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martes, 31 de marzo de 2015

María Guadalupe Rangel



Nació en la Ciudad de México DF el 1o de junio de 1952. Es Licenciada en Derecho y Psicología por la UNAM. Participó como anfitriona del taller de Literatura coordinado por el maestro Felipe San José durante los años de 1982-1985. Como resultado de este taller se publicó el libro “Los cuentos del miércoles” del cuál es coautora. Publicó varias minificciones en la revista El Cuento, La brújula en el bolsillo y Omnia. Otro libro que publicó fue  Iconoclasia y ha escrito dos libros de cuentos en espera de publicarse. Actualmente es jubilada del SNDIF y continúa escribiendo. [1]



Omnipotencia

—¡Ábrete Sésamo!
Y las arcas del país se abrieron para él y sus cuarenta secretarios.


Alevoso

—¿Por hielo? No, eso fue hace mucho. Ahora todos en Macondo tenemos refrigerador.


Tragedia griega

—Vamos mamá, ¿por qué te pones tan difícil? Al fin que lo nuestro ya es del dominio público.


Remedios caseros

—Pero Margarita ¡Créeme por favor!, es mentira que las camelias curen la tuberculosis.


Condena

Y Guillermo fue acusado de infanticidio, todo por un pequeño error de cálculo.


Igualdad para todos

El príncipe había crecido en un falso reino de felicidad, creía que todo era hermoso y los bienes abundantes, hasta que… triunfó la democracia.


Sabia decisión

—Con este ya llevamos 300 niños partidos y la verdad, no me parece muy Salomónica esta forma de Planificación Familiar.


Disputa

—No mamá, te equivocas de papel, a mí me toca con el lobo.


Parricidio

Serrucho y martillo, una mano, un pie, una peluca blanca… y Pinocho terminó de desarmar a Gepeto.


Elemental

—Ya estoy harta de que siempre me acuses de que soy fría ¿Qué no comprendes que no puedo ser de otra manera, Pigmalión?[1]




[1] Textos del libro Iconoclasia, Editado por Palabra y Voz, S. A. de C. V. 

sábado, 14 de marzo de 2015

Maryell Finisterre Diazmuñoz (Free Oxygen)


Artista multidisciplinaria.  Alumna de los maestros Ricardo Diazmuñoz, Ricardo Bernal, David Huerta, Oscar Wong y Saúl Serrano, entre otros.
Desde 1987 ha participado en distintos festivales culturales nacionales e internacionales  como actriz de teatro clásico, bailaora de flamenco, cantante y fotógrafa.
A partir de 1997 ha publicado en las revistas El Cuento, Los Universitarios, Oráculo, el periódico cultural Cronopio y la gaceta Café, Pan y Creación en la ciudad de México.
En 1997 sus poemas dramáticos El Lado Oscuro del Sol y Terceto fueron escenificados en el Foro Luces de Bohemia de  la Ciudad de México.
En 1999 la editorial independiente Dziberchuén publicó la primera edición de su poemario Canciones de la Nueva Tierra.
En 2001 su poema Voices in the Forest fue publicado en la antología Holding on to Forever.
En 2002 The international Society of Poets, le otorgó un premio al mérito. Expuso tres obras fotográficas y lecturas poéticas en el Festival artístico-cultural y de servicios El Arte de ser Mujer, en el Centro Cultural Luis G. Basurto.
En 2004 varios poemas suyos fueron incluidos en la antología poética Poesía de Raíces Mágicas de la Colección Vidzu de Estudios de la Cultura Mixteca. Participó en el XII Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, en la Feria del Libro en la Ciudad de Oaxaca y en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. Asimismo participó como fotógrafa del proyecto multidisciplinario parabuses de la Ciudad de México, Pecados Capitales.
En 2006 publicó poemas en la antología Voces Sin Fronteras de la editorial Alondras en Canadá.
Desde 1995 ha colaborado como fotógrafa y articulista en diversas publicaciones turísticas: Alta Hotelería; Gastrotur; Fotozoom; De Viaje! del periódico Reforma; Azul; Suite 01; Altitud; Diez; Primera Clase; Generación Universitaria y Hombres del periódico El Universal y la revista Convenciones.
En 2012 expuso  obra fotográfica en Los Colores de mi México en el consulado mexicano en Sacramento, California. Participó en la exposición colectiva SELF en Times Square, Nueva York, USA, y en el Glastonbury Fringe en Inglaterra.
Desde 2002 hasta la fecha ha participado como letrista y vocalista en varias agrupaciones musicales: EVVO y Walkin’ Blues, en México; y en Inglaterra Rabbit & Pumpkin y Knock on Wood. Ha grabado seis CD’s: Ki, EVVO, 2002; Rabbit & Pumpkin, con el grupo homónimo, 2009; Tales of Beauty, Rabbit & Pumpkin, 2011; Knock on Wood, con el grupo homónimo, 2012; Live!, Knock on Wood, 2014; That Good Ol’ Jazz, Maryell Finisterre, 2014. Entre 2013 y 2014 participó como vocalista en dos piezas para el álbum de música electrónica inglesa Universe de Sonic Tramp.
En 2014, bajo su seudónimo, Free Oxygen, su obra fotográfica Some Blues Beyond Mars II fue utilizada como portada para el EP Superman/Strange Love de la banda inglesa Carousels & Limousines y fotografió y diseñó la portada para el disco Sur del guitarrista español Claudio Palomo.
Desde 2008 reside en la ciudad de Bath, Inglaterra, donde continúa su carrera como letrista, cantante y fotógrafa de varios proyectos musicales. Ha diseñado y fotografiado portadas para varias agrupaciones musicales inglesas.



