domingo, 21 de agosto de 2011

Mónica Sánchez Escuer


Mónica Sánchez Escuer (Ciudad de México) es licenciada en sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México y maestra en creación literaria porla Unversidad de Texas. Ha impartido cursos y conferencias sobre literatura, sociología, traducción literaria y cultura en diversos foros académicos. Su narrativa, poesía y traducciones han sido publicados en suplementos culturales, antologías y revistas literarias en México y Estados Unidos. Ha sido becaria de la UNAM, Universidad de Texas y del programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en la categoría de cuento. Ha sido ganadora del University of Texas Literary Contest en narrativa (2005) y del The Frank McCord Memorial Poetry Prize (2006).



Viuda

La oscuridad de la finca se prolonga por el bosque y le ensombrece el sueño. Las delgadas cortinas no pueden contener la penumbra que se asoma, tampoco las densas voces de la noche que arañan la ventana. Tiene frío. En el lado izquierdo de la cama, la mujer dobla su cuerpo sobre la huella ausente. Unos débiles rayos salen de la lámpara que no quiere apagar. Hace meses, desde que él se fue, duerme con la luz encendida.
Cierra los ojos y se cobija bajo el lumínico tacto.
Dos horas o tres. Un ruido cae en su oído y la despierta. Intenta descifrarlo pero su memoria adormecida apenas reconoce el seco golpear del corazón en su cabeza. Afuera no se escucha nada, sólo el ronco murmullo del aire. La mujer permanece inmóvil unos segundos, luego se atreve: apaga la luz. Su almohada la recibe tibia, le acaricia el cabello. Ella cierra los ojos. No duerme. A los pocos minutos, unos ruidos en el piso de abajo la sorprenden y le arquean la espalda. Mira la tenue raya de luz que se filtra por la puerta cerrada. Escucha el rechinido de la escalera. Se desprende de las sábanas que abrazan su pecho acelerado. Camina. Busca en la cómoda: ahí está, cargada, fría. La duela vieja le anuncia la proximidad de los pasos. El arma sostiene sus dedos nerviosos. La puerta se abre: una bala y dos alaridos estallan.
El cuerpo del marido cae.


Suite

Alguien toca y alguien mira.
La música suena dentro. El viento, absorto, lame los vidrios temblorosos. Puertas y ventanas buscan los restos del sol, las horas de paz entre los árboles. Han dejado los días de lluvia, las tormentas eléctricas. Se abren de par en mar: reciben el aliento del agua y los besos naranja deldía, sacan a pasear los ojos de ella, la música de él. Cae la noche. Ventanas y puertas se vuelven cuadros de luz que alumbran los pasos oscuros del paisaje, aparadores de carne que la luna espía.
Alguien toca y alguien, en silencio, dulcemente, lo deja entrar.


A mis espaldas

Crecen voces, látigos, silencios. Y dedos y lenguas y labios. Todo vuela. Mi espalda es un nido de alas.


Desbocados

Una sobre otra, las bocas se confunden: abrazan los bordes, los rebosan, derriban el horizonte encendido de sus líneas. Rompen olas sobre las playas de la lengua, se sumergen entre la sed y el océano profundo que las bebe. Los labios encarnan, uno en el otro, prueban la mezcla de sal y de secretos, ríen, acarician la piel adormecida: se desprenden.
Lentamente vuelven a ser boca.


Correo digital

Ella esperaba la carta, pero recibió sólo el timbre postal con las orillas chamuscadas y su correspondiente sello de tinta en cuyas letras apenas se distinguía el lugar y la fecha de envío: París, Mercurio, 26 de octubre del año 2221. El cartero, entregándole una cajita, le explicó que le traía, como servicio especial, el dedo que cubría el timbre y sostenía la carta justo en el momento en que una ráfaga de fuego, tan común por esos lares, arrasó con la oficina de correos.


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