lunes, 5 de agosto de 2013

Marco Antonio Campos


Marco Antonio Campos. Poeta, narrador y ensayista mexicano nacido en Ciudad de México en 1949. Licenciado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México, fue lector en las Universidades de Salzburgo y Viena de 1988 a 1991, profesor invitado de la Brigham Young University en 1991, y catedrático en la Universidad Hebrea de Jerusalén en 2003. Ha sido además, director de Literatura de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma, director en dos épocas del periódico de Poesía y coordinador del Programa  de Humanidades de la misma universidad. Ha dictado cursos sobre poesía y literatura en varios países de América y Europa,  ha sido cuatro veces becario del Colegio Internacional de Traductores Literarios de Arles en  Francia, y miembro de la Académie Mallarmé en el mismo país. Es traductor de muchos autores, entre los que se cuentan, Baudelaire, Rimbaud, Gide, Artaud, Saba, Ungaretti, Quasimodo y Trakl. 
Su obra ha sido galardonada en México con los premios Xavier Villaurrutia y Nezahualcóyotl, en España con el Premio Casa de América y Premio del Tren 2008 Antonio Machado, y en Chile con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda. Su poesía está contenida en los siguientes libros: Muertos y disfraces (1974), Una seña en la sepultura (1978), Monólogos (1985), La ceniza en la frente (1979),  Los adioses del forastero (1996), Viernes en Jerusalén (2005), Árboles (2006)  y Aquellas cartas  (2008).



La ciudad de la poesía

a Raúl Renán

¿Por qué no construir una ciudad donde plazas y calles, jardines y edificios públicos, dejen de tener nombres de próceres sospechosos de heroísmo o de políticos con las manos llenas de sangre? Que los nombres de comercios y almacenes y cines y teatros y clubes se correspondan estéticamente con el edificio, para que quienes caminen no se defiendan en su interior ante lo desagradable o lo feo. Que quienes no respeten el llamado a la belleza sean expulsados a otra ciudad, lejos de la sabiduría de los árboles y de las informaciones de viaje que redactan los pájaros. Como en Florencia resuenan en muros versos de Dante, en Verona de Shakespeare y en Salzburgo de Trakl, que los muros de la ciudad sean páginas donde, perfectamente repartidos, se lean versos de una antología del tiempo.


Matar al Minotauro

a María Luisa Burillo

Para la lucha con el Minotauro el hombre se preparó como nunca. Sabía que de no vencer su ciudad no llegaría a tener jamás grandeza y gloria. Afuera del laberinto la hija del rey esperaba. Dándose valor, calculando su fuerza, ahora que veía venir al Minotauro con toda su furia concentrada, el hombre se imaginó un instante con la joven en la llanura seca de su región munífica de higueras y de olivos, de vides y de espigas, en los meses de violento sol o en la tibieza del otoño. Eso le dio más fuerza.
La batalla fue terrible y muchas veces dudó de su victoria, pero al fin golpeó con tal fuerza al Minotauro, que lo hizo padecer cruelmente por cada crimen cometido.
Con la alegría del vencedor buscó el hilo que la joven le dio para salir. El hilo no estaba. No le importó hallar de inmediato la salida. Conocía de laberintos y salir de éste sólo costaría más tiempo. Comprendió que la mujer se creería engañada. Pero cómo explicarle que no.


En el diván

¿Pero que ha hecho usted con sus sueños?, preguntó con perplejidad el psicoanalista después de corroborar que el paciente no recordaba una sola imagen de ellos.
Los enterré. No sé dónde. No quise que los sueños fueran la prolongación de una vida desdichada.


Crepúsculos en Arles

a Alicia Avilés (IM) y
a Mariela Cuervo

Al forastero le gustaba caminar a las orillas del Ródano en los crepúsculos estivales. Se deleitaba mirando cómo el sol poniente creaba en el cielo y en las aguas unas tonalidades delicadísimas de malvas, de índigos, de anaranjados, de rojos, como si Monet los acabara de pintar. El claro verdor plata de los vigorosos plátanos comenzaba a tornarse sombra y gris. Árboles macizos para contraponer al mistral furioso, que parece reunir en instantes a los 32 vientos. En el cielo las golondrinas ensayaban todos los vuelos imaginables: verticales, en sesgo, en círculo, en disparo, en picada, a ras del agua... ¡Y qué felicidad cuando en el grito volaban anunciándonos que el otro día sería soleado y bello!


El enfoque de los hechos
(Carta a un historiador universitario)

Me pregunta usted si es posible comprobar científicamente el lugar exacto donde yacen los restos de Cuauhtémoc y de Hernán Cortés. Creo serle de poca utilidad. A través de los siglos los huesos del último tlatoani aparecen donde mejor pueden y se les declara siempre fidedignos; lo mismo los de Cortés, que ahora se encuentran a resguardo, hasta mejor noticia, en el Hospital de Jesús de ciudad de México. Esta trashumancia de los 85 restos de ambos la tomó Pablo Neruda como uno de los argumentos terminales para probarse a sí mismo que México era el último de los países mágicos.
Como usted sabe, Cuauhtémoc fue muerto a manos de los soldados de Cortés durante el viaje a las Hibueras en 1524, el cual Cortés realizó buscando vengarse de Cristóbal de Olid y dar nuevas tierras a la corona española. No necesito darle las varias versiones de su muerte, justificando o culpando a Cortés, porque usted ya las expuso con rigor en las páginas finales de su libro; sólo quiero apuntarle que desde entonces los restos de Cuauhtémoc aparecen, como fantasmas en pena, en lugares que ni a usted ni a mí se nos ocurriría hasta hoy que existieran. Algo puedo decir con plena convicción: los restos de Cuauhtémoc han viajado mucho más de lo que el propio Cuauhtémoc viajó en vida.
Por demás usted se halla en lo correcto al querer que su libro, como se exige en los institutos universitarios, tenga un carácter científico riguroso. Al leerlo y releerlo lo corroboré y aplaudí su paciencia y su esfuerzo. En base al rigor científico de su estudio, apenas me permito hacerle una sugerencia: iniciar su libro con la historia de San Jorge y el dragón.



Todos los textos fueron tomados del libro El señor Mozart y un tren de brevedades, y gentilmente autorizados por su autor.