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sábado, 19 de febrero de 2011

Alfonso Reyes Ochoa (1889-1959)


Alfonso Reyes nació en Monterrey, Nuevo León, lugar donde realizó sus primeros estudios. En Ciudad de México, estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y se graduó en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Formó junto a otros escritores “El Ateneo de la Juventud”. De gran relevancia fue la labor crítica que hicieron al positivismo y al desarrollo que tuvo en México durante el Porfiriato, que provocaron una verdadera revolución cultural en el país. Debido a la buena relación de su familia con el régimen dictatorial, su padre el General Bernardo Reyes secundó el golpe de estado contra Francisco I. Madero y resultó muerto en el zócalo en el primer día de lucha. Alfonso, que ya apuntaba como un magnífico escritor, se exilia a Madrid (1914) donde permanecerá durante diez años, periodo de intensa actividad literaria que le merecerán ser reconocido internacionalmente como gran maestro y escritor. Posteriormente le encomienda el gobierno mexicano actividades diplomáticas en París, Argentina y Río de Janeiro, hasta 1937. Periodo de escritos menos intensos en lo erudito y filosófico pero de gran calidad. A su paso por esos lugares conoce y es reconocido por importantes escritores locales. Borges le consideraba “el mejor prosista de habla hispana de todos los tiempos”. Los últimos años de su vida los pasa en México y es donde escribe sus principales obras filosóficas. Para celebrar los 50 años de escritor recaba y elabora el plan de publicación de sus obras completas, las cuales se recopilan en 27 tomos.


Ratones

Tenía unas bodegas llenas de ratones. Se hizo traer una gata, que extinguió la plaga. Un día la gata se comió un merengue, y se desencantó y volvió a ser princesa. La princesa era muy agradable. Pero la casa se llenó de ratones.


Romance viejo

Yo salí de mi tierra, hará tantos años, para ir a servir a Dios. Desde que salí de mi tierra me gustan los recuerdos.
En la última inundación, el río se llevó la mitad de nuestra huerta y las caballerizas del fondo.
Después se deshizo la casa y se dispersó la familia. Después vino la revolución. Después, nos lo mataron…
Después, pasé el mar, a cuestas con mi fortuna, y con una estrella (la mía) en este bolsillo del chaleco.
Un día, de mi tierra me cortaron los alimentos. Y acá, se desató la guerra de los cuatro años. Derivando siempre hacia el Sur, he venido a dar aquí, entre vosotros.
Y hoy, entre el fragor de la vida, yendo y viniendo —a rastras con la mujer, el hijo, los libros— ¿qué es esto que me punza y brota, y unas veces sale en alegrías sin causa y otras en cóleras tan justas?
Yo me sé muy bien lo que es: que ya me apuntan, que van a nacerme en el corazón las primeras espinas.

 
El buen impresor

El sino del impresor “amateur” es la desdicha.
Tenía que imprimir una Doctrina Cristiana que empezaba con la frase: “Dios hizo el mundo en siete días”; y quería a toda costa emplear en el libro sagrado la mejor capitular que tenía: una hermosa mayúscula de misal, vestida de rojos y oros vivos, con ángeles azules y festones de flores, bandas y columnas simbólicas, pájaros vistosos.
Ahora bien, el libro empezaba por “D”, y la mayúscula historiada era una “F”.
El impresor se decidió a tocar levemente el original, e imprimió así:
“Francamente, Dios hizo el mundo en siete días”.
(Y es lástima que no fuera erudito en doctrinas heterodoxas, porque pudo haber puesto, con mayor sentido: “Finalmente, Dios hizo el mundo en siete días”. ¡El principio del fin!).


Diógenes

Diógenes, viejo, puso su casa y tuvo un hijo. Lo educaba para cazador. Primero lo hacía ensayarse con animales disecados, dentro de casa. Después comenzó a sacarlo al campo.
Y lo reprendía cuando no acertaba.
—Ya te he dicho que veas dónde pones los ojos, y no dónde pones las manos. El buen cazador hace presa con la mirada.
Y el hijo aprendía poco a poco. A veces volvían a casa cargados, que no podían más; entre el tornasol de las plumas se veían los sanguinolentos hocicos y las flores secas de las patas.
Así fueron dando caza a toda la Fábula: al Unicornio de las vírgenes imprudentes, como al contagioso Basilisco; al Pelícano disciplinante y a la misma Fénix, duende de los aromas.
Pero cierta noche que acampaban, y Diógenes proyectaba al azar la luz de su linterna, su hijo le murmuró al oído:
—¡Apaga, apaga tu linterna, padre! ¡Que viene la mejor de las presas, y ésta se caza a oscuras! Apaga, no se ahuyente. ¡Porque ya oigo, ya oigo las pisadas iguales, y hoy sí que hemos dado con el Hombre!


