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sábado, 10 de mayo de 2025

Samantha Páez Guzmán




Periodista independiente, escritora y activista. Con "El río sagrado" ganó el primer lugar en el concurso literario de Sangre Vida, savia de la humanidad, en Argentina. “Yo soy Tláloc” y “Después de la lluvia” aparecen en la compilación Puebla en 100 Palabras 2014. “La Trapecista” fue elegido para la antología de minificción Vamos al circo y “Fórmula del odio” forma parte de la antología de minificción Cortocircuito, ambas de Fomento Editorial BUAP y publicadas en 2017. El cuento “Cómo llegar al Nirvana en el siglo XXX” quedó como finalista en el primer concurso de Cuento breve de rock Parménides García Saldaña, organizado por Ediciones Ají y Foro cultural Karuzo, en 2018.  Y el cuento “La última Luna de Centauri” obtuvo una mención honorífica en el primer concurso de Imaginarias, Premio Nacional para Mujeres Cuentistas de Ciencia Ficción 2022.


Contacto: samantras.paez@gmail.com



El filósofo y la bruja


Cuando él la vio bailando bajo la lluvia pensó que era la cosa más linda que había visto en mucho tiempo. Pasó lento junto a ella; sonrió maravillado, como cuando encontraba un buen libro. 
Ella también lo vio mientras sacudía las caderas y volaba su pelo. Siguió bailando para la luna y para la vida, pero también para él. 
Luego de las miradas cruzadas, ella fue a elaborar una pócima de amor y él a leer libros sobre el enamoramiento. 
Lo que no sabían es que los filósofos son inmunes a los hechizos. Y a las brujas ningún mortal las entiende.



Aquí no hay desamor 


Salomé tomó la cabeza de Juan Bautista y se la llevó a sus aposentos. Besó sus labios, como tanto había deseado. Él, inesperadamente, respondió a los besos. 

Entonces, Salomé puso la cabeza entre sus piernas y Juan siguió besando.  

Mientras todo el pueblo se lamentaba y maldecía a Salomé por la muerte del profeta, ella le hacía piojito y él le saboreaba las entrañas, hasta que se quedaron dormidos de placer.



Cuidado con las serpientes 


La advertencia era clara: Cuidado con las serpientes. El cartel recién pintado era la única señal de que la casa vieja estaba habitada. El jardín amplio lucía como un enclave de selva en la ciudad. De niños inventamos historias y lanzamos las pelotas de nuestros enemigos por encima de la reja.  Nadie intentó saltarla nunca. Yo pasaba por allí todos los días; primero para ir a la escuela, después al trabajo.  

Aquella mañana escuché a mis vecinos decir que un hombre había intentado entrar a la casa. No le di importancia y caminé para tomar el camión. Frente al lugar había varias personas, me aproximé. Al ver al hombre tuve la impresión de que quiso huir, pero no lo logró. El forense le dijo a un reportero que murió por mordedura de serpiente, faltaba ver qué tipo, porque estaba como petrificado. 

La dueña de la casa salió, nunca la habíamos visto. Era una anciana de piel muy morena, llevaba unas gafas extremadamente oscuras, era imposible verle los ojos. Su cabello estaba envuelto en una tela de colores, como suelen hacerlo las personas caribeñas. Me acerqué para verla mejor, escuché cuando dijo que fue culpa del hombre por no hacer caso al cartel. No pude calcular la edad de la mujer, era vieja, pero mostraba tal fuerza que la policía decidió no hacerle más preguntas.  

Con el transcurrir de los días en el barrio se olvidó todo. Una noche pasé por la casa. La mujer estaba afuera con sus gafas y su turbante, fumaba. Incliné la cabeza para saludarla, cuando ella inclinó la suya, uno de sus mechones verdes escapó de la tela y me mostró la lengua. Nunca más regresé por allí. 


martes, 9 de abril de 2024

Juan Rivas



Juan Rivas (Puebla, 1987) es licenciado en Lingüística y Literatura Hispánica, maestro en Literatura Mexicana y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Como narrador ha publicado el libro de cuentos Impostores con alas (Eterno Femenino Ediciones, 2023); ha participado en El origen perdurable: reunión de historias

maternales (México: BUAP, 2017); en la antología de minificciones de terror Flores que sólo se abren de noche (México: La tinta del silencio, 2021) y en 100 razones para no dormir esta noche (Argentina: Rubín Editorial, 2022), y en Con la música por dentro: El soundtrack de la minificción (México: BUAP, 2023).

