Mostrando entradas con la etiqueta Distrito Federal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Distrito Federal. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de noviembre de 2014

Hiram Barrios


Hiram Barrios (1983). Escritor, traductor y catedrático. Estudió Letras en la UNAM y es Especialista en Literatura Mexicana por la UAM. Ha publicado cuentos, poemas, ensayos y traducciones para distintas revistas, periódicos y suplementos culturales de circulación nacional. Textos suyos han aparecido en revistas de Colombia, Venezuela, Argentina y España. Ha traducido al español a Edoardo Sanguineti, Roberso Roversi, Donato di Poce y Fabrizio Caramagna. Preparó la antología bilingüe Voces paranoicas de Eros Alesi (2013). Es autor de los libros El monstruo y otras mariposas (ensayo, 2013) y Apócrifo (aforismo, 2014). Es profesor de arte y literatura en el Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México.



Juan Potov

Juan Potov y sus cuatro hijos caminaron por el cerro hasta que la vereda empezó a desdibujarse. El vericueto era cada vez más estrecho. “Necesitamos palmitas como ésta”, Juan mostró unas hojas de kilueh’ y sacó los machetes del morral.
El follaje cedía en racimos y en segundos se despejaba una brecha. Potov se adelantó con paso firme, sin notar que a sus espaldas la enramada lo cubría al instante. Los chicos, sin comprender lo que pasaba, tomaron los machetes para seguir a su padre pero cada vez que cortaban el ramaje, éste se cerraba abruptamente sin permitirles avanzar. La pelea duró menos de una hora. Cuatro jóvenes desesperados lucharon hasta quedar exánimes. Cuatro machetes que no pudieron abrirse paso.    


Textos apócrifos:

Nanoliteratura

Los “cuentos cortos” son cada vez más largos.

**
Esa pareja es aberrante: abrazos, besos, palabras de amor... Los típicos recién casados que se pasean por el mundo como si todo fuera perfecto. Pero ya vendrá la mentira, la infidelidad, el abandono o cuando menos la rutina. Tendrán su merecido.

**
El fracaso, cuando es contundente y sin aspavientos, tiene mucha dignidad.

**
Asistir a la boda de un amigo es como verlo en un accidente mortal antes de que ocurra y, para colmo, felicitarlo por ello.

**
El peor libro que escribí fue mi vida.

**
Ama: enrosca tus tentáculos.

**
El verdadero espejo

Hablar de aquél que despreciamos, el que nos aturde o se opone a nuestros deseos —ese que podríamos llamar “enemigo”— y terminar, indefectiblemente, hablando de nosotros mismos. 

**
¿Cualquier día es bueno para morir?

**
Oración para antes de escribir:

Borrar no es una decisión sencilla, pero siempre es la mejor decisión.

**
“He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

Desgracia.
**
Iluminación

Reconocer que nadie se ocupará de tus obras después que hayas muerto, como nadie se ocupó de ellas mientras vivías.

viernes, 24 de octubre de 2014

Federico Traeger


Federico Traeger nació en la ciudad de México en 1958. Sus cuentos han sido publicados en algunos periódicos y revistas en México, Francia, España y Estados Unidos. Es autor de la novela Haz el amor y no la cama, alfaguara, 2013 y coautor de las novelas Amores adúlteros y Amores adúlteros… el final, bajo el sello de Alfaguara y el libro de cuentos y aforismos Lo que no mata enamora, editorial Planeta. Es autor de los libros de cuentos Epidemia de comas, editorial Palabra y Voz, El día del informe, ediciones Universal y forma parte de las colecciones: Voces intencionadas, Los cuentos del miércoles y Relatos mínimos. Actualmente prepara un libro de microrrelatos y una novela.[1]



Decisión tomada

Funciona. Retroceder mentalmente hasta cuando no te conocía ni te deseaba ni te necesitaba porque no habías llegado a mi vida, funciona. El tiempo es elástico y maleable. Mantener mi presente en un pasado en el que no estabas conmigo, es la medida correcta. Gracias a remontarme años atrás, tus golpes sobre la puerta, tu llanto, tus gritos, no me conmueven. Cada vez son más débiles tus súplicas. Sin agua, el cuerpo humano sobrevive tres días. Hoy se cumple el tercero. La mente es curiosa. Por un lado sé que estás adentro de la biblioteca. Sé que cerré la puerta con llave para saber si puedo vivir sin ti. Y puedo. Anoche seguramente llegó a tu olfato la pierna de cerdo que estuve horneando durante seis horas.  En cuanto hay un asomo de arrepentimiento de mi parte, me distraigo, cocino, lavo, podo las plantas del jardín, paseo a los perros. Y mi cerebro se queda, al mismo tiempo, en la época en la que no eras porque no estabas. Es probable que nunca más vuelva a entrar a la biblioteca. Y eso me da seguridad. La vida es de quienes tomamos decisiones sin cuestionarlas nunca.


Estrategia

Para conquistarla, le hizo el amor.
Para reconquistarla, se la cogió.

Novela en cuatro entregas

Se inclina. La admiro. El esposo me persigue. La felicidad me alcanza.


Autogénesis

Cuando finalmente pude ver con claridad, me encontré con mi antimirada, mi antienergía, mi antiyo y… me quité la antivida.