Las dos golondrinas

Benedictine y Poussecafé —las dos golondrinas del ventanillo— están, desde el amanecer, con casaca negra y peto blanco. A veces, se lanzan —diminutas anclas del aire— y reproducen sobre el cielo, con la punta del ala, el contorno quebrado, la cara angulosa de la ciudad.
Benedictine vuelve la primera, y se pone a llamar a su enamorado. Dispara una ruedecita de música que lleva en el buche. La ruedecita gira vertiginosamente, y acaba soltando unas chispas —como las del afilador— que le queman toda la garganta. Por eso abre el pico y tiembla, víctima de su propia canción, buen poeta al cabo.
Al fin, vuelve Pussecafé a su lado. Salta como un clown en el alambre, salta, salta. Salta sobre Benedictine ¡vuelve al aire! Y Benedictine sacude las plumas, y dispara otra vez la ruedecita musical que tiene en el buche.

viernes, 18 de febrero de 2011

Genaro Estrada (1887-1937)


Nació en Mazatlán, Sinaloa. Político al que sus amigos llamaban "el gordo", especialista en derecho internacional, en 1930 formuló la denominada en su honor Doctrina Estrada. Colaboró para los periódicos El Monitor Sinaloense y el Diario del Pacífico redactando temas literarios e históricos. Fue corresponsal de guerra en el estado de Morelos. Se mudó a la Ciudad de México en 1912, donde impartió clases como profesor en la Escuela Nacional Preparatoria. Fundó la efímera revista Argos y continuó su labor periodística en la Revista de Revistas. Fue maestro de la Universidad Nacional Autónoma de México y miembro de la Academia mexicana de la Lengua.
Inscrito en la corriente colonialista, rescató la vida en la capital del virreinato, sus costumbres, sus tipos humanos y algunos vicios y virtudes que perduran inamovibles.
Su obra literaria: Nuevos poetas mexicanos (1916), Lírica mexicana (1919), Bibliografía de Amado Nervo (1925) y Genio y figura de Picasso (1935). De su poesía, influida por Góngora y por García Lorca, destacan sus libros Escalera (1929) y Paso a nivel (1933). Su novela más importante es Pedro Galin (1926).



La Virreina

Doña Ana de Mendoza, la virreina, había cerrado con precaución la puerta del aposento y corrido la gruesa cortina de felpa, en donde la débil luz de la tarde apenas arrancaba imperceptibles luces al oro desvanecido de una arandela.
            Allí, recatada en un rincón y debajo de un retrato del grave marqués de Montesclaros, cuyo rostro recordaba sus andanzas con el cruel duque por tierras de Flandes, una preciosa cajonería mostraba la paciente labor de incrustaciones de marfil que enmarcaban escenas de la Pasión alternadas con pequeños espejos cuadrados y tiraderas de plata.
Bajo el corpiño que erguía la cabeza de la dama en el eminente engarce de una rígida gola, la virreina delataba su azoramiento con el trémulo palpitar de sus senos, que se diría iban a escaparse en una fuga de palomas medrosas.
De pronto tiró de un cajoncillo secreto, disimulado entre un episodio de la Crucifixión, y en rápido movimiento de hurto, doña Ana extrajo un pliego que leyó rápidamente e hizo desaparecer entre una manga cuyo extremo se desbordaba en orlas de tules.
La virreina, ya con más calma, encaminose hacia la puerta. Arriba de la cajonería el retrato del marqués de Montesclaros era más grave y sus ojos parecían fulgurar de rabia.


El insurgente

Llegose con precipitación a la puerta de la Real Audiencia y con evidente nerviosidad preguntó por el fiscal.
— ¡Pliegos urgentes de la Intendencia de Guanajuato! —gritó al ujier, quien se hizo a un lado para dar paso al que en tal forma requería la entrada.
Pero no bien hubo entregado los papeles cuando ya salía para montar el caballo que lanzó rápidamente por el Puente de San Francisco, ante la multitud que se apartaba para dejar pasar aquel extraño personaje de rostro moreno y traje de cuero, que era un centauro sobre la silla galoneada en donde fulgía un largo machete corvo.
—¡Un manifiesto sedicioso! ¡Una roja impía! —gritó el fiscal, saliendo a los corredores del palacio.
Y daba grandes voces de cólera, y agitaba en sus manos una hoja toscamente impresa, y requería a los criados de perseguir sin dilación al mensajero.
Pero ya el insurgente había dejado atrás Tacubaya y como una saeta iba por el camino de Toluca, en derechura del Monte de las Cruces.