Fue ganador en la categoría de cuento del programa “Canasta de escritoras y escritores poblanos” 2023, convocado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, con el libro Desatinos cinéfilos. Ha participado en medios digitales como Katabasis, Revista Fantastique, Interliteraria y la revista electrónica Neotraba, donde tiene una columna de opinión. Conduce también el podcast de reseñas literarias Las páginas tatuadas, disponible en Spotify y YouTube.

 

 

 

El Diablo de Nueva Jersey

 

Sobre el follaje espeso de las copas se eleva otro alarido fatal. Abajo, el chorro de sangre se estampa contra la corteza de un árbol. Cadáveres se apilan con la piel hecha jirones y el rictus final abominable. Los leñadores corren, gritan; disparan sus escopetas, sacuden las linternas.

            Desde un recoveco entre la maleza y el fango, los ojos brillantes de Sasquatch observan. Hocico sangriento, pelaje encrespado, llora. Sólo quiere que lo dejen en paz.

 

 

Hasta la espinilla

 

Tantos anuncios y campañas publicitarias. Imágenes brutales de pies gangrenados, lenguas vesánicas; corazones que colapsaron por la hipertrofia; pulmones hechos una pasa de carbón en cada cajetilla de cigarros. Y todo para qué, si cuando nos colonizaron los alienígenas gigantes, ellos también desarrollaron vicios. Entre otras formas de explotación humana dieron con la de secar cadáveres al sol, envolverlos en sábanas de papel arroz, prenderles fuego desde el cabello (una buena peluca bastaba para encender a los pelones). Se los fumaban hasta la espinilla. Era norma no consumir más allá de esa parte: en todas las galaxias se rechaza con igual asco el humo con olor a patas.

Cómo degustaban los extraterrestres el tronido de nuestros órganos, músculos y huesos deshidratados cuando se achicharraban. Les producía un placer de otra galaxia.

Por mera cuestión de sabor, de buqué, de textura, los no fumadores se volvieron la mercancía más cotizada entre los extraterrestres.

 

 

El valiente

 

En invierno se pasea a temperaturas bajo cero, con la camisa desabotonada para lucir las marcas de numerosas puñaladas. Volvería a recibirlas con el mismo arrojo si de por medio hubiera mujeres como con las que bailó aquella noche.

De madrugada marca el paso, tarareando canciones de salsa, durante sus recorridos por el cementerio. Bailaría con la misma Parca o con cualquier otro esperpento fantasmagórico que se le pusiera en frente, y para reafirmarlo suelta un par de ganchos al aire, seguidos por tres veloces jabs, conforme brinca de un sepulcro a otro.

Prende un cigarro con la llama de los fuegos fatuos. Enciende uno nuevo con la colilla del anterior. Así hasta volver a su tumba, donde se termina la cajetilla con el féretro cerrado.

 

 

Silencio

 

—Y usted, vecino: ¿trajo algo para el viaje?

—Ah, cómo es preguntón mi compadre. Igual que usted: lo comido, lo cogido y lo bailado.

—O sea: no mucho —responde; ríen.

El cementerio vuelve a quedar en silencio.

 

 

Opus Sádicum

 

—Anda, no me enojo. Háblame de tu ex.

 

miércoles, 6 de octubre de 2021

Liliana Guadalupe Espinoza Tobón




Liliana Guadalupe Espinoza Tobón (29 de mayo de 1981, Tehuacán, Puebla). Estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, BUAP. Se ha dedicado a colaborar en Organizaciones de la sociedad Civil en comunidades rurales de la Mixteca Poblana y Sierra Negra del estado de Puebla; desarrollando proyectos de derechos humanos, derechos de niños y niñas, difusión cultural, proyectos productivos para mujeres en situaciones de violencia.

Ha participado en publicaciones sobre violencia de género a nivel nacional en México “Factores que producen y reproducen la violencia de género” 2012, por el Observatorio de Violencia Social y de Género de la Universidad Iberoamericana, Puebla, en colaboración con la CONAVIM.

Está considerada en el libro de minificción Resonancias (BUAP, México, 2019), en la revista electrónica Coyolxauhqui (México, 2020); Alquimia Literaria (Madrid, España, 2021), en el espacio Mi Habitación artes literarias (México, 2021). Es miembro del Colectivo Minificcionistas Mexicanas.

 

 

 

Catarsis

 

Quizás en un futuro los pensamientos se proyecten en el cielo, como en una pantalla gigante, y así podríamos ver que estamos desbordados de desidia; de tanta que nos enmascara y nos hace codiciar lo que no tenemos. Lo que no nos pertenece y que quizás esa sea, al final, la manera más violenta de autoaniquilarnos.

Ese pensamiento catártico apresaba al soldado espacial, antes de subirse a su nave, después de abatir la especie de otro planeta.

