sí mismo. Hurgó entre los orificios de sus orejas, en la ciénaga de su estómago, en las arrugas de sus codos, pero no se veía a sí mismo por ninguna parte. Entonces se puso a buscarlo en el mundo: en el interior de un buzón de cartas, en los pliegues del sillón, las ranuras de las llantas,  las estrías de las alcantarillas y el polvo de los ventanales. Para cuando al fin se encontró, ya era otro.


Horizonte de sucesos

Ávido por alcanzar la divinidad, el escritor pensó que cada texto sería el peldaño de una escalera interminable que lo llevaría a dominar el infinito. Sin embargo, cuando estaba próximo a terminar su labor, descubrió aterrado que la tinta de su pluma fuente se había diseminado en los papeles, formando una mancha creciente que pronto se convirtió en un agujero negro. La voracidad de aquel hoyo engullía todo lo nombrado y lo atraía irremediablemente a sus fauces. El escritor se encontró en el interior del horizonte de sucesos, donde podía mirar hacia fuera, pero en cambio a él y su universo coleccionado nadie los veía, ningún dios admiraba su vasta obra. Desesperado, quiso volver al principio, pero la curvatura espacio-tiempo se lo impidió. De su empresa frustrada apenas quedarían unas briznas de polvo cósmico, con las que otro dios trazaría figuras para divertirse y que luego les infundiría vida para volver a reírse de sus ansias de inmortalidad y sus desastres con la tinta.


Silencio socrático

Se dice que Sócrates, por sabia prudencia, no escribió una sola palabra. Pero yo, su amada Jantipa, lo adivino atormentándose silenciosamente en una prisión de laberintos, víctima de su innato ánimo de ajedrecista.  En su mente fraguaba todas las posibilidades a donde lo podría llevar la simple mención de una palabra: los caminos que abriría, los que cerraría, las encrucijadas inevitables y las secuelas que no podría detener. Como nunca tuvo tiempo de concluir ese mapeo, nunca se decidió a escribir nada. De su desesperación muda tampoco quedó huella.


Unísono

El hombre se encerró en la habitación con su instrumento y clausuró la puerta. Nada más había, salvo ellos dos. Lo recargó en la pared y luego se sentó enfrente, le aterrorizaba la silueta que proyectaba en el piso y la posibilidad de escuchar su eco. El desafío sólo acabaría cuando uno cediera, y el hombre no estaba dispuesto a hacerlo. Ya le había ofrecido a aquel bulto sonoro innumerables años y secretos.
Pasaron los días, quizá los años. Musgo silencioso vino a asentarse en la piel del hombre. La superficie del instrumento apenas había sido cubierta por una capa de polvo. Hubiera bastado pasar un trapo para ser el de antes, eterno a sí mismo. Él, en cambio, había envejecido. Podía haberse cambiado de ropa y rasurado la barba, pero los grumos asentados en su memoria no iban a disolverse.  La partida estaba perdida, lo sabía. Lo supo desde el día en que su padre le colgó un pesado estuche, diciéndole que alguna vez eso sería él, y se fundirían al unísono.
…Cuando la puerta volvió a abrirse por unos dedos temblorosos, sólo hallaron un contrabajo lustroso recostado sobre el piso. Sobre él reposaba cuidadosamente un arco, que parecía suspendido para tocar, eternamente,  la misma nota.

Correo: sarapaola.mateos@gmail.com
Facebook: Sara Paola Mateos

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