El mendigo

Un oidor y un clérigo pasaban aquella noche por la acera del Real Palacio, empeñados en debatir los sucesos de Guanajuato. Graves noticias llegaban de la Intendencia acerca de motines, actos violentos contra los españoles.
—Y sépase vuestra merced que esas gentes no pueden nada contra el orden establecido —dijo el oidor doblando la esquina de la Moneda.
—Dios protege nuestra santa causa y nos conservará unidos a la Corona por los siglos de los siglos —agregó el clérigo mientras hacía una reverencia al palacio del arzobispo, por cuyo frente atravesaban en aquel instante.
Un mendigo les cerró el paso. Era un indio miserable, casi desnudo, de mirada vivaz, que tendía la mano implorando una limosna.
—Yo os aseguro —reanudó el clérigo— que Nuestra Señora de los Remedios…
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe, una limosna! —gimió el indio, mientras que los otros le lanzaban una profunda mirada de desprecio.
—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe! —volvió a suplicar frente al oidor, quien se estremeció sin causa y le arrojó una moneda.
Atrás, en el reloj de la catedral, daban las once.

jueves, 17 de febrero de 2011

Agustín Cadena


Agustín Cadena nació en Ixmiquilpan, México, en 1963. Es novelista, cuentista, ensayista, poeta y traductor, además de profesor universitario de literatura. Ha publicado más de veinte libros de casi todos los géneros literarios y ha colaborado en más de cincuenta publicaciones de diversos países. Premio Nacional Universidad Veracruzana 1992, Premio de los Juegos Florales de Lagos de Moreno 1998, Premio Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada 1998, Premio Netzahualcóyotl del Gobierno de Hidalgo 2000, Premio Timón de Oro 2003, Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 2004, Premio Nacional de Cuento José Agustín 2005. Parte de su obra ha sido antologada y traducida al inglés, al italiano, al húngaro y al esloveno.



Viejo truco

El empresario de aquella feria había recorrido el mundo de Dublín a Praga, de San Petersburgo a Saigón, del Klondike a la Tierra del Fuego buscando atracciones.
Llegó con su espectáculo a un pueblo perdido en las montañas de México. Como número especial llevaba al niño que se convirtió en cucaracha por odiar a su padre. Estaba seguro de que sería un éxito. Sin embargo, la gente del pueblo se limitó a comentar con escepticismo: “Es el mismo viejo truco de la mujer araña y la mujer lagarto”.
En la penumbra de su carpa, solo y deprimido, Gregorio Samsa se lamentaba de no tener ni siquiera una mirada de lástima por parte de los humanos.


Francesca y Paolo

L’Enfer Noir era un burdel de lujo cuyas habitaciones se hallaban decoradas como cavernas infernales: con estalactitas negras que rezumaban un líquido fosforescente, cadenas de hierro, lámparas que simulaban el resplandor del fuego telúrico y espejos negros que multiplicaban al infinito el placer de la condenación. En este lugar de gemidos, las chicas se presentaban en traje de diablesas, con cuernos y cola y lencería de seda roja.
Una de ellas era una muchacha pálida con cuerpo de adolescente: senos pequeños con pezones del color de los dedos de los gatitos y un pubis tan terso que parecía no haber tenido nunca vello alguno. Llevaba años prestando sus servicios en L’Enfer Noir y, dicha sea la verdad, tanta tenebra le estaba afectando el carácter. Desde cuándo se hubiera largado de no ser porque su cuñado también trabajaba ahí, como bartender, en el pequeño y penumbroso bar del prostíbulo.
Cuando la tristeza se le hacía intolerable, y si no estaba ocupada con algún cliente, la muchacha pálida se ponía sus audífonos y escuchaba la radio, sintonizada siempre en una estación de música vieja. Le gustaban esas canciones porque la hacían volver atrás en el tiempo, a los días en que ella y su cuñado leían juntos las leyendas del rey Arturo. El locutor del programa solía repetir una frase que ella había hecho suya: “Recordar es volver a vivir”. Pero llegó el momento en que ya no se sintió capaz de llevar adelante esa vida y habló con el dueño. Le dijo lo que sentía. Y el dueño, un viejo de barba larga con aspecto de sabio, aceptó ayudarla. “Porque has amado demasiado”, le explicó. La dejó ir de ese local, pero no de sus empresas. Ciertamente, la muchacha pálida fue transferida, junto con su cuñado, al lupanar gemelo de L’Enfer Noir: Le Ciel Bleu.


Nostalgia

Treinta años después de su matrimonio con Jane, Tarzán era un cincuentón calvo y con sobrepeso.
Habían tenido dos hijos y ya no vivían con ellos.
Tarzán trabajaba en un periódico, poniendo en orden alfabético los anuncios clasificados. Era un trabajo que nadie quería hacer, pero a él le parecía entretenido.
En las tardes llegaba cansado a su apartamento y, después de comer con su amada Jane, se ponía sus pantuflas de zarpas de tigre, se sentaba en su sillón reclinable y buscaba el control remoto de la televisión para mirar los documentales de Animal Planet. Apenas si podía creer que alguna vez él hubiera estado cerca de todo aquello.
Los viernes iba a un bar a jugar dominó con sus amigos, y los sábados los pasaba con su mujer en el centro comercial. Llegaban por la mañana y se ponían a mirar las tiendas, compraban alguna cosita que estuviera de oferta. Luego se sentaban a comer una pizza y en la tarde se metían a una sala de cine.
A veces hacían el amor al llegar casa, pero Tarzán ya no tenía los bríos de la juventud; ya no era el salvaje hipersexual de quien Jane se enamorara un lejano día, en una igualmente lejana selva africana. Ya ni siquiera le salía su grito. En realidad siempre le había costado trabajo excitarse con el cuerpo lampiño y relativamente inodoro de su mujer. Extrañaba a sus antiguas amantes, las hirsutas gorilas de la selva. Ésas —se decía lleno de nostalgia— sí que eran hembras.