 

 

Política exterior

 

La frontera, una línea que divide la misma piel.

 

 

Toc

 

Abrir y cerrar puertas. Subir y bajar escaleras. Peinarse y despeinarse. Ponerse la ropa y quitarse la ropa. Levantarse y sentarse. Atar y desatar las agujetas. Apretar las manos y desapretar. Lavar las manos una y otra vez. Caminar y regresar los pasos. Todas las veces necesarias hasta lograr bloquear los pensamientos negativos. A esto el psicólogo lo diagnosticó como trastornos obsesivo compulsivo y el psiquiatra se unió con una dotación puntual de medicamento. Yo sólo digo que es miedo.

 

 

Neurotransmisor

 

Movidas por una fuerza ajena, las pequeñas piedras ruedan, rebotando sus amorfos cuerpos terráqueos. Entre ellas emergen persistentes, abriéndose paso en la búsqueda de algo, unas antenas alargadas y firmes, sigilosas giran lentamente, hasta que de pronto algo las detiene. Al fin detectan algo, al instante rompiendo la guarida y siguiendo la ruta que marcan, la cucaracha brinca al exterior. Motivada como una gran corredora aproximándose a la meta, se abalanza ante aquello; lo cual no es otra cosa que un pedazo enmohecido de alimento; que algún humano habría dejado antes de que su sin razón, su ira y su codicia estúpida y violentamente lo extinguiera.

 

 

La ceiba

 

En medio de un bosque tropical, una mujer abraza una gran ceiba. Cierra los ojos y evoca el recuerdo. En ese mismo lugar una niña antes de partir, acaricia la tierra con sus pequeñas manos, forja en ella un hueco, de su pecho saca una semilla y besándola con amor puro la siembra. En sus ojos se refleja una niñez amarga y llora; bañando esa siembra que simboliza su esperanza.

Desbordada solloza por esa niñez vivida en el encierro, como golondrina trina al viento por todo el maltrato vivido desde los primeros años, por los golpes recibidos por cuestionar la costumbre familiar, por querer solo ser y sentirse libre; ajena a esa costumbre.

La niña con sus manos trémulas toca las cicatrices en su piel y se abraza como consolando su espíritu; conmemora los castigos, la culpa atribuida, los golpes y la tortura. La represión constante por no querer ceder ante esos moldes rigurosos de aprender a ser una buena mujer, hábil en las labores del hogar, discreta, sumisa e inmóvil.

Atrapada en el miedo, la hicieron sentirse culpable ante sus pensamientos, ante su deseo inmenso de querer ser diferente, el gustarse al mirarse al espejo, por querer estudiar, pintar, cantar y reír. Bajo esa opresión la prepararon para la obediencia, dejar de ser ella para ser un objeto valioso en exhibición.

Esa noche marco la diferencia sabía que su valioso valor había llegado a penas a sus doce años, pues un hombre dejo en la puerta de su casa un par de vacas. Al fin la primera hija de siete daría frutos. Al ver aquello, la incertidumbre sobre su destino la apresaban y sintiendo una tempestad por dentro decidió huir.

Entro a la casa miro a sus hermanas y se despidió en silencio. El momento de partir había llegado, no podía quedarse a vivir más de aquello. Tomo lo que pudo y afronto romper ese laberinto. Corrió hacia la orilla del pueblo, desenfrenada y loca como habitualmente la llamaban, corrió porque su espíritu rebelde tenía que sentirse libre, corrió porque ese grillete que le apresaba los pies tenía que romperse, corrió con la esperanza a cuestas de que su vida tenía que ser algo más que una condena anunciada.

A lo lejos iluminada por la luna en medio de la penumbra, una ceiba parecía mostrarle el camino. Era la ceiba a la cual siempre trepaba hasta lo alto de sus ramas, para vislumbrar la libertad. Ella entonces quería ser entonces como la ceiba crecer a su gusto, ampliar sus raíces y ramas entre el espacio mirando la vida en plenitud. Ella se sabía rebelde y a pesar de la opresión se sabía valiosa, tenía que ver más allá que esas pequeñas ventanas de una casa por las que acostumbraban a mirar las mujeres de su pueblo.

Antes de marchar quiso sembrar en esa tierra algo buena y limpia, como promesa de libertad. Tratando de trascender en el tiempo, a pesar de la distancia, del vaivén de la vida, de la inmensidad de la ausencia.