El escarabajo del tiempo

Primavera del año mil setecientos setenta y seis. Cuatro soldados británicos se independizan del ejército que se retira vencido hacia el mar de vuelta al viejo continente. El cuarteto se interna por el bosque norteamericano, tocando con una gaita, un tambor y un par de flautas, una alegre marcha improvisada. Las notas sencillas e inolvidables llegan a las flautas espontáneamente, la gaita y el tambor se ajustan con facilidad y es tal el placer de los músicos, que no paran de tocar esa melodía nueva y liberadora. Las sombras cobran espesor. Los ingleses andan extasiados, estrenando su composición entre los troncos gigantescos y se escucha un chasquido distante. Los mosquetes de chispa de fusileros americanos aciertan; los compositores caen, violentamente confundidos, hacia el silencio. Exactamente dos siglos después, a un músico británico le roba el sueño una tonada. Acude al llamado de la musa y al día siguiente toca la canción frente a sus tres compañeros. Más que escuchar, parecen reconocer la melodía. Semanas después, un submarino amarillo navega las voces del mundo.


[1]Semblanza y Textos inéditos, cortesía del propio autor.


martes, 12 de agosto de 2014

Vanesa González


Vanesa González (Ciudad de México, 1994). Actualmente estudia en la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha cursado talleres de cuento breve en la UNAM y en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Obtuvo el tercer lugar en el 12º concurso Universitario de cuento “Letras Muertas”. 



La enamorada

Eduardo lleva buen rato dormido. Es natural, fueron cinco horas en  carretera desde las cuatro de la mañana para llegar al rancho. Ya es hora de la comida, pero no quiero despertarlo, se ve tan tranquilo allí, en la hamaca, además ya sé qué pasa cuando está de malhumor. No, niños, váyanse a jugar a otro lado, calladitos. Ah, realmente está guapito mi Lalo. Ojalá que nuestro hijo se parezca más a él, güerito. Si tuviera un mejor carácter lo querría muchísimo más. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en la plaza, él jugaba con otros muchachos y su carcajada era muy ruidosa. Por eso lo quise, por su risa. Como es blanquito y no prietito le gustaba a todas, hasta a mi hermana, pero sólo yo fui la ganona. Ah, qué chulo marido me tocó. Ya es la hora de la comida, Lalo, Lalo, despiértate…
Si lo hubiera despertado a tiempo… pero ¿cómo iba a saber que Lalo se veía tan bien muerto? Lo comprobó todo en cuanto vio salir de entre su camisa semiabierta un alacrán güerito, tan hermoso y notable como Lalo.


Acertijo

—Mañana moriré en la horca.
Fueron las únicas palabras que pudieron salir de su boca, aunque podría decirse que habían salido por sus ojos grandes, bien abiertos a la expectativa.
—Así es —respondió con una sonrisa el hombre que se encontraba exactamente frente de él con los mismos ojos grandes, aunque ya no abiertos a la expectativa sino al asombro.
Había contestado después de haber pensado la respuesta a trueque del sueño. Él nunca había tenido una mente muy hábil y el acertijo que se le planteó era muy ingenioso: En una guerra, un soldado cayó en manos enemigas. El General del bando contario le dio a elegir entre morir fusilado o colgado en  la horca. Para ello, el soldado debía decir algo que si era cierto moriría fusilado, si era falso, moriría colgado. ¿Qué dijo el soldado para salir ileso? “Mañana moriré en la horca” era la respuesta correcta. Incluso entre enemigos hay lugar para los juegos.
Para evitar el deshonor del juguetón General quien había propuesto el acertijo, el soldado fue decapitado a primera hora.


Así como el deseo

Le hubiera gustado quitarle la blusa, es más, si tan sólo hubiera podido meter la mano. No importaba si había gente. Para quien es presa del calor no importa nada. Este calor hace algo parecido al que a eso de las tres de la tarde riega los campos cabelludos con manguera a presión y da besos franceses hasta que seca la boca, pero no es el mismo. Y sólo él sabe de cuántos charquitos tuvo que cuidar sus zapatos la hermosa aquel febril día.
Dentro de aquella sauna en desplazamiento, donde el vapor mana de la cercanía y el roce de los cuerpos de los usuarios que bajan y suben en diferentes estaciones; no fue sorpresa que la hermosa dejara flotar de a muertito su cabeza en el líquido cuajado de la ventana ni que el peso de los párpados le ganara. La inercia en el movimiento de sus tetas, estrujadas y arrimadas la una contra la otra por el corpiño mal medido, atrajo la mirada del hombre que, de un momento a otro, se encontró patinando sobre la superficie mojada del pecho.
Una gota, que seguramente comenzó su éxodo desde la frente, caía como perseguida hasta llegar gimiente y desmayada a la tibia bifurcación de los caminos convexos. Resbalaba suave. Se perdió en el único agujero negro que huele a algodón y mujer. Una, dos, tres tibias gotas más. La pupila intrusa y acalorada se abría como piscina dispuesta a llenarse. Sólo con ver se hartaba. Se llenó tanto que por los poros salía destilado lo que se derramaba. Por cada gota que caía a la piscina, quién sabe cuántas se iban evaporando hasta condensarse en la frente, espalda e ingle arrugadas del atento observador.
El ojo fijo sólo veía una parte de todo lo que la fantasía completaba. Imaginaba la prolongación de cada gota a través del cuerpo: podría con un poco de suerte seguir caminando, remojar un pezón, ignorar las prendas femeninas, lamer el abdomen, darle vuelta al ombligo, descender con la curvatura del monte y en un acto suicida, aquella lengua se despeñaría en caída libre en medio de las piernas. Deseó tanto que su lengua fuera esa lengua acuosa. Después de todo, a su edad y en sus condiciones, no queda más que el espejismo. Las muchachas son la única esperanza para contagiarse de juventud. Por eso jadeaba, por eso se iba convirtiendo en una fábrica de rocío. Quién sabe en qué momento dejó de ser rocío para llegar a ser cascada. Una silenciosa cascada salada que nadie escuchaba mientras su agua caía. El cabello le escurría por la cara, la cara por el pecho, el pecho por los muslos, los muslos por los pies y los pies por el suelo. En el suelo había un charco. El hombre había desaparecido.
        