La muerte del dragón

Durante muchos años se tejieron leyendas acerca de los caballeros que habían muerto intentando salvar a la princesa. Cada nuevo joven que en los reinos vecinos recibía las armas caía en la tentación de probar suerte. Sin nada más que lanza, espada y escudo subía a su caballo y dejaba llorando a sus parientes, seguros de que jamás volverían a verlo. Y así sucedía.
Lo cierto era que el caballero en turno llegaba en busca del dragón, pero no lo encontraba. Buscábalo en los alrededores del castillo de la princesa: en cuevas y fosos, en bosques y estanques, y el monstruo no aparecía. Mientras tanto, el caballero se enamoraba más y más de la dama, de esos bellos ojos constelados de tristeza que languideciendo lo miraban desde lo alto de una torre. Como todos los otros, enfermaba fatalmente de amor y a partir de ese momento comenzaba a consumirse, ardiendo en el fuego de su pasión. Sólo en el último momento de su vida comprendía la verdad: el dragón habitaba en el corazón de la princesa.
Sucedió que un día un nuevo pretendiente salió a tentar a la fortuna. No había sido armado caballero, como los anteriores, y ni siquiera era joven. Era un tabernero gordo y palurdo. Mas he aquí que pasados dos meses, y cuando ya se le daba por desaparecido, volvió para liquidar sus negocios y se mudó al castillo del cual ahora era señor. Nunca reveló su secreto.
Dicen, quienes saben de esas cosas, que los dragones que viven en el corazón de las princesas se alimentan de belleza. Cuando la belleza de la dama se acaba, el dragón perece. Los años, no los caballeros, son los verdaderos vencedores.


Femme fatale*

La irresistible, la seductora Aracné pasó largos meses tejiendo su trampa. Cuando por fin cayó una presa, chasqueó la lengua y quiso saltar enseguida a devorarla. De pronto sintió que tropezaba y cayó y se rompió la boca. Entonces comprendió: mientras tejía se había ido enredando las patas en su propia creación.


Ajuste de cuentas*

“Ahora sí —pensó el león en el circo—, va la mía”. Y cerró las fauces.



*Agradecemos al maestro Agustín Cadena haber proporcionado para esta antología sus textos inéditos Famme fatale y Ajuste de cuentas.

Guillermo Samperio


Guillermo Samperio, México, D. F., 22 de octubre de 1948, es autor de más de veinticinco libros de cuento, novela, ensayo, literatura infantil, poesía y crónica. Sus más recientes libros son Cuentos reunidos (Alfaguara, México, 2007), La guerra oculta (Lectorum, México, 2008). Ha publicado en  diversas revistas de México y el extranjero. Ha sido traducido en múltiples idiomas y ha aparecido en antologías, en diversas lenguas, a lado de Arguedas, Arreola, Asturias, Benedetti, Bioy Casares, Borges, Cabrera Infante, Cardenal, Cortázar, Conan Doyle, Fuentes, García Márquez, Gombrowicz, Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, D.H. Laurence, Joyce, Lichtenberg, Lispector, López Velarde, Machado de Asís, de Mello, Mutis, Nabokov, Peri Rossi, Quiroga, Reyes, Skármeta, Vasconcelos, entre otros.
Ha obtenido el Premio Casa de las Américas en 1977 y el Cervantes de París en el 2000, además de varios premios nacionales.
            Fue director de Literatura del INBA de 1980 a 1983. En la actualidad es director del Despacho de Ingeniería Cultural SC, presidente de la Fundación Cultural Samperio AC, columnista del periódico El Financiero y colaborador de las revistas Siempre!, Día Siete, Quo y del suplemento cultural “Laberinto” (periódico Milenio), entre otros.



El lápiz

El lápiz es un pene con punta de grafito. Hay personas que tienen dos penes: el segundo se lo colocan en la oreja. Otras gentes se lo ponen en la punta de la lengua y luego siguen escribiendo. Cuando el lápiz se ha convertido ya en un enano sin goma, se escribe con las uñas y letras invisibles. A veces, la goma irrumpe en el oído y cachondea. El lápiz bicolor es primo hermano del lápiz. La goma es el culo del lápiz. Hay mujeres y homosexuales que prefieren lápices con el grafito romo. El lápiz recién afilado puede ser mortal, o nada más pincha ojos. No tiene nada que ver con los guijarros lapislázulis. Los lápices de colores fluorescentes son de la corriente del pop art. El lápiz amarillo es el clásico.