Rito

Cosechar las mieses del verano europeo; andar millones de kilómetros sólo para olvidar que nos hemos perdido.
La capa ondeando al viento. Escribir los sueños olvidados en la superficie craquelada de un papiro egipcio.
La taberna huele a jabalí asado  untado con manteca y a cerveza de brezo.
El hombre enjuto se dispone a tocar su arpa y contar una historia antigua sobre héroes y doncellas amantísimas.
La noche se cierne estrellada sobre el poblado montañés donde reposarán mis huesos.
Me he olvidado el odre a mitad del desierto  creyendo haber encontrado un oasis: se hallaba reseco.
Veleidosas ciudades perdidas para siempre en oscuros abismos marinos. Cantos y leyendas que jamás volveremos a escuchar.
Templos vitrificados, cuerpos calcinados.
La historia de mi gente sepultada en las eternas arenas del Thar.
Esta noche me verás danzar desnuda bajo la luna de Beltane. Punzaré mis manos y con la sangre crearé un círculo espeso sobre la arena. Después uno a uno se irán encendiendo los fuegos de la comarca y se quemarán los pertrechos del año que muere. Esta noche me verás copular con árboles, bestias y hombres de piel oscura. Aullaremos a los astros hasta que la ignición del alba nos deshidrate el corazón. Mitra preparará un potente brebaje para fortificar los músculos cansados, para que la orgía continúe aún ocho días con sus noches.
Esta tarde me llamarás madre y hermana y te fundirás con mi carne, derramarás tu esencia en mi vientre para que el universo vuelva a nacer. Después nos perseguiremos hasta el mar para purificarnos y volver a las antiguas costumbres.
Construiremos un palacio de alabastro, jade y coral, cincelaremos  en sus muros una nueva cosmogonía.
La festividad toca a su fin. Puedo sentir mi vientre ensancharse de vida. Dibujas con henna un sol cuyo centro es mi ombligo. Despeino tu endrino cabello y beso el Cánopus de tu frente. Afuera los magos aguardan con cofres de mirra y oro. El incienso colma mis sentidos, los agudiza.
Hoy es el día propicio para hacer promesas de eternidad y posesión; en una copa bruñida mezclas mis fluidos con los tuyos: bebo, bebes, el rito: consummatum est. El cielo y la tierra vuelven a compartir el mismo lecho nupcial. Hemos asesinado a la Guerra.


Taylor

Taylor se recostó en el pasto para contemplar por última vez el cielo de aquel fragmento de universo sin colonizar. Mañana llegarían cientos de astronaves repletas de científicos, obreros y renombrados miembros del ejército imperial.
Aún podía saborear las cerezas que había recogido en el bosque al amanecer.
Mi mundo aún huele a manzanas y sidra, aún es feraz y dadivoso”, pensó mientras un líquido amarillento  escurría  por su acerada mejilla dejando un rastro de diamantina ámbar que reflejaba los dos soles.
“Mañana todo esto habrá muerto. No hay quien detenga al Imperio en su titánica empresa”, reflexionó con tristeza.
Se sumió en sus pensamientos y recordó que se había olvidado de reprogramar su sistema digestivo; ahora sólo podría beber el aceite azul durante una semana.
Después de una breve siesta se levantó y caminó rumbo al huerto del hospital. Todos los goznes de su cuerpo rechinaban.
¿En qué momento, Tylor se había hecho viejo? ¿En qué momento su modelo se había vuelto obsoleto?, se preguntaba una y otra vez. “No soy más que una chatarra pensante”, se dijo mientras una milésima parte de su cerebro analizaba la temperatura y la humedad del ambiente sin que él le diera importancia.
“¿Cuántos datos inútiles llegan a mi banco de memoria a cada instante? ¿Cuántas vidas humanas están registradas, analizadas y archivadas en las finas celdillas de titanio que me conforman?” Estas interrogantes lo inquietaban con frecuencia. Se sentía cansado.
Entró al comedor. La sopa de tomatillo estaba servida. Era una pena, pues ya no podría comerla. Ángela le reprochó el haberse demorado en la recolección, Gunther y Esperanza ya estaban en el segundo plato y Miller en el postre.
En ese mundo maravilloso sólo quedaban ellos cinco. Ahora que todos los humanos habían muerto, ya no tenían a quien cuidar, en consecuencia, el hospital ya no tenía sentido. Tal vez por eso, después de mil soles de calma, el Sistema Galáctico de Conquistas escogió aquel paraíso para construir la futura Deidad Imperial.