Nostalgia

No dudaste en que regresaría como todos los veranos desde que fue llevada a la ciudad. Ella seguía yendo de visita a la casa de su tía cuando le daban algunos días de vacaciones en su trabajo. Cada año le costaba más irse, cada año odiaba más su destino, cada año se le veía más pálida, cabizbaja, tristona, cada año le pesaban más los zapatos al caminar por la vereda que llevaba a la parada del único autobús que te penetraba; oh, desierto, como una ballena intrusa. En la estación, los taxistas se resistían a llevarla por sus ropas que hacían nubes de polvo, pero logró llegar a su pequeño departamento y todavía decir con asombro al mirarse en el espejo de la entrada: “¡Vaya que estoy hecha tierra!”. 
Dejó el equipaje en el suelo y se dispuso a lavar tus besos bajo el agua de la regadera. Se talló la piel vigorosamente una, dos y tres veces, pero el agua seguía deslizándose turbia por su cuerpo. Desesperada, dejó el cepillo a un lado y se empezó a rascar con fuerza. Una masilla grisácea apenas se desprendía de su espalda y se le quedaba apelmazada en las uñas. Siguió rasguñando su vientre, sus senos, sus piernas y de todas partes se desprendía la masa gris inagotable, como tu tierra.
Seguía cayendo el agua caliente pero ya nadie se bañaba. Oh, desierto generoso, fue tu venganza, la última: una nostalgia penetrante. Sabías que era tuya, que tuyos eran su vientre, sus senos, sus piernas, su alma ¡Vaya, hasta los huesos! Los mismos huesos que quedaron amontonados bajo la regadera y que no pudieron irse, como el resto, por el drenaje.

miércoles, 30 de julio de 2014

Luis Ignacio Helguera (1962-2003)


Luis Ignacio Helguera (1962-2003). Ensayista, editor y crítico musical. En 1991 obtuvo la beca para “Jovénes Creadores” del FONCA en el área de ensayo. En 1996, el Programa de Proyectos y Coinversiones Culturales del FONCA le otorgó un apoyo para recoger sus escritos sobre música y realizar un estudio sobre el ensayo inglés en México. Obra publicada: poesía: Traspatios (FCE, 1989), Minotauro (UAM, 1993) y Murciélago al mediodía (Vuelta, 1997); ensayo: Antología del poema en prosa en México (FCE, 1993) y Atril del melómano (Conaculta, 1998); divertimentos, crónica y ensayos rápidos: ¿Por qué tose la gente en los conciertos? (Aldus, 2000). El cara de niño y otros cuentos (Ediciones Sin Nombre, 1997)



Fábula I

El sapo y la rana se mostraban una noche lluviosa sus versos. Entre celebraciones, descubrieron de pronto, con asombro extraordinario, que habían escrito un poema -"Loa al charco"- idéntico, literal.
Pero en lugar de disputarse los derechos de autor del caso apoyándose en recuentos de circunstancias y argumentos diversos, y como eran animales irracionales, quedaron de acuerdo, con un unísono eructo, en que lo esencial era divulgarlo, y lo proclamaron anónimo.


Fábula II

Un gato se trepó al tejado y se puso a escribirle un poema a su amada. Jugando con los hilos de estambre de la luna, enarbolaba versos hábilmente: "Fatal lejanía.../ cuántas azoteas de por medio..." De pronto, sonó a sus espaldas un maullido sensual. Volteando atrás, el poeta vio a su novia, a su musa, y, recobrándose del sobresalto, le dijo, ya muy tranquilo, aunque molesto: “Vete, luego nos vemos. Me has interrumpido.”


El cara de niño


En carrera enloquecida, huyendo, entre las piedras, de los zapatos.
¡Déjame ver su cara de niño, papá!
No tiene cara de niño, se llama así nada más.
Voltearon con una rama la masa aplastada, con patas estentóreas todavía.        Y un golpe de la luz radiante en plena cara del insecto reveló al verdugo una instantánea desconocida, en que aparecía él mismo cuando niño haciendo un gesto lastimoso y plañidero porque quería seguir jugando en el jardín y le habían dado alcance inapelable.