Silencia

Qué pasó con usted. Por qué tan silencia. Tan sin ninguna palabra. Como si la iguana le hubiera comido la voz. Como si le hubieran puesto algodón en el esófago. Como si unas manos le estuvieran apretando el cuello. Como si le pusieran sobre el rostro una almohada. Como si la fuéramos a enterrar en la tarde. Y la gente ya está llegando a la velación.


Las aguas del espejo

El espejo que huye lleva agua de ríos subterráneos en sus imágenes. Debido a ello ningún hombre puede mirarse dos veces en el mismo espejo. En la segunda ocasión, las corrientes profundas del espejo podrían arrastrarlo y perderlo.


Las cucarachas

Las cucarachas son el más pequeño de los saurios. Su color es el del grano de café tostado. Las cucarachas son insomnes durante la noche y dormilonas de día. Cuando las descubrimos, parece que se acaban de poner grasa café en la espalda. Las cucarachas no son tan cínicas como las hormigas negras o rojas. Las cucarachas están atentas a la presencia de los dueños de la estufa. Las cucarachas dan asco, pero las más grandes vuelan. Para la mayoría de las cucarachas sus alas son parte de una breve escultura móvil. Las cucarachas apenas tienen remedio. Las cucarachas son pepitas oscuras que no se comen. Una cucaracha gigantesca sería motivo de una película hollywoodense. Cuando encendemos la luz de la cocina, las cucarachas corren a esconderse, pero sólo están simulando terror. Son los animales más felices cuando la casa duerme.


Isla desnuda
a los itaquenses de Albacete

Mi barca fue engullida por la bocanada de una ballena. Navegando por un recodo del enorme costillar, te vi transparente, profética, entre la espuma, vuelta el torbellino que me lanzó hacia el cielo. Desde aquí, sobre la cresta del surtidor cetáceo, descubrí la isla desnuda donde cantaste y el navío pasó de largo.


(sin título)

Los caballos relinchan, las porras bravas rechiflan y los políticos la rechingan.


(sin título)

oí ruidos raros/ yo era el más chico/ mi madrastra 85 y yo 24/ ella hacía el quehacer/ yo fumaba marihuana/ vi a dos enmascarados/ la mujer no oye y apenas mira/ la yerba seguí fumando/ la mujer se incorporó y los distinguió/ un enmascarado me quitó mi toque/ en dos costales metieron lo que les cupo/ no opuse resistencia/ ella quiso detenerlos/ la apuñalaron hasta el sofoco/ el depa y mi cara se llenaron de sangre/ yo sigo fumando yerba santa


Zapatos de tacón rojos para mujer linda

A Magali Lara

A los zapatos rojos los colorearon de manzana. Los zapatos rojos se ven bien en el zapatero, en el buró, o abandonados al pies de la cama. Con unos zapatos rojos los pies son importantes. A veces los zapatos rojos piensan. A los zapatos rojos les pusieron chapas por todos lados. Los zapatos rojos saben esperar. Los zapatos rojos son sinceros Los zapatos rojos son el corazón de los pies. Los zapatos rojos se parecen a la mujer linda. Los zapatos rojos van bien con un vestido ajustado o con uno amplio. Los zapatos rojos van bien sin vestido. Los zapatos rojos son medio gitanos. Los zapatos rojos son los labios de la sensualidad.
            Los zapatos de tacón rojos son amigos de los zapatos de tacón negros. Los zapatos rojos desean desnudos a los pies. Los zapatos rojos están pintados de amor. Los zapatos rojos atraen a pequeños minotauros. Los zapatos rojos son el sueño realizado de los pies. Los zapatos rojos siempre llevan a una bailarina.


Quince greguerías


Cuando el pianista toca le lava los dientes al piano.
*
La mirada del cíclope es un periscopio para ver las azoteas de los edificios.
*
Los campanarios son los molinos del tiempo.
*
De los cables cuelgan chuecos pájaros que son los zapatos de la tarde.
*
Las cacas de la mosca son los puntos suspensivos del calendario.
*
Un compás negro dibuja círculos viciosos.
*
El rinoceronte sueña con instrumentos de guerra.
*
Un círculo vicioso se rompe por cualquiera de sus partes.
*
La vestimenta de un cojo la confeccionó un diseñador manco.
*
El secreto es un clavo en el zapato.
*
Las tijeras del sastre son piernas que bailan can-can.
*
Un fantasma es una sábana sin pies.
*
En los platos de la balanza se sirve la sopa de coditos.
*
Las cosquillas son las hormigas del cuerpo.
*
No hay nada más después de nada más.


*Agradecemos al maestro Guillermo Samperio el material proporcionado para esta antología.