Hoy regresa la mujer que prometiera romper las cadenas, regresa maestra, pintora y con la misma fuerza. Ayudada por otras mujeres que abrazaron sonoras sus ideales, sus sueños hasta que lograra alcanzarlos. Ahora regresa protectora y solidaria para liberar a las demás.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Yanzey Morales Marín

 



Yanzey Morales Marín (Huauchinango, Puebla, 1974). Estudió la licenciatura en Pedagogía y la maestría en Innovaciones Educativas en la Universidad La Salle. Actualmente es docente en el nivel Primaria en CDMX. Ha participado con sus textos en las revistas digitales: Fantastique, Letras itinerantes, Alquimia Literaria, Fóbica fest; y en las antologías impresas Cuerpo o inferno de Ediciones Periféricas, Rockabilly de La Tinta del Silencio y Los mundos que se agotan, Cuentos distópicos de Editorial Paraíso Perdido. Escribe y narra sus historias en la página de Facebook Fantyletras Narraciones. Pertenece al grupo de narradores orales Movimiento Universo Baldemira de Ecatepec, Estado de México.

 

 

 

Cataclismo

 

Una estrella de siete destellos subía y bajaba sin respetar leyes físicas, su movimiento era tan agresivo que era inminente un cataclismo; su superficie finalmente erupcionó tras una fatal colisión, mientras risas de alegría acompañaban una lluvia de golosinas.

 

 

Derecho de minoría

 

Jimena corría para defender su derecho; sus hermanos trataron de bloquearla, lograron sujetarla de la camiseta; antes de caer de bruces, la lanzó hacia el pesebre: la Capitana Marvel sería la madre de Jesús esta Navidad.

 

 

Respuesta divina

 

“¡Al cadalso!”, gritaba la turba enardecida mientras el condenado era arrastrado por el pasillo que conducía al patíbulo. “Por fortuna, pensaba, el juez creyó en mi versión de los hechos y así pude salvar a mi hijo. ¡Todo por una pieza de pan!”.

Mientras le ajustaban la soga al cuello, como buen creyente, pensó en su pecado: Dios lo juzgaría… por mentiroso. Al abrirse la escotilla bajo sus pies, la soga se trozó y el condenado dio contra el piso.

 

 

Cambio de turno

 

El médico recibe a una paciente en la sala de urgencias. A pesar de su estado lamentable, logra reconocerla: ¡es su hija! Desesperado, busca en la hilera de camas ocupadas y elige al más anciano y enfermo, que en su último aliento exhala: ¡hijo!

 

 

Estampas cotidianas

 

Uno mis labios a su boca, a veces pausadamente, otras con avidez. Termino satisfecha mientras ella, vacía y sucia, termina en el fregadero con las demás trastos.

 

***

 

Tras mi ritual me devuelve una sonrisa. A pesar de su frialdad parece tan empático como cómplice, igual llora si me animo a sincerar mis muecas. Me imita sin enjuiciar mi realidad.

sábado, 18 de julio de 2020

Susana López Malo



Susana López Malo (Puebla, 1988) es Licenciada en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Ha trabajado en diversos proyectos editoriales —educativos, publicitarios y literarios— y talleres que promueven la lectura y escritura con y para niños. De 2012 a la fecha, se ha formado en talleres de creación literaria en espacios como la Casa del Escritor y el IMACP. En el 2013 realizó un diplomado en Edición y Comercialización de Libros, ofertado por la Ibero Puebla en alianza con la Editorial Edaf y el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla. También realizó el diplomado en Profesionalización de Mediadores de Lectura, a cargo de la UAM Xochimilco y la Secretaría de Cultura, en el marco del programa Salas de Lectura.

          Si vienes, te cuento es su primer libro de cuentos para niños, el cual fue editado por Fomento Editorial BUAP en 2015. Su cuento Arturo fue seleccionado en la primera convocatoria de cuento breve de la Escuela de Escritura del IMACP y fue publicado en Brevario. Antología de cuentos de la E (2016), junto con otros nueve autores poblanos. Ese mismo año, con el cuento Mudanzas ganó el primer lugar en el concurso de cuentos sobre alebrijes del Museo de Arte Popular de la Ciudad de México.
          Su obra también ha sido publicada en diversas antologías nacionales e internacionales: Muestra de cuento Universitario (2012), Poquito porque es bendito (2013), Plesiosaurio. Primera revista de ficción breve peruana (2017), Cortocircuito. Fusiones en la minificción (2017), Vamos al circo. Minificción hispanoamericana (2017) y Resonancias (2018).