Siamesas

La complicidad de Renata y Roberta alcanza la carne. Su contigüidad no concede la gestación del secreto. No se siente Roberta la tía de Roberto sino su madre, segunda madre, madre dual: asistió momento por momento a la posesión inolvidable, al embarazo, al parto, a la maternidad; amamantó al bebé cuando se agotaba la leche de su hermana y la envidia del eterno testigo que quiso ser actriz la fue apagando el amor al niño, que Renata quiso inculcar o agradecer al no llamarlo Renato sino Roberto.
Harta quizás la Naturaleza de las quejas del hombre por su soledad insondable, engendró este género de plantas humanas, rama de dos flores, humanos de un cuerpo, cuerpo de dos almas, metempsicosis excéntrica. ¿Se acompañarán bien estos reos de una sola celda y condena?
Naturalmente, cultivaron Renata y Roberta un odio entrañable, ajedrez íntimo desbordado a veces en mordiscos, arañazos, golpes que conocieron como límite único frontera de la paz el dolor en la pelvis que las une.
El tiempo ha ido cosechando el equilibrio de dos fuerzas, la disolvencia de los contrastes, finalmente la concordia. Roberta jalaba a la derecha y Renata a la izquierda; Renata era dormilona y Roberta, insomne; Renata era brillante casi y casi opaca, Roberta; epicúrea era Renata y Roberta, estoica; a Roberta le gustaba comer y a Renata, beber. Con una adecuada mezcla de epicureísmo y estoicismo compartieron problemas gástricos, sentadas en un mueble sanitario siamés que mandaron fabricar.
El insólito dúo de violín y viola que formaron templó y armonizó sus cuerdas, tanto como su hijo Roberto, verdadero diapasón. Dan finos recitales de música de cámara a los que asiste mucha gente, lamentablemente pocas veces interesada en escuchar.
La vejez las ha vuelto tolerantes y, por fin, una sola persona.
A la luz del sol se lamen ahora como gatas siamesas

  
El rey

Había una vez un rey… que a pesar de haber extendido su reino por todo el mundo, o precisamente por eso mismo, llegó a sentirse lleno de tedio y de vejez desolada. El mundo le pareció cuadrado y su vida, de cuadritos, en blanco y negro.
            Pero un buen día le comunicó su consejero que dos peones suyos, embarazados de ocho casillas, habían parido dos hermosas y felices damas, como si de lentos sapos encantados hubieran florecido ágiles princesas encantadoras.
            Hasta entonces, y de golpe, el rey comprendió que su vida sólo había sido una larga, complicada y tediosa partida de ajedrez y que aunque había conseguido la victoria, de cualquier manera la partida había terminado y otras manos celebrarían por él.


Hortelana

Mi única cosecha cotidiana, verdura, fruta de esa temporada. Como coles suaves, frescas, tus senos al aire, tus pies descalzos, tus blancas piernas desnudas corrían entre espigas húmedas con el sabor todavía de la madrugada. Tus risas frágiles quebrándose inconscientes en la tarde, tu falda juguetona recolectando tomates, calabazas, berenjenas. Tu cabello desatado danzando al lento son de las nieblas del alba. Y nuestro páramo de sueños sencillos como las bugambilias, el trigo, los rábanos. Tú, en algún sitio, no finjas, también has de recordarlo.
            Aquí está su ensalada, señor.


El armario

De cada gancho un día colgado. “Cada día me decía el viejo se viste con un traje y un color diferentes: verde, azul, rosa hay días, en efecto gobernados por la cursilería, gris, negro…” Abundaban los ganchos en su armario y había seis o siete trajes adquiridos con esfuerzo, una bata a cuadros, tres pares de zapatos y una cajita de rapé donde guardaba etiquetas de puros finos y estampas pornográficas antiguas. Mostraba orgullosamente el mueble y lo acariciaba con cariño de abuelo preguntando: “¿No es hermoso?” Sí, lo era, con esa belleza esporádica que tienen de pronto todas las cosas comunes y corrientes.
            Una mañana, el abuelo ya no volvió a la oficina. Al hacer la limpieza del cuarto, la sirvienta barrió y recogió los días tirados en el piso y encontró después al viejo metido en el traje negro, colgado del último gancho. Como el armario era estrecho y resultaba un problema sacar el cadáver, sirvió también de ataúd.


Patio vecino

Rubicunda, coqueta, cuelga, se agita en el tendedero, la piñata. Como quien en la horca se mofa de la muerte. Repentino palo certero; explosión. Diluvio de cañas de azúcar, cacahuates, colación, naranjas; diluvio de niños. Un trozo de barro empapelado descalabra a uno: se rompe una esferita de Navidad. Recogen al niño, no el relleno de su piñata, el torrente de sueños blancos de posada como, por ejemplo, el rostro de una niña bonita dibujado por luces de Bengala.
            Patio súbitamente desolado. La piñata cercenada, se zarandea todavía hasta el último instante, en espasmos jocosos. Junto a ella, suben y pasan, vaporosos, con el confeti del aire, los sueños blancos desperdiciados.


Mujer iluminada

La mujer encinta de nueve peses pasados es trasladada en camilla presurosa al quirófano. Todo el equipo de enfermeras, anestesistas, instrumentistas y doctores salta atropelladamente sobre ella como si su bulto fuera un gran balón de futbol americano o una piñata partida. No puede dar a luz; cesárea necesaria. Sobre las batas y las cabezas con gorro de los especialistas, entre las piernas de la embarazada, pasan, en rápida exhibición, bisturíes, tijeras, jeringas, fórceps. Finalmente la herida, la portezuela de emergencia, el zíper en la carne azorada. Y en seguida, con tremendo impulso alimentado de la retención insoportable, el nacimiento abrupto, luminoso. Todo el equipo, repelido: manos en los ojos, deslumbramiento de ceguera. Para los que esperan afuera: ni niño ni niña. La caverna sólo ha parido luz.


La oveja negra
Para Tito Monterroso

Había una vez una familia de ovejas. Siempre al final o aparte, estaba una oveja negra. Las demás no eran completamente blancas, tenían aquí y allá sus mechones grises. Pero en pocos años pudieron presumir una total blancura, de una pureza tan hermosa como la de la nieve, el algodón o la espuma del mar.  Fue gracias a la oveja negra. Con tan sólo existir, o tratar de existir, siempre al final o aparte, las encaneció prematuramente.