José Juan Tablada (1871-1945)



José Juan Tablada: poeta, periodista y político, nace en la Ciudad de México en 1871. Forma parte del modernismo e impulsa la creación de la Revista Moderna, en la que demostró sus cualidades como traductor. A los 29 años viaja a Japón y entra en contacto con el naturalismo y la brevedad de la poesía japonesa. Varios años después de su regreso, será el primero en introducir el haikú  en la literatura de habla hispana, el que irá revolucionando hasta darle carácter propio. Fue también el primero en hablar con discernimiento del arte prehispánico y popular; da libertad a la metáfora y escribe poemas ideográficos casi al mismo tiempo de Apollinaire. Revela a los Contemporáneos un nuevo sentido del paisaje, el valor de la imagen, pero sobre todo el poder de concentración de la palabra. Entre los escritores de brevedades es innegable la cercanía que existe entre los microtextos y el haikú. El compositor francoamericano Edgar Varèse compusó en 1922 una cantata con un poema de José Juan Tablada y otro de Vicente Huidobro.
Entre sus poemarios destacan El florilegio (1899, ampliado en 1904, después de su viaje a Japón), Al sol y bajo la luna (1918) y Li-Po y otros poemas (1920), el libro de memorias La feria de la vida (1937) y la novela La resurrección de los ídolos (1924). Colaboró con numerosas publicaciones periódicas mexicanas, como El universal, El Mundo Ilustrado, El Imparcial y la Revista Moderna. Muere en Nueva York en 1945.



En Liliput

Hormigas sobre un
grillo, inerte. Recuerdo
de Gulliver en Liliput


Los sapos

Trozos de barro,
por la senda en penumbra
saltan los sapos.


Mariposa nocturna

Devuelve a la desnuda rama,
mariposa nocturna,
las hojas secas de tus alas


Vuelos

Juntos, en la tarde tranquila
vuelan notas de Ángelus,
murciélagos y golondrinas


El pavorreal

Pavorreal, largo fulgor,
por el gallinero demócrata
pasas como procesión.


La tortuga

Aunque jamás se muda,
a tumbos, como carro de mudanzas,
va por la senda la tortuga.

domingo, 13 de febrero de 2011

Agustín Monsreal


Agustín Monsreal nació en la ciudad de Mérida, Yucatán, en 1941. Inició su carrera literaria  en el volumen colectivo 22 Cuentos 4 Autores  (1970). Un año después obtiene el Premio Nacional de Cuento  del INJM. En 1978 fue finalista en el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes con Canción de amor al revés y ganó el Premio Nacional de Cuento de San Luis Potosí con Los ángeles enfermos (1979). En 1987 obtuvo el Premio Antonio Mediz Bolio  con La banda de los enanos calvos. En 1996 se hizo merecedor al mismo premio, pero ahora por su trayectoria literaria. En 1999 fue galardonado con la Medalla Yucatán y en 2009 el Congreso de Yucatán  lo laureó con la medalla Héctor Victoria Aguilar, máxima presea que se otorga a nombre del pueblo yucateco.
            Agustín Monsreal ha publicado los libros de poesía  Punto de fuga (1979), Canción de amor al revés (1980), Cantar sin designio (1995), Perseverancias de amor (2008); y los libros de cuentos Los ángeles enfermos (1979), Cazadores de fantasmas (1982), Sueños de segunda mano (1983), Pájaros de la misma sombra (1987), La banda de los enanos calvos (1987), Lugares en el abismo (1993), Infierno para dos (1995), Diccionario de juguetería (1996), Las terrazas del purgatorio (1998), Tercia de ases (1998), A la salud del cuento (2003), Cuentos de fugitivas y solitarios (2004), Los hermanos menores de los pigmeos (2004), Diccionario al desnudo. No ilustrado (2009) y Desde el vientre de la ballena (2010).
            Su obra se ha incluido en más de 35 antologías y se ha traducido a múltiples idiomas. Desde 1995 en la ciudad de Mérida se instituyó el Premio de Cuento Agustín Monsreal.



CONTRADICCIONES IMPECABLES*


Reencarnación

¡Carajo, otra vez perro!


Desde el balcón

Te vi. Qué mejor prueba de que Dios existe.


Viernes por la noche

Eres la mujer de mi vida de aquí hasta el domingo.


Sí, pero no

La montaña vino a Mahoma, y lo aplastó, por supuesto.


Regla de juego

Cualquier bufón sabe que de la alegría a la angustia hay la misma distancia que del tedio al vacío.


Páramo y Rayuela

Susana le demostró a Pedro que sí hay mujer imposible, y la Maga a Oliveira que no hay mujer propia.


Amores correspondidos

Cada que se veía al espejo, veía un sapo. Vino ella, le dio un beso, profundo, largo, y se rompió el espejo.


Un episodio infantil

Cien años tuvo que esperar la Bella Durmiente para que pasara por ahí un Príncipe Necrófilo y la besara.


Un bordado de hadas

¡Cuidado! Si te descuidas, esta mujer única, extraordinaria, digna, perfecta, se puede convertir en tu esposa.


El dolor de los pequeños

Dios tocó a la puerta, como cada fin de año, pero mamá no quiso abrirle porque ya no quería tener más hijos.