Ocio: Atisbos de libertad

Los ágiles dedos desgarran el vacío de la pizarra: blancas cifras: fórmulas: ecuaciones: qué sé yo. No miro las huellas del gis, me hundo en el vacío verde oscuro, verde oscuro.
El golpeteo del bolígrafo sobre el pupitre opaca la retahila cada vez más incomprensible de la maestra. En una esquina del cuaderno surgen, secretamente, sus lentes, su nariz, sus labios, y una palabra que la desenmascara. En menos de lo que me percato ya estoy en el pasillo, fuera del salón, expulsada por ofender la fisonomía de la bruja. Y ahí estoy, una vez más, escurriendo la tristeza de la tinta sobre el papel: mi primer poema.
Y en Historia sucedía lo mismo. Justo al borde del tedio, de no querer oír más sobre beneméritos y caudillos que mueren y renacen durante el infernal disco rayado de primero, segundo y tercero de primaria, secundaria y bachillerato; mi mano me arrastraba hacia el hipnótico carrusel de las letras hasta que nacía un verso o tal vez, en el vaivén de las líneas, un hada o una sirena.
Las tardes se fueron disipando en las aceras donde me sentaba a padecer y me dejaba seducir por la volumetría, la esencia, la cinética y la estética fantasmagórica de aquellos paseantes que nunca volvería a ver.
Y ahí estoy, en algún bar encendiendo mi primer cigarrillo y libando mi primer vino, hastiada de escuchar colores de uñas, de labios, de vestidos y zapatos con los que, según me dicen, conoceré al amor de mi vida.
En esos intervalos sólo anhelas no ser una etiqueta, no participar en la misma guerra: destacar para encontrar o ser encontrada. Prefieres perderte una vez más en lo verde, pero ahora no en el oscuro y vasto del pizarrón, sino en un verde brillante y vertiginoso y ruedas sobre él marcada con un número, un color, golpeada por otro número y otro color que tú misma te has lanzado para precipitar tu caída en la buchaca donde recoges tus años: fragmentos de arco iris manchados de azul: tiza que embadurna la punta de tu felicidad. El ocho redondo y negro se despeña y marca el final de la partida.
En un fragmento del papel que envuelve los cigarros o en el revés de la etiqueta del tinto, tu lápiz labial, con el que tal vez encontrarías marido, sangra un mensaje, te lo sangra; mientras, el verde pasto escolar, el verde pizarra, el verde limo invadiendo la acera y el verde fieltro de la mesa de billar te succionan, te abisman y alcanzas a leerte en las grasientas letras rojas que tus dedos frotan: quería ser libre.


Escapismo

Distensión oblicua merodea entre nocturnas incertidumbres.
Las compuertas del rostro androide se abren y se cierran: blink, blink: nos vigila.
Dibujamos figuritas sobre una loseta con la mostaza que sobró del almuerzo.
Fingimos ignorar el voyerismo de las máquinas: meticulosas registran cada trazo para los anales del psiquiatra.
No saben que hemos practicado mucho tiempo...
Damas y caballeros, humanoides y robots, ¡esta es la Gran Noche!
Ahora, vuestros vacuos ojos serán testigos de un prodigio: ¡mi desintegración molecular!


La despedida

Camino sobre el terreno abrupto con incierto paso. Llego hasta la enormidad metálica del puente. Me recargo en la baranda para contemplar la ciudad en llamas. El río humea. Sin prisas me desabotono la blusa y la arrojo al vacío. Arrojo las sandalias, la falda arrojo. Saco del bolso una pequeña navaja. Corto mis bragas. Se deslizan. Caen sobre el pavimento. Salto y disfruto la caída. En las quemadas aguas me sumerjo, me purifico, emprendo el vuelo, me desvanezco en el belicoso y turbulento cielo.


Sitio web: http://maryellfinisterre.com

sábado, 7 de marzo de 2015

Rafael Fernández Flores



Rafael Fernández Flores (Ciudad de México) es doctor en ciencias y profesor de francés y de español para extranjeros. Es autor de los libros: La Ciencia es Juego de Niños, Para Conversar de Ciencia, Historias de la Historia del cómputo en México, Dime abuelita Por qué  y de las colecciones de cómics del mismo nombre. Es editor de los libros: La Química en la Sociedad, Computational Fluids Dynamics, Tecnología en la educación y Un lustro de UNETE. Su obra de ficción ha sido publicada en Minificcionistas de el Cuento Revista de Imaginación (antología en homenaje a Edmundo Valadés) y Eros y Tánatos (cuentos sobre el amor y la muerte). Ha obtenido los siguientes reconocimientos: Mención assez bien en sus estudios de posgrado, Mención honorífica de la revista PC semanal en el Premio a la Excelencia en el uso de la informática, Medalla Max Shein al compromiso con la educación y Mención honorífica del Club de Periodistas por su trabajo como divulgador de la ciencia.



Coherencia

Nos gustaba, al terminar de hacer el amor, recostarnos con la cabeza colgando en el borde de la cama  y ver el mundo de revés, porque sólo visto a la inversa tenía sentido para nosotros.


Gourmets

Y ahí estaban desayunando, después de haberse comido a besos.


Renuncia

Tuve nueve vidas antes: revolucionario, inventor, rockstar, gobernante... en ellas aposté a la locura compulsiva del amor y perdí. ¡Vete, mujer!


Humildad

No me gustan los engreídos dijo ella.
Yo soy el menos engreído de todos los hombres respondió él.