Una anciana yucateca

En pleno centro de Mérida, una anciana de más de cien años, encogida al metro de altura, un párpado caído, el otro ojo vigilante, la nariz y los labios protuberantes y amenazadores, me dice:
            Dame cinco pesos.
            ¿Por qué cinco? pregunto.
            Porque me miraste y soy pieza de museo que cobra porque la miren. Dame cinco pesos o te va salir más caro, por seguir mirándome.
            Le di los cinco pesos y me fui. Volteé a verla y me seguía mirando, a lo lejos, con su ojo vigilante, la nariz y los labios protuberantes y amenazadores.


Intersección

Por el parque España un joven corría eufórico, los brazos en alto:
            ¡La hice! ¡La hice!
            Daba la impresión de haberse sacado la lotería. Después de dar la vuelta a unas jacarandas, sin dejar de celebrar, se cruzó de frente con un viejo cabizbajo, que se enjugaba las lágrimas con un pañuelo guinda. Se miraron a los ojos. El viejo lo miró desde el fondo de su ser con envidia, rencor, odio. El joven bajó los brazos, caminó despacio, miró al viejo con vergüenza, desconcierto, lástima. El viejo siguió su camino, cabizbajo. El joven siguió su camino, miró al viejo a lo lejos, levantó los brazos nuevamente y continuó su carrera feliz:
            ¡La hice! ¡La hice!



martes, 22 de julio de 2014

Yolanda Sassoon


Esta es una secuencia cronológica de textos, con algunos intervalos, que surgieron a consecuencia de una traición amorosa que me llevó a los abismos. Escribía, escribía y escribía. Así me curé y fui mi propia Sherazade. Son las minificciones del desencanto que en su interior narran una lucha feroz por volver a encontrarle el gusto a la vida. Eché mano de mi mundo interno: simbólico y emotivo. Eso fui y eso soy. Escribí casi muerta y desgarrada y después, poco a poco, me llené de calma. Estos textos son mi historia.



El demonio de la ira


Hoy soy distinta que ayer. Hoy soy el más maligno de los seres, el más vengativo y cruel. Soy el demonio de la ira. Ardo, y salí del infierno. Soy el fantasma que no permitirá que la impunidad se quede entre los seres humanos. Soy la de las manos llenas de sangre. La más pasional de las mujeres. Algo dentro de mí despierta y mata con mil puñaladas: las más certeras, las más profundas.

Pueden desvanecerse ya las apariciones, las mentiras, el llanto, la muerte, los velos, la locura, el hedor, la oscuridad, las máscaras, el dolor, las simulaciones, los gritos , la desesperación, las fracturas y las heridas.

Después del asesinato, caigo en un letargo y la calma me invade. Envuelta en el aroma de las madreselvas que trepan en los muros del jardín, miro con placer a las luciérnagas  que alumbran la oscuridad con sus panzas de lamparitas.



Ritual


Llueve incesantemente. Mientras, una mujer teje su propia vida. Entierra una traición inmerecida en un cementerio sin cruces ni luces de velas, sin rezos y sin palabras. Ella recuerda bien cuando se quedó sin sangre, o más bien, el día en que se le congeló dentro del cuerpo. Enterrada junto a la traición, quedo también la confianza. Esa tumba está cubierta por una fina gasa blanca, para evitar que ahí crezca la hierba.

Cerca de ese lugar oscuro reconoce un camino incierto. Llegará allá, pues la esperan manos amigas que no van a lastimarla.



Las voces


"¡Si, si, ya lo sé: es suficiente compañía estar conmigo misma!", me digo. Estoy sola y entre los callados muros de mi habitación imagino unos brazos ajenos alrededor de mi cuerpo. De pronto, esa imagen se desbarata y surge una voz que asegura: "A las mujeres que dejaron atrás su juventud, ya nadie las quiere". Y entonces veo que la soledad toma la figura de un demonio burlón que baila ante mis ojos. Con fastidio, le ordeno: "¡Ya, soledad, vete y déjame en paz!". Al parecer me obedece y se pierde en la oscuridad.

Me doy cuenta que quiero llorar con todas mis ganas, pero no puedo, sólo me duele la cabeza. Los muros de mi recámara están callados, pero seguramente han atrapado palabras en algún momento... ¿Y si las repitieran ahora? Estaría menos sola, pero ciertamente tendría que ser una esquizofrénica para escucharlas...

En estos momentos me encantaría tener alucinaciones auditivas y sensoriales; aún a riesgo de que me llevaran al Fray Bernardino Álvarez. En definitiva, no siento ni escucho nada, sólo estoy invadida por una soledad lúcida y carente de llanto. ¿Será que me he secado como una planta a la que le faltó lluvia?

"¡Duérmete ya y deja de divagar, bien sabes que la soledad hace que uno imagine estupideces!", me dice otra voz diferente con tono de aburrimiento. No tengo que pensarlo mucho, la obedezco y decido descansar.

No cabe duda, ésta es una noche más, igual a tantas otras.



El dragón azul


El silencio me habló sin palabras y se recostó a mi lado como un pequeño dragón con matices azules. Replegó sus alas transparentes y se quedó dormido. Lo acompañé en su sueño. En el calor de mi cama pude arropar bajo mis cobijas también a mis fantasmas; que se quedaron a mi lado, pegados a mi cuerpo. No era el momento para desear cercanía humana, ni en lo real ni en lo fantástico. Tal vez ya no me gustan los seres humanos porque no son de fiar; en cambio, aún confío en los dragones y en los fantasmas.