Disparatario

El cirujano estético se gana la vida echando a perder lo que de por sí está mal hecho, le enmienda la plana a la naturaleza y la vuelve incongruente, falsa, inverosímil, fea.


Tolerancia a la frustración

En las relaciones conyugales siempre existen vencedores y vencidos, y los vencidos siempre terminan dominando a los vencedores a fuerza de fatiga, de aburrimiento, de sueño, de bostezos.


Rosa y azul

Se casaron y poquito después, muy poquito después, ella se transformó en rana y él en sapo. Los dos, en la misma cama, espalda con espalda, se acogían cada noche a la esperanza del beso redentor.


Blancanievesmente

Cadenciosa, provocativa, seductora, fascinante, embaucadora, apetitosa, cautivadora, exuberante, continuaba su juego, alargaba la intención de sus contorsiones; al espejo, insobornable, le seguía pareciendo la misma muchachita fea, descuerpada e insípida de siempre. En cambio su madrastra…


Garabato al calce

¿Y yo? A cualquiera de ellos lo atiendes, vas a visitarlo, lo cuidas si se enferma, le hablas por teléfono todos los días, le escribes si está fuera de la ciudad, le festejas y celebras la menor cosa que hace, ¿y yo? ¿Qué tienen ellos que no tenga yo? ¿Valgo menos yo que cualquiera de tus otros hijos?


No me hagas reír

El niño le dijo al hombre gordo:
―Oye, hombre, ¿por qué estás tan gordo?
Y el hombre gordo le dijo:
―Porque me como a los niños.
Y el niño salió disparado, lejos del hombre gordo.


Entre dos aguas

Sueño que te sueño mientras sueño. En mi sueño estás despierta mirándome soñarte. Me acerco para tocarte pero no puedo porque tú estás despierta y yo soñando que te sueño mientras sueño. Entonces decido despertar dentro del sueño y te miro mirarme soñar que he despertado para acercarme a tocarte y que me miras mirarte despierta dentro del sueño donde nos miro despiertos a los dos mirándonos sabiéndonos parte de mi sueño donde nos sueño despiertos y mirándonos mirar que nos estoy soñando mientras sueño.


Laberinto sin salida

Solo, completamente solo; triste, horriblemente triste; y desgraciado, pertinazmente desgraciado, Lázaro decidió morir.
            Y murió.
            Sin embargo, vino su primo, que según decían era chamán y tenía poderes y andaba haciendo prodigios sin mirar a quién y sin preguntar si la gente quería que los hiciera, y lo revivió.
            Solo, triste y desgraciado, Lázaro ya no soporta más la vida, pero tiene miedo de morir por segunda vez, y de volver a encontrarse con el milagrero de su primo.

*Agradecemos al maestro Agustín Monsreal los textos proporcionados para esta antología.
Sitio web: www.agustinmonsreal.com

Marco Tulio Aguilera


Marco Tulio Aguilera (Bogotá, 1949) escritor colombiano residente en México desde 1978. Es autor de las novelas El amor y la muerte (Alfaguara), Los placeres perdidos, Las noches de Ventura/ Buenabestia (Planeta, México, Plaza y Janés, Colombia), La hermosa vida (CONACULTA, México), La pequeña maestra de violín (Universidad de Puebla), y Mujeres amadas (Universidad Veracruzana); de los libros de relatos Cuentos para antes de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Educación y Cultura, México), Cuentos para después de hacer el amor (Plaza y Janés, Colombia; Punto de Lectura, México y España), El pollo que no quiso ser gallo (Alfaguara infantil, México y Colombia). Por sus libros de relatos ha obtenido los premios Latinoamericano de Cuento de Plural, de Durango, Santiago de Cali, Veracruzana, Gabriel García Márquez; y por sus novelas, el José Eustasio Rivera, Aquileo J. Echeverría.
Marco Tulio Aguilera es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.
Marco Tulio Aguilera tiene también una larga y destacada trayectoria como escritor de fábulas, la mayoría escritas como colaboraciones para el suplemento cultural sábado del periódico unomásuno.



