miércoles, 19 de enero de 2011

José Luis Sandín


Nacido el 3 de enero de 1959 en Hermosillo, Sonora, donde vivió hasta la prepa. Estudió Física, primero en la Universidad Autónoma de Puebla, finalizó en la Nacional de México. Se dedica actualmente a desarrollo de sistemas computacionales. La escritura se ha convertido en uno de sus ejercicios favoritos. Tiene un cuento publicado en la antología Estación Central bis de Editorial Ficticia. Colabora actualmente como tallerista en el Taller de minificciones de Ficticia.



Letrario

El viento mecía sus cuentas formando palabras, y el pueblo entero vivía del falso fantasma.


Escritor a la fuga

Escribe la historia a toda velocidad, sin respiro —sólo veinte palabras—, antes que su autor lo mate de un tachón.


Una noche de invierno

La araña da un giro en plena armonía con las últimas notas de la suite. Cae sobre sus cuatro patas, se yergue, levanta la faldita y sonríe. Abre y cierra los ojos con coqueteo, el público se pone de pie y aplaude a rabiar.
El frío envuelve la sala. Fuera, los autos transitan pesarosos, sus llantas resbalan en la nieve creando un sollozo de agua derretida. Los vidrios tiemblan, las ventanas murmuran su pesar de cristal congelado, desolación que se extiende por toda la ciudad.
Nuevos aplausos, nuevo final, todo va perdiendo luz, color: negro inmóvil frente al público. Se encienden las lamparillas. Una pareja abandona el largo beso; piensan decir más tarde ¡Excelente! ¡Excelente! El tipo, a tres butacas de ellos, continúa perplejo; no logra comprender lo presenciado. La gente camina con grandes dudas. Sus palabras se mueven en el recinto como letras que no logran formar oraciones completas y sólo chocan entre sí, y sin acuerdo entre ellos, van abandonando el cinema.
Una vez fuera, el murmullo de los cristales congelados llama la atención de todos, los estremece y entra en sus venas como un pavor crudo, un pavor de quedar convertidos en un cuadro negro sin vida.


La espiral del presente eterno

Recuerda la crátera con dibujos de sirena y titanes en la esquina del salón. Su madre le dijo que escuchara el canto que surgía del interior y pegó el oído.
No sabe cuánto tiempo estuvo allí hasta que cayó espantado. Tampoco si escuchó el famoso canto, ni si lo subyugó, pero sí le confiere presencia a una ausencia interna, monótona y que lo mantuvo oyendo el lentísimo movimiento de los titanes en su huida de la sirena, cosa que tampoco puede precisar, pues un trueno, quizá el de un rayo, rompió la crátera. Sus parientes armaron una escandalera, pero esa ausencia interna es a la que se había aferrado, y que se ha roto, lo que le provoca un miedo a perderse a sí mismo, en el silencio, en la muerte: eso lo lleva a dibujar en el suelo un garabato con el que intenta evocarse a sí mismo, porque no puede llegar adonde iba.
Frente a un espejo se recuerda, por ser evocado, dibujando otro garabato, el de una sirena que entona una canción de victoria.


Adiestramiento

Tomemos una bolsa de canicas abierta. Coloquémosla en la mano de un niño. En la otra, la mano de la madre lo conduce al interior de un vagón del metro, hasta el final. Pongamos en marcha el tren.
El niño viaja apretado, los ojos reflejan el color y brillo de las canicas, un embeleso interrumpido por el frenazo del convoy. Las canicas saltan de la bolsa. No bien se ha detenido el tren, cuando arranca de nuevo. Las vocales corren: tactactac, tectectec,..., tuctuctuc según las direcciones tomadas. Nuevo frenado. Los pasajeros que van de pie pierden el equilibrio, pisotean las canicas. Algunos caen, otros se agarran de la ropa de sus vecinos o quedan a medio colgar de los tubos. La madre reacciona, le acomoda un par de sopla mocos y lo vitupera: "Chamaco baboso, no hay duda que nunca vas a aprender que las canicas van en la mochila".
Las puertas se abren. Dos tipos, al inicio del vagón, han pasado de los insultos a los golpes. La mujer lleva al niño de la mano. Los hechos le confirman que su hijo nunca aprenderá. Lo deja en la escuela y sale corriendo a realizar pagos en la Tesorería. Va con la preocupación de que el tiempo no le alcance para comprarle a su hijo otra bolsa de canicas.

Sitio web: El circo
Contacto: sandin@josseluiss.com

2 comentarios:

Gilberto Marti dijo...

¡Hey! José Luis: ese Letrario lo recuerdo bien.
Un gusto leerte por aquí.
Saludos desde la ciudad de los arbolotes.

joseluis dijo...

Pues, eso, Gilberto..., A ver si un día nos vemos bajo los arbolones de la Plaza. Y aver si me cuentas lo que ves en ese Letrario.

Un abrazo :-)