A voluntad transformo mi mundo interior y aunque nunca vi una aurora boreal, la imagino en mi ensueño. Entonces la desvanezco, para hacer que surja un árbol con hojas de cristal. Ahora veo que cruzan por el cielo varios pájaros de negro plumaje. Mis imágenes son también mis premoniciones.

Por favor, que nadie se acerque, que nadie se atreva a contaminar la pureza de mi silencio.



Agua


Soy un cuenco de piedra con agua fresca y limpia. Soy un espejo que se agita levemente. Estoy en un templo budista tibetano. Los monjes se acercan y en ocasiones, sobre mi superficie, aparecen los reflejos naranjas de sus túnicas. Uno de ellos me trajo un floreciente loto blanco para que sus raíces se nutrieran de mí. Soy:

Vasija de piedra / agua transparente / loto en flor


El santuario tiene un techo alto con un ventanal, por ahí la luna y las estrellas me comparten sus destellos plateados.



Blog personal de Yolanda Sassoon: http://hierbadecristal.blogspot.mx/

viernes, 11 de julio de 2014

Víctor Alvarado


Víctor Alvarado (Ciudad de México, 8 de diciembre de 1977). Escritor. Actualmente estudia lengua y literatura hispánicas en la UNAM. Tiene estudios de comunicación colectiva y periodismo. Cursó el taller de creación literaria en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha participado en talleres de literatura. Algunos de sus trabajos han sido incluidos en antologías de cuentos y en diversos medios impresos y electrónicos. Pronto publicará su segundo libro de cuentos. Tiene en proceso de revisión su primera novela. En 2010 ganó el XVI Premio de Cuento de Humor Negro del Gobierno de Michoacán.

Twitter: @ALVARADO_VICTOR
Página web: Sombra del aire



Adiós

De quién serán los ojos inertes que miran desde el fondo. Se preguntó, sereno, mientras cerraba para siempre el costal.


La inocencia

Luego de semanas de tortura, lograron sacar la confesión al insurrecto: ¡No fui yo, no fui yo! ¡Fueron mis ideas!


Profecía

Y logró gritar el nombre de Dios desde la montaña más alta. De recompensa, lo dejaron vivir una eternidad entre nosotros.


Recuerdo

Tenía memoria fotográfica pero al extinguirse el día se velaban sus recuerdos.


Pesar

Y por fin descubrió el secreto para gozar de la soledad, lo malo fue que no tuvo nunca con quién compartirlo.


Una simple pregunta

El niño muy preocupado fue a preguntar al anciano:
¿Qué pasaría si de repente, al pez le salieran alas?
El anciano, tronando un maní con el último diente respondió:
Seguro se iría volando. Hasta el fondo del mar. Seguro.


domingo, 11 de mayo de 2014

Jorge P. Guillén


Jorge P. Guillén (Distrito Federal, 7 de Abril de 1963). Ha publicado en la extinta revista El Cuento, revista de Imaginación, editada y publicada por don Edmundo Valadez, en cuyo consejo editorial llegaron a estar escritores de la talla de Eraclio Zepeda y Juan Rulfo. Recientemente una de sus historias ha sido escogida por Alfonso Pedraza para la antología Minificcionistas del Cuento, Revista de Imaginación (Ficticia Editorial 2014). Su texto “El Hambriento” aparece en el libro Español Tercer Grado (Editorial Santillana). Jorge vive en Canadá desde hace 25 años, se desempeña como Administrador de Sistemas, es casado y tiene dos hijas y una hermosa nieta. Su mejor obra fue conquistar a su mujer haciéndole creer que era escritor.



Ejercicio

El maestro se sentó a describir su viaje final. En una hoja blanca las letras empezaron a ordenarse de tal forma que no quedara nada al azar. Letra tras letra símbolo tras símbolo el viaje empezó a tomar forma. En una sola línea se escribió su traje de astronauta, en otra su nave submarina, en otra las cartografías estelares y en otra los recuerdos para llevárselos consigo. Escribió el paisaje que vería desde la escotilla de vidrio, los animales fantásticos y míticos y por fin decidió emprender el último de todos los viajes.
Puso punto final a la hoja y el manantial de sus lágrimas tomo el pliego aquel y como un barquito de papel lo empezó a llevar lejos para siempre jamás.


Sueños

En su sueño de autómata el robot soñaba con llegar a ser humano, formar una familia, tener un trabajo y ganar dinero para poder ir de vacaciones. En ese sueño de transistores también soñaba con libre albedrío y con situaciones menos repetitivas. Tanta ilusión lo hizo acercarse al humano y mientras dormía comenzó a llorar de la emoción, por la mañana al tratar de abrir los ojos no pudo, estos se le habían oxidado.


Un Angelito

Al caminar por la calle la gente lo veía como si estuviese enfermo de algo terrible y contagioso, no era en realidad una enfermedad sino un defecto y él no podía hacer nada al respecto. Sus padres lo habían entregado al orfanato por lo mismo y él estaba acostumbrado a que la gente le rehuyera tan pronto como el sol salía, era una cosa rara, pero él se había acostumbrado a que las circunstancias fueran de esa manera. Mejor eso que la solución que habían tramado en el orfanato de los curas que consistió primero en un exorcismo y luego en mutilar partes de su cuerpo para “curarlo”. Aceptó el exorcismo de buena gana, pero cuando los azotes se intensificaron y los curas empezaron a desnudarse lo embargó la preocupación y cuando oyó entre el cuchicheo de los curas la idea vaga pero terminante de que había que cercenar miembros se fingió poseído por el maléfico y empezó a decir sandeces y malas palabras de tal forma que lo dejaron solo por un rato, tiempo que aprovechó para deshacer como pudiera los nudos de las sogas que ataban su manos y pies, se incorporó y abrió la ventana, extendió sus alas y voló lejos de ahí.