Urge

Maestra para trabajar en salones de más de 60 estudiantes y que esté preparada para impartir todas las clases, a todos los grados y a todos los grupos.
Se valorará su tolerancia a la frustración, sobre todo si no tiene problemas para explicar el mismo contenido una y otra vez mientras cumple con los programas oficiales y todo lo que el niño no ha aprendido en su casa. Las inasistencias, retardos y bullying estarán a la orden del día, le pedimos ser proactiva para encontrar soluciones (nosotros no lo hemos conseguido).
Antes de postular, tome en cuenta que no tendrá vacaciones, horas libres ni tiempo para comer. Deberá llegar temprano, estar presente en el recreo vigilando que sus alumnos no se peleen, y permanecer en las instalaciones de la escuela hasta que el último estudiante se vaya (esto varía, una vez vinieron por un niño a las 6 pm).
En la medida de lo posible, se brindan buenas condiciones laborales. No contará con espacio propio de trabajo, aprenderá a negociar y compartir con los demás. No nos hacemos responsables de las relaciones que entable con otros profesores de esta institución (le sugerimos mantener su distancia de la maestra de 4to).
Deberá proveer todos los materiales para sus clases, la escuela no cuenta con dinero para tal efecto. Se ofrece salario mínimo y compensaciones con base en las buenas notas de sus estudiantes.
Si tiene bonita sonrisa, gran corazón y sabe lidiar diariamente con padres de familia enojados, ¡postule, por favor!


Sentir

5 Ellos se fueron silbando como si ya nada sucediera.
4 Seguían pensando que sería igual por siempre.
3 Sólo cuando un soldado salió con sangre,
2 ellos se sintieron seriamente ofendidos.
1 Sollozaron y sintieron.
0 Se salieron sin silbar, sin sonreír.


Hombre de circo

Llegaron de noche, a esa hora cuando ya casi todos duermen y son pocos los que caminan por las callecitas; y, aun así, todos sabíamos que el circo estaba de vuelta en la ciudad.
Aparecieron sonrisas y ojos llenos de ilusiones, entonces mi padre comenzó a extrañar al abuelo. Arribaron camiones cargados con cuerdas, picos y mazos; tarimas, aros y algunas pelotas; vestidos, sombreros y grandes cajas de magia.
Papá dice que el abuelo era cirquero, pero no de esos que dan piruetas, doman animales o desafían alturas. El abuelo era eso que papá llama como “un constructor de circos”.
―Levantar una carpa era cosa de expertos: cada carpa es un circo y cada circo una historia ―dice, mientras piensa en lo que contaba el abuelo.
Primero había que elegir un gran suelo de tierra y clavar estacas larguísimas, casi tan largas como los hombres más altos del mundo. Después usaban elefantes enormes que ayudaban a atar las cuerdas y terminaban por levantar la gran carpa de colores: rayas rojas y blancas que ningún ojo podía ignorar. Después había que llenar el interior de la carpa.
—Antes no había camiones cargados con postes y telas y mazos, eran vagones tirados por caballos los que llevaban la magia de un lado a otro. Eran obreros fuertes, sucios por la carga y la falta de agua, que viajaban de norte a sur. Uno de esos hombres altos y fuertes y sucios era tu abuelo, un hombre de circo.


Hábitos

Le hacía gracia adornar su hábito con un detalle colorido por aquí y otro por allá. Por debajo usaba medias, botas o zapatillas simpatiquísimas. Se sabía todas las canciones y, ante la menor provocación, jamás titubeaba en ponerse a bailar. Solo así, las mujeres dudosas que por la calle la encontraron, comenzaron a pensar que la vida de las monjas no podía ser tan mala y al  monasterio se inscribieron. 

Día rojo

La muñequita aún colgaba del retrovisor y se mecía como si estuviera en un columpio. Su vestido estaba manchado de rojo, parecía que alguien por accidente le había aventado gotitas de pintura. Miré el mío, ¡eran casi iguales! Papá dijo que, en cuanto saliéramos del auto, la muñequita y yo iríamos directo a la tina para quitar las gotas rojas que manchaban nuestros vestidos. Pobre de papá, tenía los ojos llorosos y la voz se le cortaba.

—Tranquilo, que con las burbujas de jabón seguro se quitan —le dije. Pero él siguió con la mirada fija en las gotitas rojas que nos caían de todas partes.



miércoles, 17 de junio de 2020

Samantha Vaquero




Samantha Vaquero (Puebla, México) es profesora en formación docente. Ha asistido a talleres de cuento, escritura y psicoanálisis. Mediadora de lectura del programa Salas de Lectura. Sus minificciones han sido publicadas en antologías como: Vamos al circo. Ficción Hispanoamericana (2016), Cortocircuito. Fusiones en la minificción (2017) y Resonancias (2019).  Twitter @SamVaquero  



Curriculum Vitae

Mariana es como esas muñecas rubias de los comerciales de televisión, con su cabellera impecable, ojos verdes y con el cuerpo que muchas aspiramos tener cuando jugamos a las Barbies.
Ella es el prototipo de mujer que tiene todas las cualidades para ser una excelente esposa, madre, amiga, compañera. Sabía cocinar, combinaba los alimentos de forma saludable así como su vestuario por temporada y paleta de colores.
Cumplidos los 40 años, Mariana cuestionaba su curriculum perfecto, estaba sobre calificada. Seguía esperando al hombre indicado.