Turibús

Íbamos a ningún lado, nos deteníamos en cualquier parte y terminábamos en el lugar de siempre, amándonos como nunca.


Contacto: erreefeefegmail.com
Página web: Desarmando la Mafia


martes, 20 de enero de 2015

Florentino Chávez


Florentino Chávez nació en Querétaro en 1942, entre la calle de Estío y Primavera, cerca de la estación de ferrocarriles a donde todas las tarde iba con su abuela a ver llegar el tren. Su abuelo era un carnicero que tenía el don de la palabra. De su padre oyó los primeros versos y de su abuela materna los primeros rezos.
En la calle de Otoño, del barrio de San Sebastian, Florentino conoció al poeta, Salvador Alcocer.
En una entrevista realizada a “Chava” Alcocer en 2011 el poeta dijo: “Cuando empecé a escribir conocí a una persona con una cultura fuera de serie, que es Florentino Chávez”.
“Me hice de una gran amistad con él porque coincidíamos en las lecturas y siempre buscábamos autores muy diferentes a los que la gente leía, y si a eso le agregamos que este cuate había estado en el seminario y sabia otros idiomas”, señala. El poeta queretano, Florentino Chávez puntualiza que no escribe por dinero. “Por fama, puede ser. Popular y de barrio, entre los míos, sin pensar en la posibilidad de traspasar más fronteras que las propias”. “En la casa, en la calle y en el camión, hay poesía, incluso mientras el poeta duerme, el poema se revela en sus sueños, dice Florentino Chávez. La poesía, dice Florentino, la experimentan y procesan todas las personas, desde “los niños, los enamorados, los borrachos (bueno los compañeros —agrega y ríe—), y los que creemos alucinados, también el pueblo humilde y trabajador, aparentemente sin cultura, maneja el espíritu de la lengua y es bien poeta”. [1]



Calado

La abuela cantaba, del medio día en adelante, con buena y timbrada voz, acompañada en la guitarra por el fígaro del barrio. Al acercarse la tarde nos peinaba con cáscaras de limón y jitomate, para ir a ver la deslumbrante entrada del tren a la estación, entre emocionados aplausos de la población expectante: ¡Viva el tren...!
—¡Viva...! La máquina poderosa arrastraba las góndolas, carros-cisterna, vagones de pasajeros, estremeciendo el espacio; recargados en hilera contra la pared del túnel, una palomilla de vagos muchachos aguardaba el tectónico traqueteo, con el corazón desbocado, sobre los ríeles la estremecedora embestida  de fuego y ruedas en movimiento. En un rito de iniciados, los imberbes aguantaban la presión del despelleje: quien no corría en el ámbito profundo ante el regaderazo del vapor, ése —calado, era “macho...”


Al pie del INRI

—Este año, en la representación de la crucifixión en La Cañada: ¿de qué color eran los calzones de Cristo? —Ni idea. — ¡Blancos! Los del ladrón de su derecha, verdes y los de la izquierda, rojos. — ¡La bandera! — ¿Y al de blanco se le salía el pájaro, digo, el águila con la víbora?
Una vez pronunciada la séptima palabra ante el micrófono, los Apóstoles y mujeres de túnicas coloridas bajan El cuerpo en camilla; cubierto por una sábana, introducen, se supone al santo sepulcro: una camioneta repartidora de la “Coca-Cola Fanta”.
—Sí, lo reconozco: yo fui novio de una de las Piadosas mujeres.

En cuestiones de faldas religiosas

De inmediato pintaba su raya el abuelo: Yo con los curas y los gatos, poco trato –al tiempo que atusaba pícaro el mostacho, añadía: excepto "La gatita blanca": corista del cancán revolucionario, recostaba al más criollo estilo Cleopatra.
Tal vez la nostalgia le hacía saltar el recuerdo en exabruptos, porque remataba: —Ya le he dicho al pendejo secretario, con perdón de ustedes: Si son mujeres, que pasen: “¡Pasen, chiquitas, pasen a ver su grandote...!”
Si son hombres, que esperen.


Indeleble amiga

Tatúas nuevas líneas en mis palmas, con la marina tinta matutina; bocas varias, ojos de ombligo a cabeza, olfato y lenguas en cada miembro –incluido el más pequeño, pero no menos esencial: para aspirar, succionar cada una de tus manifestaciones. Y, amor, esencias.


Exuberante tamborilera

Una interminable curva tu belleza esquiva en su jugo, alucinación exótica; aleteo de los grandes labios en la entrepierna, perlas en la corola.