El sueño del gato

Una mujer soñó que tiraba a un gato negro a un pozo y que se olvidaba de él. Seis semanas después soñó (en el mismo sueño) que regresaba al pozo y veía en en fondo, al gato, todavía vivo. El gato abría y cerraba el hocico, del cual no salía sonido alguno. La mujer pensó que había sido en extremo inhumana y que era necesario  hacer algo. Pensó que tenía dos posibilidades. Tirarle una gran roca y aplastarlo, o meterse al pozo y sacar al gato para dedicarse a cuidarlo hasta que se recuperara. Estaba en esta encrucijada, cuando despertó. Por un instante pensó que había sido injusto dejar el gato allá en el fondo, pero luego recordó que todo había sido un sueño y que los gatos de sueños no sufren. Sin embargo durante todo el día la mujer siguió pensando en el gato, sabiendo que de alguna manera se sentía culpable, aunque no hubiera razón razonable alguna.
            Cuando se acostó a dormir la noche siguiente pensó en el gato y rogó para que retornara la pesadilla, en la que estaba dispuesta a tomar alguna determinación con respecto al animal. No obstante, esa noche no soñó con el gato. Ni la noche siguiente, ni la siguiente. Y el sentimiento de culpa de la mujer crecía.
            Al sexto día despertó con un dolor de cabeza terrible. Supo que se iba a volver loca si no hacía algo. Entró a la buhardilla donde su esposo yacía enfermo como siempre, abandonado ahora por la decisión de su esposa. El hombre apenas si tuvo fuerzas para abrir los ojos. Vio que su esposa se acercaba, que lo observaba con inexplicable expresión. Que se sentaba al borde de la cama, le acariciaba la frente y luego, tras darle un beso en la mejilla, colocaba sus manos sobre su cuello y presionaba hasta hacerle extraviar el último aliento. La mujer cerró dulcemente los ojos del cadáver de su esposo. Luego se acostó a su lado y pudo dormir como no lo había hecho en los años que duró la enfermedad del que ahora descansaba en santa paz.


Fábula del mar en los ojos

Un hombre que era extranjero hasta de sí mismo se enamoró de una mujer extraña. Y se lo dijo. Pero ella era una mujer muy solitaria, indiferente, con pájaros en la cabeza. Si me quieres, le dijo, yo no sé si pueda quererte. Y, ¿cómo podré convencerte de que me quieras?, preguntó el hombre. Yo no conozco el mar, dijo la mujer, no conozco el bosque ni la selva. Sueño con orquídeas desde que las oí mencionar. He vivido en mi casa desde que nací. No he ido más allá de los límites de mi jardín.
En los ojos de la mujer había algo semejante a una tristeza serena, a un aburrimiento domesticado, a una desesperanza ya vieja y sin solución. Y, sin embargo, como quien trata de pescar ballenas en el manantial del traspatio, se atrevió a pedir: Llévame a ver el mar.
De acuerdo, dijo el hombre. Empaca y nos vamos.
Pero quiero ir a pie, desnuda y con una venda sobre los ojos.
No verás el camino.
Tú me guiarás.
Entonces no podrás ver el bosque y las selvas, no conocerás las orquídeas. No gozarás al contemplar por primera vez el mar.
Quizás sí pueda verlos y conocerlos a través de tus ojos.
Y entonces, ¿me amarás?
Antes de quitarme la venda me describirás el mar. Luego, cuando yo lo vea con mis propios ojos, sabré si puedo amarte o no.


El horoscopista

Hubo tales embaucadores en Babilonia que los grandes poseedores de dinero no tuvieron que preocuparse por tomar decisiones en su vida, ya que estaban convencidos que éstas se hallaban fijadas en el rumbo de los planetas antes de nacer y en los horóscopos de los sabios. Cada mañana se levantaban con el surgir del sol, metían la mano bajo la almohada y con gran cuidado leían cada uno de sus pasos, cada gesto, cada minúscula acción para cumplirlas, porque si no lo hacían, según los hacedores de horóscopos, estarían rebelándose contra el orden del universo y podrían acarrear la destrucción del orbe. Al poco tiempo de estar los hacedores de horóscopos en el oficio, no sólo los nobles sino el llano pueblo comenzó a creer a pie juntillas en lo predicho. Los que no tenían recursos para mandarse hacer horóscopos individuales apelaban a los genéricos, que exhibían en los templos. Y los que no podían entrar a los templos por butras de ley, se las ingeniaban para mirar los horóscopos de los demás y adaptarlos a sus propias circunstancias. Abu Naim, el más famoso hacedor de horóscopos, predijo dos eventos: uno mayúsculo y otro íntimo: la caída de Babilonia ante la arremetida de las fuerzas de Alejandro y el futuro de su propia vida, que sería el del más grande esplendor de horoscopista alguno. Lo primero se cumplió. Lo segundo no. Alejandro halló un pueblo resignado a obedecer el destino que Abu Naim decía haber leído en los cuerpos celestes. La primera medida que Alejandro tomó fue contra el cuello de Abu Naim. Según los apócrifos esto se debió a que el conquistador se había puesto de acuerdo con el horoscopista para que predijera la caída de Babilonia. Y naturalmente el conquistador estaba interesado en sepultar el secreto con su inventor. Abu Naim murió rodeado de la admiración de sus conciudadanos, quienes nunca pudieron comprender cómo logró predecir un hecho tan trascendental y no obstante eludir la precognición de su propia y nimia muerte. La gloria de Alejandro sigue incólume gracias a que el secreto se conserva. Los apócrifos nunca fueron tomados en serio. Y nunca lo serán. Por eso es que no hay que creer ni a los horoscopistas ni al redactor de esta historia.


Sitio web: Descabezadero

*Gracias al maestro Marco Tulio Aguilera por el apoyo a este proyecto.