Decimotercer aniversario

Para celebrar el decimotercer aniversario, vacié en el decantador el merlot. Hablamos del clima, de los niños y los pagos pendientes. Le dije sobre las clases del taller de escritura y de mi angustia por los cuentos inconclusos.
Él me miró y me dijo sin titubear ¡tú no sabes escribir finales!
Él tenía razón.
Le di un sorbo a mi copa.
Sigo aquí.


Ojos tristes

Mi abuela fue la mujer más triste que he conocido. Siendo una adolescente se fugó una noche de octubre con un hombre de ojos grandes, tez clara y voz profunda. Se enamoró, pero él era de los hombres que se alejan pero nunca se van.
Lo amó tanto que nunca pudo dejarlo, así que con el desamor, el ir y venir de aquel hombre, vivió con la tristeza en sus ojos.


La séptima hija

Mi abuela Etelvina fue una mujer de caderas anchas que parió siete hijos, hasta que envió a su esposo a vivir a la pieza del fondo. A los siete hijos casó por la iglesia, hubo siete fiestas y siete bendiciones frente a la imagen de la virgen.
Dolores la séptima hija, se casó vestida de blanco en la capilla del pueblo, pero siete meses después regresó a la casa materna con tristeza en sus ojos y un bebé en la panza.
Con vergüenza ella le guardaba respeto y fidelidad absoluta a la abuela Etelvina, caminaba junto a ella sirviendo el café y levantando la mesa como moza en restaurante.
Años después la abuela Etelvina le dijo: “Debiste casarte con el carnicero viudo, aunque feo y gordo, ahora tu hija sería dueña de la carnicería”. Dolores guardo silencio y respondió: “Me casé con el sastre porque usted me dijo que él era un hombre guapo y que tendría hijos de ojos verdes, como los de él”.


Prioridades

Ella le dio un ultimátum por quinta vez: tenía que irse de la casa. Él saco un revólver de la caja fuerte. “Me voy a matar”, dijo. Ella lo miró y respondió: “No hay leche, voy al supermercado”.


lunes, 4 de marzo de 2019

Cristina Rentería Garita



Cristina Rentería Garita (Puebla, 1980). Doctora en Ciencias Sociales (SNI-Candidato México, Sistema Nacional de Investigadores) y ex funcionaria internacional en el Sistema de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe. En 2015 (y 2016), en el marco del Festival Eñe (Madrid), fue seleccionada para participar en la actividad Cuatro Editores en Busca de Autor; fue incluida en la antología Anónimos, del Festival Internacional de Poesía “Cosmopoética” (Córdoba) y fue reconocida como una Incunable (Joven talento inédito) por la revista Skeimbol. Publicó en el número dos de la Revista TALES, dedicada exclusivamente al cuento. En 2016 fue una de las tres finalistas del prestigioso concurso de literatura de terror “Se Buscan Hijos de Mary Shelley” (Madrid). En 2018 obtuvo la Mención Honorífica en el Premio Nacional Dolores Castro (México), con su primera obra Oír con los Ojos y ganó el concurso “Día de Muertos”, de la plataforma literaria Zenda. En lo académico, ha publicado textos de análisis literario. Actualmente cursa el Doctorado en Educación especializándose en Literatura Comparada México-España y es profesora de inglés bajo el sistema Cambridge.
Otras obras inéditas: Oír con los ojos, Juan y los Murmullos, Antes de Ahora.

Instagram, @renteriagarita
Twitter, @renteriagarita



IV
Llegó El Tapado

En la carrera sólo existe una certeza: desconfiar.
Los candidatos se miran a los ojos, se estrechan el antebrazo y toleran su repudio. Allá ven la línea de meta: una banda presidencial verde, blanca y roja.
El disparo marca el inicio. Los candidatos publican sus asesinatos, exponen a sus bastardos, reclaman justicias enmohecidas con discursos y promesas. No contravienen una ley sagrada, el honor de la silla: no hay presidentes maricas. Corren estirando la zancada en busca de una ventaja mínima, la definitiva. De pronto, a unos metros del final El Tapado, a paso tranquilo, cruza la banda. Del otro lado, el presidente saliente lo reciben en un abrazo.
Los candidatos recogen aire, y su orgullo, con las manos en las rodillas. Ahora, el podio. El Tapado les da una palmada en el hombro. Quizá para la próxima. Se muerden la lengua, toleran el ridículo; sonríen lo mejor que pueden e intentan salir junto al Tapado: el que se mueve, no salen en la foto.