Tú toda surco de fuego, sutil acróbata, en el abismo de la noche.




jueves, 8 de enero de 2015

Carlos Monsiváis (1938-2010)


Carlos Monsiváis nació 4 de mayo de 1938 en la ciudad de México. Cronista, narrador, articulista, ensayista y coleccionista de todo tipo de objetos y manifestaciones de la cultura popular. Colaboró en los más importantes suplementos culturales y revistas. Cursó estudios en la Facultad de Economía y en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y fue becario del Centro Mexicano de Escritores, así como del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard. Escribió y disertó sobre todos los temas posibles. Desde cine y política a literatura, telenovelas, arte, personajes populares y sobre la idiosincrasia del mexicano. Su estilo sarcástico y ácido retrata los fenómenos sociales en forma de denuncia. Muchos de sus escritos se han publicado en periódicos y recopilado en libros, como Principios y potestades (1969), Días de guardar (1971), Amor perdido (1976), Entrada libre, crónicas de la sociedad que se organiza (1987); Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995) y Nuevo catecismo de indios remisos (1982). Una de sus últimas obras fue el libro Apocalipstick (2009), un conjunto de crónicas alrededor de las múltiples ciudades y mentalidades que son la Ciudad de México. Además escribía regularmente en el diario El Universal y la columna "Por mi madre, bohemios" en la revista Proceso.  Como coleccionista reunió unos 12.000 carteles, fotos, miniaturas, juguetes, alcancías, calendarios y otros objetos populares que pasaron a formar parte del acervo del Museo del Estanquillo creado para ese fin en Ciudad de México. Doctor honoris causa por varias universidades, Premio Nacional de Periodismo en 1978, Premio Villaurrutia y ganador del Premio Anagrama de Ensayo por Aires de familia en 2010. 


De una antología mínima de humor negro

I

—Y fuera de esto, señora Lincoln, ¿disfrutó usted de la pieza?

II

Un letrero sobre una silla eléctrica: “Usted puede estar seguro. Es Westinghouse.”

III

Mi personaje inolvidable: José de León Toral. Por Álvaro Obregón.

IV

—¿Te das cuenta, Jorge, que se supone que esta casa que alquilamos está habitada por un fantasma que regresa cada año en esta fecha a la medianoche para practicar un sacrificio humano?… ¡Jorge! ¡Jorge!

V

Y luego, había el niño de nueve años que mató a sus padres y le pidió al juez clemencia porque él era un huérfano.

Textos publicados en El Cuento, revista de imaginación


martes, 30 de diciembre de 2014

Günter Petrak


Nació en Puebla, en 1958. Como autor ha publicado artículos y ensayos  en revistas nacionales e internacionales (un par de sus ensayos han sido traducidos al inglés y al hindú y recientemente uno de sus poemas ha sido publicado en italiano) además de tres libros de cuentos (El mar azul de sus ondulaciones, Para leer la tarde, Los hombres de maíz y otras historias), una novela (Ciudad de otros) y un libro de texto sobre Redacción que ha vendido más de ocho mil ejemplares. También tiene en imprenta una nueva antología de cuentos: Eros desarmado. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 1998 y ha obtenido reconocimientos en varios concursos de cuento a nivel nacional. También aparece en diversas antologías del género [1].



Para leer la tarde

Anclado a la mecedora de las tardevelas, miro más allá de los cañaverales al reloj, desde la ventana de verdeplanta. Adormecido por la Amnesia Tropical he intentado leer la tarde; pero es un acto doloroso porque las acuosolabras se escapaban entre los dedos y no puedo guardarlas en una red de pescadores. También es doloroso el parto de escribir, como lo es igualmente el tener recuerdos que se clavan, afilados hasta la empuñadura. Pero me he empeñado en leer el crepúsculo mientras la quilla de una nave marinera va arando el mar labrantío cual hortaliza de algas y de océano; aunque el cerebro me reviente en luces de arrullococos como en ese tiempo cuando oí, insistentemente en mi cabeza, el gritofuria de la naturaleza que convirtió el horizonte en una ola-lontananza, enorme como el monstruo de Loch Ness. Y aprendí entonces que dejando deslizarse las ideas, podía sentir una nueva forma de abecedario naciendo de las olas y las hojas largas y pulidas de los árboles de plátano en los platanales. La furiagrande de la naturaleza soplaba un insistente nombre que no entendí, hasta que alguien viviendo del palidoópalo del río me dijo que era inglés: “Candie Banana Chewing Gum Corporation”. Era un parásito chupasangre como los mosquitos. Aunque puedo decir en su descargo que la hermosa rubiateñida que trajo consigo tenía unos jugosos pezones sonrosados, como flores comestibles. Y sus labios eran ciruela-rábanos que lo mismo entonaban monísimo “darling” que escupían picantes cebollas en el Preludio en Do Mayor de un par de senos en la sinfonía de los pepinos. Bueno, esa es la historia de la güerita, pero la naturaleza no sólo habla ironías en su demencia vegetal, arma también de arsenales mortíferos cada agujero y cada púa que los hombres le embuten en escarnio a la orgullosa tierra de caparazones orugando. Lo saben los autóctonos que cosechan siembras mientras la rasquen con cariño y no le quieran hacer permanente tintepelo. Pero la CBCGC (Candie Banana etcétera) machacó los pinorobles en tabletas tablas, para hacer tabletas refrescantes del aliento con chicle natural combinado con plastiquímicos imitativos, lo mismo del azúcar que de la savia de la sabia naturaleza fotosintética que no requiere de sintéticos. Más leer la tarde me pone triste y ansioso por terminar la lectura, antes de que el “close up” nativo del ocaso me deje a oscuras recordando ensueños. Y he aquí el texto descifrado: el crepúsculo escribió “muerte” con faltante ortografía y escupió con toneladas de agua la Banana Corporation. [2]


El juicio

El juicio se internó por un inexplorado territorio dialéctico de argumentos y contraargumentos, de criterios y anticriterios, donde los códigos morales fueron anatemizados acaloradamente por unos y defendidos con furia por otros. Todos se creían poseedores de la verdad, de modo que poco era de extrañar que el debate desembocara en una ardorosa confusión. Así, llegado el momento del veredicto, nadie supo quién era más culpable: el maniático que ocultaba su impudicia debajo de la gabardina, o el juez, que exhibía llanamente su pudor… [3]


Los dichos del Petrakuende

Una de las ventajas del texto oral es que lo puedes seguir practicando en la vejez

Me encanta tener texto con más de dos…

Practiquemos texto salvaje hasta alcanzar el sarcasmo.