La vida está llena de decisiones

Me quedo viéndola con tanto aprecio, es preciosa, si se le mira detenidamente es preciosa.
Quieta descansa sobre la franela roja conque me la han entregado, resignada a su suerte. Quisiera tocarla pero me da temor, siempre siento como que me arenga a poseerla, es tan perfecta y  sedienta.
En mi regazo se ve pequeña, casi indefensa, como de cristal cortado,  lo único que muestra su condición es el nombre que la designa, sino fuera porque es totalmente fría y carente de sentimientos sería tan perfecta, no me aterraría tanto la idea de sentir que la abandono y permanezco indiferente a lo que el creador tenía en mente para ella.
Al fin no puedo más y la acaricio. La llevo hasta mi boca y entonces la veo de cerca, bruñida y metálica, la siento helada y en un segundo sé que mis ansiedades  también se han agotado. Lo último que veo es un chispazo de luz y apenas alcanzo a percibir el estruendo.
Tú que lees esto debes decidir si la pistola ha quedado en mi regazo o ha caído al piso.



*Textos cortesía del autor.

sábado, 26 de abril de 2014

Gabriel Mejía Pérez


Nací en la Ciudad de México en 1975. Crecí en la zona oriente del Distrito Federal, estudié un poco de antropología en la ENAH, y poco más de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ganador del concurso de cuento de la Facultad de Estudios Superiores Zaragoza en 1995. Colaborador de la revista literaria Péndola de la FES Zaragoza. Articulista en el periódico digital Paréntesis la Realidad de los Hechos. He participado en la revista Metapolítica. Me apasiona la literatura desde todas sus manifestaciones, como lector y como creador.



Lluvia

Cuando llueve, mi ciudad se inunda de angustia, desesperación, de odio y de tardanza. De todo y, por supuesto, de un poco de agua.


Atlacatl

La mañana en que Jesús Atlacatl se exilió de este mundo nadie supo el porqué, sólo que  aquella visita al tianguis cambió su vida. Aquel día regresó apresurado y sudoroso, cargando  una caja de madera podrida. Años después, por casualidad, un vecino descubrió el contenido de la caja. En ella, Jesús guardaba su propia muerte. Una vez que se supo qué era lo que Atlacatl, solitario, cuidaba, la ciudad entera observa y apuesta, día a día, si tendrá el valor de abrir su mortal caja.


Un día más

Esperar es lo más difícil de mi trabajo pues a lo otro ya me acostumbré. Estoy en la barra con una cerveza en la mano y esperando que aquel pase caminando por la calle. He estado siguiéndolo un mes y no falla. Es su momento vulnerable. Algunos criticarán mi trabajo, pero todos tenemos que ganarnos la vida y, para mí, ésta es la mejor forma. El televisor transmite futbol, hace tanto que no veo el futbol y menos a mi equipo. Le faltan 45 minutos al encuentro, casi lo mismo para que pase aquel, una coincidencia que ni planeada. Me concentro en el partido, en los jugadores: “corre”, “tira”, “pásala”, “pareces niña”, “chingada madre”, “por poco”. Hace tanto que no me emocionaba un partido y éste me sabe a gloria. Empates “¡no!” Afortunadamente, hoy alguno tiene que salir victorioso. Tiempos extras “¡ya ni la chingan!”. Estoy al límite, tengo tres cervezas encima y un difunto que sigue vivo. Me resigno a saber del resultado del encuentro en el resumen del noticiero nocturno.
Empieza el tiempo extra, pongo la maleta en mi regazo, palpo sobre la loneta mi Beretta, está cargada y lista para conectar. Sigo lamentándome por el tiempo extra. Tanto tiempo sin ver un partido y en éste empatan, como si uno no tuviera ocupaciones. Llega el momento, lo miro pasar distraído, abstracto. ¡Caramba! Me levanto, camino hacia la puerta. Trabajo es trabajo. Un segundo antes de abrir la puerta suena un grito: ¡Goooool! Miro la pantalla, regreso a mi asiento, pido otro tarro y me emociono por mi equipo, por la cerveza, por el gusto de estar esperando y por la suerte que ha tenido aquel, que sin saberlo, el futbol le ha regalado un día más de vida.


El tiempo que no fue
                                                                                  Para mi pequeño Tonatiuh

Ver tus piernas moverse a un paso acelerado; mirar cómo el aire tembloroso acaricia tus brazos y cabeza; cómo miras el espacio con furia; saberte fuerte, vigoroso, grande, de talla mayor a la de tu padre. Me recuerda aquellas veces que de pequeño te caías y llorabas, soltabas lágrimas a la primera provocación. Cómo te asombraba la resbaladilla, los columpios, cómo te asustaban las gallinas y los gatos. Recuerdo, cómo temblando de miedo me enseñaste la herida, aquélla en tu muslo que te costó 10 puntadas y fieros reclamos. Y, más reciente, la primera vez que te emborrachaste tanto que ni siquiera pudiste decirme con palabras que estabas ebrio, sólo nos miraste y volviste a caer en llanto. Así te sé presente, como el sol que ciega mi día a día. Ahora juegas futbol, al baloncesto y te enamoraste de tu bicicleta, como de aquella chica de la cual se me ha olvidado el nombre, pero que se apareció a tu lado rodando en las calles citadinas, que cuando me lo narraste no tenias suficiente fe como para creer que eso te podía pasar a ti.
Así, vivo, me gusta tenerte, tocarte, escucharte; así de vital es el mundo que te espera y que sabrás  estar lo mejor posible en él.
Pero ahora, en este instante me doy cuenta de lo  absurdo que puede ser la mente humana, de lo débil que es, que a la primera provocación se desnuda y es que ¿cómo puedo sentir nostalgia de lo que no ha sido? Y que nunca será, ¿cómo puedo extrañar el tiempo que nunca ha corrido?, ¿por qué te sé vivo? Si la única verdad es que no lo estás, que el destino decidió otra vida  y que mi pequeño sol no alumbrará la oscura vida.