XIII
Y entonces

Viene la niña y te ofrece la foto, sólo un trozo. Tú la tomas entre tu índice y tu pulgar, la miras y los ojos se te llenan de lágrimas. Gritas enfurecida, jalas a la niña de una oreja. ¿Por qué lo hiciste?, le gritas con las venas vivas en el cuello. ¿Por qué lo hiciste? repites y repites sin darte cuenta que tu palma se entume al choque con su mejilla blanda. Por ayudarte, te responde entre retazos de frases y mocos cayéndole en cascada. Tú aprietas la mandíbula, azotas la puerta.
Te encoges en una esquina, buscas consuelo: te balanceas como te has enseñado tú misma. Así calmas a la vida cuando insiste en perseguirte con sus miedos y sus recuerdos. La muy puta te ha elegido a ti, tú no la elegiste a ella. Te puso en el coño de una mujer que te arrojó a las luces amarillas de la miseria y te destetó a los tres meses: lo mínimo para encaminar a una cría.
La vida te ha ido comprometiendo al consuelo: chupándote el dedo para calmar el frío de la soledad, agazapándote al regazo de tu hermana que comenzó a jugar a las muñecas contigo en brazos. Tú hubieras querido vestidos de princesa, pechugas de pollo, panes de dulce y de sal; que pegaran por ti, ser el hermano y arrancarte con mostaza, con horas en bicicleta o con tés de orégano y baños de tina, esa semilla que llora al otro lado de la puerta, a la que no quieres odiar pero que te recuerda que la vida, al menos esta, no la eliges, te elige.
Te pones de pie, vas a la cocina y buscas un chuchillo. Abres la puerta del cuarto: ahí está la niña, comiéndose las uñas.
Y entonces, decides que la vida ya no va a elegir por ti.  


XIV
Cerca

Con los ojos cerrados, oigo a mi mamá y a mis tías. No me pierden de vista, me buscan más defectos expuesta aquí, en la cama del hospital. No ocultan su desprecio, pero yo confío en lo que he imaginado para mi vida. A veces, sólo se necesita el vientre plano.
Susurran.
—…es que la sobrina está bien gordita. No se ha hecho el bypass porque no tiene para pagarlo.
—Sí, caray… Ya tiene 32 y así, ¿cómo?
—¿Qué tal cooperamos y entre todas le pagamos la operación?
Abro los ojos. Silencio.
Cerca, al oído, mi mamá me dice:
—No te preocupes, hija. Tú si te vas a casar.


XVIII
Octubre

Hojas secas en el suelo. El lechero no dejó la leche ni el tren paró en la estación, pero no temimos. Entre las sábanas, dentro de nuestros sueños, su mirada diáfana, sus dientes blancos moderaban palabras de cómo el mundo se iba levantando para asomarse a nuestra gloria. Mi marido agita mis hombros y me trae a la realidad frente a la taza de café. En la televisión su mirada diáfana nos custodia sin estar. Aprieto la mano de mi marido.
Hoy mi hijo tampoco ha llegado a casa.  


XIX
Vivos se los llevaron

Un sábado de noviembre, de la mano de mi abuela, les dije adiós. Sabía que mis padres se iban a Jalisco por el puro gusto de recorrerlo. Durante una semana su vocho fue visto por kioskos, canales de riego, templos al Altísimo. En cada lugar, se hacían una foto con la Polaroid y la echaban al correo. En Casimiro Castillo se terminó su rastro.
Hace tres meses murió mi abuela y, aunque siempre pensé haberme resignado a la pérdida de mis padres, he vuelto y revuelto las Polaroid, empeñado en hacer la ruta de mis padres por Jalisco. A unos kilómetros de Casimiro Castillo veo todo con claridad. Mis padres como en las fotos, ella de pantalón acampanado y él de camisa de terlenka, corren en dirección contraria a una mujer ensangrentada. Mi madre golpea con los nudillos en la ventanilla del vocho, mi padre me dice, olvídanos, será el único lugar seguro.

lunes, 7 de enero de 2019

Sara Paola Mateos



Sara Paola Mateos (Puebla, 1995) estudió la licenciatura en Literatura y Filosofía en la Universidad Iberoamericana Puebla. En 2016 fue ganadora de la beca de creación literaria del PECDA, dentro de la categoría “Jóvenes creadores: Cuento”.
Ha participado en eventos como el “IV Coloquio por el Día Mundial de la Filosofía” (Ibero Puebla, 2015), en el “Congreso de Filosofía Moderna: en el tricentenario del fallecimiento de Leibniz” (UPAEP, 2016), y en el “Primer Congreso Interuniversitario: un horizonte compartido” (BUAP, 2018).
Ha publicado textos literarios en las revistas Contratiempo, Crítica, Cuaderno de hojarasca, Rúbricas y Argonauta, en el boletín semanal Torpedo y el suplemento digital de cultura Consultario. Ha impartido talleres de cuento para niños. Actualmente da clases en la Academia Militarizada Ignacio Zaragoza.