Desistí del amor platónico cuando conocí el amor textual.

Hay mujeres temerarias que practican el texto oral sin protección…

Las librerías, ¿son sitios  de explotación y comercio textual?

Quisiera ser un hombre con más potencia textual…

La inactividad textual es peligrosa: produce olvido.

El primer amor te elige a ti, el último casi siempre lo eliges tú.

Mi fantasía textual es que me comas y punto…

Soy un maniático textual: no me resisto a jugar con la lengua.

Mi vida textual está llena de paréntesis, interrogaciones, tildes y guiones bajos…a veces es sólo puntos suspensivos…

Mi deseo más poético es satisfacerte textualmente todas las noches…

Cachondo es mojar la pluma. Perverso es chuparse la gallina entera.

Me declaro abiertamente heterotextual: disfruto del texto con diversos géneros…

No porque se inflame el textículo habrá de convertirse en novela.


Si usas la lengua practica el texto seguro. Interrogaciones y exclamaciones incluyen 69 obligatorio. ¡Ábrelas y ciérralas!: ¿? ¡!



[1] Semblanza. Cortesía del propio Günter Petrak.
[2] Revista El Cuento No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987.
[3] Revista El Cuento No. 125, Enero-Marzo 1993.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Amelia Domínguez Mendoza


Amelia Domínguez tiene tres pasiones: la antropología, el periodismo y la literatura, alternadamente y en ocasiones al mismo tiempo, a ellas ha dedicado sus afanes desde hace más de tres décadas. Sus primeros cuentos aparecieron publicados en 1981, en el cuadernillo Tiene que haber olvido, editado por la Revista Punto de Partida de la UNAM; después vendrían el colectivo Al vino vino, de la misma editorial y de manera individual: Después de tanto silencio y En la boca del incendio, este último con dos ediciones y una reimpresión en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Textos suyos han sido incluidos en seis antologías, la mayoría de ellas publicadas en Puebla. Además, tuvo el privilegio de publicar minificciones en El Cuento, revista de imaginación (1997), antes de que desapareciera.
Ha recibido becas en el rubro de escritores con trayectoria, en su natal estado de Hidalgo (2000-01) y en Puebla (1997-98), donde reside desde hace más de dos décadas.
 Como periodista cultural, ha cosechado reconocimientos como el Premio Estatal a la Crítica Teatral, otorgado por la entonces Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de Puebla y textos de su autoría aparecen en tres libros: Guillermo Cabello, trabajo y testimonios (L’anxaneta Ediciones, Puebla 2007);  Poeta de los Andes. Homenaje a César Vallejo (Comp. Mara García, Instituto de Estudios Vallejianos, Perú, 2008); e Historia de la Música en Puebla (Conaculta-Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, 2010.
Actualmente tiene una novela y un libro de cuentos para niños inéditos. [1]



Juego inconcluso

Se encontraba desnuda en una inmensa pradera, tendida sobre el pasto. La rodeaban cientos de conejos que jugaban saltándole encima, hurgando en su piel con las naricillas, mordisqueándola como a hierba fresca.
Le gustaba que la acariciaran con el tibio pelaje y retozar con ellos hasta quedar exhausta.
Sin embargo, cuando más placentero le resultaba aquello, venía corriendo un hombre con un fuete en la mano y hacía huir a los conejos.
Giró hacia la derecha: al verlo a su lado como todos los días, sintió rabia y repulsión.


De la vida

Tomó el billete  que el tipo le aventó sobre el colchón al salir y lo guardó entre los senos. Oyó las campanadas del viejo reloj de Catedral cuando se acomodaba las medias y se ponía la blusa. Las contó, le gustaba oírlas, quería que siguieran tocando toda la noche.
Corrió la cortina que aislaba la cama de las demás y salió a la calle que se encontraba bastante concurrida. Los hombres pasaban a su lado lamiéndola con la mirada, preguntando y diciendo obscenidades. Tenía ganas de escupirlos en plena cara, pero se limitó a masticar con fuerza su chicle.
Después, a solas, en el frío de la madrugada, su mano le transmitió un calor amoroso que se alojó entre sus piernas.


Jazz   

Ni siquiera puedo darme el lujo de ser original: lo de siempre, lo de todos.
Bueno, tal vez la única variación sea la cinta de jazz que está puesta ¿qué te parece?
La compré especialmente. Es una música que escuché en un concierto al que entré al azar y me salí antes de que prendieran las luces porque no tenía ganas de ver a nadie.
Después me fui a pie hasta tu casa pero no te encontré. No sabes las ganas que tenía de hablar contigo; de contarte todo lo que estaba sintiendo. Y al no hallarte no tuve más que venir a encerrarme en mi hoyo y sólo salí en la mañana a comprar la cinta.
La he puesto como cincuenta veces  está muy gastada; guárdala o tírala, como prefieras.
En el aparato, un solo de sax emite sus notas.
Le subió el volumen y se metió al baño.