El Campo numero 8

El futbol nunca ha sido cosa importante en mi vida. Desde pequeño, me pareció algo irrelevante. Mientras los niños de mi barrio se volvían locos por los equipos y partidos que se transmitían en la televisión, a mí me daba lo mismo quién jugara o quién ganara, pero en la escuela y en la calle no se hablaba de otra cosa que no fuera tirar patadas. Así que me dije: ¡Joaquín o te enganchas o te jodes! Y me apunté al glorioso Unión Guerrero, en el cual  jugué todos los sábados y domingos, en las ligas infantiles y juveniles. Fue así que la tierra, los orines, la cerveza y los gritos fueron parte de mi infancia. Yo bueno, lo que se dice bueno jugando, nunca lo fui. Era poco hábil, pero siempre he sido un aferrado y me dejaban jugar casi todos los partidos. Como defensa, masacré a muchísimos; como delantero, fui una decepción. Pero jugar en el campo “Tronchis” fue algo gratificante. Aunque en realidad en ese tiempo no se llamaba así, era sólo el Campo Número 8, pieza de un inmenso solar que se disfrazaba de conjunto deportivo inexistente, el cual contaba con llanos de futbol, algunos árboles estoicos y uno que otro inmenso charco en épocas de lluvias o grandes hoyos en secas. “Tronchis” se le nombró después de aquella final en donde el Unión Guerrero, equipo emblema de la Unidad Vicente Guerrero, dejó los juegos miserables de las ligas inferiores y subió a la Tercera División. Yo jugaba en juveniles cuando el equipo grande estaba en la final de un cuadrangular con el fin de elegir quién subiría a la Tercera División nacional. Algunos le podrán llamar suerte, otros cagada, pero el Unión Guerrero estaba en la final del torneo. Como todos se podrán imaginar la mitad de la colonia estaba ese domingo en el encuentro, el duelo fue  en contra de los Racing Sport de Cuauhtepec. Sí que eran duros los norteños y un par de veces nos mentaron la madre a la porra y a la banca. No le sacaban a los chingadazos. Los equipos menores del Unión Guerrero habíamos perdido todos los encuentros del fin de semana, para muchos era un mal agüero, pero el equipo mayor no se desanimó. La onceava la integraban  varios conocidos,  el chango, el monstro, la cuca y el tronchis. Este último, mi hermano mayor, a él sí que le gustaba el futbol, jugaba 4 días de la semana, tenía toque, fuerza y velocidad; un delantero nato; así era él, un crack, y aquel día demostró que valía oro. El marcador final fue de 3 a 2, a favor del Guerrero. El Tronchis metió dos, uno normalito, antes de medio tiempo, en un tiro de esquina el monstro con toque  preciso logró que mi hermano aventajara a su defensa y, de palomita, cabeceara para conectar en la esquina izquierda del marco. El guardameta sólo se pasmó ante el balón, que como pequeño roedor se incrustó en su portería. ¡Vamos cabrón! ¡Tú puedes! ¡Hasta que haces algo bueno puto! Así animábamos a los nuestros. El otro, el tercero, fue memorable. Ya al final del segundo tiempo y con el marcador empatado en una acarreo sublime, tanto como el de Maradona en el 86 –digo guardando sus dimensiones- el tronchis arrasó con sus quiebres hasta encontrarse de frente al marco con la solitaria oposición del portero, dribló de izquierda a derecha y viceversa. El arquero se lanzó en su contra pero el tronchis ya casi tocando el pasto, en un impacto que le costaría una costilla rota, sacó un tiro raquítico, pero con suficiente fuerza para levantar vuelo. Como un ave herida, el balón se elevó a duras penas, como queriendo sofocarnos, rozó la esquina superior izquierda y como un fantasma temeroso se refugió en la mitad de la red. Ese gol del tronchis le valió la gloria al Unión Guerrero y, para él, una fama transgeneracional. A pesar de que el futbol no ha representado nada importante para mí, sigo viniendo los fines de semana a los llanos de la colonia para ver jugar a los nuevos talentos que componen los equipos del Unión Guerrero; platico con los viejos de aquel glorioso gol del Tronchis, quien años después murió solo en la calle. Se dice que por hipotermia, yo creo que por pinche borracho, y es que, si algo aprendió bien el Tronchis en estos campos, aparte de jugar un excelente futbol, fue el de tomar mucho y sin medida. En estos días, me he dado cuenta que ya somos pocos los que seguimos llamando “Tronchis” al Campo Número 8. Me parece que irremediablemente recuperará su nombre numérico. Pero, como les dije, el futbol no ha sido nada importante en mi vida, pero seguiré viniendo los sábados y domingos en honor a mi hermano y su amor por el balompié. Sólo por eso, porque para mí el futbol no representa cosa importante en mi vida.


Contacto: gabomej@gmail.com