Predestinación

Poco antes de llegar al cruce de dos caminos, una camioneta roja se le adelantó a un automóvil gris y le cerró el paso. Bajó un prototípico cowboy vestido con vaqueros, botas y camisa a cuadros. Iracundo, fue a sacar al personaje asustado que viajaba en el otro vehículo. Tomándolo del cuello, lo recargó sobre la portezuela, sacó una pistola y le apuntó a la sien.
―¡Por favor!―suplicó―, tú sabes la verdad, no los maté, ¡no pude haber sido yo!
―Lo sé pero, para que la historia siga, es necesario… ―dijo y disparó.


Mismidad

Un lunes por la mañana se dispuso a encontrarse a sí mismo. Hurgó entre los orificios de sus orejas, en la ciénaga de su estómago, en las arrugas de sus codos, pero no se veía a sí mismo por ninguna parte. Entonces se puso a buscarlo en el mundo: en el interior de un buzón de cartas, en los pliegues del sillón, las ranuras de las llantas,  las estrías de las alcantarillas y el polvo de los ventanales. Para cuando al fin se encontró, ya era otro.


Horizonte de sucesos

Ávido por alcanzar la divinidad, el escritor pensó que cada texto sería el peldaño de una escalera interminable que lo llevaría a dominar el infinito. Sin embargo, cuando estaba próximo a terminar su labor, descubrió aterrado que la tinta de su pluma fuente se había diseminado en los papeles, formando una mancha creciente que pronto se convirtió en un agujero negro. La voracidad de aquel hoyo engullía todo lo nombrado y lo atraía irremediablemente a sus fauces. El escritor se encontró en el interior del horizonte de sucesos, donde podía mirar hacia fuera, pero en cambio a él y su universo coleccionado nadie los veía, ningún dios admiraba su vasta obra. Desesperado, quiso volver al principio, pero la curvatura espacio-tiempo se lo impidió. De su empresa frustrada apenas quedarían unas briznas de polvo cósmico, con las que otro dios trazaría figuras para divertirse y que luego les infundiría vida para volver a reírse de sus ansias de inmortalidad y sus desastres con la tinta.


Silencio socrático

Se dice que Sócrates, por sabia prudencia, no escribió una sola palabra. Pero yo, su amada Jantipa, lo adivino atormentándose silenciosamente en una prisión de laberintos, víctima de su innato ánimo de ajedrecista.  En su mente fraguaba todas las posibilidades a donde lo podría llevar la simple mención de una palabra: los caminos que abriría, los que cerraría, las encrucijadas inevitables y las secuelas que no podría detener. Como nunca tuvo tiempo de concluir ese mapeo, nunca se decidió a escribir nada. De su desesperación muda tampoco quedó huella.


Unísono

El hombre se encerró en la habitación con su instrumento y clausuró la puerta. Nada más había, salvo ellos dos. Lo recargó en la pared y luego se sentó enfrente, le aterrorizaba la silueta que proyectaba en el piso y la posibilidad de escuchar su eco. El desafío sólo acabaría cuando uno cediera, y el hombre no estaba dispuesto a hacerlo. Ya le había ofrecido a aquel bulto sonoro innumerables años y secretos.
Pasaron los días, quizá los años. Musgo silencioso vino a asentarse en la piel del hombre. La superficie del instrumento apenas había sido cubierta por una capa de polvo. Hubiera bastado pasar un trapo para ser el de antes, eterno a sí mismo. Él, en cambio, había envejecido. Podía haberse cambiado de ropa y rasurado la barba, pero los grumos asentados en su memoria no iban a disolverse.  La partida estaba perdida, lo sabía. Lo supo desde el día en que su padre le colgó un pesado estuche, diciéndole que alguna vez eso sería él, y se fundirían al unísono.
…Cuando la puerta volvió a abrirse por unos dedos temblorosos, sólo hallaron un contrabajo lustroso recostado sobre el piso. Sobre él reposaba cuidadosamente un arco, que parecía suspendido para tocar, eternamente,  la misma nota.

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