Margarita está lindo el mar

El mar antiguo Edipo
Que me recorre a tientas
Desde todos los siglos

Xavier Villaurrutia

Nació sobre la arena, como las tortugas. Un leve vientecillo y el canto de las caracolas en su oído le despertaba maternalmente cuando niña. 
Los dones del mar no tenían límites y los disfrutaba para ella sola: estrellas, hipocampos, conchas para armar castillos; perlas, corales, nácar para adornar su juventud. Su gula insaciable se deleitaba con los manjares más exquisitos y variados, crudos o cocidos.
De tarde se distraía mirando el ocaso, le gustaba el momento en que el sol era tragado por el mar, y se extasiaba mirando romper las olas contra los acantilados una y otra vez, interminablemente. Le producía una mezcla de ira y placer el paisaje infinito, azul, inabarcable. Pasaba horas así, hechizada.
Eran períodos de calma, días soleados propicios para navegar y descubrir nuevos horizontes.
Inquieta y curiosa, se dejó conducir por sus impulsos: se internó en el océano, siguiendo la Rosa de los Vientos hasta Ultramar. Exploró otros continentes viajando por largo tiempo, alejada de su origen.
Las huellas de sus pies en la arena comenzaban a borrarse.
Llegó la época de huracanes y tormentas, y Margarita sintió el reclamo de su pedazo de mar. Decidió volver contra viento y marea, luchando  por mantenerse a flote. La resaca la depositó por fin en playas conocidas.
El mar la acogió con ternura. Le tendió los brazos bañándole los pies, deslizándose sobre su fatigado cuerpo.
Margarita se deja cobijar con la blanca tibieza y se abandona al arrullo de las olas. Ellas cabalgan traviesas sobre su piel, que empieza a cubrirse de finas escamas.

           
Escarabajos
La vida es sueño
Pero también suele ser una barca,
O mejor, un submarino amarillo;
Aparte de que siempre
Será una mierda.

Quince años y canciones de Los Beatles era todo lo que tenías para anteponerlo como escudo al tedio, a los gritos de tu hermanito a los chismes de las vecinas y a la suciedad que te rodeaba. Te pasabas horas pegada al radio, con los sueños dorados, que al apagarlo se convertían en desteñida vigilia.
En ocasiones te sentías Ana o Julia, otro día Prudencia, Mary la del corderito o cualquier otra, menos la que realmente eras.
Un largo y sinuoso camino recorrías a diario de u casa al mercado; comprabas lo indispensable y regresabas a hacer la comida para cuando llegara tu padrastro y después tu mamá, del trabajo. Si no lo hacías, te esperaban twist y gritos, de ambos.
Afortunadamente, cuando salías al pan, encontrabas a Jorge, con quien emprendías un viaje fantástico y misterioso, se perdían en un bosque noruego, llegaban hasta unos campos de fresas, donde comían hasta hartarse, para terminar en la panadería, con un pastelito.
En tu casa el Sargento Pimienta y Lady Madona nunca se llevaron bien. Tú y George, sí. Y lo mismo hubiera sido con John, con Paul o con Ringo, los cuatro eran fabulosos, aunque tuvieras que soportar sus infidelidades.
Cuando empezaron a aparecer noticias de que se casaban, trataste de mantenerte más ocupada que de costumbre, para no pensar en ello, y después, cuando el grupo se desbarató, se deshicieron tus sueños a gotas y el radio permaneció mudo por mucho tiempo.
Tus cumpleaños se han ido acumulando tanto como los trastos sucios y la basura, pero aún te gustan los escarabajos: imagina que eres Lucy  en el cielo de brillantes, y que tal vez, cuando tengas sesenta y cuatro años…


Textos del libro de cuentos: Después de tanto silencio



[1] Semblanza  y textos cortesía de la propia Amelia Domínguez


martes, 2 de diciembre de 2014

Emilia Ortiz


Emilia Ortiz nació en 1917, en Tepic; desde pequeña mostró habilidad para dibujar y su inclinación por la música y la literatura. En sus pinturas plasmó a habitantes de las etnias cora y huichol de la zona serrana de Nayarit. Una de sus primeras exposiciones fue en el Salón Verde del Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México. Desde 2010, la ex casa Aguirre, en avenida México y calle Hidalgo, construcción del siglo XIX, se convirtió en el Centro de Arte Contemporáneo Emilia Ortiz en honor de la pintora. En marzo 2009 se le concedió el grado de doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de Nayarit. A sus 93 años falleció en la capital nayarita la mañana del sábado 24 de noviembre del año 2012.



Éxito

Salió provisto de una brocha grande y abrazado a un bote de albayalde para reconstruir el gran paisaje. Empezó por embadurnar los grandes lagos hasta dejarlos yertos, metió las cerdas de puntas por entre las hendiduras y pintó todos los árboles del mundo; se pintó a sí mismo, hasta quedar pegado de boca en el paisaje.
¿Quién compraría este cuadro…? ¡Nadie!, por supuesto.
Cansado de esperar, desalentado, llenó de nuevo su gran bote en la tlapalería de la esquina y con nuevos ímpetus vació sobre la Tierra sus colores.
Esta vez, un gringo, impresionado se lo compró en diez dólares.


Restos

“La deformación es evidente. Allí los tenéis. Antes, como lo demuestran estos antiguos cuadernos, donde terminan estos seres había unas prolongaciones que les servían de sostenes y que les ayudaban a desplazare. Precisados obviamente al uso de vehículos para transportarse de un lugar a otro, estos sostenes fueron perdiendo fuerza y vigor, acabando por extinguirse, dejando, como único testimonio de su presencia, estas pequeñísimas protuberancias o perillas, allí donde empezaban las que debieron ser cabezas de dos huesos largos. Estos seres-nalga (llamémoslos así), fueron convirtiéndose en tales, por el uso excesivo de las máquinas antiguas de gasolina y el subsecuente desuso de sus miembros inferiores que terminaron por atrofiarse hasta casi quedar reducidos a la nada…”

Sacado de un estudio reciente, de las civilizaciones extintas entre los años 1900 a 2000.


Fórmulas mágicas

Llevada por la curiosidad de saber algo más, sobre la pintora Remedios Varo, escribí una larga carta a esta y sabiéndola muerta, la deje en el sitio más favorable que encontré para que ella lo recogiese. A las pocas semanas volví y encontré la respuesta; eran algunas fórmulas mágicas inventadas por ella para pintar, que he aplicado diligentemente con excelentes resultados: consiga un ave y extraiga de ella, con una pinza, el secreto de su vuelo; construya edificios, castillos, fortalezas, muros, puentes, barcas, triciclos, escalas, con el material entubado que se expende en San Juan de Letrán No 5; baje al mar y recoja, con una redecilla, el plancton marino; su variado diseño, le servirá para estimular su imaginación; salga con Proust, en busca del tiempo perdido, aprenda a amar a Apollinaire y a deleitarse con Jerónimo Bosco; elabore: velos, paños, tules, flores; sombreros y parasoles; botones y encajes, con simples pelos de marta y por último, —aquí parece temblar su menuda letra— mezcle a lo anterior la gracia, en proporciones adecuadas.”


Confesiones

“Si tú no me amaras como yo te amo, sería capaz de hacer quemar las plantas de mis pies. El fuego treparía por mis rodillas como una lengua en llamas, alcanzando mis muslos y abrasando mi cintura hasta rodear mis pechos que refulgirían como dos pequeñas galaxias en espiral. Ardería mi pelo hasta consumirse quedando mis ojos engastados en su estuche de cenizas. Mi última mirada llegaría hasta ti, entrándote todo, como a la casa que nunca habité, para vivir y gozar del sol que nunca obtuve, asomada al balcón de sus párpados, que no supiste entreabrir para albergarme, quedando como una golondrina que mira entristecida desde afuera, ¡prendida al alambre de su invierno eterno!”. —¿Pero quién escribió esa cosa absurda?, dijo mi padre confundido al juntar mi cuaderno que resbalaba por debajo de los almohadones del sofá-cama. Al oír aquello, mi madre se acercó y leyó inquieta por encima de su hombro mi trágica determinación. Arrastrándome hasta su habitación, cerró tras de sí la puerta: “se necesita una causa muy grande para ansiar morir como Juana de Arco, en esa forma horrible”, pero al ver mis ojos arrasados en lágrimas me dijo visiblemente conmovida:
 “Confiesa, hija mía: ¿por quién osas pretender sacrificándote así”. Con un haz de voz apenas perceptible respondí: por él, por “Raphael”, pero júrame que no lo dirás a nadie, a nadie, imploré bañada en lágrimas asiéndome a sus rodillas. Ella acarició mi pelo diciendo melancólicamente: “¡A tu edad también ansié morir!, pretendiendo que nadie supiese por quién…”


Apuntes

Cuando sometía su inteligencia a las pruebas mentales que abundan en las revistas modernas, se daba cuenta, que estaba dotado… de una asombrosa incapacidad.
Un líder de la era cuaternaria, subió a una piedra y comenzó a hablar. Tanto habló, que al cabo del tiempo, se encontró su brazo, transversalmente extendido, que abarcaba una enorme porción de estrato geológico.
La forma de una silla estilo Luis XIV, me hace pensar en una señora que charla sentada: las piernas separadas y las manos en los muslos, en medio de una sala de espejos y consolas de silenciosos mármoles.
Aquel ojo humano es el fondo de la cisterna, es el reflejo del que se asoma a mirar: o acaso el del habitante del agua que le examina curioso.
Aquella flor tan hermosa, salía del vaso por las noches, provocando una extraña urticaria en los labios inertes de aquél niño.
Era un tejido singular: de día apresaba el error y de noche lo vaciaba, convertido en razón.
Érase un juego, en el que todos los jugadores ganaban y el dueño desesperado, se arrojaba todas las noches, por la ventana del casino.


Textos publicados en “El cuento, revista de imaginación”